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domingo, 31 de marzo de 2019

The Punisher (Season II).


En una entrevista al guionista y creador de superhumanos u otros menos agraciados personajes, Mr. Stan Lee... ¡Qué Doc Strange lo tenga en su universo paralelo...! pues bien, en este mundo de personalidades alteradas, aseveraba que:
"El único poder es la suerte".

Quizás por esta categórica verdad, la mayoría de sus creaciones en el cómic, deambulaban alrededor de ese peligroso precipicio del infortunio, o caída a los infiernos personales y la disociación del carácter, ambos manejados por los álter egos más criminales o desquiciados mentalmente.
Definitivamente, los héroes (muchas veces a su pesar) poseían serios problemas en varios aspectos cruciales, su vida familiar y las relaciones privadas, donde continuamente eran golpeados por las equidistantes consecuencias de sus acciones y su memoria. Cabreados con los fundamentalismos de cualquier tipo, que se dedicaban a hacer el mal y no comparecerse con las víctimas inocentes.
También, el castigador Stan se hacía eco de sus diferencias emocionales con amistades, desplantes románticos o idealizaciones, desamores de juventud, problemas de la infancia, socio-laborales y, por supuesto, la fatalidad de una mano oculta en las sombras.

Todos al final debemos mirarnos, tarde o temprano, en algún espejo que refleje nuestra realidad... o la deforme definitivamente de una forma catastrófica e hiriente.
"Lo nuestro no es buscar una razón, Frank. Lo nuestro es matar o morir". Las decisiones de rostros ensangrentados y enfrentados en un duelo de pistoleros.

Por eso, en los sueños más profundos, las cosas cambian y las mentes enferman, los fantasmas regresan con sus caretas infernales... Numerosas pérdidas personales que sufrían ciertos personajes heroicos de Mr. Stan, provenían de batallas encarnizadas, contra esos poderosos enemigos que se dedicaban a desafiarles constantemente, a mofarse de su personalidad y trasplantar los sueños por trágicas pesadillas recurrentes. Sus héroes o menos, hormonados casuales, coexistieron con aquellos asesinos y sus cachivaches mortíferos, las malas conciencias de la sociedad y las bandas sin prejuicios. Todos dedicados a asuntos turbios, con pelotones de muerte, sicarios armados hasta los dientes, que reconocemos en los noticieros con distintos nombres y una única dirección, la muerte.

Semejantes salvajadas materiales y sus presencias psicopáticas, setenciaban con ritos macabros dentro del mundo del crimen y el hampa, que un Punisher sin remordimientos, debería conocer muy bien e intentar combatir con todas sus armas.
De tal forma que, las condiciones sicológicas de ambos púgiles, se endurecían o resquebrajaban en la postración obligada, viajando lejos del infortunio, sacando a la luz, complejos, culpas y dudas. Aspectos que conferían un carácter más humano, a los héroes, aunque inversamente peligroso para aquellos allegados más próximos y débiles. Aquellos hombres y mujeres con superpoderes, tan imaginativos dentro del Universos MarvelLee, en innumerables ocasiones denotaban frustración y fuerza de voluntad. U otros sin ellos, los superpoderes digo, se veían a sí mismos, convertidos en antihéroes que desconfiaban con las máximas acusatorias o las estrategias oscuras de sus rivales, cuestionándose su libérrima o aparente virtud.

Existían superhumanos u otros, viéndose acosados constantemente por las deliberaciones de una sociedad que, por otro lado, mutaba con cada época... Entonces, surgía del horizonte, el hombre tranquilo y agujereado, sangrando internamente, se asomaba a las páginas blancas del cómic o las pantallas de una nueva generación visual... mientras Mr. Lee sentenciaba con un sonrisa: "Si eres afortunado, nada puede salir mal".
Para bien o para mal... ¡Qué la fiesta continúe!

Érase una vez... El Espejo.

Mas... ¿quién es el afortunado en estos tiempos?. Dime espejito...

Coexisten en el tiempo, dos líneas de narración que coinciden con la acción desarrollada en The Punisher durante la primera temporada y sus propia personalidad, tan acentuada en la sociedad errática contemporánea y su estética macarra, a la fuerza. Pero que, paralelamente sufre convulsiones internas, disgregaciones del pasado o aptitudes desincronizadas para un ambiente enfermizo y crónico. Padecen dentro del conjunto de conflictos de esta serie televisiva, como si fueran parte de la misma persona, cuando son imágenes desdobladas de la misma realidad.

Sin embargo, lo dejaremos reposar en la cama, para evitar cualquier deslumbramiento o fatalidad, por los añicos clavados de un maldito espejo colocado a traición, que te desgarra la piel, y ya no vuelves a ser el mismo. Así, dejamos al oscuro ex-marine Frank Castle, de cara a la máxima violencia y sus tiros certeros, casi desnudo en otra situación compleja o con las nalgas al aire. Aunque otros quedaron mucho peor, entre polvo y polvo de cristal. Aparentemente enamorados, quizá de sí mismos, en una especie de rompecabezas dramático, con ambas efigies desafiándose en el silencio, tras la masacre colorida y brillante de aquel espejo, colocado para la diversión de los más pequeños y frágiles.

Reflejos ampulosos del cómic que, para las cicatrices de Russo (interpretado por Ben Barnes), significan grandes alteraciones físicas y psicológicas, un desorden en su memoria. Nada tiene que ver con los soldados de John Huston en aquella peli titulada Reflejos de un Ojo Dorado y sus fragmentaciones emocionales, al tratarse de otro tipo de relación o atracción más mortífera, en el sentido insidioso de la expresión. Por tanto, el odio sobre la cama, de sábanas no tan limpias, donde se desgarran las antiguas relaciones, se adultera la verdad, encubierta tras una máscara y se confecciona una nueva oda a la disociación enfermiza de la personalidad.
Con esta nueva motivación, el todavía no denominado Jigsaw, reclutaría otra procesión de malditos eufóricos por las adicciones y la pasta, tan malditos, que en un futuro próximo, se podrían ver empararentados por semejante desgraciada. Digo, fortuna ;)

Este es el novedoso carrusel de diferencias, que empieza a dar vueltas en la segunda temporada, retales perdidos de vidrios rotos, que quedan clavados en la memoria, o borrados sus reflejos... ¿indefinidamente?
Mr. Castle, combativo como siempre, exige una nueva identidad. Gracias a un distinto corte de pelo y un look más roquero, comienza alternando, aunque sus reflexiones internas suenen a repetitivas y las exclamaciones no sean tan lúcidas como antes. Hace apenas, unos cuantos capítulos.
En el cruce de caminos, entre esas caretas de diseño macabro y calaveras de sangre sobre el pecho, la ultraviolencia sigue funcionando a buen ritmo, con más baile de sexos, tiros desafortunados o perdidos, donde los heridos rostros, confabulan en diferentes sentidos, mientras se enfrentaban a su propio destino o una despedida en autobús.

Tal vez, buscando una nueva carnicería, un último combate, una definitiva caída, un billete a los infiernos... en fin, ese último tiro de gracia.
Siempre dando tumbos, como Alicia transfigurada tras el espejo, en un mundo ilegible, alienados hasta encontrar la reina de corazones, el desencuentro fortuito en la barra del bar o, aquella tumba en el desierto belicista que esconda sus restos. Ay, la tranquilidad de un suspiro...
Al otro lado de la calle, se planta el pistolero solitario, sin familia.

Observamos a través de sus botas y pasado, oscuras y bélico, como un tipo desproporcionado, algo descoordinado léxicamente y cadavérico cerca del corazón, se ve obligado a actuar de nuevo. Tal que una especie de redentor o verdadero John Wayne moderno, defensor de inocentes o muchachas con mochilas a sus espaldas. Recuerdas el desierto...

Las dos calaveras... de una moneda.

¿Y tú? Recuerdas cuando jugabas de niño a los vaqueros, o veías en familia, esas películas del Oeste en sesión de tarde, viendo a los rivales retarse para comprobar su certera puntería y lanzando una moneda al aire... Pues bien, en este western que comienza con música de garito y sintonía a estilo country evolucionado, la moneda con dos calaveras, tiene un agujero que traspasa su centro de gravedad. Pronto habrá otra agujereada, sobre el frío piso o el pecho con chaleco, de un marginado institucional.

The Punisher, podría ser aquel pistolero, litografiado puerilmente en una hoja de busca y captura permanente, que remata a sus contrincantes a sangre fría (tal y como lo harían ellos), mirando a los ojos para no olvidar el desafío, la tormenta que le condujo a esta situación proscrita. Ahora, casi anónima y con el pasado revuelto en su cabeza, del hombre solitario y su sombra del pasado, sin tapujos y sin palabras certeras, apenas. Solamente las necesarias para expresar su condición altruista con la sangre y una redención que no encuentra, como buen vagabundo sin norte o cabalgador del infierno. El desbaratador de entuertos impropios, que pudieran acabar con su carne en el caldero, como desea internamente. Allways, como diría aquel condenado.

Los primeros pasos, son lentos y serenos, descubriéndose de nuevo y dosificando aquel aroma intenso del amor de cafetería, sintiéndose otra persona, colgada a sus propios fueros internos y la condena perpetua, que siempre acompaña. Luego, sintiendo que nada puede cambiar por dentro, a pesar de bonitos encuentros y sinceras palabra, más o menos. Advirtiendo personalidades juveniles que podrían haber sido su propia hija asesinada, a traición por la pasta, que nos indican del nuevo peligro a la vuelta de la cama.
Que pareciera volver a sentirse como una carga, en la carne acomodada y rosada, interpretada por la actriz Giorgia Whigham y sus secretos narrativos.
Lejos de vidas tranquilas, su vida siempre ha sido, un campo de tiro... sin demasiadas reglas. Sólo conciencia basada en la carne y la pesadilla familiar de una calavera sangrienta, que le seguirá por lo que queda de ella. Tú eres el Castigador y este es un país para muertos...

Todo el equipo se traslada, con la bestia y el creador Steve Lightfoot, a Bellmore del condado de Nassau y Albany (ambas en el estado de Nueva York), para proseguir con las cicatrices del tiempo y la conjunción del futuro, en manos de una pareja de intransigentes sociales y una biblia forrada de cruces, gamadas, en fatídica redención.
También pudiera ser que, este John Rambo de los cómics de Marvel, no quisiera volver a ver su cara de nuevo, por eso se mueve sin rumbo, observando las huellas, siempre rodando de aquí para allá, a lugares menos pintorescos o salvajes que una selva o tupido bosque, a priori.
A primeras de cambio, desenfunda de cintura para abajo, dejando la endiablada jungla de asfalto y los juicios turbios de antaño, cambiando los movimientos anárquicos entre los tejados de Nueva York, por la natural metafísica de la compasión emocional, la protección y el sexo. Desgajado de una fatídica visión, una lucha tabernaria, que demuestra la agilidad en las escenas de acción, con antiguos directores de la primera como Antonio Campos (The Sinner) y otros, como Jamie M. Dagg (Sweet Virginia), García López (Luke Cage, Daredevil), Salli Richardson-Whitfield (Luke Cage, American Gods), Iain B. MacDonald (Shameless) o Meera Menon (Equity); junto a las rencillas escritas por Gerry Conway y los creadores Ross Andru y John Romita Sr. del cómic, que han sido adaptadas (o inventadas) por guionistas, hasta ahora, menos experimentados.

Ya desde los créditos de la serie de Netflix, y su estética oscura que repite en esta segunda temporada (algo menos a pesar de esfuerzos y algunas apariciones), podemos interiorizar esa tendencia al uso de las armas de fuego, siempre mítica en los USA y sus dioses esotéricos del pasado. Aunque desgraciadamente, es redundante con la realidad y la querencia dramática por las balas de parte de su población más joven y su propia constitución, que proclama el derecho a esa defensa privada. O condenada a la perdición...
Una incidencia que nos recuerda, con otras perspectivas evolucionadas y trágicas, a lejana epifanía del viejo western o su infierno de héroes y cobardes, donde los pendencieros, los justos y veloces pistoleros podían acabar de dos formas... solitarios esqueletos furibundos del seco desierto, o valientes, igualmente con los pies por delante... Gracias a los compases de la banda sonora, tiznados con pólvora y metal, con deje ranchero compuesto por el guitarrista Tyler Bates, que intercambia notas con Marilyn Manson o la música de filmes como Guardianes de la Galaxia, John Wyck u otros de Rob Zombie y Zack Snyder.

Tonos de negro y blanco, dibujado en el pecho, que presagian los estertores de un vendetta, tan íntima como las relaciones con un psicóloga, no muy afortunada narrativa y estratégicamente, o el sexo de una figura pública o política.
Cuidadito con las lenguas, que son muy traicioneras...

Presagio de Muerte.

El ser convulso antes llamado Frank Castiglioni, y el Guapo antes afiliado al número 176 de The Amazing Spider-Man (con más vidas que un gato), ha cambiado el traje de caqui o camuflado de los marciales marines estadounidenses, por vaqueros semi-desgastados, unas cervezas compartidas y un aquí te pillo, aquí te mato. A base de chupitos de amargo bourbon, se desangrarán, hasta que por medio, se atraviesa la mafia política, con sus malas caras, y la intromisión de una niña descarriada... ¡Ay, aquella niña de la mochila! A cuadros, me he quedado... es decir, no me cuadran sus conversaciones en principio, tan cautivas como pueriles.
Pero claro, en otros episodios de Marvel, el hombre de negro "fuerte, feo y formal", de deberá enfrentar a la peor calaña y la nueva composición televisiva entre Disney/ABC Domestic Televisión, en un futuro incierto textual y gráficamente. En el otro sentido, combatiendo con sus múltiples ráfagas para mayores, a un grupo compuesto por criminales aciagos, sin compasión ninguna, mentes desquiciadas e ideas extremistas, mafias de traficantes y embaucadores de niños, asesinos en serie y violadores grupales... y mientras, Mr. Castle anda en su deriva sentimental y alejado de todo pronóstico. El hoy, acude habitualmente por las noches, como una horca perpetua y escurridiza en su cuello.

Tan despacio van las cosas, con ella, que descubrimos a duras penas, los tatuajes escondidos en el alma de un padre ofuscado, interpretado por un notable Josh Stewart, al que veremos en The Mustang de la directora francesa y actriz Laure de Clermont-Tonnerre o compartiendo los papeles de actor y director en su segunda película titulada Back Fork. A primeras de cambio, no demuestra que va a dar gran juego, con el personaje interpretado por un frío y contundente asesino, John Pilgrim. La mejor "tortura" de esta temporada de la serie The Punisher.
También las estratagemas de los poderosos, para cubrirse las espaldas ante cualquier contratiempo o una actividad poco recomendable en ciertas eventualidades de la política. Por tanto, da tiempo a quejarse de condescendencias amorosas y sus confesiones de alcoba, de la escuálida estratagema para definir la confabulación en una bolsa, de las entradas del convaleciente "guaperas" en el parnaso, la agente Dinah Madani (menos agraciada esta temporada), la psicóloga maldita interpretada por Floriana Lima y algunos elementos multiplicados en un divertido baile de tortas, sobre el escenario o un cuarto de baño. En el que se produce un hecho sorprendente, que converge con los nuevos tiempos...

Todo termina estallando una vez más, para observar que la nueva violencia. Hecho que vendrá engendrada desde cualquiera de los dos géneros, o músculos que se han puesto al mismo nivel, en lo concerniente a parámetros cinematográficos o televisivos. Tal vez, la vida o la muerte. Algo que no rige en los viejos testamentos, y eso lo saben hasta los pistoleros y sus armas.
Por eso, el denominado antihéroe, lo comenta como un peso insalvable en su alma de guerrero, finiquitador indómito, no el participante en las guerras institucionales. Cuando los cruentos golpes que caracterizan a la serie y el personaje, al encarar la fuerza de última hornada, no comprende de fronteras genéticas, ni rivales (jocosamente, no diré rivalas porque sería una distorsión inadmisible), ya que las palizas van a ejecutarse, indubitablemente, en cualquiera de los sentidos y salpicarán a todas las clases sociales y las habituales instancias públicas.
A partir de ahí, en las diversas escapadas a ninguna parte, la serie entra en un bucle determinado por dos hilos que no consiguen la máxima atención, más bien, a los seguidores de la serie y el personaje azorado de The Punisher, llevan por el camino del estupor o la falta de conexión, con prácticas y diálogos repetitivos o algo cargantes.

Al igual que ocurre entre las mentes, aparentemente concordantes de dos corazones torturados, pero profundamente aburridos entre la psicología patológica. Nos hallamos otra vez, con el desafío de aquella moneda lanzada al aire, un condicionado polvo de Jigsaw.
Las dos líneas de narración, paralelas y convalecientes a la acción violenta, no encajan o terminan por convencerme, en su equidistancia con las bases del cómic y la temporada pasada en la tele. Una exposición concierne a la joven con la trama criminal oculta y las expresiones infantiles que tratamos de asimilar estratégicamente, sin conseguirlo por su carácter forzado. A excepción de alguna costura desnuda y devuelta con un ticket amistoso. La segunda discrepancia es ese hilo abierto entre las dos féminas confrontadas, más forzada aún, en combate psicológico sobre la redención romántica o la culpabilidad de un proscritos social, sin paliativos. Aburridas sin más dilación.

En otro lado, la violencia extrema, pasando por diferentes etapas y numerosos conflictos sociales del cómic, es algo que no se observaba habitualmente en las antiguas historietas del Universo Marvel, esto es, que no leímos gratuitamente en sus páginas. En detalle de precisión o ensañamiento en la ejecución de movimientos y las catas, con sabor femenino singular, excepto en los nuevos tiempos.
Por consiguiente, el sexo casual ya no es lo que era. Sino frustración agujereada por el recuerdo, ya que alternar no rima bien con una encrucijada de tiros, ayer y hoy. Habitual en cambio, para Punisher´s de la vida y la muerte, que se las tuvo que ver, o volverá, con aquella máscara que surgiera del frío... reflejo. Aquí estamos, amigos míos, reunidos, esperando el abrazo mortal y a nuestro hermano o reverendo irredento, acudiendo al club de carretera con música en directo, huyendo al horizonte de una nueva cama.

La primera temporada terminó con una brutal escena, en la que se colocaban los cimientos de este gen solitario de Marvel, ahora es otra cosa. Un marginado que se entrega a la defensa sacrificada de víctimas (no tan inocentes) y fundamenta en la personalidad prototípica, del hombre típico de acción y divagador de pensamientos críticos. Parco en palabras, si bien emisor de exclamaciones onomatopéyicas, que se extiende con expresiones, que dejan un poso de condescendencia con el personaje y su ciega creencia en la ultraviolencia. Ahora abrazando la amistad y un final que arregla ciertos inconvenientes o hilos poco interesantes. Por supuesto, aunque cierres los ojos en la oscuridad, y no se oigan tus pasos de nuevo en la escena televisiva de Marvel, tus oídos siempre escucharán aquel último suspiro y los lamentos ahogados por el odio.
Por consiguiente, el vaquero vapuleado, no es superhéroe, ni siquiera el maestro de ceremonias típico en los filmes del oeste, sino, un eterno conflicto dibujado en su pellejo. Una calavera que emerge, al tanto de las pesadillas más oscuras, unidas a su nombre como uña a la carne. O los pequeños a su fracasado padre, en cada astilla de aquel cristal fragmentado... y que, no fue rematado. Lejos de los pensamientos concretos y sin tapujos de The Punisher, coincide con su enemigo casual, el Mennonite.
En el otro lado, al final de la calle, nos encontramos al rival convaleciente, enfrascado en sus propios pensamientos que fueron cortados de cuajo, hasta el punto de que algunos olvidaron su segundo apodo, con el Puzzle instalado en su cara. Para siempre, o no, que Disney disponga.

Lo más relevante como dije, junto a un final que te reconcilia un poco. Uno, contra los amos de turbias empresas o grandes terratenientes, sacudidos por una deshonra familiar, con todas las cartas abiertas sobre la mesa y alguna bala perdida.
Dos, el padre o reverendo del olvido, que ajusta sus propias faltas a las consecuencias del pago de un tributo, que le tienen encadenado a la cartera y los huesos del cráneo de The Punisher.
Tres, la chica acosada, que tantas veces defendiera el viejo Duque, frente a las hordas salvajes y la falta de confesiones... se vuelve más madura y te reconcilias con ella, por su afición y el abrazo.
Cuatro, la sociedad que se degenera a grandes trancos, poniendo adjetivos calificativos, convirtiendo la política en miseria humana, y los sueños en un pequeño viaje en autobús.


Estos han sido los primeros pasos (y puede que últimos) de The Punisher en la tele... Stan Lee será eterno.
Él dijo con una sonrisa: "Me hubiera gustado ser Iron Man, pues es rico, las mujeres lo aman, es divertido y debe ser impresionante poder volar con una armadura de hierro"... "También me hubiera gustado ser Odín, el rey de los dioses y padre de Thor/Loki, pero pensé que sería demasiado viejo para el papel... ahora lo encarna uno de los mejores actores del mundo: Anthony Hopkins".

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