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domingo, 23 de abril de 2017

I´m Not A Monster: King Kong: La Isla Calavera - Shin Godzilla.


Simply... The Beast.

Durante extensos episodios de la evolución, los seres más monstruosos caminaron sobre la Tierra, alimentándose y creciendo hasta dimensiones impensables, desarrollando determinadas armas biológicas para enfrentarse a sus enemigos o defenderse de ellos. Sin embargo, su inteligencia tuvo que lidiar con el enorme tamaño y su voracidad, que también sería uno de los factores principales que terminarían con su extinción definitiva, por determinadas causas apocalípticas. Así, otros más pequeños fueron apareciendo y ocupando su lugar, lentamente, hasta convertirse en seres humanos con mayor capacidad cerebral y erigirse en los ´monstruos` dominadores del nuevo mundo.
En milenios, distintos elementos de esta Humanidad, marginados como Joseph Merrick, recordado médica y culturalmente como El Hombre Elefante, se enfrentaron a la desagradable calificación de ´monstruosidades` debido a una deformidad producto de la espantosa escoliosis y el denominado síndrome de Proteus, llevado al extremo de la deformidad ósea.
Proteo, el dios de la mitología griega, súbdito e hijo de Poseidón, que podía adoptar cualquier forma viva de la naturaleza, incluso, aquel personaje proteico podía mutar a un elemento como el agua para dedicarse a la contemplación y olvidarse de sus deberes a bordo de un carro tirado por hipocampos o gigantescos caballitos de mar. Algo divino y monstruoso.

Toda la belleza descriptiva del mito antiguo, queda relevada por la crueldad de los seres humanos a finales del siglo XIX y una sociedad corrompida o necesitada económicamente. Aquellos individuos, las verdaderas bestias, lo mantuvieron esclavizado, vejado y silenciado, despojado de su condición intelectual y víctima de una idea descabellada o alejada de la realidad científica. El hijo de una violación animal grotesca, que le produciría una enfermedad cubriéndole extensas zonas de su cuerpo, con tremebundos tumores y causa real de graves dolores internos. A parte de una historia macabra que sería revelada por el cirujano Jefe del Hospital de Londres, el doctor Frederick Treves, que estudiaría su caso y le rescataría de los golpes o de su infringida ignominia, generalizada, al ser tratado como un deficiente que causaba rechazo por su aspecto físico y explotado comercialmente en ferias.

Como cuenta la excelsa película producida por un atrevido Mel Brooks, y dirigida por el onírico David Lynch, un siglo después, influido por su experiencia anterior en Eraserhead y el viaje al interior de la mente, al miedo que se demuestra en la paternidad y sus obligaciones, la genética como resultado de una nueva generación. El Hombre Elefante no tiene miedo, es transparente en su alma, aunque pasó gran parte de su vida, obligado a una exhibición denigrante y la esclavitud más inhumana. Existen algunas escenas que recuerdan la mugre de una época victoriana y sus enfermedades incurables, ciudades grises al estilo realista del cine italiano de Rossellini, penumbras del alma en Ingmar Bergman y las cenas ostentosas en oprobios o pantagrueles de Luis Buñuel. Pocos momentos de pesadilla, que regresarían después en su onírica filmografía, llevada a lo tangible y humano, en el guion adaptado por el propio director.
John Merrick, na vida arrastrando dolores y un silencio monstruoso, que escondía algo más brillante en lo profundo de su cráneo deformado, esa delicada pasión por la belleza, la comprensión o el arte, así como otros aspectos tal que la inteligencia y el recuerdo de una defensora inmaculada, su propia madre.

Los papeles principales de la película, estaban en manos, cabeza poética y piel, del gran actor John Hurt recientemente fallecido y añorado por el presente, unido a dos intérpretes excelsos como John Gielgud, la Julieta interpretada por una estupenda Anne Bancroft y sobresaliente en humanismo, Anthony Hopkins, en un papel que recalcaría la humanidad de los protagonistas, y sus futuras carreras en la interpretación.
Lo que no dice la película es que, a pesar del duro tratamiento en las frías calles de la era victoriana en su oficio de buhonero, y la crueldad de ciertos individuos, hordas de niños que se burlaban de su dificultoso caminar, o clientes que se amontonaban a su alrededor, él nunca se quejó de sus jefes o su pobreza extrema. Antes, sería operado de una protusión anatómica y la masa retirada de peso considerable, dejaría sin movimiento a parte de su rostro y boca, lo que aumentaría su estado semi-inconsciente y, posteriormente, atacado por otras enfermedades como la bronquitis, desnutrición y una baja autoestima. Totalmente comprensible ante su enfermedad incurable.
"Algo que siempre me entristeció de Merrick, era el hecho de no poder sonreír. Fuera cual fuese su alegría, su rostro permanecía impasible. Podía llorar, pero no podía sonreír." (Sir Frederick Treves)

Por último, los seres humanos poseen ambas ramificaciones de la personalidad dual, pudiendo comportarse como víctimas propiciatorias o verdaderas bestias de alma monstruosa, más allá de otras apreciaciones anatómicas. O individuos introspectivos (no peligrosos) que se dedican a la reflexión y la belleza interior, a sentir miedo con ciertas experiencias transformadas en pesadillas nocturnas o perseguir sus sueños. Así, el cine ha enfrentado a la naturaleza con la metodología y la conciencia humana, al terror con la esperanza, en una lucha casi mitológica. Cuyo máximo exponente propone a aquellos seres gigantescos de genéticas prehistóricas o graves mutaciones en su organismo, producidas en muchos casos, por efecto del comportamiento o los avances científicos de los hombres.
Esos ´monstruos` que, a veces, se olvidan de la métrica y la belleza... como expresaría, aquel niño de Leicester, disfrazado de Romeo adulto y oculto en la mente de un hombre tímido y sabio, pero con la piel espantosa de una patología médica tan terrible:
"Es cierto que mi forma es muy extraña,
pero culparme por ello es culpar a Dios;
si yo pudiese crearme a mí mismo de nuevo
me haría de modo que te gustase a ti.
Si yo fuera tan alto
que pudiese alcanzar el polo
o abarcar el océano con mis brazos,
pediría que se me midiese por mi alma,
porque la verdadera medida del hombre es su mente".


King Kong: La Isla Calavera.


King Kong es una película de aventuras de RKO Pictures, cuyo enorme y peludo protagonista, está a punto de cumplir los 85 años, de su nacimiento cinematográfico en 1933. Dirigida por dos aventureros estadounidenses Merian C. Cooper, tras un sueño de un gigante simio atacando Nueva York, y Ernest B. Schoedsack, con Fay Wray, Robert Armstrong y Bruce Cabot como actores principales. Fue estrenada por primera vez en el teatro Radio City Music Hall, estableciendo los diferentes escenarios que circundan sus pisadas selváticas y su caída, tras la exhibición correspondiente en la cosmopolita New York, cruce de razas del mundo. Otra vez, con la aventura del cine y la prehistoria, en el interior de una historia que habla del rodaje de una película, con reminiscencias de mundos perdidos, como la novela de Sir Arthur Conan Doyle El Mundo Perdido (1912), la épica fantástica y remota de J.R.R. Tolkien en El Señor de los Anillos, Edgar Rice Burroughs con La Tierra Olvidada por el Tiempo y Tarzán de los Monos, o claro está, los famosos viajes literarios de Julio Verne en su reflejo aventurero con Los Viajes del Capitán Grant, Veinte mil Leguas de Viaje Submarino o La Isla Misteriosa. Además de los movimientos espaciales o aéreos, de obras como Cinco Semanas en Globo y la gran imaginativa antediluviana de su Viaje Al Centro de la Tierra.

Luego vendría un salto mortal en el tiempo, hasta la aparición sensual y primeriza en la década de los setenta de Jessica Lange (nacida y felicitada un 20 de Abril, hola ¿cómo estás? O.o), y un gorila que saca a los invasores de la Isla Calavera de su sueño petrolífico y promocional, con un par de magníficos sopapos, digitales. Otras curiosidades del filme tras la impactante publicidad en el World Trade Centre serían la producción de Dino de Laurentis, la dirección de John Guillermin, ya especializado anteriormente en Tarzán y otros colosos ardorosos. La filosofía ecologista de un enorme artista como Jeff Bridges, el mismo año que se presentara junto a un joven Arnold Schwarzenegger en Stay Hungry, la banda sonora de John Barry y la técnica del Stop-motion del maestro Carlo Rambaldi con su gigantesca cabeza y brazo mecánico. Trabajo por el que conseguiría su tercer Oscar, compartido con otra recordada distopía como La Fuga de Logan del encomiable Michael Anderson, tras sus diseños de E.T y Alien. Pero, esto será otra historia que volverá próximamente de la mano de Ridley Scott en Alien: Covenant...

Mientras, hoy tenemos su reflejo de nuevo, al otro lado del espejo... el de la evolución de las especies. Seres tan extraordinariamente poderosos, que de existir hoy, causarían el miedo a su paso. En dicha evolución, algunos individuos se quedaron estancados, consumidos en el barro y otros mutaron oportunamente de cara a una indómita naturaleza que les haría crecer y desarrollarse, hasta fenecer, de nuevo. Os suena, ¿no?
Camuflados en diferentes formas y con aptitudes oportunistas frente a la diversidad biológica, entes que se intuían en el follaje tupido de la selva, en las profundidades de cavernas bajo tierra... o, incluso, algún encuentro desafortunado, durante su incursión por el aire. Luego, se reunirían en grandes espacios o ciudades, mimetizados en la muchedumbre.

El ser humano en el cine, podría ser uno de ellos, consumista y depredador en muchos casos. Apareciendo como otro verdadero monstruo que se congratula con la desgracia ajena, a través del poder sobre los demás o la explotación de los recursos, es decir, en busca de amasar dinero y alimentar su cerebro de simio, con extrañas ideas e intereses espúreos.
En King Kong: La Isla Calavera, como entonces, nos encontramos a esa variedad de ejemplares que posibilitan todas las especies del Jurásico y su batalla por la supervivencia, como si una reunión de personajes de Apocalipsis Now y los de las antiguas novelas de viajes extraordinarios, hubieran decidido enfrentarse a aquellos otros monstruos. Nuevas posibilidades para el simio más famoso, dentro de la guerra más tecnológica o avanzada entre dos épocas y los descubrimientos biológicos que se encontraran los aventureros de Viaje al Centro de la Tierra, y dirigido con cierta franqueza por Jordan Vogt-Roberts, del que se habla para una futura adaptación de Metal Gear Solid.

La realidad homínida es, que la unión no hace la fuerza, siempre. Porque la lucha entre semejantes se encuentra a la vuelta de la enredadera o, tras el gruñido de otro pariente de los dinosaurios. Con sus colmillos y poderosos brazos, son palabras mayores, pues el Rey está a punto de cabrearse como un mono, no sin cierta razón o ese antiguo compromiso ecologista.
Esta figura inconfundible es tan mítica en los anales del Séptimo Arte que, casi no hace falta ni presentación, basta con una simple fotografía (primorosa) recortada como héroe de acción, ante los rayos agigantados de una puesta del Sol. Es decir, dos astros con todas las letras y de corazón incendiado por la inútil presencia de esos mortales, con su cerebro hinchado por nuevas cifras de recaudación...
Mientras aquel hombre emparentado (de forma anatómica y forense) con el elefante, en majestuoso blanco y negro, poseía más encanto emocional que apariencia monstruosa; este simio agigantado, pertenece a un eslabón perdido en la cadena evolutiva de los Gigantopithecus de cuatro patas (u otra anécdota cinematográfica con el mito Big Foot), una reminiscencia de nuestro lado salvaje que, invariablemente, saldrá a continuación.

Por tanto, abandonada ya la época victoriana con la imaginería de David Lynch y las recaudaciones gigantes en pantalla, nos adentramos en la era de monstruos de los ochenta, junto al inmenso guardián de esta Isla de la Calavera. De tendencia glamurosa a la exhibición propuesta por los primeros aventureros en su viaje iniciático a la jungla y saltos sincronizados del otro rey Tarzán en busca de compañía femenina, en cambio, Kong no está tan interesado por el cabello o la turgencia bajo el escote, como sus animados parientes.
Lejos de atracciones de feria o calles engalanadas en Nueva York años 30, aquí, en la vieja Isla del Cráneo (cerca de Sumatra o Indonesia) y antes de que el primer miembro de la familia Kong, acabara desencadenando (tras cadenas de deshonra) la furia que propiciaría su propia caída desde las alturas; el nuevo Octava Maravilla, no se amilana ante las balas de un ejército volador... que podría provocarle más agujeros que un Gruyere atacado por una masa informe de anélidos. Es decir, que tiene más tiros a sus espaldas que una escopeta de la primera guerra mundial o un kamikaze Zero A6M, precipitándose a toda velocidad al objetivo.

Fuera de bromas, y sumas monetarias, este paisaje es más salvaje y colorido, fotocopia de mundos prehistóricos del Parque Jurásico de Spielberg... con menos personal, eso sí. Tanto del lado visitante, como de bichejos que aparecen con más pena que gloria, aunque, para gustos los colores, dientes y las lagartijas de dos patas. ¡Alto ahí! ... no todo es malo, existe frescura inconfundible al contar la historia, gracias al guion compartido Borenstein-Gatins-Gilroy-Connolly, esa ambientación de postguerra, entre dos de las más grandes nunca vistas, y por supuesto, a la eficiente y gloriosa banda sonora. Con grupos y temas que nos hacen felices a la panda de dinosaurios, animosos roqueros, belicosos de fanfarria cinematográfica y pacifista, y los chascarrillos derivados del encuentro de viejos camaradas.
Como los principales miembros de esta otra banda, encabezada por Henry Jackman y la resistencia americana con Jefferson Airplane, The Stoges o la Creedence más la verdadera armada británica, con The Hollies, Black Sabbath y el gran David Bowie.

Pero, comienzan las verdaderas hostilidades en el barro, no tropezones por una jungla de asfalto (como la película y mítico grupo de rock), cuando la prehistoria se hace presente y la acción parece menguar, ante tamaño despropósito. Si bien llegaban alabanzas, el simio se empeña en estrellarse con máquinas voladoras, confusiones narrativas y enigmáticos inventos de extraño diseño industrial (más aparentes que evolucionados) según las necesidades de camuflaje con el ecosistema. Entablando enfrentamientos con estos pequeños seres de dos piernas, monstruosos, carentes de empatía... hasta que se entromete un grandullón sibilino, con lengua bífida, venenosa, caminando a dos patas, tal que un patoso bailarín esperaría el impacto de un gran asteroide o un basilisco cruzaría su charca.

En esta recóndita isla del Índico, lo mejor recae en la elipsis estratosférica entre dos guerras. También, que el gran mono ya no es tan romántico, con su carita risueña de años 30 y pelo ensortijado, sino un guerrero. Ni tan endiabladamente erótico, gracias a la aparición onírica de Miss Lange en recortado traje de baño, o rebelde contra el poder de los grandes elementos de la Prehistoria y la sobredimensionada explotación petrolífera (en japonés, el terror son los kaiju y las pruebas atómicas). Es un Monu-mento a la responsabilidad, por la defensa de su hogar paradisíaco y algunos amigos (por cierto que hacen ahí)... Tom Hiddleston, Brie Larson, Toby Kebbell, John C. Reilly, Tom Wilkinson, Samuel L. Jackson (excepto John Goodman, que nunca desentona), pero sólo, acción de cintura para arriba, los otros movimientos y desplazamientos son prácticamente irrelevantes.

Es un monarca bípedo, defendiendo el reino con sangre y el combustible de los invasores, protector del último espacio virgen, mancillado por el aterrizaje forzoso de un caza norteamericano Juggernaut y un Zero. Sin atracciones, placeres divergentes entre especies, siquiera la contienda emocional entre montescos y capuletos de Shakespeare (romanticismo lynchiano); tampoco mordiscos o cópulas de protagonistas, tan sólo, ese instinto de supervivencia o conservación, antes de ser contaminado con todo tipo de restos, plásticos o preservativos usados en contienda, amenazas enterradas tras una fiesta en la cala del Lagarto Juancho.
Aquí, hay una raza en verdadero peligro de extinción, el último de una saga de combatientes recortados entre el atardecer y una selva iluminada por el Napalm... en contraposición a los grises de El Hombre Elefante. Pariente apartado de las verdaderas monstruosidades de circo, poco humanizadas, con su inconfundible obsesión por sacar alguna ganancia, basada en la propiedad ajena.


Shin Godzilla.

Por la otra orilla, de nuestros miedos ancestrales, nace la vertiente oriental del monstruo prehistórico y justiciero, con los denominados kaiju (dentro del género de terror con monstruos y la ciencia ficción conocida como Tokusatsu), donde uno de sus máximos exponentes está representado por la productora Tōhō. Una compañía visual derivada de una empresa de ferrocarriles Hankyu Railway, que fue reinventándose y a la que debemos la distribución de las películas animadas del Estudio de Cine Ghibli o las obras del maestro Akira Kurosawa. Esta tendencia cultural, sintoniza con historias de miedo, que imitan a los personajes trenzados en espectáculos teatrales basados en el Kabuki de la ciudad de Tokio, mediante sus representaciones de marionetas y las guías de movimiento con cuerdas.

Uno de aquellos antecedentes, se desarrollaría en 1954 con el director Ishiro Honda (un admirador del viejo mono de la Isla Calavera), moviendo los hilos del gran Gojira, antes de la llegada de los grandes Mecha robóticos, dirigidos por pilotos y científicos. Por tanto, este nuevo monstruo de aspecto jurásico, con raíz etimológica compuesta por la palabra "gorila" y otro animal marino como la ballena (quizá un homónimo oscuro de Moby Dick), en una mezcolanza que conformaría toda una referencia de la cultura japonesa moderna.
Godzilla, nació como consecuencia de ese terror producido por las pruebas atómicas, después de la terrible experiencia en la Segunda Guerra Mundial. Una espada de Damocles radiactiva que pende en la sociedad actual de todo el mundo y una demostración de la espiritualidad oriental, en la que las víctimas de la cruenta batalla estarían comprendidas en el espíritu del rotundo monstruo. Luego, convertido en héroe y defensor de Japón, con numerosos enfrentamientos contra otros kaijus agresivos y destructores, o incluso, inmerso en cinematográficas peleas con el mismo King Kong en 1962. The New York Monster Connection.

Ahora, tras numerosas desviaciones o siguiendo la antigua corriente kaiju, se estrena SHIN GODZILA (distribuida por A CONTRACORRIENTE FILMS), que se mueve entre ciudades destruidas y un efervescente sentido del humor. El miedo frente a las risas, se encuentra en el exceso de las secuencias, en los efectos especiales que van creciendo con la anatomía y en un director como Hideaki Anno (referente de la serie Neon Genesis Evangelion y que tendrá un futuro cinematográfico), además de un reparto que representa a todos los estratos de la sociedad japonesa actual y las relaciones tensas de nuestro planeta.
La nueva resurrección de Godzilla, tras apariciones en territorio norteamericano, se produce en un espacio que rememora viejas pesadillas dispuesto a superar los retos del pasado, y hallar algunas soluciones al terror infinito, filmadas con imaginación y gusto por el espectáculo. Con el regreso de su monstruo más representativo, toda una estrella mediática, Shin Godzilla es un icono del alma de la ciudad de Tokio y su cultura, cuyos ecos se elevan como las palabras que pronuncian sus personajes, enloquecidos por momentos.

La película incluye toda una interpretación de ciertos errores o trámites redundantes, que cometerían los seres humanos en su tratamiento político y social, al enfrentarse con un coloso de más de cien metros de altura. Godzilla se parece a aquellos bicho, que se proyectaban en los años ochenta, haciendo el disfrute de adolescentes encariñados con su esqueleto pétreo y rayos apocalípticos, transitando por esas latitudes por entonces exóticas, del Océano Pacífico y hoy, totalmente globalizadas como el resto. Incluso en el terror...
Pero, existen diferencias de posicionamiento con otros vecinos civilizados y hombres monstruosos, cuando su reciente despertar propaga las angustias de un aire tóxico o venenoso, y sobre todo, muchas divagaciones internas sobre la sociedad actual, los intereses humanos y la existencia en general, de esa confrontación épica y destructiva, del recuerdo con los estamentos del estado. Ninguno quedará ileso sobre los cimientos de la llamada civilización. Porque la crítica, subyace bajo el guion del propio Hideaki, dirigiendo esa concepción utópica de un horizonte unido frente a las escamas del mal, antihéroe hoy, y futuro héroe, mañana.

Los hombres horrendos, en tantas oportunidades de la existencia, se revelan frente al pretérito y la demagogia de los mandatarios, si no desean ser barridos de la superficie terrestre, dentro de una isla inestable históricamente. Shin Godzilla abre el debate de las energías y armas nucleares, bajo el telón de fondo de pruebas que amenazan la seguridad del planeta, para recordarnos que otras imbatibles criaturas ya cayeron bajo la fuerza de cientos de kilotones de potencia incendiaria. Aún de origen ancestral, cósmico o natural, el monstruo sobrevive intacto, mientras miramos nuestra pantalla del ordenador, esperando una idea verosímil que detenga el desastre... u otra orden de destrucción masiva.
Algo que nos hacer rememorar, aquellas posiciones de personajes entronizados o dictadores de cuarta fila, a esos entes poderosos que alzándose sobre sus zapatos hieráticos, vociferan a súbditos de la nación para mandarles a una guerra mediática. Claro, aquí como en otras producciones de televisión, no hay cadáveres ni sangre contaminada en pantalla, tampoco consecuencias médicas o reproductivas, que sufrirían las siguientes generaciones. Sólo miedo inherente, mezclado con humor arrollador.

Estos dinosaurios, antepasados de nuestro más famoso, curioso reptil acuático y bípedo que ha pegado un rápido estirón, no soportarían ese interés humanos por el control biológico y el poder universal. Por ello, el viejo God-zilla, no detiene su crecimiento y mala leche, si la superioridad moral no se fundamenta en el respeto y la inteligencia, él la combate con todas sus armas y potencia de aliento. Así, el dios Lagarto nos expresa la idea fundamental, el pánico de sus ojos irascibles y sus bocanadas impacientes con la aptitud de algunos seres monstruosos, narrando parte de ese pretérito, con que se despidieron sus gigantes antepasados y un saludo a los supervivientes bípidos. Al final, va a ser real el dicho, que más vale maña que fuerza.
Echando la vista atrás, a sus aletas dorsales, Japón ahora, parece tenerlo bastante claro. Mucho espectáculo y no tentar a la "bicha", precisamente, en una gran isla que siempre estuvo tentada con recrear cinematográfica, su propio hundimiento. O coquetear con un apocalipsis natural o producido accidentalmente bajo su lecho sísmico, sobre el que se yergue una civilización ancestral, con dolorosas imágenes sobre su pasado bélico. Además, con tremenda erosión producida sobre su brillante piel, retratada por el anime y ese honor legendario de sus ciudadanos.

Aunque la superioridad tecnológica, también significaría la desaparición de un buen número de posibles cerebros, capacitados para elaborar un plan de emergencia mundial o aumentar nuestras posibilidades de éxito, más allá del horizonte nuclear. Esta relación japonesa con la monstruosidad, es tan evidente, como los trucos utilizados por el director para animar al bicharraco y sus característicos movimientos relacionados con el manga Akira y otros temas apocalípticos, aquí algo apelmazados al comienzo, si bien atractivos para esas edades que se cegaron con efectos animados del maestro Harryhausen o los efectos creados por Frank D. Williams (autor de muchos cortos de Charlie Chaplin) y Harry Redmond e hijo, para el primer King Kong.
Además, parece que todo este desastre provocado por la venganza biológica, enlaza con la anciana tradición del yin y el yang. En el contrapeso de la excelsa cultura y la antigua vocación kamikaze, de la estúpida muerte en la guerra, frente al valor del héroe patrio. En el miedo por los estereotipos y la estupidez de algunos humanos.

El Monstruo emerge de las profundidades de la propia conciencia, para prolongar su camino devastador en la memoria, enfrentado en silencio con esa grandilocuencia de la expresión humana y su enorme vocación por la duda, a veces. El filme se adereza con un sentido del humor que ridiculiza, ironiza y evade, a partes iguales. Todo muy sobre dimensionado (como el tamaño del protagonista principal, el miedo), para que no quede títere con cabeza, nunca mejor dicho.
El guion escudriña las palabras, dentro de un extenso catálogo de individuos y extremos, que confluyen en diferentes y tremebundas ideas, junto a otras diabólicas criaturas (políticos me refiero), cuya relación define las distintas fases del respeto-odio entre los hombres. Tan eléctrica como sus aceleradas intervenciones en toda la filmación, que manifiesta una continua exacerbación del carácter, a veces inteligente con sus diálogos, y la mayoría risible o humorístico. Que repercute en el ritmo con todo tipo de ocurrencias, inteligentes o extrovertidas, observaciones que van inundando cualquier perspectiva seria, por parte del espectador. Pero, muy agradecida como muestra de sumisión y aceptación de la catástrofe, así como, del ridículo aprovechamiento económico del desastre y del sentido del humor nipón.

Shin Godzilla es una recreación cinematográfica vertiginosa en el habla, sugestiva en los errores como en la condena de un conflicto terrible, un recuerdo atávico como especie dominante de los extintos dinosaurios o ´inteligente` en nuestro destino. Los monstruos que crecen hasta erigirse como justiciero, divino o dedo acusador en el día de nuestro juicio.
Un pesado flashback o visión de la nítida pérdida de valores, de la sociedad mundial, en contraposición a la agilidad de sus expresiones, que dan forma a esta colosal broma, siempre con distintas o animadas perspectivas. Ideas que van desde la exageración implícita en nuestros tiempos revueltos, a la incomodidad de un futuro incierto para la Humanidad... porque Godzilla, no ha vuelto para quedarse petrificado y aterrorizarnos, sino para cerrar todas nuestras bocazas, de una vez por todas. O no...

Hay alguna que no lo merece, como la bella actriz Satomi Ishihara o las simpáticas conexiones con sus discrepantes compañeros. En una dinámica maraña cómica o desfile cínico de personajes, donde cualquiera puede convertirse en salvador o quedar relegado a la displicencia, como un espejo real de auténticos siervos y amos resabiados. El rostro de la monstruosidad consternada, alzando la vista a la quietud del mañana, y a unos repetitivos, pero honarables efectos especiales, con el fin disfrazar opiniones contradictorias a través de una sonrisa (un poema en el caso del verdadero Hombre Elefante) y así, satisfacer a los aficionados más frikis del scifi, del kaiju y sus adornos espirituales con aroma oriental. Godzilla posee olores a incienso y ceniza, contrastes con sal yodada y quemaduras de primer grado, producidas por el uranio o los rayos gamma, casi cósmicos.
De esta forma, veremos pasar vertiginosamente las voces productivas y las discusiones bobas, los gestos de desaprobación, en una carrera diabólica de dudas existenciales y enfrentamientos internacionales. Con los rasgos identificativos de una raza sufrida, pero luchadora, tan indómita como King Kong en su isla, o una explosión termonuclear que busca la resolución ajena a la complicada supervivencia. O la defensa de una planeta, que se deteriora a marchas forzadas.

Al fondo de esa mirada radiactiva o zarpa inquisitoria, que enarbolan los que no quieren ver o favorecen las posiciones más divergentes e imprudentes, subyace la risa imperturbable de la codicia y el libre albedrío de nuestras ideas, frente a ella. Combatida con verdadero sentido del humor, no la imagen risible del poder y ese dolor infringido en los ciudadanos. Por tanto, estos colosos inolvidables repletos de escamas o pelos, se han alzado aquí y ahora... para rememorar todos nuestros males, tan históricos que se creen dioses, tan herméticos o ´intelectuales` que muchos de aquellos gigantes, se reirían en nuestras narices. O morirían en silencio, en una cama, sin respiración...


Tráiler Thor: Ragnarok, de Taika Waititi:


Tráiler Transformers: The Last Knight, de Michael Bay:


Tráiler Alien: Covenant, de Ridley Scott:


Tráiler Valerian and the City of a Thousand Planets, de Luc Besson:

domingo, 16 de abril de 2017

Stranger Things.


Monstruos de Infancia y otros padres ochenteros.

¿Recuerdas...?

Quizás sí. Eran aquellos tiempos en los que ibas al cine y asaltabas el puesto de chuches con unas pocas monedas, sacadas del bolsillo de los pantalones acampanados. Esos que ahora odias y, que poco después, se convertirían en unos ajustados vaqueros o pitillos desgastados, cuando todavía no estabas pensando en fumar ni nada. Muestra de un carácter menos inocente o casi rebelde, que llegaría, al igual que ese instante terrible, cuando tus padres te esperaban cabreados, si regresabas a casa tarde y no habías intentado encarar siquiera tus deberes diarios, e incluso, les enseñabas tímidamente una rodilla marcada con esa herida producida en una caída desafortunada, días atrás... si realmente, hoy escondías una aventura imprudente o cualquier tipo de pelea de gallitos.
Éramos tan jóvenes que, aún quedaban algunos reveses en la puerta del cine, prohibida la entrada (salvo determinados porteros dadivosos) hasta descubrir esos filmes de terror o recomendados para mayores de 16 años. Como ese otro tipo de esencia vital que te haría devanar los sesos contra la filosofía y ciencia ficción, antes que el sexo se erigiese y propagase rápidamente en tu interior. ¡Rápido pedalea! Vayámonos de aquí a toda velocidad, más allá del horizonte infinito...


Bajo la manta, te escondías de esa mirada penetrante, sobre el estante de madera inclinado, te lanzaba una figura siniestra y amenazadora... la mayoría parece que tuvimos a uno de esos payasos con su cara pintada y la amplia sonrisa suspendida en el vacío, sin variar la posición, como gato de Cheshire de ojos iluminados con mala leche, interrogando sobre tus últimas travesuras. Endiablado con ese baño de luz de luna que entraba por la ventana durante el mes caluroso de verano. Éramos varios con el mismo sentimiento, en la misma habitación...
Con tus camisetas, ibas rememorando a los ídolos de juventud (del rock, cine o televisión) y caminando por la diversión junto a la muchachada de tu barrio, presumías de las zapatillas de color azul con banda blanca a un lado, estilo Starsky. Se escondía un corazón aventurero y amigo, de sus amigos, que lejos quedan. Tardes plagadas de frecuentes peleas, mientras algunas madres se inmiscuían y azuzaban desde la terraza; también de disputas con tus hermanos, por cualquier cosa sin importancia, a la espera de una reconciliación grabada en cromo, una antediluviana casete con algunos éxitos de rock u otros estilos más underground. Por entonces, antes de la llegada del disco que lo inundó todo, hasta las pistas de baile rezumaban nostalgia. Pero, esa es otra historia...


Aquí, pasan cosas mucho más extrañas, más que un simple juego de mesa o una escaramuza por lo prohibido, semejante a una promesa amistosa de fidelidad, rota, entre compañeros de aventuras y otros suplicios causados por la escasa estatura o la imaginación de un crío.
Primero serían los años ochenta con su pulcra, aparentemente, inocencia, mientras en las calles se debatían los restos de aquellos chavales mayores, entre jeringas y venenos vendidos con impunidad. Siempre a salvo de influencias nefastas bajo la protección de una familia coherente y bien avenida, no necesitábamos a monstruos reales. Luego, los noventa cuando tuviste que sobreponerte a las zancadillas y otros continuos insultos, vejaciones de aquel matón o acosador del cole, que te hacía la vida imposible por mostrarte diferente, o por ser más inteligente que él...
De todo aquello, que se pervierte en tu memoria con el paso del tiempo, tratan las historias divertidas u otras alucinaciones de Stranger Things, que nos acompañan por la morriña, junto a unos jovencitos parecidos. Son como esos colegas de sangre, aquellos Voyeurs de la película Stand by Me o Cuenta conmigo, del director Rob Reiner. Echando la vista atrás, curioso que tras el malogrado River Phoenix, la expresividad de Gordi-Wil Wheaton o Corey Feldman), el más resistente en pantalla, haya sido. el menos nombrado Jerry O´Connell, exceptuando a Kiefer... ¿te acuerdas, no? Amazing Stories, The Lost Boys, Young Guns, etc...

Hoy, a través de una mirada evolucionada y casi cristalina, visual o musicalmente hablando, nos encontramos con unos directores llamados Matt y Ross. Más conocidos en medios o ya, en nuestra huella mental indeleble, como Hermanos Duffer.
Para recrear aquellos tiempos de amistad y división. Seguramente el mayor, o ambos, tuvieron un infancia con influencias de esas aventuras clásicas de juventud, con hermanos menores y sus protectores inquietos, que nos invadieron como los fantasmas recorrían la asombrada ciudad de Nueva York. O aquellas posteriores ocurrencias televisivas de Spielberg (recorriendo el camino de Alfred Hitchcock) cuentos de terror dentro de una zona de pesadilla (The Twilight Zone, escuela de artistas) o historias increíbles de los cómics y sus superhéroes. También de revistas gráficas como Creepy, Heavy Metal, 1984 o Tótem, que precedieron al terror adulto de Stephen King y toda una apertura personal o intelectual, a un mundo cinematográfico y narrativo de calidad.
Aquellos textos e imágenes en tinta (recordemos Eraserhead, como sería luego Pi de Darren Aronofsky), que forjarían la extravagante personalidad o lo que somos hoy. Para lo bueno y lo malo... somos hijos de aquella ciencia ficción, el comienzo de la gran tecnología, la locura, el sueño o la aventura, los primeros amores... ¡ah! y los monstruos, claro.


Pero, antes en la niñez o primer recuerdo, disfrutamos de un conjunto de creadores visuales como Joe Dante (Aullidos o Gremmlins), George Lucas, o el incombustible Steven Spielberg de Duel o Jaws; antes de la llegada de Wes Craven, John Carpenter o el gran David Cronenberg, aunque algunos ya hubiéramos visualizado muchos clásicos del scifi o terror, en blanco y negro.
Su mirada, la de los Duffer Bro., durante esta chispeante o envolvente serie de Netflix, nos refresca como esa brisa erizante en la madrugada, escuchando la radio a escondidas, y perdiendo valiosas horas de sueño. Momentos que luego nos pasarían factura en los estudios. Aprendiendo o escrutando personajes míticos hoy o escenas de cine, que serían antesala de estas Stranger Things actuales.
La fantasía estudiada por aquellas mentes iniciáticas, se convierte en un canto a aquellos jóvenes que se levantaban adormilados con maravillosos aliados, enfrentándose a sus demonios diarios... Pero que no volverán, si bien los recordemos risueños, producto de nuestra imaginación o dramáticamente afectados por la culpa, retratados o congelados dentro de un vídeo pixelado en VHS o Betamax.


Las Dos Temporadas...

El argumento de la serie se divide en varias partes calculadas. Una hace referencia a esa etapa de juegos (los de rol nos pillaron algo atrasados o melenudos ya), enmarcada por las travesuras en espacios abiertos, disfrutando la naturaleza o los rincones levantados por la construcción de nuevos barrios o institutos, por calles a medio asfaltar y empedrados que te rompían las canillas en cualquier vaivén de nuestro monopatín o la bici. Engaños y defensas a ultranza del camarada caído, cuando sus padres se encaraban con él por patoso, o alguna otra amenaza (más material) se presentaba para intentar hacer una brecha entre nosotros, colegas de toda la vida, amigos casi de sangre...
Todo bajo un secreto o pacto de caballeros, con espada de madera, entrechocando manos y pulgares, o siendo víctimas propiciatorias de mayores abusones. Respetando un silencio sepulcral sobre nuestras actividades o deslices, descontrolados, fuera del manejo paterno dentro de la perspectiva hogareña. A pesar de que aquellos hermanos mayores (me,me,me), anduvieran revoloteando y ocultando una incipiente acusación desfavorable a sus intereses, bajo algún tipo de amenaza que buscaba una compensación por la otra parte. No la otra esfera... Esta es una brecha temporal, que está dulcemente abierta en la serie, o iluminada debidamente entre sombras del más allá.

Porque nosotros como ellos, pequeños y hermanos mayores, también formamos parte de una pandilla bien avenida, a ratos. No de delincuentes, gracias a esa educación gradual y el interés por la cultura, que nos ofrecía un ancho margen para la propia libertad. Tomando propias decisiones erróneas o no.
Sino, como amigos que durante aquellos maravillosos años, series televisivas en los finales de los ochenta y posteriores noventa, dedicaban parte de su tiempo a disfrutar en compañía, participar en partidos o batallas campales, aprendiendo a vivir y viendo morir a otros bravucones o jóvenes delincuentes. Rebeldes sin causa...
Además, Stranger Things, es la historia de un lenguaje que definía esa aptitud aventurera y decidida, dispuesta a atravesar cualquier puerta. También respetuosa con los mayores o sus dilemas, fielmente representada por unos diálogos irreverentes, chispeantes, que descubren dos mundos paralelos y aquellas cómicas o furiosas expresiones, lanzadas con los dados, al participar en dichos juegos de mesa. Hoy que, el digital elimina cualquier tipo de silencio (excepto algunos terroríficos representantes gráficos) o de conversación animada entre rivales-amigos, que irían pasando del Monopoly o Risk, a la saga Dragones y Mazmorras, a través de un nuevo hit rolístico, evolucionado para nuevas generaciones de fantásticos soñadores. No todos los casos, algunos se decantarían por los viejos píxeles de un Spectrum o Amstrad, antes que el poderoso Motorola del Amiga llegase a enchufarnos con malévola adicción.
Bueno, volviendo a lo extraño del caso... la primera temporada.

Parece pequeños detectives, ´entrometidos todos`, que tenemos aquí, un típico caso de desaparición que se rastrea en diferentes niveles. Desde los mismos protagonistas del juego, a la edad de 12 años, y sus peculiares percepciones de las cosas. Acá increíbles, escurridizas, malditas y extrañas. Hasta chocar con esa corriente generada en la médula de los adultos y sus miedos intrínsecos, que interfieren de una u otra forma en la historia. Padres con hermanos mayores, amistades confundidas por la dramática génesis o mutación, de la experiencia y otras percepciones inexplicables, secuestrados por una especie de espontáneo contagio o pérdida de la razón.
La inteligencia contra las leyes naturales o esos monstruos de las historias cinematográficas, menos humanos. Mientras los amigos y profesores, que indican los pasos positivos, nos marcan un terreno inhóspito, con sus hechos y declaraciones, con encuentros desafortunados o cuerpos sin vida. Jóvenes atribulados por las circunstancias vitales, que subrayan comportamientos raros y originan conflictos paralelos a la trama principal. Además de una investigación profesionalizada, que se subdivide en dos, con los agentes públicos de la población de Hawkins (estado de Indiana) metidos en una pesadilla existencial y la apertura de portales inimaginables, en corporaciones infranqueables. Son las fuerzas ocultas de una misteriosa compañía, investigando la procedencia de ese terrible secreto, sepultado bajo un moderno laboratorio y una conciencia apresada. Todo suena casi a extraterrestres, ¿verdad?


El poderoso pensamiento de una niña llamada Eleven, recalca el protagonismo femenino, como una marca de nacimiento o la reclusión científica, guiaría tus pasos en el futuro. Ya que, lo más sugerente, por encima de la trama incluso, serán a mi parecer, los aspectos sociológicos y toda una cuidada ambientación, que nos transporta a aquellas compañías del ayer, colas para ver los recuerdos del cine y la música, más ochenteros, mediante espacios, habitaciones y vestimentas que formaron parte de nuestra personalidad o la procedencia de nuestros gustos.
Stranger Things, se mueve entre esa unión fraterna (o fantasmal) de los jóvenes personajes de Stand By Me, en 1986 y sus divertidas ocurrencias, a la búsqueda de una prometida princesa o pelear con gigantes, eso sí, con fuerza renovada y poderes excepcionales. Un eco de aquellos intrépidos muchachos y sus fantasiosas ideas, sentados para iniciar un partida crucial en sus vidas como imaginativos guerreros (una incursión más estimable, que El Corazón del Guerrero de Daniel Monzón) ante el mal, o como participantes de una historia ficticia que se vuelve realidad, típico de chicas y mundos maravillosos. Mas, con sus amenazas de otro mundo paralelo y afinidades por la muerte, menos humorísticas que Jumanji o Zathura, a priori. Porque existen algunos personajes que se muestran chistosos y espontáneos, a más no poder.


Es, a grandes rasgos, lo que mueve esta aventura distópica en familia, donde aquel Dragones y Mazmorras se convierte en un tablero con dos caras, y sin demasiada lógica. Sólo se trata de crear tensión y alimentarse de organismos libres y alegres, como gremmlins en busca de nuevas alternativas a su mal humor (como el pequeño Will Byers) o intentando, saciar su hambre de diversión. Aunque, lo verdaderamente divertido, son las relaciones y diálogos que se establecen en todos los sentidos, desde los más pequeños a las tramas policiales o encubiertas por una organización con sus experimentos cuestionables y descubrimientos.


La Generación Alocada.

La Puesta en Escena:
Entonces, la intervención va desarrollándose en diferentes escenarios y mentalidades, abiertos o herméticos como los adultos, que se irán complicando y mezclando entre sí, hasta que el terror fantástico y el suspense, se vayan apoderando del horizonte de estos, Casos Extraños, asombrosos o misteriosos. En comunión con las historias del Tío Creepy o La Cripta, parientes de los Cuentos Asombrosos de Mr. Spielberg, o Más Allá de los Límites de la Realidad o nuestra Dimensión conocida. Acontecimientos sorprendentes que forjan el carácter, que no nos dejan indiferentes frente al sufrimiento, y de la mano de comentarios simpáticos, que se funden con la investigación policial o los calentamientos visionarios de sus principales sufridores. El joven interpretado por el joven canadiense Finn Wolfhard o "Mike" y sus colegas de refugio Dustin, Will y Lucas, la chica número Once, o esa madre ´enloquecida` e interpretada por Wynona Rider (Experimenter), que nos recuerda su otro pasado metafórico y gótico. Aquí no remarcado tanto como su papel protector), de aquella adolescente interesada en su futuro y la actuación.
Admiradora del texto El Guardián entre el Centeno, de J.D. Salinger, esta madre problemática, fue joven también, con sus movidas internas. Cuando el guion de los Duffer (autores en parte de la búsqueda de desaparecidos en Wayward Pines producida por M. Night Shyamalan), abre vertientes cómicas y otros elementos paralelos, de mundos ocultos como el de Beetlejuice, nos vemos plegados a cierto romanticismo pretérito, o atracción peligrosa junto a un enamorado Eduardo Manostijeras. Criaturas fantásticas menos agradables que aquellas Sirenas o insaciables como el Drácula de Bram Stoker, en el dominio de almas bien tiernas. Alucinógena, navideña y algo desaliñada, como el salón desvencijado en ese semi-vaciado domicilio o su papel desvirtuado por El Cisne Negro, reclamando todo el protagonismo... Pero entrañable siempre, tal que un personaje dentro del universo infantil de Frankenweenie.


La tercera pata o generación, entonces, es la mirada de los adultos o padres... Simplemente la recuperación de Wynona, en todos los sentidos familiares es un acierto, una ramificación singular de la serie, que se enlaza poco a poco, con la dificultad en la comunicación. A diferentes niveles: con los hijos, vecinos, agentes de la policía, amantes, y otras entidades. Con el atractivo en la personalidad de un detective capacitado, granítico y audaz, no demasiado inteligente, interpretado por un cercano David Harbour (Black Mass, Escuadrón Suicida), enfrentándose a dudosos científicos, encabezados por Matthew Modine. Siempre, la serie gira y se entrega decididamente a los brazos de la inocencia, con significativas incursiones en ciertos sucesos criminales con jóvenes protagonistas, alrededor de este personaje carismático u Once que se transforma en poderosa amenaza, extraña o aliada.
Y sus perseguidores, dos nombres masculinos enfrentados, dotados para la actuación, con el experimentado Matthew Modine, de carrera alucinante y extensa ya, cuyo primer recuerdo es su participación en la bonita cinta Birdy de Alan Parker, antes de chaquetas metálicas y vidas cruzadas.
Mayores que se comportan como protagonistas invitados a esta travesura, ideada por y para niños o niñas, pequeños y adultos, cuando se empiezan a sentir extraños, ante sucesos o muertes en la población, con un centro médico muy vigilado, casi de otro planeta, como telón de fondo al problema vecinal y extraordinario.

A veces, los más locos parecen los de mayor edad. Más allá de la incomprensible reticencia paterna, sus despiertas mentes, producen una retahíla de movimientos que acompañan a la ´criatura` en su camino a la libertad, porque estos chicos y púberes más alterados, comienzan a sentir fuerzas y afectos (antes nunca desarrollados), como los protagonizados por los simpáticos Charlie Eaton (As You Are, Shut In) y Natalia Dyer (cuyos próximos títulos son sustanciales, Yes God Yes y After Darkness), luchando contra sus monstruosas, némesis de instituto.
Relaciones personales que entroncan con películas como Poltergeist y su zonas privadas, aquellas siniestras sonrisas de payaso en la oscuridad del dormitorio, aquí un presente, o luces navideñas de seres traviesos y malhumorados. Más recuerdos de fiestas en tiempos de choques generacionales y visitas al cine en familia... regresando al comentario actual... es decir, a los miedos de nuestras pesadillas sobre fantasmas bajo la cama o tras el armario, casas encantadas y voces ahogadas, ecos nocturnos, visitas con divertidos paseos hasta el refugio de un ET animado, invasiones alienadas y poderes mentales, explosiones cerebrales a través de telequinesia y puertas secretas que dan paso a estancias desdobladas o países no tan maravillosos. Reinos de brujas entre la niebla o alimañas sangrientas, que serían las referencias de nuestras pesadillas habitadas por seres mitológicos o más terroríficos.


Ellos y Ellas.

Antes que el sexo, apareció el miedo en nuestras vidas, normalmente, en la de todos por muy valientes que se sintieran o actuaran en público. Las Stranger Things, se refieren invariablemente a las cosas fantásticas que no necesitan del contacto sexual, aunque exista cierta atracción en diversos personajes y variaciones románticas, sobre los mitos literarios. El encabezado marca nuestra existencia, como en la película de Marlon Brando dirigida por Joseph Leo Mankiewicz, bailando y tirando los dados, dada cual en su rol determinado. Con el estilo a las estrellas clásicas de Hollywood, nos hallamos con todo tipo de rostros programados para el juego de la conquista, si bien, haya alguno que se ha instalado en nuestra mente, para siempre. Debido a su facilidad de conexión frente a la cámara, o magnetismo personal, el desparpajo para moverse y expresarse sin fingimientos, los jóvenes son los auténticos aciertos de estas Stranger Things.


La Nostalgia, se cura:
Durante una época de nuestras vidas, de aquellos maravillosos años, la vida a diario significaba un aprendizaje. Donde algunas cosas no parecían tan importantes, en relación a las chucherías que consumíamos durante una proyección de doble sesión, o la ocultación de ciertas aventuras o secretos. Ellos y ellas, se comportaban de la misma forma, si bien vestían de diferente manera o preferían otros juegos. Con la mítica amistad entre camaradas, surgían los primeros encuentros con el otro sexo, envidias o celos, apertura de la conciencia a la realidad y las fermonas.



Vamos que estábamos en nuestra salsa como los actores juveniles de la serie. En busca de una aventura, con la que demostrar nuestro valor, ajustar cuentas con pelotas o una disputa con la que saldar cuentas pendientes, en referencia a los mencionados insultos o desprecios anteriores. Luego, esos monstruos del pasado y otros seres invertebrados, indeterminados, repulsivos, quedaban en el terreno de las películas o cómics.
Algo así, pensarían ahora, los protagonistas de aquella Stand By Me, recordando el caso como una pesadilla reticente, pero no verdadera. Esto es, matizada por el tiempo, donde los malos demostraban su único y estúpido rostro, igual que Tom Sawyer recordaría las tribulaciones del indio Joe, o nuestra imaginación se topa con un episodio real y terrorífico, tratando de olvidarle. Sombras de peleas callejeras, de pandillas casi juveniles, que se ofuscaban en cualquier deseo hostil, más terrible que un encuentro espectral o fantasmagórico. ¿Sabes...? quedaron atrás.

Los críos, de momento, tienen tendencia al misterio como en El Club de los Cinco (sin rimas), además del nombrado protagonista, existe todo un trabajo por afinidades, con la callada, introvertida y protectora, Millie Bobby Brown con sus poderes desvelados por partes... que parece preparada para encararse al mismísimo Godzilla, King of Monsters, dirigiría Michael Dougherty (Truco o Trato), es una parte esencial del alma de esta serie. Así como, el dicharachero y deslenguado Gaten Matarazzo, el arrojado Caleb McLaughlin, los hermanos enlazados por la desdicha de la familia guiada por Miss Ryder. En la búsqueda de personas desaparecidas en sus círculos, se entrometen otros personajes, como el desagradable maltratador mutado a héroe e interpretado por Dacre Montgomery (próximo líder rojo de los Power Rangers), los padres de otros amigos y la pequeña actriz Sadie Sink. Además de un rostro tan reconocido como el de Sean Astin, aquel fiel Samsagaz de El Señor de los Anillos, que fuera descubierto en el crucial 1985 por Richard Donner, para un largometraje de culto de 80, tan recordado como Los Goonies.

Por tanto, estas Stranger Things tan vinculadas a otras etapas de nuestras vidas, y sus personajes emocionantes y cercanos, evolucionan con nuestras percepciones entrecortadas en la memorias. Entre bailes, chistes, amores y juegos, luchas entre gallitos de clase y maestros casi amistosos, novias con mallas de colores o vestidos con volantes, fuera de moda. Filmes de ciencia ficción y misterio, míticos o entronizados por su culto variado, los primeros terrores tapados con un cojín, asomando la nariz. Curiosos objetos que son reliquias del pasado próximo, como los recortes plastificados, bicicletas y monopatines, luces parpadeantes de Navidad (sin led ni pantallas de plasma), todo muy catódico, con el máximo consumo energético posible, para gastar las pesetas... camisas floreadas, pantalones acampanados y hombreras, las rayban´s acompañadas de bambas Nike o Reebok (junto a otras nacionales más asequibles al presupuesto), duros maestros de nada y del todo. Bolis Bic para desenrollar la música grabada en cinta, níquel-cromo, achicharradas en la guantera del primer coche, notas que proporcionaban el gusto. Los hermanos mayores y sus secretos, en otro nivel, disfrutaban en fiestas a hurtadillas, robaban besos, vestían como ídolos del cine o rock, que ellas pegaban en carpetas del instituto y soñaban. En definitiva, secretos susurrados que, nos convertían en verdaderos amigos de sangre y saliva, estancados en el tiempo, casi falsificados ahora.
A veces rememorados por una simple producción televisiva o filme... cosas y recuerdos de familias.


La Tercera Generación.

Cuando nosotros empezábamos, ellos y ellas, tutores, ya habían ocupado nuestros lugares años antes. No teníamos presente, que padres y madres habían pasado por la misma etapa conflictiva. También, se desperezaron con las primeras atracciones sexuales o gestos heroicos que confundían valor con temeridad, como en el caso de estos cuatro colegas, caminan por diferentes estados de la ciencia ficción. Cazando fantasmas...
Porque, la diversión en Stranger Things está vinculada a un mundo caótico de percepciones y elucubraciones imaginativas, en contraposición a la seriedad, constantemente alterada por las visiones y reflexiones de algunos adultos. Esto es, la angustia o el misterio funciona a distintos niveles o etapas vitales.


Entre rivalidades, se producen los choques con organismos o instituciones, sin demasiado equilibrio emocional por ambas partes. Salvo los más capacitados intelectualmente para solventar conflictos o relajar las intenciones suicidas de un grupo heterogéneo y flexible. En este territorio descriptivo, destaca la definición psicológica de los personajes, respecto a hechos que se distancian de lo identificable o razonable a priori, de lo manejable por niños o de lo aconsejable para la propia seguridad o integridad. Tanto que los padres, parecen más indefinidos que los propios hijos, involucrados en la trama confusa, pero con ideas preclaras.
No sabemos, si en próximas temporadas, los adultos formarán parte de la caza, o simplemente fueron el prólogo de aquellos Cazafantasmas de mediados de los ochenta. De momento, usar toda la reacción plasmática y algunas risas burlonas, como proyectos inacabados de una generación, también confusa o perdida. Verán la capacidad de los pequeños, liderando las situaciones más imaginativas o extravagantes, con fenómenos paranormales o experiencias extrasensoriales, como apariciones y poltergeist. Telequinesia o telepatía, y otros condicionantes extracorpóreos, tan extrañados como nuestros padres en los ochenta, observarían nuestras lecturas o visiones cinematográficas. ¡Otra vez, con tus amigotes!. A veces, hoy, siguen expresándose así... ya estás con tus películas de monstruos...

El Conflicto de la Sangre:
Aquí conviven los episodios reconocidos por los espectadores, desapariciones, locas irascibles que nos asustaban en la calle, gritos, asuntos extraños, secretos y mentirijillas, sentimientos con métodos cincenses, monstruos humanos o no, baños de conciencia, el otro lado de nosotros o la sociedad; a través de sus vivencias personales o fracasos existenciales, con todos esos recuerdos amontonándose en el vacío temporal. Podría tratarse de extraños flashbacks, tal que casos determinados se revelaron como falsificaciones... fotografías trucadas, monstruos indefinidos, la búsqueda del negocio lucrativo, los timos espirituales, ciencia de supersticiosos y consultas interesadas con profesionales, de la nada. Familias desunidas, mediante montajes o producto del desamor, siempre tan poco científico... en definitiva, la poca credibilidad en las declaraciones de los seres humanos y su cerebro engañoso.
Aquellos monstruos de nuestra adolescencia, muchas veces, se quedaron diluidos en la sangre o la respuesta de una madre, ¡baja de la nube y espabila, maj@!


En Stranger Things residen y conviven con esas etapas dificultosas, cuando la imaginación sobrepasaba cualquier perspectiva de vida real y alguien te ponía los pies en el suelo, con un aterrizaje comprometido en más de una ocasión. Lo saboreamos junto a estos muchachos que, bien, podrían ser cualquiera de los televidentes de hoy. Eso sí, con menos atrevimiento, pelo o dueños de una tripa más abultada. Al menos que, allí, fueran los típicos niños bien alimentados, dados al consumo excesivo de dulces y, por tanto, diana de los abusones.
Aquí, en estas pequeñas cosas, radica el éxito de la serie de Netflix y los Hermanos Duffer, en la plasmación de todas las inquietudes de nuestra infancia y jugando con nuestras neuronas. Mediante gestos o travesuras que iniciamos a escondidas, y el sentido, de una camaradería de la que, en muchos casos, sólo quedan magníficas estampas. Frágiles mentes.

En esta primera temporada (pronto la continuación), conocemos a sus padres, experimentados en la educación, pero no aleccionados en ciertas batallas que se desarrollarán, con o sin, su conocimiento. Mundos paralelos, que dependen del lado de la realidad que nos visite, seas mayor o niño, de las angustias derivadas del crecimiento o el pensamiento de sus hijos, de sus percepciones descabelladas y la confirmación posterior, de sus sospechas. Cuando te toman por loco, si bien, nadie como ellos para salir en defensa de sus cachorros, de sus creencias y la comprobación, ante cualquier duda perpetrada por la organización o mente desbordada, de turno.
Aunque sus pequeños, no sean las criaturas indefensas, como pensaban de puertas para adentro. No, son pequeños héroes. Ni las amenazas significan una distancia mal calculada en un salto acrobático, o herida producida por una caída en bicicleta. No, son esas entidades de historias asombrosas, que han evolucionado y perfeccionado su argumento, sus poderes malignos, nuestro recuerdo de espectadores boquiabiertos y lectores del ayer. Han abierto puertas dimensionales con el más allá, a través de la mente o las paredes, han jugado con las incredulidades de experimentados jueces, han propuesto otros juegos a los mayores... más peligrosos que un descenso vertiginoso en monopatín, sin protecciones.


Los asesinos silenciosos, contaminantes, se identifican con lo desconocido, con la deformidad y las organizaciones tecnológicas sin escrúpulos, dueñas de bisturís y medicamentos, fenómenos y virus. Con ejércitos de funcionarios enfundados en trajes herméticos, para evitar el contagio, de seres no humanos, procedentes del exterior. Actuaciones indebidas con órdenes de jefes enloquecidos y gobiernos ocultistas, mediante aquel terror palpitante, que confluye en las historias de una era pretérita e invadida por los libros de fantasía juvenil, con universos apocalípticos, monstruos, héroes, muertes incomprensibles y villanos. Como hoy, pero sin potentes ordenadores, ni nuevas redes.
Stranger Things, en definitiva, ha vuelto a abrir ese resquicio a la penumbra, con el que nuestros ojos se dirigían a través del cojín, en busca del último susto o escena malsana, que nuestros padres prevenían oportunamente. Entonces, siempre más matizada para todas las edades, que los trucos sanguinolentos de la era digitalizada, casi una broma para estos duros tramos temporales; sobre una época que muestra la enfermedad y la violencia a diario, con crudeza, con efectos diabólicos, en cualquier medio de información. Donde los terrores los infunden, invariablemente, los hombres.

Aquellos chicos (asomados a la ventana de ayer), son estos investigadores de lo misterioso, esos cazafantasmas del entretenimiento envueltos en un giro inesperado de hechos y fechas... una elipsis en mi mente.
Encabezados por un Bill Murray al mando de nuevas evoluciones ectoplasmáticas, un cabal o desconfiado Ernie Hudson, el largilucho Harold Ramis encargado de las evoluciones científicas, junto al parlanchín y despistado Rick Moranis, o el risueño y crítico Dan Aykroyd, poniendo el acento preciso. Todos se convirtieron en parte de nuestra cultura adolescente y las raíces cinéfilas, insuflando su espíritu rebelde sobre otros más chabacanos, peligrosos o bonachones, a base de chuflas y guasas inocentes, como las figuras de algunos fantasmas socarrones durante la Navidad.
Parece que su amistad inquebrantable y su humor, han recorrido océanos de tiempo y ríos de mocos, para aparecer de nuevo (en dos temporadas de momento), identificando a otras nuevas generaciones, agradeciendo la compañía de aficionados al scifi juvenil, presentándonos a sus familias y peleando con renovadas amenazas, entre dos mundos. Los de siempre, luz y oscuridad.


Cuyos hermanos mayores, ahora, serían los abuelos de aquellos Cazafantasmas, que luchan contra los problemas de identidad personal, el crecimiento y la sexualidad, la aceptación de sus compañeros de clase y una serie de entes que se nos irán apareciendo próximamente, llamados por determinados delincuentes o mentes esclavizantes. Todo comprimido en capítulos y extendido a nuestras vidas. Más terrenales, eso sí.
Los protagonistas de antaño, en sencillo encaje de edades y tecnología avanzada, se remontan tres décadas y transforman en aquellos que jugaban en un barrio o población, como si fueran las calles de Madrid o cualquier otra, mezclando sus apreciaciones con silencios y percepciones raras, adaptadas a su estatura y vistas desde su tamaño. Unos puestos en puntillas para descubrir el paradero y confiar en la ciencia, la localización o el truco, otros asustados o avergonzados por las charlas de sus padres, respecto a sus valores o inteligencia.
Pero, siempre mirando hacia adelante, echando una mano al amigo perdido o disfrutando de los sonidos sintetizados de aquellas bandas sonoras, hasta formar parte de un todo, de la construcción de sus propias personalidades en el futuro.


Hasta que la terrible realidad, no la verdad de sus tutores, les arrastró a un mundo de pesadilla, mezclado con los sueños y las curiosas investigaciones paralelas, algo contraproducentes para su salud... aunque, consigan de nuevo, salvar nuestro mundo.
Siempre a tu lado, contigo, entre clásicos, aventura y el rock... ;)

domingo, 9 de abril de 2017

Paterson.


El Despertar de una Poesía, nada rutinaria.

Paterson, es un joven que observó la guerra de cerca, convertido en soñador con los pies sobre el embrague. Todos los días laborables se levanta a la misma hora, sobre las sábanas de la lírica diaria. Abrazado a su fiel compañera, esos primeros minutos despiertos están repletos de confidencias y sensibles tocamientos para empezar la jornada. Esta cama a la que nos referimos, está sita en la misma ciudad de Paterson en Nueva Jersey, lugar de nacimiento del boxeador Rubin "Hurracane" Carter con sus puños cargados de cloroformo y derechos, del actor cómico Lou Costello (antes de emparejarse con un más formal Bud Abbott) y cuna de Allen Ginsberg que, luego, formaría un lado del triángulo poético y amoroso de la Generación Beat, junto a Jack Kerouac y William S. Burroughs.
Así, limítrofe con el estado de Pensilvania y su tradición del Día de la Marmota, cada mañana despierta con una pequeña actividad sexual sin percatarse apenas del paso del tiempo, solamente en las cosas sencillas que nos rodean. Imperceptibles, excepto para un curioso conductor de autobuses, un escuchador de las voces de sus vecinos o un simple, frecuentador de lo cotidiano o la poesía urbana. Un admirador de los silencios y las pausas, de las risas y diálogos privados, de la naturaleza libre y salvaje de las cosas, de los estados de ánimo, de los poemas de un individuo nocturno como William Carlos Williams, como el titulado Paterson sobre el pueblo norteamericano y su lenguaje callejero.

El arte, seduce como un delicioso dulce, elaborado con cariño y paciencia, o se muestra duro de difícil y pesarosa deglución, para acompañar un habitual coloquio desayuno antes de encarar la jornada. Nada que ver con el día opresivo, el agobio existencial y amor no correspondido de Phil Connors, interpretado por un divertido e inolvidable Bill Murray, en la película Groundhog Day del recordado y simpático Harold Ramis. Aunque, subrayen frases con un fino sentido del humor.
Adam Driver el otrora oscuro Kylo, es ligero, pero aporta su peso en oro a la película. Retrata a la perfección a este tranquilo ciudadano, amigo bebedor de cerveza y pausado guía, que desciende al asfalto cada día, para reencontrarse con las palabras ocultas en el tráfico, en las calles y aceras, en los asientos de atrás o con la belleza, distinguida por las famosas cataratas de su ciudad natal. Entonando sus sonidos y pausas, deslizando los personajes habituales por su libreta, observando escenas cotidianas y sus pensamientos en voz alta, rimando sus propias sensaciones en privado. Paterson, es todo un curso "poco acelerado", de la estructura poética en la calle y sus pasos contemplativos.

La ruptura de lo cotidiano, lo expresa Laura con exaltada pasión, su esposa y repostera casual... por ahora.
Mientras él, conduce y rima; ella cocina sus extravagantes dulces, salpicados con impaciencia laboral y los acordes soñados de una guitarra. Es expresiva (algo redundante en principio) e incansable en sus pruebas culinarias, gracias a la potencia y belleza facial de la actriz Golshifteh Farahani. Son dos mundos diferentes, que se entrelazan al amanecer y se separan mentalmente a lo largo de las horas, una pensando en futuros negocios, el otro enfrentándose a la iluminada imaginación.
Cuando el actor californiano y poeta cinematográfico, sale al exterior, a veces, recuerda aquellos paseos de Jack Nicholson en Mejor Imposible u otras películas con graciosos canes incluidos. Sin embargo, el cerebro que reside detrás de los versos y la cámara, pertenecen a dos autores que se expresan con calidad de textos e imágenes, entre el escritor integrado en la Escuela de Nueva York y profesor de poesía, Ron Padgett, y el director de la pausa, de las conversaciones y el estilo. De la alienación contemporánea y la intelectualidad fotográfica, incombustible como los sueños, Jim Jarmusch.

Se muestra invariable, en contraposición a la longitud de sus estrofas o eclécticas rimas. Habitualmente, se percibe como el auténtico ser, aparentemente privilegiado, que visualiza desde su cumbre hogareña. El animal de compañía de ella, con su trato excesivamente cariñoso, espiando los estados de ánimo en ambos y los ruidos procedentes de su estómago. El perro que evoluciona, hasta convertirse en un confidente silencioso, como la mayoría de las cosas que aprecia. Quizás, sólo mortificado por esas pesadas digestiones, la mirada vespertina al reloj y su pantalla digital, el saludo conciso y al grano (negativo) de su compañero en la compañía pública de autobuses urbanos, ciertos diálogos machistas o revolucionarios de juventud, la charla inconclusa en una barra de bar, riñas amorosas no correspondidas, quejas de la mujer de un jugador, ruidos de un motor averiado, los caprichos de su compañero canino de paseos... aunque, no opine sin ese particular sentido onírico.
Aún así, Jim Jarmusch le concede libertad de pensamiento, de las decisiones correctas a tomar próximamente, o las circunstancias que confluyen en su propia derrota, su escritura semi-secreta, su propio guion de la existencia.

Del otro lado de esta realidad poética, están los encuentros sugestivos con la naturaleza, la piel y el olor de un horno pastelero, el respetuoso cuidado a sus pasajeros, las charlas sustanciales con el camarero o la chica poeta, los derechos adquiridos con el carácter y cierta gratitud por la vida, el sabor de levadura fermentada o el azúcar en los labios ajenos, la crítica calmada sobre la actualidad política y social, un bar de la esquina... La confirmación de un héroe a la fuerza.
Paterson se sincroniza a los paseos, con los interiores entrañables, mecido en brazos del viento, con las imágenes y las palabras. Como un filósofo callejero, aparcaría sus silencios en la barra amiga de un bar, y escucharía del otro lado, con la pasión de un cinéfilo. Un rapsoda de vidas efímeras y anónimas, amante fiel, fotógrafo de instantáneas curiosas, como la de los artistas y personajes pinchados sobre un corcho en la pared de un local conocido. Un desafío diario al aburrimiento, un reto al desamor y la desesperanza, a los trucos de gemelos en una partida de ajedrez o espejo atemporal, tal que Alicia visitando su propio país de las maravillas o elementos, menos fantásticos.

Además, cuando el guion de Jim Jarmusch se acerca peligrosamente, al rechazo, por un comportamiento nervioso y repetitivo, exigencias de una futura empresaria o repostera de prestigio, lo suaviza con capas de glucosa, con empatía privada y emocional nada empalagosa. Hacia un final de privilegios caninos, demasiado demandado por un silencio felino y atragantado. Se aproxima a la literatura romántica, Romeos y Julietas, o el cine negro, con esas mujeres panteras que acechan en sombras y el miedo escénico, al amor. Al monumental blanco y negro que subyace en su mundo de colores de su barrio y gestos rutinarios, a las fauces que le devorarán por dentro, al éxito social de ella y ese concluyente, fracaso privado de él. Aunque, con una cálida sonrisa...
En la escucha activa, además de oídos se conduce a una apertura de ojos, reconociendo el romanticismo en las rutinas, el minimalismo intelectual en simples líneas, con rima asonante, a tomarse la cosas y los peligros de nuestro alrededor, con un poco de filosofía, casi como un consejero ascético. Pero con un sentido oriental, práctico, dual como el yin y el yang. Espiritual, callado, risueño y elevado, como la interpretación mágica de Adam Driver.

Ya tendremos tiempo, de ver al joven Mr. Driver y notable poeta, conductor y actor, en competiciones más ruidosas, como la dirigida por Steven Soderbergh sobre dos atracadores y hermanos en la Nascar, junto a Channing Tatum, Daniel Craig y Katherine Waterston, en Los Últimos Jedi del Episodio VIII, a El Hombre que Mató a Don Quijote de Terry Gilliam, incluso, se habla de una película dirigida por Sylvester Stallone y otra por el francés inconformista Leos Carax. Atentos, abrid vuestra mente y escribid... alegre-mente.
Ron Padgett lo hizo y ahora, pertenece a esta película, producida por Amazon Studios y Animal Kingdom. Paterson es simplicidad de un método, para transformarse en algo excepcional. Un viaje a los rincones del proceso creador y el barrio, por los sueños y sus derrotas parciales. Una comida sabrosa, especiada, que deja un sabor agridulce...

Jarmusch desde el corto Café y Cigarrillos (1986), despliega la luz y los terrenos confortables, no exentos de crítica existencialista, cuando su mundo se había exhibido en la oscuridad en tantas ocasiones, sobre el humo y la poesía en las letras de una canción. En hombres marcados por distintos recorridos vitales y conversaciones underground (ejemplos como Mystery Train, Noche en la Tierra o Dead Man), Jim Jarmush vuelve a rimar imágenes en Paterson, encadenando vidas en color, desde otro tipo de animales míticos, como Ghost Dog: El Camino del Samurái, los humos abandonados de Coffee and Cigarettes, la perspectiva solitaria de Flores Rotas, la vida marginal en Los Límites del Control, la poesía decrépita de Sólo los Amantes Sobreviven y la música terminal de Gimme Danger (documental sobre The Stoges e Iggy Pop).

Al final, el poeta observador Paterson es extraño para el gran público, pues no posee móvil u ordenador personal para expresar, usa la atención, un cuaderno y lápiz. Es un personaje, no tan introvertido como parece, es un libro incompleto, una ciudad como tantas del mundo, y notable película... donde se vive a través de la poesía, no por medio de ella.
De hecho, busca la vida simple y la contempla desde el proceso de escritura, para magnificar la obra artística, con la fuerza de la imaginación y... una sonrisa.
Así, este riesgo poético es siempre, asombroso y destacable, como Adam, Jim y Lou...

Homenaje de la ciudad de Paterson a Lou Costello.

Paterson Soundtrack.


Love Poem.

We have plenty of matches in our house
We keep them on hand always
Currently our favourite brand
Is Ohio Blue Tip
Though we used to prefer Diamond Brand
That was before we discovered
Ohio Blue Tip matches
They are excellently packaged
Sturdy little boxes
With dark and light blue and white labels
With words lettered
In the shape of a megaphone
As if to say even louder to the world
Here is the most beautiful match in the world
It´s one-and-a-half-inch soft pine stem
Capped by a grainy dark purple head
So sober and furious and stubbornly ready
To burst into flame
Lighting, perhaps the cigarette of the woman you love
For the first time
And it was never really the same after that. All this will we give you
That is what you gave me
I become the cigarette and you the match
Or I the match and you the cigarette
Blazing with kisses that smoulder towards heaven. Another One. When you´re a child you learn there are three dimensions
Height, width and depth
Like a shoebox
Then later you hear there´s a fourth dimension
Time
Hmm
Then some say there can be five, six, sevev I knock off work
Have a beer at the bar
I look down at the glass and feel glad Poem. I´m in the house
It´s nice out
Warm
Sun on cold snow
First day of spring
Or last day of winterMy legs run up the stairs
And out the door
My top half here writing.


Un vistazo a Logan Lucky, de Steven Soderbergh.


The Man Who Killed Don Quixote, de Terry Gilliam.


Pirates of the Caribbean: Dead Men Tell No Tales, de Joachim Rønning y Espen Sandberg.

The Revenant.

El Espíritu de la Montaña... ha renacido.

Durante una buena parte del siglo XIX, los territorios salvajes de Norteamérica fueron un hervidero de hombres solitarios o grupos unidos por la riqueza de sus materias primas, que se adentraron para buscar fortuna y se chocaron con los verdaderos propietarios por su pertenencia a la naturaleza y asentamientos nómadas al cabo de cientos de años. Hombres aguerridos como Hugh Glass tuvieron que sobrevivir a numerosas aventuras, pero algunos de sus compañeros no respetaron esa convivencia con los nativos que produciría un cisma social y generacional, con multitud de luchas raciales que desembocarían en un enfrentamiento con las tribus indias, o más tarde entre Norte y Sur, y otros crímenes no juzgados debidamente.
También, sus figuras envueltas en pieles o cuero, serían protagonistas de numerosas narraciones o leyendas que servirían de inspiración para escritores y artistas, como Julio Verne o Jack London, de Melville a Twain. Retratando el esfuerzo hercúleo de exploradores y nativos para conseguir mantenerse con vida o alimentar a sus familias, pues sus cuerpos se enfrentaban a condiciones complicadas para prosperar en las montañas y sudar con el ejercicio diario, esas extremas del terreno o de la climatología. Si caían en la nieve, ese sudor o el hálito de sus bocas, congelaba sus bigotes y barbas, o la sangre se derramaba para defender posturas opuestas, así pelearse con bestias que defendían su alimento o crías, era tan habitual como responder en silencio con sus corazones heridos, es decir, expandir la muerte (justa o no) con la universal venganza.
Décadas después, un nuevo invento llamado cine, se fijó en aquellos hombres legendarios o pioneros, como Jeremiah Johnson de Sydney Pollack y sus trampas ecológicas o El Hombre de una Tierra Salvaje dirigida por Richard C. Sarafian, ambas en 1971.

Normalmente producir una película supone aceptar una serie de dificultades materiales y económicas, pero determinados rodajes son un auténtico reto para los protagonistas y resistencia física del equipo, tanto en el aspecto humano como técnico. Esos rodajes tomados como una aventura en sí mismos, fueron capaces de representar el esfuerzo en base a la determinación de sus directores o colaboradores principales, el entusiasmo por una nuevo proyecto y el amor por el cine. Uno de los bellos resultados es la fotografía meticulosa de la naturaleza a su alrededor.
Estos filmes, que invaden (con respeto) la privacidad de espacios y fauna que habita en ellos, otorgan a una obra cinematográfica, la esencia de los pueblos primitivos y el lado animal del ser humano. El director mexicano Alejandro González Iñarritu ha sufrido a conciencia con frío extremo, el traslado de kilos de material tecnológico a esas últimas fronteras en The Revenant, favorita para premios importantes el próximo 28 de Febrero en el Teatro Dolby de Los Ángeles.

El Renacido trata sobre un tiempo en que, los hombres de una incipiente nación se llamaban a sí mismos ´westman o frontiersman` dependiendo de los caminos que recorrieran en sus cabalgaduras. Entonces, Iñarritu ha guiado sus pasos hacia la colonización de esos territorios salvajes confiado en un equipo encabezado por Leonardo DiCaprio y Tom Hardy, la luminosa frialdad de Emmanuel Lubezki o la música envolvente del gran Ryüichi Sakamoto, creando en The Revenant una antología sobre la supervivencia física y moral, gracias a un guion compartido y sometido a la metafísica de la novela de Michael Punke. Pero, algo está ocurriendo en Hollywood (además de la falta de nominados de otras razas), cuando en los pasados años, el cine de otras latitudes como el imaginado por el viajero Alejandro que se iba haciendo un hueco fundamental en interesantes producciones, desde Ciudad de México a Europa, con gran éxito de crítica y público en general. Sus temas son tan variados como historias paralelas conectadas en su pasado, pasando diferentes problemas económicos que ha enfocado con nitidez hacia la naturaleza de la Tierra y del Hombre, con mayúsculas.
La naturaleza salvaje y la sangre, ambas conexiones orientales con Dersu Usala del maestro Kurosawa recorriendo la taiga siberiana, es innata a exploradores o aventureros de siglos cegados por el filo de un cuchillo o hacha. El director narra una historia con enfoque personal, usando la cámara como un objeto animado que distinga formas y movimiento al lado del espectador, sin respiración, pero no de forma destartalada ya que todo tiene un significado. Hasta que la muerte se convierta en forma de reencarnación hacia una venganza o ajuste de cuentas, con una concepción dividida entre la relación paterno filial y el panteísmo, siempre bajo el prisma de maldad intrínseca, en una sociedad en fase de aprendizaje aún.

Te verás junto a sus ojos, protagonista de la honestidad frente a la envidia o el racismo, imbuido por la fuerza de sus imágenes e interpretaciones. Nunca, dentro de una historia vital como lo logra Iñarritu en The Revenant, inmersos en un siglo XIX con Hugh Glass y sus compañeros, un trampero explorador que circundaba Alaska y los amplios paisajes del centro de Norteamérica, por allá de 1820. Invadidos por los paisajes retratados como extraños parajes apocalípticos, desde las faldas rocosas de Alberta hasta la virgen esencia, y gélida del río Olivia en Ushuaia (viaje muy recomendado por el Sur argentino en busca del abrazo perdido, esperemos que sin peludos encuentros).
Antaño en el salvaje y viejo Oeste, se solía decir que un hombre capaz de matar a un grizzly con sus propias manos, piel con piel, sudor o sangre, y sobrevivir a su ataque mortal, sería merecedor de nombrarse poderoso guerrero, en caso de salir vencedor al combate. Y depositario en propio cuello, del colgante con la fuerza o poder casi divino, que representaban las garras de tan digno y natural adversario, el gran plantígrado del Norte. Era otra época, sin duda.

Un mortal capaz de derribar a un animal tan poderoso, con tanta resistencia ante la adversidad, tendría pocos enemigos a su altura. Quizás por ello, Iñarritu ha contado para tan noble papel con un derrotado en mil batallas, por los premios de Hollywood como Leonardo DiCaprio, gran favorito para la mayoría este año, incluido el presente. Di Caprio se ha encaramado a la vida, por ganas y calidad de su interpretación conceptual o física, ha vencido a la oscuridad mental para convertirse en un héroe de leyenda en El Renacido, creo en general, como la luz ha llegado entre acólitos o sus habituales enemigos. Donde Iñarritu indaga en su fuente de poder sobrenatural, al lado de un viaje existencial por territorio esquivo, entre el frío y la oscuridad, que despertará conciencias de hombres enfrentados, de valores tan separados como la codicia o el color de las pieles.
Como contrincante destacado, en nivel superlativo de presencia y caracterización (ya presente en numerosos trabajos anteriores), se elige a un actor tan increíble como Tom Hardy, un acicate más. Ambos actores a vida o muerte en sus trabajos, recital de pasiones y expresiones innatas, gestos que derrocharon potencia interpretativa, en consonancia con la quietud natural y la perturbadora venganza. Los dos son merecedores del aplauso del público y la crítica, porque son ambas caras de una misma moneda, el hombre y las ancestrales creencias del rito, compañeros rivales en una aventura hacia lo desconocido.

Ex-equo junto al director mexicano, marca el triunfo de lo esencial. Del espíritu sobre el materialismo y la negación del prójimo,The Revenant afianza la lucha antagónica de dos seres entregados a la división del todo, en viaje desbocado por la moralidad o el fracaso del humanismo, en época lejana del verdadero renacimiento artístico o intelectual. Aquí, triunfa la violencia en brazos del amor perdido o ese machismo primitivo de otros siglos, la muerte injustificada de víctimas silentes, a la intemperie de ríos que llevaban al final de sus vidas. De frío en las entrañas.
La belleza del horror en parajes inhóspitos, los gritos ahogados por cuajarones de sangre en sus lenguas cuando las palabras se propagan como el odio. Sin respeto a la diferencia o la primitiva creencia tribal, todo se intensifica entre la caída del hijo y resurrección del padre. No un orador, ni un religioso iluminado por la verborragia, ni locuaz shakesperiano en la dialéctica teatral. Sino, frontiersman asilvestrado en la fatalidad. Un nuevo ganador de Oscar, sin palabras.

En sus pinturas negras, cercana y próxima en el tiempo a la historia real de El Renacido, una obra sobre la conciencia humana que el mismo Francisco de Goya retrató, con esta rivalidad de dos hombres en Duelo a Garrotazos, que parecían enterrados en un material incoloro, casi blanquecino (realmente el tiempo se encargó de mitigar el terreno, junto a la escasa conservación de antigüedades pictóricas). Fantasmal, lienzo en esas fronteras que en The Revenant se encaraman a la bestialidad u odio en la nieve. El ayer como el hoy, aún no comprendido del todo, de mortales que repiten iguales circunstancias, sea en un campo castellano o en la helada estampa de las Rocosas, en las Montañas Blancas de Arizona o la Sierra Madre. Los hijos imitarán los errores de sus mayores, y las generaciones se mirarán en charcos de sangre de sus antepasados... ¡pero no ven!
Iñarritu reaviva los ritos sangrientos de aquel espíritu salvaje del oeste, y ha construido una monumental obra de supervivientes y caídos. En las escarpadas estribaciones, hacia el atardecer lechoso del día, se lucha a rostro descubierto con miedos propios o tu indefensa debilidad. Entonces, la herida se curaba cortando la carne, cuando el calor del hogar fue destruido por la explotación de riqueza que os llevó a un mundo distinto, apartado de grandes ciudades. Ruido de sables de Duelistas de otra época, como en los Inmortales.

En cambio, aquellos grandes jefes tampoco necesitaban palabras huecas, ni permitían que hijas fueran víctimas del mal de los hombres, del abuso o deseo enfermizo y la muerte intuida por incomprensión, otra aniquilación de cualquier indicio humano por culpa de residuos sociales atemporales o desquiciados con la violencia generalizada.
The Revenant, significa la vida o la muerte... en manos de un mexicano iluminado. E ilusionado con la pasión del cine.

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