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domingo, 23 de abril de 2017

I´m Not A Monster: King Kong: La Isla Calavera - Shin Godzilla.


Simply... The Beast.

Durante extensos episodios de la evolución, los seres más monstruosos caminaron sobre la Tierra, alimentándose y creciendo hasta dimensiones impensables, desarrollando determinadas armas biológicas para enfrentarse a sus enemigos o defenderse de ellos. Sin embargo, su inteligencia tuvo que lidiar con el enorme tamaño y su voracidad, que también sería uno de los factores principales que terminarían con su extinción definitiva, por determinadas causas apocalípticas. Así, otros más pequeños fueron apareciendo y ocupando su lugar, lentamente, hasta convertirse en seres humanos con mayor capacidad cerebral y erigirse en los ´monstruos` dominadores del nuevo mundo.
En milenios, distintos elementos de esta Humanidad, marginados como Joseph Merrick, recordado médica y culturalmente como El Hombre Elefante, se enfrentaron a la desagradable calificación de ´monstruosidades` debido a una deformidad producto de la espantosa escoliosis y el denominado síndrome de Proteus, llevado al extremo de la deformidad ósea.
Proteo, el dios de la mitología griega, súbdito e hijo de Poseidón, que podía adoptar cualquier forma viva de la naturaleza, incluso, aquel personaje proteico podía mutar a un elemento como el agua para dedicarse a la contemplación y olvidarse de sus deberes a bordo de un carro tirado por hipocampos o gigantescos caballitos de mar. Algo divino y monstruoso.

Toda la belleza descriptiva del mito antiguo, queda relevada por la crueldad de los seres humanos a finales del siglo XIX y una sociedad corrompida o necesitada económicamente. Aquellos individuos, las verdaderas bestias, lo mantuvieron esclavizado, vejado y silenciado, despojado de su condición intelectual y víctima de una idea descabellada o alejada de la realidad científica. El hijo de una violación animal grotesca, que le produciría una enfermedad cubriéndole extensas zonas de su cuerpo, con tremebundos tumores y causa real de graves dolores internos. A parte de una historia macabra que sería revelada por el cirujano Jefe del Hospital de Londres, el doctor Frederick Treves, que estudiaría su caso y le rescataría de los golpes o de su infringida ignominia, generalizada, al ser tratado como un deficiente que causaba rechazo por su aspecto físico y explotado comercialmente en ferias.

Como cuenta la excelsa película producida por un atrevido Mel Brooks, y dirigida por el onírico David Lynch, un siglo después, influido por su experiencia anterior en Eraserhead y el viaje al interior de la mente, al miedo que se demuestra en la paternidad y sus obligaciones, la genética como resultado de una nueva generación. El Hombre Elefante no tiene miedo, es transparente en su alma, aunque pasó gran parte de su vida, obligado a una exhibición denigrante y la esclavitud más inhumana. Existen algunas escenas que recuerdan la mugre de una época victoriana y sus enfermedades incurables, ciudades grises al estilo realista del cine italiano de Rossellini, penumbras del alma en Ingmar Bergman y las cenas ostentosas en oprobios o pantagrueles de Luis Buñuel. Pocos momentos de pesadilla, que regresarían después en su onírica filmografía, llevada a lo tangible y humano, en el guion adaptado por el propio director.
John Merrick, na vida arrastrando dolores y un silencio monstruoso, que escondía algo más brillante en lo profundo de su cráneo deformado, esa delicada pasión por la belleza, la comprensión o el arte, así como otros aspectos tal que la inteligencia y el recuerdo de una defensora inmaculada, su propia madre.

Los papeles principales de la película, estaban en manos, cabeza poética y piel, del gran actor John Hurt recientemente fallecido y añorado por el presente, unido a dos intérpretes excelsos como John Gielgud, la Julieta interpretada por una estupenda Anne Bancroft y sobresaliente en humanismo, Anthony Hopkins, en un papel que recalcaría la humanidad de los protagonistas, y sus futuras carreras en la interpretación.
Lo que no dice la película es que, a pesar del duro tratamiento en las frías calles de la era victoriana en su oficio de buhonero, y la crueldad de ciertos individuos, hordas de niños que se burlaban de su dificultoso caminar, o clientes que se amontonaban a su alrededor, él nunca se quejó de sus jefes o su pobreza extrema. Antes, sería operado de una protusión anatómica y la masa retirada de peso considerable, dejaría sin movimiento a parte de su rostro y boca, lo que aumentaría su estado semi-inconsciente y, posteriormente, atacado por otras enfermedades como la bronquitis, desnutrición y una baja autoestima. Totalmente comprensible ante su enfermedad incurable.
"Algo que siempre me entristeció de Merrick, era el hecho de no poder sonreír. Fuera cual fuese su alegría, su rostro permanecía impasible. Podía llorar, pero no podía sonreír." (Sir Frederick Treves)

Por último, los seres humanos poseen ambas ramificaciones de la personalidad dual, pudiendo comportarse como víctimas propiciatorias o verdaderas bestias de alma monstruosa, más allá de otras apreciaciones anatómicas. O individuos introspectivos (no peligrosos) que se dedican a la reflexión y la belleza interior, a sentir miedo con ciertas experiencias transformadas en pesadillas nocturnas o perseguir sus sueños. Así, el cine ha enfrentado a la naturaleza con la metodología y la conciencia humana, al terror con la esperanza, en una lucha casi mitológica. Cuyo máximo exponente propone a aquellos seres gigantescos de genéticas prehistóricas o graves mutaciones en su organismo, producidas en muchos casos, por efecto del comportamiento o los avances científicos de los hombres.
Esos ´monstruos` que, a veces, se olvidan de la métrica y la belleza... como expresaría, aquel niño de Leicester, disfrazado de Romeo adulto y oculto en la mente de un hombre tímido y sabio, pero con la piel espantosa de una patología médica tan terrible:
"Es cierto que mi forma es muy extraña,
pero culparme por ello es culpar a Dios;
si yo pudiese crearme a mí mismo de nuevo
me haría de modo que te gustase a ti.
Si yo fuera tan alto
que pudiese alcanzar el polo
o abarcar el océano con mis brazos,
pediría que se me midiese por mi alma,
porque la verdadera medida del hombre es su mente".


King Kong: La Isla Calavera.


King Kong es una película de aventuras de RKO Pictures, cuyo enorme y peludo protagonista, está a punto de cumplir los 85 años, de su nacimiento cinematográfico en 1933. Dirigida por dos aventureros estadounidenses Merian C. Cooper, tras un sueño de un gigante simio atacando Nueva York, y Ernest B. Schoedsack, con Fay Wray, Robert Armstrong y Bruce Cabot como actores principales. Fue estrenada por primera vez en el teatro Radio City Music Hall, estableciendo los diferentes escenarios que circundan sus pisadas selváticas y su caída, tras la exhibición correspondiente en la cosmopolita New York, cruce de razas del mundo. Otra vez, con la aventura del cine y la prehistoria, en el interior de una historia que habla del rodaje de una película, con reminiscencias de mundos perdidos, como la novela de Sir Arthur Conan Doyle El Mundo Perdido (1912), la épica fantástica y remota de J.R.R. Tolkien en El Señor de los Anillos, Edgar Rice Burroughs con La Tierra Olvidada por el Tiempo y Tarzán de los Monos, o claro está, los famosos viajes literarios de Julio Verne en su reflejo aventurero con Los Viajes del Capitán Grant, Veinte mil Leguas de Viaje Submarino o La Isla Misteriosa. Además de los movimientos espaciales o aéreos, de obras como Cinco Semanas en Globo y la gran imaginativa antediluviana de su Viaje Al Centro de la Tierra.

Luego vendría un salto mortal en el tiempo, hasta la aparición sensual y primeriza en la década de los setenta de Jessica Lange (nacida y felicitada un 20 de Abril, hola ¿cómo estás? O.o), y un gorila que saca a los invasores de la Isla Calavera de su sueño petrolífico y promocional, con un par de magníficos sopapos, digitales. Otras curiosidades del filme tras la impactante publicidad en el World Trade Centre serían la producción de Dino de Laurentis, la dirección de John Guillermin, ya especializado anteriormente en Tarzán y otros colosos ardorosos. La filosofía ecologista de un enorme artista como Jeff Bridges, el mismo año que se presentara junto a un joven Arnold Schwarzenegger en Stay Hungry, la banda sonora de John Barry y la técnica del Stop-motion del maestro Carlo Rambaldi con su gigantesca cabeza y brazo mecánico. Trabajo por el que conseguiría su tercer Oscar, compartido con otra recordada distopía como La Fuga de Logan del encomiable Michael Anderson, tras sus diseños de E.T y Alien. Pero, esto será otra historia que volverá próximamente de la mano de Ridley Scott en Alien: Covenant...

Mientras, hoy tenemos su reflejo de nuevo, al otro lado del espejo... el de la evolución de las especies. Seres tan extraordinariamente poderosos, que de existir hoy, causarían el miedo a su paso. En dicha evolución, algunos individuos se quedaron estancados, consumidos en el barro y otros mutaron oportunamente de cara a una indómita naturaleza que les haría crecer y desarrollarse, hasta fenecer, de nuevo. Os suena, ¿no?
Camuflados en diferentes formas y con aptitudes oportunistas frente a la diversidad biológica, entes que se intuían en el follaje tupido de la selva, en las profundidades de cavernas bajo tierra... o, incluso, algún encuentro desafortunado, durante su incursión por el aire. Luego, se reunirían en grandes espacios o ciudades, mimetizados en la muchedumbre.

El ser humano en el cine, podría ser uno de ellos, consumista y depredador en muchos casos. Apareciendo como otro verdadero monstruo que se congratula con la desgracia ajena, a través del poder sobre los demás o la explotación de los recursos, es decir, en busca de amasar dinero y alimentar su cerebro de simio, con extrañas ideas e intereses espúreos.
En King Kong: La Isla Calavera, como entonces, nos encontramos a esa variedad de ejemplares que posibilitan todas las especies del Jurásico y su batalla por la supervivencia, como si una reunión de personajes de Apocalipsis Now y los de las antiguas novelas de viajes extraordinarios, hubieran decidido enfrentarse a aquellos otros monstruos. Nuevas posibilidades para el simio más famoso, dentro de la guerra más tecnológica o avanzada entre dos épocas y los descubrimientos biológicos que se encontraran los aventureros de Viaje al Centro de la Tierra, y dirigido con cierta franqueza por Jordan Vogt-Roberts, del que se habla para una futura adaptación de Metal Gear Solid.

La realidad homínida es, que la unión no hace la fuerza, siempre. Porque la lucha entre semejantes se encuentra a la vuelta de la enredadera o, tras el gruñido de otro pariente de los dinosaurios. Con sus colmillos y poderosos brazos, son palabras mayores, pues el Rey está a punto de cabrearse como un mono, no sin cierta razón o ese antiguo compromiso ecologista.
Esta figura inconfundible es tan mítica en los anales del Séptimo Arte que, casi no hace falta ni presentación, basta con una simple fotografía (primorosa) recortada como héroe de acción, ante los rayos agigantados de una puesta del Sol. Es decir, dos astros con todas las letras y de corazón incendiado por la inútil presencia de esos mortales, con su cerebro hinchado por nuevas cifras de recaudación...
Mientras aquel hombre emparentado (de forma anatómica y forense) con el elefante, en majestuoso blanco y negro, poseía más encanto emocional que apariencia monstruosa; este simio agigantado, pertenece a un eslabón perdido en la cadena evolutiva de los Gigantopithecus de cuatro patas (u otra anécdota cinematográfica con el mito Big Foot), una reminiscencia de nuestro lado salvaje que, invariablemente, saldrá a continuación.

Por tanto, abandonada ya la época victoriana con la imaginería de David Lynch y las recaudaciones gigantes en pantalla, nos adentramos en la era de monstruos de los ochenta, junto al inmenso guardián de esta Isla de la Calavera. De tendencia glamurosa a la exhibición propuesta por los primeros aventureros en su viaje iniciático a la jungla y saltos sincronizados del otro rey Tarzán en busca de compañía femenina, en cambio, Kong no está tan interesado por el cabello o la turgencia bajo el escote, como sus animados parientes.
Lejos de atracciones de feria o calles engalanadas en Nueva York años 30, aquí, en la vieja Isla del Cráneo (cerca de Sumatra o Indonesia) y antes de que el primer miembro de la familia Kong, acabara desencadenando (tras cadenas de deshonra) la furia que propiciaría su propia caída desde las alturas; el nuevo Octava Maravilla, no se amilana ante las balas de un ejército volador... que podría provocarle más agujeros que un Gruyere atacado por una masa informe de anélidos. Es decir, que tiene más tiros a sus espaldas que una escopeta de la primera guerra mundial o un kamikaze Zero A6M, precipitándose a toda velocidad al objetivo.

Fuera de bromas, y sumas monetarias, este paisaje es más salvaje y colorido, fotocopia de mundos prehistóricos del Parque Jurásico de Spielberg... con menos personal, eso sí. Tanto del lado visitante, como de bichejos que aparecen con más pena que gloria, aunque, para gustos los colores, dientes y las lagartijas de dos patas. ¡Alto ahí! ... no todo es malo, existe frescura inconfundible al contar la historia, gracias al guion compartido Borenstein-Gatins-Gilroy-Connolly, esa ambientación de postguerra, entre dos de las más grandes nunca vistas, y por supuesto, a la eficiente y gloriosa banda sonora. Con grupos y temas que nos hacen felices a la panda de dinosaurios, animosos roqueros, belicosos de fanfarria cinematográfica y pacifista, y los chascarrillos derivados del encuentro de viejos camaradas.
Como los principales miembros de esta otra banda, encabezada por Henry Jackman y la resistencia americana con Jefferson Airplane, The Stoges o la Creedence más la verdadera armada británica, con The Hollies, Black Sabbath y el gran David Bowie.

Pero, comienzan las verdaderas hostilidades en el barro, no tropezones por una jungla de asfalto (como la película y mítico grupo de rock), cuando la prehistoria se hace presente y la acción parece menguar, ante tamaño despropósito. Si bien llegaban alabanzas, el simio se empeña en estrellarse con máquinas voladoras, confusiones narrativas y enigmáticos inventos de extraño diseño industrial (más aparentes que evolucionados) según las necesidades de camuflaje con el ecosistema. Entablando enfrentamientos con estos pequeños seres de dos piernas, monstruosos, carentes de empatía... hasta que se entromete un grandullón sibilino, con lengua bífida, venenosa, caminando a dos patas, tal que un patoso bailarín esperaría el impacto de un gran asteroide o un basilisco cruzaría su charca.

En esta recóndita isla del Índico, lo mejor recae en la elipsis estratosférica entre dos guerras. También, que el gran mono ya no es tan romántico, con su carita risueña de años 30 y pelo ensortijado, sino un guerrero. Ni tan endiabladamente erótico, gracias a la aparición onírica de Miss Lange en recortado traje de baño, o rebelde contra el poder de los grandes elementos de la Prehistoria y la sobredimensionada explotación petrolífera (en japonés, el terror son los kaiju y las pruebas atómicas). Es un Monu-mento a la responsabilidad, por la defensa de su hogar paradisíaco y algunos amigos (por cierto que hacen ahí)... Tom Hiddleston, Brie Larson, Toby Kebbell, John C. Reilly, Tom Wilkinson, Samuel L. Jackson (excepto John Goodman, que nunca desentona), pero sólo, acción de cintura para arriba, los otros movimientos y desplazamientos son prácticamente irrelevantes.

Es un monarca bípedo, defendiendo el reino con sangre y el combustible de los invasores, protector del último espacio virgen, mancillado por el aterrizaje forzoso de un caza norteamericano Juggernaut y un Zero. Sin atracciones, placeres divergentes entre especies, siquiera la contienda emocional entre montescos y capuletos de Shakespeare (romanticismo lynchiano); tampoco mordiscos o cópulas de protagonistas, tan sólo, ese instinto de supervivencia o conservación, antes de ser contaminado con todo tipo de restos, plásticos o preservativos usados en contienda, amenazas enterradas tras una fiesta en la cala del Lagarto Juancho.
Aquí, hay una raza en verdadero peligro de extinción, el último de una saga de combatientes recortados entre el atardecer y una selva iluminada por el Napalm... en contraposición a los grises de El Hombre Elefante. Pariente apartado de las verdaderas monstruosidades de circo, poco humanizadas, con su inconfundible obsesión por sacar alguna ganancia, basada en la propiedad ajena.


Shin Godzilla.

Por la otra orilla, de nuestros miedos ancestrales, nace la vertiente oriental del monstruo prehistórico y justiciero, con los denominados kaiju (dentro del género de terror con monstruos y la ciencia ficción conocida como Tokusatsu), donde uno de sus máximos exponentes está representado por la productora Tōhō. Una compañía visual derivada de una empresa de ferrocarriles Hankyu Railway, que fue reinventándose y a la que debemos la distribución de las películas animadas del Estudio de Cine Ghibli o las obras del maestro Akira Kurosawa. Esta tendencia cultural, sintoniza con historias de miedo, que imitan a los personajes trenzados en espectáculos teatrales basados en el Kabuki de la ciudad de Tokio, mediante sus representaciones de marionetas y las guías de movimiento con cuerdas.

Uno de aquellos antecedentes, se desarrollaría en 1954 con el director Ishiro Honda (un admirador del viejo mono de la Isla Calavera), moviendo los hilos del gran Gojira, antes de la llegada de los grandes Mecha robóticos, dirigidos por pilotos y científicos. Por tanto, este nuevo monstruo de aspecto jurásico, con raíz etimológica compuesta por la palabra "gorila" y otro animal marino como la ballena (quizá un homónimo oscuro de Moby Dick), en una mezcolanza que conformaría toda una referencia de la cultura japonesa moderna.
Godzilla, nació como consecuencia de ese terror producido por las pruebas atómicas, después de la terrible experiencia en la Segunda Guerra Mundial. Una espada de Damocles radiactiva que pende en la sociedad actual de todo el mundo y una demostración de la espiritualidad oriental, en la que las víctimas de la cruenta batalla estarían comprendidas en el espíritu del rotundo monstruo. Luego, convertido en héroe y defensor de Japón, con numerosos enfrentamientos contra otros kaijus agresivos y destructores, o incluso, inmerso en cinematográficas peleas con el mismo King Kong en 1962. The New York Monster Connection.

Ahora, tras numerosas desviaciones o siguiendo la antigua corriente kaiju, se estrena SHIN GODZILA (distribuida por A CONTRACORRIENTE FILMS), que se mueve entre ciudades destruidas y un efervescente sentido del humor. El miedo frente a las risas, se encuentra en el exceso de las secuencias, en los efectos especiales que van creciendo con la anatomía y en un director como Hideaki Anno (referente de la serie Neon Genesis Evangelion y que tendrá un futuro cinematográfico), además de un reparto que representa a todos los estratos de la sociedad japonesa actual y las relaciones tensas de nuestro planeta.
La nueva resurrección de Godzilla, tras apariciones en territorio norteamericano, se produce en un espacio que rememora viejas pesadillas dispuesto a superar los retos del pasado, y hallar algunas soluciones al terror infinito, filmadas con imaginación y gusto por el espectáculo. Con el regreso de su monstruo más representativo, toda una estrella mediática, Shin Godzilla es un icono del alma de la ciudad de Tokio y su cultura, cuyos ecos se elevan como las palabras que pronuncian sus personajes, enloquecidos por momentos.

La película incluye toda una interpretación de ciertos errores o trámites redundantes, que cometerían los seres humanos en su tratamiento político y social, al enfrentarse con un coloso de más de cien metros de altura. Godzilla se parece a aquellos bicho, que se proyectaban en los años ochenta, haciendo el disfrute de adolescentes encariñados con su esqueleto pétreo y rayos apocalípticos, transitando por esas latitudes por entonces exóticas, del Océano Pacífico y hoy, totalmente globalizadas como el resto. Incluso en el terror...
Pero, existen diferencias de posicionamiento con otros vecinos civilizados y hombres monstruosos, cuando su reciente despertar propaga las angustias de un aire tóxico o venenoso, y sobre todo, muchas divagaciones internas sobre la sociedad actual, los intereses humanos y la existencia en general, de esa confrontación épica y destructiva, del recuerdo con los estamentos del estado. Ninguno quedará ileso sobre los cimientos de la llamada civilización. Porque la crítica, subyace bajo el guion del propio Hideaki, dirigiendo esa concepción utópica de un horizonte unido frente a las escamas del mal, antihéroe hoy, y futuro héroe, mañana.

Los hombres horrendos, en tantas oportunidades de la existencia, se revelan frente al pretérito y la demagogia de los mandatarios, si no desean ser barridos de la superficie terrestre, dentro de una isla inestable históricamente. Shin Godzilla abre el debate de las energías y armas nucleares, bajo el telón de fondo de pruebas que amenazan la seguridad del planeta, para recordarnos que otras imbatibles criaturas ya cayeron bajo la fuerza de cientos de kilotones de potencia incendiaria. Aún de origen ancestral, cósmico o natural, el monstruo sobrevive intacto, mientras miramos nuestra pantalla del ordenador, esperando una idea verosímil que detenga el desastre... u otra orden de destrucción masiva.
Algo que nos hacer rememorar, aquellas posiciones de personajes entronizados o dictadores de cuarta fila, a esos entes poderosos que alzándose sobre sus zapatos hieráticos, vociferan a súbditos de la nación para mandarles a una guerra mediática. Claro, aquí como en otras producciones de televisión, no hay cadáveres ni sangre contaminada en pantalla, tampoco consecuencias médicas o reproductivas, que sufrirían las siguientes generaciones. Sólo miedo inherente, mezclado con humor arrollador.

Estos dinosaurios, antepasados de nuestro más famoso, curioso reptil acuático y bípedo que ha pegado un rápido estirón, no soportarían ese interés humanos por el control biológico y el poder universal. Por ello, el viejo God-zilla, no detiene su crecimiento y mala leche, si la superioridad moral no se fundamenta en el respeto y la inteligencia, él la combate con todas sus armas y potencia de aliento. Así, el dios Lagarto nos expresa la idea fundamental, el pánico de sus ojos irascibles y sus bocanadas impacientes con la aptitud de algunos seres monstruosos, narrando parte de ese pretérito, con que se despidieron sus gigantes antepasados y un saludo a los supervivientes bípidos. Al final, va a ser real el dicho, que más vale maña que fuerza.
Echando la vista atrás, a sus aletas dorsales, Japón ahora, parece tenerlo bastante claro. Mucho espectáculo y no tentar a la "bicha", precisamente, en una gran isla que siempre estuvo tentada con recrear cinematográfica, su propio hundimiento. O coquetear con un apocalipsis natural o producido accidentalmente bajo su lecho sísmico, sobre el que se yergue una civilización ancestral, con dolorosas imágenes sobre su pasado bélico. Además, con tremenda erosión producida sobre su brillante piel, retratada por el anime y ese honor legendario de sus ciudadanos.

Aunque la superioridad tecnológica, también significaría la desaparición de un buen número de posibles cerebros, capacitados para elaborar un plan de emergencia mundial o aumentar nuestras posibilidades de éxito, más allá del horizonte nuclear. Esta relación japonesa con la monstruosidad, es tan evidente, como los trucos utilizados por el director para animar al bicharraco y sus característicos movimientos relacionados con el manga Akira y otros temas apocalípticos, aquí algo apelmazados al comienzo, si bien atractivos para esas edades que se cegaron con efectos animados del maestro Harryhausen o los efectos creados por Frank D. Williams (autor de muchos cortos de Charlie Chaplin) y Harry Redmond e hijo, para el primer King Kong.
Además, parece que todo este desastre provocado por la venganza biológica, enlaza con la anciana tradición del yin y el yang. En el contrapeso de la excelsa cultura y la antigua vocación kamikaze, de la estúpida muerte en la guerra, frente al valor del héroe patrio. En el miedo por los estereotipos y la estupidez de algunos humanos.

El Monstruo emerge de las profundidades de la propia conciencia, para prolongar su camino devastador en la memoria, enfrentado en silencio con esa grandilocuencia de la expresión humana y su enorme vocación por la duda, a veces. El filme se adereza con un sentido del humor que ridiculiza, ironiza y evade, a partes iguales. Todo muy sobre dimensionado (como el tamaño del protagonista principal, el miedo), para que no quede títere con cabeza, nunca mejor dicho.
El guion escudriña las palabras, dentro de un extenso catálogo de individuos y extremos, que confluyen en diferentes y tremebundas ideas, junto a otras diabólicas criaturas (políticos me refiero), cuya relación define las distintas fases del respeto-odio entre los hombres. Tan eléctrica como sus aceleradas intervenciones en toda la filmación, que manifiesta una continua exacerbación del carácter, a veces inteligente con sus diálogos, y la mayoría risible o humorístico. Que repercute en el ritmo con todo tipo de ocurrencias, inteligentes o extrovertidas, observaciones que van inundando cualquier perspectiva seria, por parte del espectador. Pero, muy agradecida como muestra de sumisión y aceptación de la catástrofe, así como, del ridículo aprovechamiento económico del desastre y del sentido del humor nipón.

Shin Godzilla es una recreación cinematográfica vertiginosa en el habla, sugestiva en los errores como en la condena de un conflicto terrible, un recuerdo atávico como especie dominante de los extintos dinosaurios o ´inteligente` en nuestro destino. Los monstruos que crecen hasta erigirse como justiciero, divino o dedo acusador en el día de nuestro juicio.
Un pesado flashback o visión de la nítida pérdida de valores, de la sociedad mundial, en contraposición a la agilidad de sus expresiones, que dan forma a esta colosal broma, siempre con distintas o animadas perspectivas. Ideas que van desde la exageración implícita en nuestros tiempos revueltos, a la incomodidad de un futuro incierto para la Humanidad... porque Godzilla, no ha vuelto para quedarse petrificado y aterrorizarnos, sino para cerrar todas nuestras bocazas, de una vez por todas. O no...

Hay alguna que no lo merece, como la bella actriz Satomi Ishihara o las simpáticas conexiones con sus discrepantes compañeros. En una dinámica maraña cómica o desfile cínico de personajes, donde cualquiera puede convertirse en salvador o quedar relegado a la displicencia, como un espejo real de auténticos siervos y amos resabiados. El rostro de la monstruosidad consternada, alzando la vista a la quietud del mañana, y a unos repetitivos, pero honarables efectos especiales, con el fin disfrazar opiniones contradictorias a través de una sonrisa (un poema en el caso del verdadero Hombre Elefante) y así, satisfacer a los aficionados más frikis del scifi, del kaiju y sus adornos espirituales con aroma oriental. Godzilla posee olores a incienso y ceniza, contrastes con sal yodada y quemaduras de primer grado, producidas por el uranio o los rayos gamma, casi cósmicos.
De esta forma, veremos pasar vertiginosamente las voces productivas y las discusiones bobas, los gestos de desaprobación, en una carrera diabólica de dudas existenciales y enfrentamientos internacionales. Con los rasgos identificativos de una raza sufrida, pero luchadora, tan indómita como King Kong en su isla, o una explosión termonuclear que busca la resolución ajena a la complicada supervivencia. O la defensa de una planeta, que se deteriora a marchas forzadas.

Al fondo de esa mirada radiactiva o zarpa inquisitoria, que enarbolan los que no quieren ver o favorecen las posiciones más divergentes e imprudentes, subyace la risa imperturbable de la codicia y el libre albedrío de nuestras ideas, frente a ella. Combatida con verdadero sentido del humor, no la imagen risible del poder y ese dolor infringido en los ciudadanos. Por tanto, estos colosos inolvidables repletos de escamas o pelos, se han alzado aquí y ahora... para rememorar todos nuestros males, tan históricos que se creen dioses, tan herméticos o ´intelectuales` que muchos de aquellos gigantes, se reirían en nuestras narices. O morirían en silencio, en una cama, sin respiración...


Tráiler Thor: Ragnarok, de Taika Waititi:


Tráiler Transformers: The Last Knight, de Michael Bay:


Tráiler Alien: Covenant, de Ridley Scott:


Tráiler Valerian and the City of a Thousand Planets, de Luc Besson:

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