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lunes, 13 de marzo de 2017

Westworld.


Almas de Nueva Aleación.


No hay duda, el efecto psicológico y la fuerza visual de un concepto determinado, puede crear una obra artística de altas prestaciones y consecuencias inmortales. Así como un simple logo, logra captar toda nuestra atención y extiende su diseño para marcar un producto de excelente calidad. Fue el caso, de los símbolos que se convertirían en iconos cinematográficos durante diferentes épocas, por ejemplo: la sombra oronda y divertida del maestro Hitchcock, las orejas de Mickey Mouse, las letras monocromáticas sobre fondo oscuro de Star Wars, el mítico fantasmita envuelto en la señal de prohibido de Los Cazafantasmas, la mira titubeante de OO7, la sinuosidad sobre el acero de Supermán o el murciélago estilizado de Batman, por supuesto la metálica X de los Mutantes... o la ya significativa doble W que representa a estas nuevas Almas de Metal en Westworld.

Cada trazo viene precedido de una historia, dentro de la cultura popular y un acicate para las numerosas legiones de seguidores que reproducen los nombres de sus películas o series favoritas.
Sin embargo, dentro de esta imagen icónica de Westworld, existe algo más determinante, algunos se habrán dado cuenta que viene representada la figura femenina dentro de un círculo con una disposición física y existencialista, semejante al famoso Hombre de Vitruvio del gran Leonardo. Una referencia a sus estudios anatómicos en siglos pasados (y la fuerza de las protagonistas en la serie), respecto a las proporciones ideales para representar el cuerpo humano, con las que Maese Da Vinci, conseguiría un diseño de su propio prototipo de robot en el futuro. Fue otro descubrimiento de su poderosa imaginación, cuando unos bocetos originales de alrededor del año 1495, señalaban una estructura interna cubierta de una armadura, articulada en distintos puntos de su morfología metálica y antropológica, posiblemente, uno de los primeros autómatas o también llamados, los modernos y evolucionados, "cyborgs".

La Memoria de WW.

Escribir algo medianamente atractivo sobre una idea universal, como la que comprenden los capítulos basados en aquella Westworld del pasado, con las pasiones que levanta en el presente y las explicaciones de bastantes detractores de la serie actual, es todo un reto. Un laberinto al que enfrentarse, para un simple humano que tiene inmensas lagunas en su memoria y se mueve en la insustancial resistencia al olvido. Olvidando los detalles que determinaron lo que somos, o recopilando fragmentos fortuitos que confunden nuestra verdadera existencia y ante la percepción de ciertas visiones contraproducentes o pesadillas. Sin poder discernir que es pura fantasía o si la realidad distorsiona la propia opinión o reflexión más profunda de los hechos.
Pues bien, aquí me hallo, cavilando entre lo que se percibe y lo demostrable, entre la ciencia ficción o el terror más físico, confrontando el evolucionismo del libre albedrío y la simple creencia, desde el existencialismo puro y la barata filosofía. Separando el polvo de la paja, lo que es y lo que pudo ser... Pues como pregona algún personaje en un momento determinado, "el infierno está vacío y los demonios están aquí", no los programados, sino nosotros. Y la violencia, se encuentra rascando en la superficie, bajo la misma piel.

Todo comenzó a partir de otra idea fantástica, sobre la muerte o el denominado poéticamente "memento mori", cuando un joven Jonathan Nolan le lanzó a su hermano Christopher, una bola envuelta en múltiples capas, elucubraciones o recuerdos sintéticos. Quizá, todo lo contrario, el concepto de una mente fraccionada de entrada, que se resiste a olvidar todo lo que fue o será...
La principal función de aquella historia cinematográfica, o Memento cinematográfico, era la recomposición de la unidad de pensamiento, intentando discernir a través de una meticulosa y terrible investigación, la existencia que tratamos de resolver o la vida que intenta abrirse camino en el futuro. Luego, aquella película de calculada elaboración, como las articulaciones, músculos o las terminaciones nerviosas de un cuerpo humano, se convirtió en un fuente inagotable de creación e información psicológica, flanqueada por el suspense y el crimen comercial, que marcaría el ritmo de sus carreras o los pasos de ambos, en este difícil mundo del Séptimo Arte. También, la fuente de numerosas producciones tomándose la muerte y la memoria por montera, como había emprendido la directora Kathryn Bigelow con la notable Días Extraños.

Después, los hermanos de sangre y piel, retomaron una odisea que marcharía directa hacia The Prestige o truco final, pasando por héroes y villanos oscuros, prototipos avanzados de seres humanos y la tecnología futuristas, hasta alcanzar un viaje a un universo desconocido entre las estrellas. Semejante a un foso intangible, dividido entre el pasado y el futuro, lo que vemos y lo que sentimos al cruzar ese horizonte de sucesos.
En Westworld la entidad temporal es manifiesta, según la disposición de los peones y sus movimientos por el tablero del entretenimiento programado y la mitología que esconde en sus fronteras imaginarias. Un lugar de ensueño, o pesadilla, donde la pólvora ha estallado entre las manos de HBO y las productoras de Jerry Weintraub (Ocean´s Eleven, The Karate Kid) junto a la potencia imaginativa de Bad Robot con su soñador y cordial logo, propiedad de J.J. Abrams. Y por supuesto, la participación atmosférica, uniendo distancias de una serie de directores encabezados por el propio Jonathan Nolan, en segunda incursión tras la cámara, durante un episodio de la serie Persons of Interest.

En segundo término de este pretérito de la ciencia, nos hallamos ante otra idea revolucionaria de las condiciones colectivas y las leyes de la robótica, modificadas en un salto argumental sin precedentes. Aunque a posteriori, llegarían amenazas y enjambres cibernéticos que perseguirían al ser humano (de igual forma que frente al espejo o un capítulo negro de tv), sin descanso, como aquel mítico vaquero oscuro, de ojos sin alma, hoy conocido como Gunslinger, equipado con toda esa fuerza visual y la figura inconmensurable del inolvidable Yul Brynner. Ser o discernir, intentado dar "matarile" a los singulares Richard Benjamin y James Brolin, en ciudad de vacaciones.
Claro, siempre que el curioso sheriff sin los 8, no odiosos, Mr. Dick Van Patten, no se cruzara en su camino a la violencia desatada y aquella desafortunada división quimérica de eras temporales.
El autor Michael Chrichton, desafió al mismísimo Isaac Asimov y sus propias reglas, con una pequeña historia (hoy magnificada y brillante epopeya futurista) que visitaba a unos curiosos personajes atrapados, dentro de un pretérito imperfecto.

Aquel fabuloso Westworld, un ensueño o pesadilla, al menos en el aspecto narrativo, nos convertía en jugadores afortunados de un mundo salvaje, neutro y lejano, hasta que llegó su hora y se abrió la puerta de la violencia. Pues, el parque de atracciones de 1973 dirigido por Mr. Crichton, ha crecido cuarenta años después, hasta convertirse en adulto, impredecible e inteligente. Este creador es también, dueño del prostíbulo y sus chicas alegres, del organillo vetusto de madera y sus letras acompasadas, a estos nuevos tiempos. De las detenciones contemplativas y emocionales.
Pero, la amenaza accidental ha crecido y aumentado en número, ha modificado los errores y comportamientos desafortunados ante los circuitos arcaicos de la atracción, para ganar un buen puñado de dólares, hasta ser más valorado que la propia existencia de mortales que la rodean en la actualidad. Sobre todo, si fuiste un robot con graves fallos de motricidad y memoria artificial, abriendo toda una gama de apariciones tecnológicas en este futuro que observamos con los ojos y la mente. U otro por venir en 2018, que desearíamos vivamente. O, no.

Así crece, Jonathan junto a Lisa Joy, su socia televisiva, que se hace el encargo de dirigir con excelencia el primer y el último episodio de la nueva Westworld, para establecer un hueco inédito en nuestra memoria o la búsqueda filosófica de ocho perspectivas. Con directores como Richard J. Lewis (El Mundo Según Barney), Neil Marshall (The Descent, Doomsday), Jonny Campbell (Autopsia de un Alien) y los exclusivos de televisión (apreciable muestra), Michelle Maclaren, Stephen Williams y Fred Toye. Para reconocer alguna diferencia o matiz en la dirección, habría que revisar meticulosamente los episodios, entre ellos, el interesante siempre y responsable de la mítica Cube, Vincenzo Natali en el número cuatro. Pero, sin duda, existirán momentos o imágenes imborrables, junto a otras circunstancias que se perderán como lágrimas en las áridas arenas del desierto. Alguna que otra pieza, o dos, desarticulada o incoherente, que acabaría en algún rincón enterrado de nuestra memoria desechada.

Presente, del futuro Western.

Cuando empiezas a vislumbrar el universo de Westworld, simplemente te quedas embobado, contemplando sus espectaculares panorámicas y la llegada sobre las vías del tren de tan representativa época. Pero, el fondo como el humo, esconde muchas más preguntas. Incógnitas a ir resolviendo, sobre una organización sin precedentes en la estructura televisiva, una trama que toma diferentes caminos y un elenco de figuras, en las que es imposible observar algún resquicio interpretativo o fallo, sobre los conceptos metafísicos que visualizan, expresan, sienten, olvidan.
Igual que ayer, el espectador entra con los huéspedes en un mundo de fantasía, no medieval por ahora, con una base tecnológica impresionante, en manos (o mejor dicho... cartuchos) de diabólicas máquinas de impresión 3D que configuran y elaboran, los nuevos hombres de Vitruvio de Nolan. Muchas tramas escritas en un día repetitivo, desde diferentes ojos e inteligencias, que convergen en la misma idea alucinatoria. Somos o qué... seremos.

Allí, a la frontera de Utah en Moab se desplazó el equipo de HBO, mientras todo parece congelado en la fotografía digitalizada de John Ford y el despertar de un nuevo cerebro, evolucionado o apocalíptico. Una mirada al futuro, frente al famoso Castle Valley, ejemplar nombre de grandes bandas sonoras en el épico Oeste y sus llanuras amarillentas, con resonancias a muchos tiroteos del pasado. Hoy se hacen inmensas como el famoso Melody Ranch de Santa Clarita en California, que serviría de escenario a la frustración conceptual del pistolero esclavizado, Django Unchained, o una terrible visión de presente replicado con The Magnificent Seven; ya sin la sombra de apellidos magníficos como, McQueen, Bronson, Wallach, Coburn o Brynner, mas esa es otra historia que no merece ser contada... ahora. Porque el paradigma de la actual Westworld, con otros grandes nombres, dejaría desnudo a más de uno.

Abriendo la mente a toda la complejidad metafísica y tecnológica de la historia, nada que ver con la simple diversión de Almas de Metal (en español), donde lo más apreciable, a parte del incansable Yul y sus manos enguantadas tal que, Terminatuus Antecesor, serían esos minutos iniciales. Con aquella ironía vital o guasa impostada, que se desplegaba sobre el ´intríngulis` de un parque para turistas con los bolsillos llenos de dólares y ganas de emociones fuertes. Al igual que sus neuronas, tentadas por numerosos pecados en procesión.
El escrito de Mr. Crichton poseía la fuerza de algo nunca contado, antes de la llegada de los dinosaurios más robóticos o guardados en memoria digital, desembarcando antes de lo estipulado dentro de cerebros de la mayoría de presentes ante el televisor. Simplemente, parecía entretenimiento básico de cowboys resacosos en fin de semana, que resurgieron en el siglo XXI transformados en un monstruo de múltiples cabezas. Secuencias pausadas, a ritmo de rock, sentados sobre el teclado informático y sonoro del ayer. Ya que las inconfundibles regiones de la mente y este enfrentamiento con las máquinas, es heredado de Prometeo y su crisis existencialista, y viene aderezado con una banda sonora irrepetible e inconfundiblemente iniciática para cada propuesta electrónica. Compuesta por Ramin Djawadi, un músico de origen irano-alemán conocido por la música de Iron Man y sobre todo, esa onírica y fabulosa gran rentrée de Juego de Tronos. Sin duda, sus notas de fanfarrias y gramolas, han hecho historia de la televisión moderna.

La historia se desarrolla con un peso dramático e imaginativo, evidente, diluido en la conciencia. A veces emocionante o "cargante" en las pilas de cuerpos, desenterrando organismos desechados bajo el polvo de un camino de 40 años y otorgándoles un lustre fantástico, blanquecino como la piel de un muerto. Un curso evolucionado en todos los sentidos, conceptuales y no tan mecánicos, que crece como los nervios y los tonificados músculos, adheridos al hueso profundo. La carne desnuda ante la nueva era digital, plagada de críticos y tecnología en busca de la anciana creación, o la sufrida inmortalidad. La conciencia dormida de unos científicos que juegan a ser dioses, hacen el amor como tiranos, o desechan la idea almacenada en sus cerebros desviados. Un entierro para perros de la guerra. O el despertar de los nuevos simios, más poderosos. Recuerdas, hablas, sientes...

En 1973, el hombre que se hizo médico, convertido en narrador y derivado al cine con esta fulgurante aparición que se transformaría de un Coma inducido, directo a la serie Urgencias, con prácticas entre la consulta al paciente, abusado, enfermo o herido por diferentes elementos mortales, sin consecuencias para huéspedes. Ya restablecido, en este momento, el uso increíble del bisturí, la sierra y la configuración binaria.
La inmortalidad representada por la belleza, la búsqueda humana, es la odisea de una nueva raza hasta esa perfección sin fisuras ni costuras, que anticiparía Blade Runner, casi diez años después del Nexus-Crichton. Cuya mente se encargó de pensar por nosotros en la diversión del futuro, en la pestilencia de siempre o los peligros de una tecnología embrionaria, que crecería como el ADN mitocondrial de un Tiranosario Rex.
Aquí, Jonathan ha crecido, admirando, con la experiencia de muchos otros cyborgs (en otras guerras civiles y cibernéticas), en ambos sentidos, desde la realidad mental y su querida, nuestra, ciencia ficción; junto a esa imposibilidad etimológica del humano por concebir otras vidas, tocar y poseerlas, solo posible en su pensamiento o el sueño. Esto es, la función de forjarse otras identidades y abrir puertas.

El poder inmenso y sus matices superficiales, fuera o dentro de la ley de Asimov, son el objetivo de sus personajes humanos y los desvaríos emocionales. Con el único objetivo de marcar sus propias cartas, distorsionar las reglas y derivar las obligaciones del creador. El mandato sobre el resto de subordinados o, incluso, llegar a un nivel de esclavitud insoportable, bajo una mente de hechuras dominantes o ´hannibalianas`, como el yugo que domina el escenario y los tiempos, tras un ejemplo máximo de excelencia para la actuación o la manipulación psíquica. Pues esos supuestos, cara a cara, falsos, interrogatorios, enigmáticas, confesiones, deslavazados, recuerdos, elementales, guiños, magnéticas, presencias, laberínticas, terribles, pensamientos... son lo mejor de sus ideas quirúrgicas, desconectadas y precisas. Sapiencias...
Esencialmente, descubrir el sentido de nuestros pensamientos ocultos como "anfitriones", para buscar una vía o salida a esa pesadilla existencial o reiterada muerte, enfrentándose a éstos que nos describen la superficialidad. Que ocultan los hechos y juegan, elaboran un plan de las necesidades, sobre nuestros actos dormidos en la convivencia habitual, remezclan los datos y los modifican, hasta envolverlos en una marejada de identidades falsas y recuerdos, confusos y manejables como una marioneta bailaría en nuestras "temblorosas manos". Manos de humanos que crean Prometeos, e intentan una división mitológica del mundo conocido... Creando un mapa dantesco.

El Universo Celestial, en 3 WWW.

Claro, además, en este pasado residen el ciclópeo Ed Harris y el gran Anthony Hopkins.

En este viejo Westworld de diversión en la nueva era, todo lo moderno se edifica sobre los cimientos del recuerdo. El génesis y esta replicación de memoria, al igual que aquellas identidades renovadas y preparadas para visitar mundos lejanos de la galaxia, o recitar sus textos como una oda lacrimógena a la vida y la muerte. 2W es buena dicción o entonación, en discursos filosóficos, modificaciones biomecánicas y conflictos emocionales o privados. Resumiendo la tecnología punta, para desenvolverse en un misterioso espacio de razonamientos y dudas, construido de arriba a abajo. Evolucionados, o deshumanizados, para desplazarse por distintos niveles de la Divina Comedia de Dante o el mito del monstruo de Frankenstein.
El equipo de Bad Robot, separa los monstruos humanos de ángeles biónicos, diseña esta pléyade de personalidades divinas y cuerpos esbeltos, condenados a vagar eternamente, hasta su llegada condenatoria al inframundo, sótano de sombras defectuosas, o el fin del juego. Mientras, los sincronizados en una banda magnética brillante y shakesperiana, en perfecta combinación anatómica y realidad física, avanzados desde el cuidado detalle, se desprenden de sus complejos y nuestros miedos, sin recovecos... al desnudo. Aunque, algunos fallos de concepción o de mentes pirateadas exteriormente, conduzca al espectador a una guerra confusa o ilógica, en principio. Hasta revelarse y no distinguir, dónde está el bien o el mal. Simplemente, se trata de un juego enigmático de dirección y supervivencia, u otra red mundial, tejido neuronal globalizado, fuera de control...

En realidad, esta representación distorsionada de lo real, aparece dividida en tres míticas percepciones del mundo conocido, e inventado. Dibuja escenarios míticos, dentro de un Olimpo de Dioses y sus consultas a oráculos, engañados por la experiencia borrada. Visitando a hombres y sus debilidades, entretenimientos mortales o sexuales, combinados en realidades físicas y sueños imposibles, que no son regidos por sus propias leyes, en manos del hacedor. Por último, el descenso a un infierno de balas y violencia, no tan falsa en el mundo real, de aquellos que son utilizados como humanos, para satisfacer necesidades y emociones divinas (nosotros otra vez), que germinan cerebralmente como unos bebés aseados, en propiedad del cuerpo de adultos, otro paso de la evolución, que les puede llevar del Día del Juicio Final, a través del Purgatorio científico, hasta el Paraíso perdido.
Este universo se encuentra más allá de la frontera desértica o los intereses comerciales de los hombres, incluso, del pistolero de negro y sus extraños enamoramientos entre la pura inocencia y la maldad más cruel. Sus mentes y espacios abiertos como trípticos, o herméticos, cara a entidades materiales, que desean complementar la idea placentera del ser humano con su propia conciencia, la expiación del pecado o una culpa desterrada, en otras cabezas.

Vacuidad filosófica, dicen. Es el vacío de cuerpos esclavizados por el gran Hermano. La furia de las colinas y las luces artificiales, que nos desvían del camino hacia el centro, como la inteligencia primitiva en crecimiento; la que se desarrolla novedosos argumentos y mezcla los personajes de manera arbitraria, tanto condenados como divinidades intocables... hasta el juicio del público. Ante este nuevo infierno entre Dante y Nolan, inmaculadas concepciones de nuestra poderosa imaginación o retorcido deseo.
Veríamos las consecuencias, ante los sustitutos de la especie... la recuperación de la memoria y la superioridad física e intelectual, con capacidades que nos sobrepasan y relegan a su infierno interno, de dioses incomprendidos a carnaza, o débiles fragmentos de aquel doctor de Frankenstein, bajo la piel romántica de un perseguidor de replicantes. Sí, es una lucha inconmensurable o amistad traficada, en busca del enigma que se esconde en el centro, de su ropa y alma oscura, el pasado magnífico de Ed Harris, hoy el Hombre de Negro antes de Mother! de Aranofsky y la fantasía apocalíptica de Geostorm.

Esa interacción entre dios y criatura, es explícita y peligrosa como un juego envenenado, con efectos futuros impredecibles, salvo que tengas la mente de Jonathan y oses jugar a vaqueros o detectives, sobre los versos o encuentros de tres. Oiríamos los ósculos y las quejas, en la oscuridad de nuestra mente, como ganado enviado al matadero. Corderitos, bellos y musculosos faunos con potentes piernas eléctricas, imperecederos como sus sueños con ovejas, escrutando la fantasía de amos habitando sus moradas de cristal, aparentemente irrompibles, encabezados por un gran Zeus y su cohorte... de no muertos. Bellas de miradas perdidas.
Otros invisibles como fantasmas, muertos no vivientes. Caídos en la mitología, que surgió de Titanes o Gigantes, hacedores de vida y universos, ocultos tras peones oscuros, sobre un tablero existencial. Escritores, narradores o poetas, asesinos de la predicción, moviendo a argonautas de ferrocarril y los Colt de mentira utópica, hasta un descanso vacacional o demasiado real, que atrajeron cantos de sirenas, promesas de otra vida posible o la parca con su guadaña. Sacerdotisas de la verdad, discutiendo y callando, sus creencias que aún no existen, ante confesores que desarrollan suposiciones o distorsionan en regresiones mentales. Todos son códigos fuente, de un dios pretérito que trató al sátiro hermano como rival cainita, fijándose en una musa para guardar la única verdad; mientras hoy, todos beben, se divierten y bailan con ritmos heréticos, festivos y eróticos. El que sufrió internamente, creando sus diablos renovados como el ave Fénix, con menos errores y más tecnología, soldados de un ejército monstruoso, compuesto de peligrosas amazonas, detectives informáticos y reparadores de sí mismos, amantes, siervos de clientes funestos, damas y corazones dominados... todos peones de un guion... ¿héroes y villanos? Cómo diría la canción, depende del color de los ojos con que se mire, o del metal.

El Futuro Westworld... es un tablero.

Como ya avancé, el futuro es una trama oculta u odisea. La inteligencia artificial.
Lo cotidiano se tiñe de dos colores, negro y blanco. Pero lo onírico posee numerosos matices, dependiendo de un nuevo día y otra canción, depende de los visitantes o pistoleros invitados a una guerra civil y romántica, que se vislumbra sobre un tablero tridimensional. A cuyo mando existen una reina y un rey, musa virginal y un monstruo humano, esperando a otra pareja que cambie el color. Quizás, algo más rojizo...
Westworld del futuro, es un ajedrez de fichas blancas y negras... con sus actores, desplazándose sobre las ideas del genio o casillas vacías, o universos. Sin sentimientos, que actúan como trampas bajo sus pies, o agujeros negros sobre sus cabezas.

Donde los peones son blancos en movimiento, llevan batas inmaculadas como la conciencia de un robot primerizo, o negros. Unos vapuleados frente a sombras en el desfiladero, comandados por una mente despierta interpretada por una Evan Rachel Wood, en su mundo irreal de pistolera. O en la penumbra subterránea, que de resurgir, poseen infinitos matices en la piel, del Jeffrey Wright de Hamlet a la belleza inhóspita de la polifacética Thandie Newton más calurosa, y fría a la vez, magníficos ambos en sus labores esquivas. Tantos otros, como historias fragmentadas o intervalos reiterados, sonidos y gestos mecánicos, vías muertas, suicidios y renacimientos sopesados, el ciego cíclope interpretado por James Marsden, la dulce Angela Sarafyan con sus ojos hipnóticos azul eléctrico, Ingrid Bolso Berdal como una Antígona desobediente con estos superiores jugando a ser dioses, el pluriempleado Clifton Collins Jr. o el espartano biónico con rostro desaliñado de Rodrigo Santoro.
En realidad, cualquiera podría formar parte del bando equivocado, porque una pieza puede cambiarse por otra, con un clicar de dedos de hombres y ratones. Dotes detectivescas de Dinamarca como Sidse Babett Knudsen asomando de la televisiva Borgen, gentiles títeres como Shannon Woodward o el mayor de los Hemsworth, Luke. La bella y siniestra Tessa Thompson, pasando de novia del hijo de Rocky Balboa a Valkiria en Thoy. Todos peleando entre tramas, que marcan el destino ficticio de parejas extrañas, compuestas por un príncipe venido a menos, Ben Barnes y Jimmi Simpson, presente entre Zodiac, Person of Interest y House of Cards, y próximo protagonista en la cinta Under The Silver Lake de David Robert Mitchell (director de It Follows). Casi todos, cobayas de laboratorio a disposición de una mente siniestra.

Algunos muertos se transforman en figuras vivientes, que se rebelan frente a negros presagios y científicos, locos, sean figuras o peones sacrificados, y toman sus posiciones en el nuevo orden continuamente. Otros, investigan el pasado o sufren el romanticismo desaforado de una época, cabalgando en direcciones contradictorias, algunas inacabadas como un esqueleto sin cabellera; mientras que el ´dios` supremo, trata el castigo sobre sus súbditos, trama los caminos y mueve los elementos en psicología narrativa y disfunción emocional, conociendo los resortes que retienen a determinados huéspedes, a héroes negros y blancos como villanos...
Aquellos, no humanos, forjarían un mundo ficticio, a base de una dieta diaria de carne verosímil, son cerebros hambrientos de conocimiento u otras cosas de hordas, singulares. Resultado de temporadas vacacionales donde la evolución ha conformado guerreros, evolucionados a caballo, dos o tres versiones anteriores a Yul o las bombas nucleares, que te sumergen en otra época de conflictos internos. Para descubrir que esa virginal Norteamércia, no pertenece ya únicamente, al pensamiento natural de la historia. Sino a la sangre familiar derramada, no entre hermanos, más bien de padres con hijos.

Los Hijos de aquel Futuro.

Más peones, más muerte... ese es el preludio de una nueva vida.
Un ascenso desde los niveles más bajos, olvidados como piezas manoseadas en una caja de ajedrez. Algunos de sus hijos, videntes del otro lado, pronostican un diseño perfeccionado con grandes medios, sin contar la notable imaginación, los técnicos y la elaboración del trabajo, las horas de edición, atrás, adelante, arriba en las oficinas, en los subterráneos, dentro de los estudios californianos de Universal y Warner Bros, otras elevaciones como monumentos del desierto y la memoria, que se planean en las alturas o ahúman en distancias cortas, siniestras alcobas, majestuosos halcones, silenciosos depredadores, vulgares asesinos, mecánicas serpientes, lobos solitarios... víctimas todos del juego. Vale, quizás, hubiera sido mejor que sus hijos tuvieran más identidad, al menos, algunos arcaicos. Les volverá la hora en 2018.

Volverán los escenarios visitados por clientes ociosos, u otros adocenados en la historia. Serán muelles de embarque a otra distopía filosófica y endiablada apertura... o soportarán un novedoso juego de apariencias, en que las vidas son fronteras entre distintos mundos. Se verán condicionados por las raíces embrionarias, amos, vasallos, repúblicas y esclavitud, preguntas inciertas... pero siempre, no unos cualquiera. Sino los sucesores del diablo interpretado por un hombre de negro, llamado Mr. Brynner o el mismísimo y revolucionado Espartaco, en plena festividad de la sangre sin errores, sólo conciencia despierta.
Muchos probando las sensaciones prohibidas, otros paseando libres, llevando sus mentes al límite de lo aconsejable, de lo permitido... de lo programado por aquellas leyes de los hombres o las otras, metafísica sin respuesta. Lograrán conseguir la perspectiva de otra vida posible y futura, o morirán en el intento. Los humanos son duros, cuando se lo proponen.
Recordad a Sorin Browers, Ptolemy Slocum o Leonardo Nam... reparadores de todo tipo de tejidos, entre el bien y el mal,
viciosos con fronteras en Westworld, en sótanos y equipos de última generación, ´de-generadores` genéticos, cirujanos del sexo y borradores de cabezas. Casi nada, humanos.
Por todos ellos, WW es original como su nombre. Desproporcionada en su desarrollo intelectual, alambicada como un licor de estraperlo y recortada en su perímetro visual, ambivalente, con un fondo maravilloso, cercano y cruel. Una ilusión estéril de nosotros.

Pues, cada espectador, podrá tener una conclusión, acertada o no. Una perspectiva de los condicionantes y posibles nexos entre personajes, del objetivo marcado en sus memorias y la respuesta que interpretamos. Navegamos en su tablero, pensando nuevas jugadas maestras, que nuestra mente son capaces de imaginar, cuando los humanos solo recapacitamos del hecho ocurrente, sin poder cambiar su efecto.
El sueño ante el despertar de la conciencia o inteligencia, no tan artificial ya, como nos parecía hace varias décadas atrás. Las casillas vacías, los peones descolocados, la posesión de una nueva reina, el jaque mate al rey, nuestro mundo sin vuelta atrás.

Pero, ese es uno de los secretos del éxito de Westworld precisamente, la irrealidad que te susurra palabras de amor y te ejecuta realmente.
Con un dulce tiro a bocajarro, en sálvase las partes.
Siendo testigos de un nacimiento salvaje, un camino diferente y revelador, sobre las praderas que se tiñeron de sangre, de secretos y de miedo. De cuerpos mutilados, rajados o agujereados, putas que no son, hombres valientes, que tampoco. Truhanes anfitriones, traiciones de cama, embaucadores y otros tahures con cartas marcadas, que comenzaban a recorrer nuevas vías. Sombras más alargadas que el ciprés y oscuras que el alma eléctrica. ¿Seremos dueños de nuestro destino, o estará en sus manos?

El presente construye otras posibilidades o negocios, con resonancias históricas o se desprende de todo. Desde todo el territorio nacional a esta pequeña población perdida en el desierto, otra mentalidad, metálica como las balas o jackets de un guerra cruenta, elaborada con recortes de aquí y allá, explosiva como la pólvora que contienen sus pensamientos. Al lado de los personajes que hicieron de este infierno, de voluntades y trucos, un lugar mítico. Un sitio idílico, poco disfrutable, nada destinado para la infancia, desde luego, a no ser que su aprendizaje venga codificado por sus genes resistentes, de soldados y premeditadas réplicas... como pequeñas percepciones de la realidad, bocaditos de terror, que toman su particular sentido. Ya que sus habitantes, son niños (de generación micro) que crecieron rápidamente... y aprenden de un día para otro, saltando y muriendo, de letra en letra, de una canción a otra.

Aunque existieran otras aventuras o tableros, no tan agresivos, para que los niños se lanzaran a descubrir las posibilidades de otros lejanos del Oeste, en este mundo de infracciones, no se es capaz (por sí solo) de ocultar la realidad que esconde o avanza en su interior. Algo salvaje que no restringe libertades, pero sí, esas voluntades. Tampoco esquiva disparos ni polémicas superficiales sobre dudas razonables, sobre el terreno científico o en esas altas esferas, casi divinas, que buscan la rentabilidad o el ´doctorado Prometeico`.
Es entretenimiento, aderezado con pausas y flashes, más que flashback. Retales de un cerebro que no se casa con suposiciones o sentimientos, ni rehuye sexo y la violencia. Sino que, indaga, profundiza y escucha todas las conversaciones privadas, en secretos inconfesables, tras dormitorios rústicos y sábanas refrigeradas, motores ocultos bajo la piel. Confecciones diabólicas en salas de alta tecnología biomecánica, que secuestran hábitos, persiguen mitos y confunden apreciaciones, aceptan órdenes de lenguas afiladas como cuchillos de carnicero o exquisitas tal que un buen "sibarita gastronómico". Este Hannibal todopoderoso, dueño de todas las almas, invisibles o binarias, nos enseña que la violencia, es posible otra vez. En cualquier momento o región, al Oeste de la mente, en determinados textos, representaciones o juegos... ¿qué pieza escogerías para participar en esta obra tragicómica de Shakespeare? ¿A qué ritmo, bailarías?


WestWorld 2... ?

En el Westworld conocido, el machismo no es cosa del pasado. Ni las relaciones sexuales agresivas, con riesgo de lesión o muerte, ni tiroteos a discreción, ni el amor imposible o lejano de Verona, ni las cuchilladas camufladas de un psicópata de la gran ciudad, envuelto en piel de numerosos y silenciosos corderos. Ni el comienzo de una nueva partida...
En él, se despertó el gusto por los buenos tiroteos, envueltos en polvo y materiales reciclados, visitas de la memoria frente al Monument Valley, sudor y lágrimas personales, que no se escrutan ni salen de sus lagrimales. Sangre circulando entre venas y circuitos invisibles, salpicando la tierra que nos vio crecer, al igual que las ramificaciones íntimas de encuentros o viajes privados. Vistas de arriba y abajo (¡qué gran serie!) visiones de diferentes estratos sociales y convicciones, hasta que los grandes cambios se transforman en una masa amenazante, en un nuevo orden posible... ¿o no?
Veremos como se desangran los seres evolucionados o se desconectan ciertos defectos en las neuronas humanas, solitarias, que nos hacen ser enemigos acérrimos de lo desconocido, belicosos ante las hordas cibernéticas del día a día, vigilantes ante cualquier mal funcionamiento o accidente imprevisto. Ya no son versiones, son vidas propias.

Unos construyendo y otros, adecentando las suyas para ponerlas en movimiento, una y otra vez, hasta el fin de sus días, o hasta que sólo sobrevivan los más fuertes. Es la evolución próxima de un nuevo Westworld histórico y desdoblado... posiblemente.
Si aquella película del 73, que naufragaba en sus escenas de acción, ha sido ampliada en la actualidad, vapuleada por sus ritmos cadentes, y esta unión célebre entre, Nolan, J.J. Abrams y Bryan Burk; aunque, lo más atractivo se encuentre en nuestra inteligencia emocional y la imaginación. Ya que, según vemos, oímos, sentimos... podemos crear nuestra propias historias paralelas, mundos distintos a los retratados, relaciones increíbles entre las piezas, amenazas que aumentan hasta el pánico generalizados, semejantes a autómatas invertebrados neurológicamente, de dedos indestructibles. Hoy sus programaciones, con nuestra perspicacia inventiva, poseería la experiencia cinematográfica y narrativa, un crecimiento exponencial de sus memorias homónimas en nuestro rincón de pensar, compuestos de níquel, zinc, silicio, litio, cadmio, u otros por descubrir. Ecos del pasado, en ciencia del futuro.

Su fachada es lujosa, variada y extraordinaria, como las pieles metamórficas de sus próximos protagonistas, como las vidas que pensamos al visionar sus, ya míticas secuencias y errores.
Otras podrían afectar a tramas preconcebidas, transformando la propia seguridad del recinto y del planeta, en un combate épico, entre sacrificados o condenados al inframundo, apestados o enfermos mentales, hambrientos de carne mitológica y divina, rebelados contra el Creador y sus raras preferencias, asesinos armados de hoy, autómatas de la muerte...
Westworld se prepara (o repara sus miembros) para una nueva invasión, histórica y sexual, en busca del texto sagrado o código fuente. Hacia la comprensión del sentimiento humano... hacia la inmortalidad y la reproducción asistida... cambios en la conducta que pueden afectar a la integridad de los clientes, allá afuera, al futuro de sus especies. WW2 será un cambio de roles quizás, o no será, el nacimiento de auténticas amenazas pensantes, armados con tendones y órganos de acero, a través de la inteligencia aprehendida de sus dioses y alguna de sus duras expresiones... como la de Yul Brynner.


Soundtrack Westworld.

sábado, 4 de marzo de 2017

Drácula by Bram Stoker.


El film de Coppola languidece con el tiempo

La obra maestra de la literatura romántica de terror, por supuesto, Drácula de Bram Stoker (autor con estudios en matemáticas y presidente de la Sociedad Filosófica en su ciudad natal Dublín), tiene con el tiempo, mayor grado de separación en su importancia artística, con el film de Coppola. Principalmente, como consecuencia de la mente dispar de un escritor creativo con percepción infinita para el mal.
Si Coppola consigue una obra mayúscula con "Apocalipse Now" y su captación del horror de la guerra, se descabalga en la adaptación del vampiro más seductor de la historia.
En el s. XIX, fecha de su publicación en centroeuropa 1887, Bram Stoker amasó una fortuna, con su incursión en los miedos de sus conciudadanos a través de sus creencias religiosas rigurosas, los ataques de la naturaleza salvaje o los seres diabólicos acechando en la oscuridad, y en las enfermedades contagiosas o mentales (sin remedios médicos suficientes en la época).
Bram Stoker inventa el Mal absoluto, un muerto viviente ávido de la sangre caliente y la sexualidad, de sus antiguos congéneres. Pero, además dota a Drácula de una narrativa que la convierte en una joya igual de inmortal que su protagonista.
El escritor dublinés proporciona una envoltura magistral con sus descripciones y sus cartas capitulares, la imaginación en poder de las palabras, y la sugestión en lugar del derrame hemoglobínico gratuito. La sangre es el alimento.
El esfuerzo de Francis Ford Coppola por dotarle de su personal visión, no son en vano. Pero, solo en determinados fragmentos lo consigue, provenientes de un recargado efectismo (ahora algo anticuado en el tiempo) y la interpretación de un actor camaleónico (gracias a su voz distorsionada, al vestuario y las prótesis variopintas), Gary Oldman maestro de ceremonias. No es mala cosa, pero nunca se acercará a la cotas del genio de Stoker.
Coppola no puede aferrarse visualmente únicamente a la descripción y la narrativa, por tanto, incorpora su propio diseño artístico y mediante la ambientación defiende los valores de su creación fílmica. Sin duda, cuando imita a Nosferatu y el impresionismo alemán, es cuando la película crece en calidad.

En una historia donde el protagonista esencial es la sangre, Coppola no escatima en su derramamiento, con el rojo del traje de un anciano Drakul homófilo, el ajustado de Lucy en bacanal orgiástica con el monstruo licántropo, y las gafas a lo Lennon ocultando el vacío de unos ojos necesitados de la viscosidad del líquido vital, son los ecos del modernismo. El rojo desde el comienzo es un hilo conductor, en una batalla carpetónica con reminiscencias a Excalibur de Jhon Burman).
Coppola y su Drácula, se divide en 3 actos: la presentación de personajes y contexto histórico, con Oldman recitando y gesticulando con la extravagancia necesaria para dotar de credibilidad al ser vampírico; el romanticismo con ramalazos de sexualidad carnal, y sus 3 siervas haciendo pasar un "mal trago" a el acartonado Mr. Reeves (con la Bellucci incluida). Lucy y Mina, hablando de armas varoniles. Cabalgadas infernales y chupito pectoral para una bella, por entonces, Winona.
Por último, la parte que no ha aguantado el paso del tiempo, las escenas de acción y la pretenciosa interpretación de Mr. Hopkins (que desdibuja el personaje creado por Bram Stoker). Hacen bajar el tono de este icono novelesco de s. XIX, reproducido hasta la saciedad hasta nuestros días. Y lo que queda...
*** Buena ***

Vampiros a ritmo de Rock con "Malcom Mcdowell": +Iggy Pop, +Alice Cooper, +Moby

Perfect Sense.

No hay sentidos perfectos.

Seguramente, nunca habrás visto ni oído nada semejante.
Los sentidos son importantes en una película, pero en esta Perfect Sense lo son todo. Técnicos de luz, sonido, cámara... Rodando. El director británico David McKenzie, se ha tomado esto del scifi, muy pero que muy en serio.
Tan en serio, que se ha empeñado en jugar con el espectador. Al escondite.
Y... esto en la ciencia-ficción es una magnífica idea. Ocultar sus cartas, teniendo un repóker de cinco sentidos en sus manos.

En Perfect Sense y su repóker, McKenzie nos va desproveyendo de los sentidos, uno a uno. Pero además, nos hace viajar por los terrenos del terror absoluto. Hasta llevarnos al límite de la locura. En un mundo frío, que se aleja de los páramos calientes de una magnífica Comanchería y antes, de su nuevo título Outlaw King, actualmente en rodaje con Florence Pung (Lady Macbeth), Aaron Taylor-Johnson (Kick Ass) y Chris Pine (Hell or High Water, Wonder Woman).

¿Qué nos hace ser humanos?.
La inteligencia, claro está. Sin embargo, podríamos llegar a perder nuestros rasgos intrínsecos que caracterizan nuestro raciocinio. El director inglés nos muestra todos nuestros "super-poderes" a la deriva.
Acaso no seríamos como superhéroes, si arrebatados de ellos no cumplimos bien nuestra función. Aquello que nos hace crecer como homo sapiens. Personas.

Cartel americano del film. Presentado en el gran Festival de Sundance (de mi valorado Robert Redford).
Al final, siempre nos quedará el amor y los buenos o malos recuerdos. De aquello que fuimos alguna vez.
Efectivamente lo es. Para dar muestras de que el amor es lo importante en la vida (si crees en él), Mckenzie debía encontrar una pareja profesional y creíble. Asimismo que tuvieran esa innegable cualidad cinematográfica... La Química.

Y es que, sin Ewan Mcgregor y Eva Green (bellísima) esta película no hubiera funcionado del todo. A pesar de su poderoso guión. Desde la época dorada de Hollywood, en que las grandes estrellas poseían esa química, ellos dos son su acertado relevo. Pareciera que se están amando y odiando de verdad, en sus extremos más recalcitrantes.
Postdata... Además podemos ver a Eva Green en su maravillosa desnudez.


Perfect Sense es aquel film, que Soderberg ni siquiera había soñado hacer, cuando cogió los mandos de la cámara para rodar su fallida Contagio. Y más a más, el film te lleva cinco grados más allá o sentidos, que lo hizo el director brasileño Fernando Meirelles adaptando la novela de José Saramago "Ensayo sobre la ceguera", en la pasable Blindness en 2008.
Tres años más tarde, McKenzie nos hace viajar una ensoñación terrible.

Perfect Sense es un horror... para tus sentidos. Mucho ojo y oído.

**** Notable ****

Perfect Sense Soundtrack - Luminous, de Max Richter.



Split.


Un viaje al fondo de las mentes, by múltiple Shyamalan.

En los últimos tiempos, el cine de M. Night Shyamalan plantea una cuestión violenta e imprevista para comenzar un discusión sobre los efectos secundarios que subyacen en su incómoda superficie. De manera que ese acontecimiento conflictivo, desencadena una serie de complejos mecanismos mentales (o físicos) que llevan al espectador a reflexionar sobre lo narrado en el filme y a una situación extrema a sus protagonistas.
En Split o Múltiple, la estructura narrativa envuelve a tres jóvenes alrededor de un cazador psicológico y distorsionado por distintos seres interiores, interpretados poderosamente por el actor escocés James McAvoy. Sumergido en un caso de desdoblamiento multiplicado o DID (Trastorno de Identidad Disociativo), que se debería diferenciar de la esquizofrenia real, de carácter psiquiátrico por consumo de drogas o hereditario, con síntomas de ansiedad y depresión. En realidad, a la esquizofrenia se acuñó el término de escisión mental dentro de un artículo del poeta y ensayista T.S. Elliot, cuando se trata de un estado crónico de alteración de la realidad... En cambio, los actos de Kevin o cualquier otro oculto en sus neuronas, establece ese desdoblamiento psicológico, e incluso biológico, que funciona como una escisión en diferentes y variables identidades, como ocurría en aquella película de 1957 dirigida y escrita por Nunnally Johnson, titulada Las Tres Caras de Eva.

De aquellos barros mentales, surgirían infinidad de producciones con individuos (normalmente masculinos) que desarrollaban drásticas personalidades y terribles crímenes, como el caso de Anthony Perkins en la obra maestra Psicosis. Mr. Shyamalan vuelve a entroncar con el suspense del maestro Hitchcock con una historia original, que te genera un estado tensión o conflicto psicológico que te acerca a un desarrollo más terrorífico de lo habitual, algo siniestramente oculto en algún rincón de una mente patológica o enferma.
Sin embargo, algo cambia. El trauma inicial no es tan extraño a otras ocasiones inmediatas (como la distorsión narrativa en El Incidente o La Visita), ni atraviesa la visión de la automutilación o el suicidio; sino que se traslada a un caso ambiguo de secuestro y abuso de menores con trascendencia en los noticieros, o sucesos reales de la actualidad, por parte de un desconocido. A través de sensaciones escabrosas y conflictos neurológicos que viajan, desde las víctimas al atacante o una ambivalente amenaza metafísica, que pasa del terror o el género de ciencia ficción, a la mente del espectador.

La historia de Split, comienza en el mismo lugar de la totalidad de sus instantáneas sorprendentes, la revelación o la provocación, en esta ocasión trasvestida en varias apariencias o amenazas formales, dirigiendo la angustia de las actrices Jessica Sula, Haley Lu Richardson y Anya Taylor-Joy, a un encuentro más revelador, tremendo o apocalíptico. Algo inherente a las dotes especiales del muchacho del Sexto Sentido, pero aderezado con la maldad supina, una especie de bestia compleja, casi humana, como aquel asesino de The Village, o el advenimiento de una criatura del más allá, tal que en su película Señales.
Otra vez, sobre la ciudad natal de Pennsylvania (lejos de la Arizona de Norman Bates), nadie pensaba que tres de sus vecinas, serían víctimas de tal cisma existencial que genera un suspense creciente a su alrededor con la resistencia ante la actuación de un Ser Extremo. Una división de identidades o fragmentos inconexos, establecen una parábola del comportamiento y esa representación intangible que significaría el poder de sometimiento, quizá, aderezado con el espíritu de Shyamalan en continua transformación interna, convirtiendo a héroes en villanos, o a los depredadores en víctimas.

Por tanto, se trata de otro juego, más cruel y mácabro, reiniciado desde los albores de la humanidad, hasta estas sombras cerebrales de nuestro presente y el futuro próximo. Materializadas en una aparición inesperada o aventurada sobre el poder neuronal, que apuesta por confundir la realidad con la elucubración mental o la fantasía más terrible. El director norteamericano de origen indio, retrata cada persona escondida en la enfermedad con su poderosa imaginación, para dotarles de un significado propio, trasgresivo y contrario al libre albedrío.
La norma de Split es la complejidad, a distintos niveles psicológicos, regresando a sus raíces cinéfilas, sentado viendo filmes de Alfred Hitchcok con pasión, o soñando convertirse en una especie de extensión familiar, y dinámica del aventurero Steven Spielberg, con su pequeña cámara de Super8. Aquí, genera su base robusta para construir el legado terrorífico o de suspense, que reina en la más terrorífica de sus historias. Pues, sin lugar a duda, se enfrenta a las hordas de inexorables ´haters` (... osarían arrancarle neuronas al creador y encerrarle para siempre en un habitáculo inmundo) con un meritorio desenlace, plagado de criaturas monstruosas desplegando sus ´encantos`, o nuestras propias pesadillas.

Bueno, no exageremos, Mr. Shyamalan puede tener una llave guardada en un rincón oculto de su anatomía, como el buen Doctor Lecter, se preocuparía por darle salida a la carne conservada en el congelador. Es la ventaja de los atacantes o depredadores... poder esconderse tras el anonimato de unas redes físicas o mentales, capaz de mutar la personalidad de unos seres humanos inteligentes en verdaderas bestias. Y viceversa, de criminales a jueces.
Todo amparado bajo la oscuridad del secreto médico, la tergiversación o información confusa, la amenaza verbal o física y, especialmente, la maldita difamación. En un guion, que el protagonista consigue asumir las variadas personalidades con una mínima transformación orgánica y mucha calidad en sus espectaculares divisiones de la enfermedad, o lo que fuera... Es cierto, al término puede sufrir algún pequeño desajuste estructural, debido a una reiterada o poco medida sorpresa, que en lugar de realzar determinada escena, produce el efecto contrario, cierta desconexión con la apuesta narrativa del director. Pero, el giro es suficientemente atractivo como para esperar una nueva incursión en la oscuridad desarrollada aquí por Mr. McAvoy. Ya que se las arreglan para introducir a los espectadores con ellos, en una estancia pequeña y recorrer sus alambicados pasillos psíquicos, con cuatro personajes divergentes (que, bien, se podrían multiplicar hasta 26 o 27 entes independientes), dependiendo de las ganas de un caído por hacerse presente y materializarse en los músculos del nuevo jefe de la Horda, o protegido por una fuerza sobrehumana y anti natura.

Pero la cuestión pretérita del impenitente, en la prioridad del acusador ante la inocencia, para demostrar que, el que tuvo, retuvo... o que un profeta cinematográfico en su tierra siniestra, a veces, se transforma en una espiral de sensaciones. Donde el miedo es tan antiguo como el mismo diablo guiado en múltiples direcciones, una especie de falso profeta.
En segundo término (igual de necesario), es que Split se fundamente en la actuación desdoblada de un supremo James McAvoy, que nos irá adelantando otras alternativas posibles, o facetas oscuras junto a Alicia Vikander y Charlotte Rampling en el filme Submergence de Win Wenders, o al lado de una fascinante Atomic Blonde, interpretada por Charlize Theron y dirigida por David Leitch. Retratos personales que se esconden en el alma de un ser humano, sociable, o todo lo contrario.
El esfuerzo es prodigioso y lleno de notas espontáneas, para compartir las sucesivas miradas que acompañan a Shyamalan en este viaje fantástico y sus seres con desproporcionadas habilidades. Desplegando sus ´encantos` personales ante la cámara e intrépidas compañeras de reparto, como la mítica Betty Buckley (Carrie, Frantic).
Destacando a otro nivel interpretativo, la actriz ahora morena, Anya Taylor-Joy, nacida en Miami (Florida) y con una curiosa mezcla de raíces, española-argentina-inglesa-escocesa. Que ya demostrara su potencial para matices satánicos y desarrollos mediáticos, en películas del género como Morgan o, especialmente la sorprendente y radical, The Witch.


Aquí, ellas son el motor incestuoso de pensamientos y el destino oculto de sus actos, más específicos que el deseo o la depredación sexual, zarandeándonos de un lugar a otro de la memoria, desde la vanidosa resistencia, al rescate de inocentes víctimas por los fuertes brazos de algún héroe anónimo o disfrazado con una máscara identitaria. Múltiple, claro.
Así, el personaje principal de Split se identifica o responde a cualidades del alfa, hasta el omega más siniestro, entre el principio y el final de los tiempos. Pues, posee el poder fílmico, las voluntades de secuestradas y la atención del público, por completo durante toda la película. Es compendio de rasgos que se dan en nuestra vida o pregonando un cambio radical en el futuro de la especie, aunque, lo normal será que terminemos sentados viendo las terribles noticias en una cafetería.

M. Night Shyamalan, dice de McAvoy que "no se saltó ni una coma en su actuación tan física, pero... encontró maneras asombrosas para ser espontáneo e inventar gestos o expresiones, compartidas por encima de su hombro" (u hombros encadenados, diría yo). También que tiene una idea para ampliar aquellas raíces incrustadas en los huesos, "sin ser necesariamente la búsqueda de un final al estilo El Planeta de los Simios o Psicosis, sino contar la historia de un personaje. Estoy fascinado por filmar su historia, eso sería lo más grande para mí, acerca de Split, no... adónde llegaríamos con él. Tal vez, nuestro próximo encuentro se produzca en Philadelphia"
Por su parte, "el señor Glass" comentó que le encantaría “escapar de ese manicomio” en una secuela con el elenco original, que tras 17 años de espera, supondría un enfrentamiento abismal entre Dunn y la Horda... ¿o no?

Mientras ocurren nuevos ataques y cambios de personalidad, esta Split se percibe como un acoso diseccionado mentalmente, complementado con una catarsis de violencia y el eco del pasado, que oímos como un juicio sumarísimo. Otra conexión con El Dragón Rojo que entronca en sus propias raíces y creencias multidimensionales.
Luego, la transformación de la belleza en pureza (a nivel metafísico), el uso de la fuerza y la utilidad de la resistencia, como la dominación del propio pavor, son muestras de su indudable talento y capacidad para retratar las múltiples caras del suspense y el miedo más "humano". El último filme de Shyamalan es su visión claustrofóbica de las pesadillas existenciales, con visitantes del exterior o del más allá, frente al espejo de la enfermedad, la purgación y la expiación.

James McAvoy Talks "Submergence" With Alicia Vikander


Teaser Atomic Blonde.


Próximos trabajos de Anya Taylor-Joy, Thoroughbred de Corey Finley. Con Olivia Cooke y Anton Yelchin.

Marrowbone de Sergio G. Sánchez, con Mia Goth, Charlie Heaton y George MacKay.


domingo, 26 de febrero de 2017

Hell or High Water (Comanchería)


No todo lo que reluce es Oro...

El cine apareció, de pronto, como un auténtico atraco a mano armada.
Justo en el preciso momento, en que la sociedad norteamericana estaba sufriendo un profundo cambio con los valores que forjarían esta nación de contrastes, hacia el complejo futuro de convivencia. Así, el Western extendió su reinado durante décadas, hasta que los enfrentamientos entre proscritos de la ley y héroes, terminaron encontrándose con la realidad democrática y el derecho penal, así como el dominio de una cultura de consumo que arrinconaba a los más débiles y terminó atropellando a las viejas figuras, igual que el automóvil trituraba los huesos y ahogaba aquella balada de Cable Hogue.
Por aquella era de tiroteos y disidencia social, los forajidos de leyenda discurrían a lo largo del Oeste y los territorios de indios, que poco a poco se fueron llenando de nuevas vías y carreteras, formando guetos de resistencia como pequeñas comancherías del pasado o pueblos fantasmales, caminos hacia la frontera con México y un mundo de desplazados por la nueva política o, esencialmente, los problemas laborales y los vaivenes de la economía. Así en este periodo conflictivo de los EEUU, a finales del siglo XIX, dos jóvenes llamados Butch Cassidy y Sundance Kid nativos de Utah y Pennsylvania, respectivamente, se entregaban al mundo licencioso y peligroso de los atracos a entidades bancarias, en el inicio del servilismo y los intereses macroeconómicos que infectan a las familias y sus parados. Abrieron los ojos y cerrojos, de grupos de inversión convertidos en oficinas de latrocinio y rapiña, con aquel famoso grupo conocido como Wild Bunch (no confundir con la mayúscula peli de Peckimpah), en metamorfosis continua que modifica caballos por motores de gasolina. El resto es épica de pistoleros que, probablemente, poco tiene que ver con la salvaje realidad actual de las mismas cosas. O no...

Sin embargo, aquellas vidas al margen de toda responsabilidad civil y el heroísmo de película épica, con un guion adaptado por el director George Roy Hill del escritor William Goldman (autor de la novela La Princesa Prometida, u otros como Todos Los Hombres del Presidente, Maratón Man y Misery), establecía la idea romántica de acciones pulcras y de escasa violencia física. Hoy con esta producción de Peter Berg (actor y director de Deepwater Horizon), en pleno siglo XXI, cede el mando de la rebelión social, al director David Mackenzie (Perfect Sense); junto a un actor-guionista (también creador del guion de Sicario), Taylor Sheridan, que tiene una aparición secuencial y bohemia del vaquero clásico. Ambos dan un giro copernicano en la historia de los robos a bancos, en la profundidad obtusa de Texas, definiendo una pareja de hermanos que fundamenta sus asaltos, en base al injustificable abuso de algunos poderosos o, el engaño de un contrato manchado con el crudo desahucio. Vivir, en el infierno de la pobreza o morir con el agua al cuello, en el caluroso medio Oeste americano, marcado por los extremos sociales y conflictos generacionales, de cara a esta nueva era Trump.
Las huellas de aquella Diligencia y sus personajes en conversaciones grupales, han sido barridas por el tiempo, la soledad y la necesidad. Al igual que, aquellas pisadas naturales de antiguos herederos, comanches u otros, que mantienen sus problemas intactos con la propiedad privada y el recuerdo, curiosamente, luchando contra los que osan acercarse a la podredumbre clasista, con sus propias armas. Y éstas, lejos de la tecnología automática de repetición, dispara balas semejantes a las de hace algo más de 100 años.

En esta caprichosa Comanchería, las cuerpos traspiran como entonces, las manos tiemblan y la mirada se pierde en el polvo del desierto... esta vez, levantado por neumáticos y escapes contaminantes, en un infierno de apariencias y verdades. Ahora, los coches se han apoderado del panorama trágico y la tensa calma, semejante al diálogo de una Pulp Fiction comedia en negro, entre la sequía y el polvo, los porches al aire libre, la comida o café en locales típicos, los incendios incontrolados y las expropiaciones privadas, que el director de origen escocés retrata brillantemente, narra con ácido estomacal y arrugas en la frente, como un choque de forzados vaqueros o jóvenes acorralados. Rancheros de la vida en la frontera, frente al hombre de la estrella.
Un hombre duro, experimentado y apunto del retiro, que junto a su compañero de sangre texana-mexicana, y comanche, se lanzan a una investigación calmada sobre la pista de los atracos a determinadas sucursales, sólo desequilibrada por ciertas apreciaciones personales, que evidencian la convivencia en el Sur y los comentarios xenófobos a otras razas vecinales, e incluso amigas. Aquí, se agiganta la sombra del Ranger, patriota o confundido, declamando y maldiciendo entre dientes, sudor y sábanas de motel de carretera, con el tono asombroso de Mr. Jeff Bridges, hacia una nueva nominación como actor de reparto. Aunque, no el único a ser encumbrado en este registro de almas atrapadas en Texas.

Con un gran título en la balanza de la existencia, el verdadero Hell or High Water, señala a las familias desestructuradas, a los golpes recibidos en una educación dañada, a los solitarios que acaban entre regueros y rejas, a los defraudadores y extorsionistas. Este filme fabuloso, recuerda el olvido de la administración con los ciudadanos o vecinos, la protección estatal frente a la mente del policía en la calle, conversaciones que se cortan con una bajada de párpados, la desilusión dibujada en el rostro, de hijos golpeados por el paro y de ancianos guardando sus míseras pensiones, la fracturación de la familia, las franjas de la competencia, que recalca los sueldos precarios de trabajadores o propinas negras a camareras ofendidas, la entrega blanca de dinero negro, dentro de casinos dirigidos o visitados por caucásicos e indígenas, gentes comunes de pequeñas poblaciones haciendo su vida en la frontera... esa que, en cualquier instante, se escapa entre las manos.
Todo parece tranquilo, excepto en el interior de la conciencia individual y colectiva, conduciéndonos a un cruce de caminos que lleva al desánimo, que bifurca las distintas realidades, de dos en dos, en un cuadrilátero compuesto de números, balas y cactus. Tan texano que divide la percepción de los hechos narrados, a través de un muro de miedos arcaicos, de conflictos raciales y generacionales, de pensamientos ocultos tras la memoria errada o errática, como sus almas.

La marca del diablo es una comercial y dramática, por la que todos arriesgan sus vidas o la condicionan, mancilla el nombre de sus auténticos propietarios y maquilla los resultados con limosnas y presiones, dispara a sus cabezas de renegados sociales. Mientras, en su cabalgada endiablada, se frustran las ilusiones de hijos o los deseos de un retiro junto al mar, para acabar ensimismados con la justicia o el todo, y el horizonte baldío de la sangre o la nada. Al final, el panorama de la desolación inunda nuestra perspectiva como simples espectadores de un destino fraticida y las necesidades individuales, disparando contra sus propios fantasmas en aquella colina dramática. Encañonados por la ley del más fuerte, que va dejando cadáveres a su paso, con gerentes heridos en su orgullo y ahorradores en sus bolsillos, clientes cotilleando en una conversación cubierta de estilos y referencias visuales (entre John Ford y los Hermanos Coen), cainismo de ´abeles` divergentes, amor de hermanos y sarpullido de sangre, agentes victorianos calzados de puntas de cuero y ´sunglasses` de Ray Ban, lupas y mirillas del tiempo, ocultación de amistad o exaltación de la diferencia, fauna propia entre la frontera y la mesa de juego... todo aderezado del estilo country o el rock texano. Sonido étnico entre "la proposición" de un músico tan personal como Nick Cave, escribiendo para un compositor, Warren Ellis, que se condujeron entre detectives verdaderos y nubarrones. Para incidir o suavizar en las profundas reflexiones y discrepancias personales, que con visión de águila sobrevuelan esta Comanchería... plagada de rostros con dos caras. Y arrastrando al público entregado a la causa y el cine de calidad, a una espiral creciente de tensión y violencia.

El western moderno, se ha hecho crepuscular de nuevo. Rodado como espectáculo incierto y un choque de trenes (con olor al vapor del pasado), igual que una "road movie" por las arenas del tiempo cumplido, gracias a la mirada incisiva y pulso firme de David Mackenzie, y al inconmensurable trabajo de un equipo de técnicos e identidades, casi anónimas pero bien reconocibles, en su reparto, errando por vías, localidades o bares, entre New Mexico y la seca Arizona.
Quemándose en las profundidades del desierto y la conciencia, o con el agua al cuello, siempre nos quedará la magistral imagen de este sheriff, bifurcado entre el viejo John Wayne y esos rasgos identificativos propios, de un coloso reclamando una bala, es un hecho, es un pedazo de jefe o Jeff Bridges. A su lado, frente a su diatriba cotidiana y cansina contra los de sus razas, hastío frente a la televisión, el sufrimiento silencioso de una voz racial y legalmente condicionada. Si bien, el respeto subyace siempre, bajo sus ojos de lobo rastreador y fiel. Sin hacer ruido, deja su notable identidad, el texano de sangre comanche, Gil Birmingham (voz en Rango y Red Knee del Llanero Solitario).

Del otro lado, Caín y Abel motorizados contra el calor y la tempestad, ofrecen toda una exhibición de poderío físico e interpretativo, semejante al amor enloquecido de aquellos delincuentes históricos, Bonnie & Clyde, o la rebeldía masculinizada de Thelma & Louise frente a la injusticia. Entre sus rostros poco rasurados, se hacen más grandes, uno el apuesto, otro el raro o feo peligroso, con sus ojos ensangrentados o húmedos por los abusos. Se han empoderado gracias a esas armas legales, que les conducen por la vida texana a un abismo, o a algún premio perdido en la próxima ceremonia de los Oscar´s de Hollywood. Al fuego de un infierno pretérito, que invadiría a los viejos amigos, Butch y Sundance, hoy en los bigotes de un magnífico Chris Pine (Jack Ryan, The Finest Hours), antes de meterse en el mundo fabuloso de Wonder Woman y Star Trek.
Y, los de un increíble Ben Foster (amigo en The Finest Hours, Inferno) que a cada secuencia, nos fascina más con su fuerza y esa chulería recalcitrante del renegado.
Por tanto, el ring o arena de gladiadores, no tan moderno, está montado, con vistas a un ataúd medido a sus diferentes hechuras y conciencias. Un callejón sin salida o futuro, entre generaciones encontradas en el presente, para un retrato contemporáneo entre el Lejano Oeste y las pesquisas del cine negro.

Comanchería o Hell or High Water, con su ficción basada en la crítica social, es una admirable obra cinematográfica, entre el caciquismo de una etapa sin ley, por un puñado de dólares y el comienzo de la gran depresión o carrera por la supervivencia, contra el hambre y la pobreza de Las Uvas de la Ira.

Hell or High Water - Soundtrack by Nick Cave y Warren Ellis.

viernes, 24 de febrero de 2017

Criaturas y Pelis Deformes (in 666).

De Monstruos por el Inframundo, a una Residencia Infernal.

Al principio tenía dos producciones asignadas para formar parte de una crítica salvaje, pero el hecho monstruoso es que se transforma en una serie de descartes cinematográficos, como aquel cerebro elegido para formar parte del espíritu de la Criatura conocida como el monstruo de Frankenstein. Aunque la realidad como aquella vez accidental, nada romántica, establezca que, no siempre, la ciencia ficción y el terror, aciertan con las formas de mostrar la deformidad o la diferencia.
Así, entre algunos conflictos nocturnos, durante este temporada de premios, he alternado algunas seleccionadas a los Oscar con estas, llamémosles, criaturas deformes. Un error o temeridad que se paga con un ticket to Hell, un descenso personal a las tinieblas del inframundo o del Séptimo Arte. No obstante comenzaré, de menos a más, para el desarrollo de esta oferta de monstruos a "low cost". Aunque había pensado en calificar del 1 al 6 a diversas producciones scifi, me complazco con estamparles un 666 o sello maldito.


No obstante, lo aparentemente divertido, se convierte en una peligrosa pesadilla, salpicada de sangre enmohecida, rápidos movimientos de cámara que te dejan exhausto y un entramado difuso de experimentos genéticos. De los que se desprende lo siguiente, lo que comienza con una idea atractiva, a base de repetirla hasta la saciedad y mutar aquellas cosas que poseían cierta dosis de adicción para el seguidor scifi, engendra dos perspectivas deformadas y efectistas, entre vampiros, licántropos y infecciones con zombies mutantes, en mundos distópicos.
Mientras a la saga Resident Evil le ha barrido su sexta y última ola, con el apellido de Capítulo Final y dirección de su principal valedor o habitual conocedor de mundos distópicos en ambientes apocalípticos. Paul W. S. Anderson (Event Horizon, Soldier), visita por cuarta vez, esta maliciosa colmena y practica su cirugía, más efectista y demasiado acelerada, al nuevo engendro, protagonizado por una agotada Milla Jovovich "Alice". De este modo, si te acercas a sus personajes desde Underworld, por última vez (o más allá, quién sabe), acabarás contagiado por su tópica ambientación, de la superficie arenosa y plagada de hordas (corriendo menos que el caballo del malo), hasta sangrar al borde de un ataque gremios, fantásticos y repetitivos. Pocos estímulos descriptivos de una situación demasiado clonada, o una sensación malísima a "déjà vu", dando vueltas sin parar, colgado como Willem Dafoe en la cinta de culto The Boondock Saints, pero sin ninguna gracia y un olor a perro muerto, que tira de espaldas.

En otra localización divergente, contraria en la ambientación y el clima, aunque fotocopiada en el pretérito cinéfilo; otra actriz (arrinconada por el estrellato hemoglobínico) conocida como Kate "Selene" Beckinsale, se empeña de nuevo en quedarse en cueros, ante colmillos, patadas voladoras y repetitivas transformaciones, que brotan como un sarpullido salvaje. No siendo más que un triste y molesto grano, en sálvase la parte.
Claro, en esta circunstancia tan incómoda y revolcados por el suelo, como cánidos cubiertos de pulgas, sus efectos pueden producir una complicada urticaria solar; semejante a otros creadores de universos gobernados por ´bestias` y no muertos, el autor de su historia primigenea y la dirección de Len Wiseman (La Jungla 4.0 y desastrosa revisión de Total Recall de Paul Verhoeven) en ambas primeras. Les ha crecido una quinta prótesis llamada Underwold: Guerras de Sangre, de nulas referencias históricas o estímulos visuales, bastante ortopédicos... como las anteriores próximas. Si te acercas, como el presente, puedes caer en el interior de una cúpula de los truenos, con más ruido que diversión o emoción, especialmente, al comprobar que algunas transformaciones, se ven como una ristra de organismos calcados, estirándose y bostezando, aullando y volatilizándose...
Dirigida, por una nueva protagonista y antigua elaboradora de divertidos efectos especiales en filmes como Godzilla, El Fin de los Días o Pitch Black (se entienden las tonalidades gélidas y cenizas incandescentes de esta Underworld), llamada Anna Foerster; desalmada por parecidas circunstancias que desarrollarían un trío de directores europeos, fagocitados o desangrados en el conflicto narrativo y sus truculentas revueltas informatizadas, en una especie de pirueta mortal. Sin fin.

Estas últimas proposiciones fílmicas, poco adecentadas, se corresponden a una época confusa del cine de acción en la actualidad, mezclado al capricho con fantasía y terror. De características suicidas, tal que una monstruosidad filmada, donde el Prometeo Moderno está conformado por todos aquellos desechos amontonados en el pasado, y algún que otro recorte programado, con las eventualidades del cine de artes marciales y los efectos digitales.
No importa que aparezcan en castillos enormes y sótanos desvencijados, en la nieve o el desierto, porque sus trajes ajustados ya no alimentan los deseos, ni sus ojos mutantes, acercan las voluntades de los fans a su regazo infernal. Con un protagonismo salvador algo borroso, en manos de la infancia, mediante un control sanguíneo para razas rivales o un cortafuegos en el corazón de Raccon City. Tampoco, son atractivos, los reinos enfrentados en batalla eterna ni las últimas resistencias de ser humano, por acercar posturas con... muertos de hambre. Aunque, reúnan a aquellas temibles criaturas que nos hicieran palidecer en nuestras pesadillas o leyendas arcaicas. Porque, contagiados informatizados y voladores prehistóricos, draculines empolvados, zombies potenciados en su raíz ribonucleica u hombres-lobo de penúltima generación, compiten para llevarse el título de, personajes menos desarrollados o de voluntad caprichosa. Seres atiborrados con males de ayer y los defectos del presente, hasta el preámbulo de una muerte anunciada, si bien (o peor), ésta nunca parece ocurrir.

Terraformars.

Película, o ensayo scifi, dirigida por un japonés prolífico como Takashi Miike (lleva un ritmo de 2 o 3 películas al año), podría calificarse con el errático término de ´frikada`, por que, si bien su origen muestras la plasticidad y ritmo del cómic nipón, sus representaciones gráficas tienen que ver más con el universo de Troma o esas producciones de cierta comicidad descuidada, acción incalificable como Zebraman o Yatterman, del mismo director. Desde luego, mucho más que con sus cintas de terror onírico, con asesinatos ultraviolentos en serie y mutilaciones de yakuzas en el pasado, como las míticas Audition o Ichi the Killer, Crows y Crows Zero, Última Llamada, Gozu o 13 Asesinos.
Marte, dentro de un tiempo inconcreto del siglo XXI, está esperando ser colonizado a través de una implantación de algas experimental en busca de la terraformación del planeta rojo. Pero, las cosas se tuercen al aparecer un grupo revolucionario de poderosos (y algo risibles) insectos, con características guerrilleras y mente a lo John Rambo, semejante al Vengador Tóxico. Sin embargo, algo se va de las manos en la producción, cuando unas cucarachas cegatas e inflamadas a base de esteroides, son monitorizadas por un complot dirigido por un charlatán descontrolado e histriónico. Entonces, la misión suicida de los seres humanos para controlar dicha plaga, rescata a una serie de condenados y dispuestos a padecer los efectos de unas curiosas inyecciones y mutaciones folclóricas dentro de la cultura de anime japonés.

De esta forma, atropellada, mutilada y genéticamente desperdiciada, nada que ver con la divertida visión de Paul Verhoeven en Starship Troopers (el carismático director de Elle vuelve a salir en este comentario), he vuelto a caer en la tentación con un Mr. Miike que se entrega a la sublimación de la acción propulsada y la desternillante deformidad. Exagerada, o multiplicada hasta la infección colectiva por nuestras mentes fantásticas, en cansancio generalizado de un género mal llamado ´bizarro` de manera semántica. Y creando un extraño nexo entre los sufridos actores, los nulos diálogos y presentaciones a lo Caballeros del Zodiaco, estereotipados ante unos alucinados espectadores. En definitiva que, lo que comenzase como un comentario de dos decepciones cinematográficas, ha ido aumentando con esta entrega del scifi japonés más desparramado, por tierra, aire, o mar de babas, sólo con el interés visual de las actrices Rila Fukushima (serie Arrow y Lobezno Inmortal) y el estilo de luchadora de Rinko Kikuchi (La Leyenda del Samurái, Pacific Rim) cuando no participa de la sobriedad de Isabel Coixet o cintas dramáticas como Tokio Blues y Babel.

The Monster.

Los Dientes de este Monstruo o reconocido como The Monster, dirigido por el texano Bryan Bertino (Los Extraños) con un guion que se va desinflando hasta que enseñarnos las dolorosas caries del terror. Una historia que tiene que ver con las pesadillas infantiles o traumas, pero no con los de los protagonistas del último filme de J. A. Bayona... Sino, con un miedo más estructural que comienza con el drama de una separación y el cuidado de una figura fumadora y alcohólica, en los momentos más interesantes y prometedores dentro de un viaje en automóvil con crítica familiar y suspense. La protagonista Zoe Kazan (nieta del mítico Elia y partícipe en filmes como Revolutionary Road o Expertos en Crisis) y su hija, la actriz Ella Ballentine (La Llamada, Cautivos junto a Scott Speedman también en la presente), van a experimentar un contacto ´accidental`, más físico, que arrebata el suspense inicial y esa relación maternal algo tormentosa. Para entrar, en un acoso, que termina siendo devorado por su propia fisicidad, como resultado de una mala selección de secuencias de terror, en otra mala representación del género y una chapuza de ataques con una mascarada de monstruo.
Poco más que decir, predominio de una acción traumática, causada por una nueva criatura decepcionante y tomas de decisiones finales, que contaminan la idea de los viejos mitos y terrores infantiles, dentro del género fantástico. Creo que, un viaje al universo de Penny Dreadful sería más placentero y completaría las necesidades de los aficionados para acercarse al espíritu romántico y maldito de licántropos o no muertos.

Passengers.

Dejaré de momento los monstruos, por atacar a otra monstruosidad errante. No tanto por el tono conceptual, sino por la narrativa adosada de un romanticismo muerto, antes de renacer o despegar siquiera. En esta pesadilla existencial y cinematográfica, junto a sus pasajeros caprichosos, se convocan todos los males terrenales y casi divinos... catapultados a través de dos figuras somnolientas como unas ´blancanieves cursilonas, del universo conocido. Incluso, de otros `posibles por conocer... ¡por todos los pasajeros y xenomorfos!

Este sueño superficial entre Passengers, y nada eterno para ser recordado o encumbrado en el lado interpretativo... con su pareja protagonista en bostezos, Jennifer Lawrence y un cambiante Chis Pratt, se empeñan en una convivencia idílica, que resulta un quebradero de cabeza para los espectadores. A los que se suman participaciones, ´dramáticas` como la del buen Michael Sheen, haciendo un androide incompleto y incómodo de escuchar, hasta la materialización de un Laurence Fishburne (al otro lado de Hannibal) incomprensible y, la fantasmal de Andy García.
Passengers, del director Mortem Tyldum (The Imitation Game) acumula mareos y desgracias visuales, como si se tratara de un mal viaje por el vacío de la tragedia capuleta y montesca. Una idea ilusoria, que trata de convertirse en algo más determinante como epopeya romántica, y se queda con las ganas, con los labios pegados a la escafandra... Así, su vuelo resulta efímero, porque los protagonistas se acaban extraviando con sus maletas y venenoso, gracias a diálogos sin brillo y actuaciones simplistas. Por no decir, perdidas en el espacio.

Cuando el público descubre, casi sin avanzar o moverse del sitio, que su destino es el estatismo y la superficialidad emotiva, la desnudez mental o existencial sin perspectivas ni representaciones galácticas, solamente, una indecisión o acto irrazonable, una anécdota contada en la barra de un bar.
Imaginen por un momento que, tras un despertar fortuito, nos hallamos en el vacío, que bajamos las escaleras de un local emperifollado de la esquina, para encontrarnos cara a cara, con un camarero (majadero) y empezaras a desarrollar tus pesadillas personales o miedos, con lengua de trapo, alguna lagrimilla y un güisqui de cosecha. Lo más lógico es, que escuchara tus quejas, secando las copas, sin prestar demasiada atención a tu diatriba, a tu razonamiento solitario, como un androide o autómata, simplemente, porque no tiene opinión razonable o no entiende el lenguaje de su único cliente. Entonces, el eco metálico se convertiría en agobio, mientras el público descubre que, este héroe galáctico, es un fantasma desafortunado, venido a menos. Risas, bostezos... a dormir, hasta otro día.
Luego, comemos, jugamos, gritamos, nos descuidamos... volvemos a beber, una y otra vez, hasta que un buen día (bueno, tal vez no tan memorable como imaginamos), se despierta la parienta, se sienta entre tú y aquel barman indefinible, de sonrisa y cabeza huecas, y tras unas palabras de aceptación, nos manda al cuerno de Orion. Porque eres inaguantable, te has rasurado tu poder facial y sexual, demuestras que no tienes demasiadas ideas o hechos para compartir en un viaje romántico, plantas un pino... ¿y qué? Macho, me estás jodiendo el presente, como hembra reproductora del futuro.

Por tanto, la estructura de Passengers es tan repetitiva, como los escenarios góticos de Underworld o esas carreras de zombies acelerados con el rabo entre las piernas o extremidades deformadas, o la cutre presencia de cucarachas musculadas, solo que aquí, con una estética más evolucionada, aparentemente acaramelada y luminosa. Si bien en diseño artístico, pareciera algo amontonada, para estar extendida y distribuida en diferentes localizaciones, a lo largo de una estructura tan gigantesca como esta nave espacial llamada Avalon. Casi "ná"... Al menos, las vistas desde el comedor, al tomar nuevo impulso o golpe de efecto solar, algo cursi, y especialmente cuando nadamos en su piscina privada, galáctica y desaprovechada, nos recuerda que el universo es sitio espectacular, pero tremendamente frío. Gélido como sus rostros, excepto, algunas explosiones cósmicas, choque de cometas y aquel poder nuclear de las estrellas.
Este viaje trascendental para la Humanidad, se queda en una visita al bar de la esquina de Pepe "El Sonrisas", semejante a una desastrosa borrachera conceptual, de lo que nunca debería ser la supervivencia o la odisea espacial, ni el valor del amor o el deseo. Este filme sería parecido a una conversación hueca entre Tom Hanks, el inolvidable náufrago, con su amigo mojado y redondeado Wilson, aunque mucho más aburrida y resacosa, más contraproducente que un dolor de muelas en una isla desierta, frente a la ´Aughogha` boreal.

Lo único meridianamente claro, es que la soledad puede convertirse en un infierno, si no la eliges tú o aceptas esa posibilidad en el futuro próximo. Algo tedioso y vacuo, como una charla de barra con un zombie, aderezado con gags monstruosos o chistes sin gracia. Ni siquiera una estructura lógica y emotiva de los hechos... simplemente, una sucesión de superficialidad romántica, en la que los protagonistas se intercambian corazones de peluche, se lanzan reproches en un bar sin calor. Se quieren o se odian, sucesivamente, hasta que las maniobras de evasión y acercamiento, se transforman en distracción para ebrios y paseos al borde de un ataque coronario. Cuyos diálogos se mueven por el absurdo absoluto y el desapego con los protagonistas, que te trasladan a un mundo irreal, con tres males a resaltar:
- ¿Qué personaje parece más un robot?
- Te puedes descolgar en el exterior como un murciélago... ¿a esa velocidad?
- Y, ¿es el personaje de Mr. Fishburne, un aprendiz de Celestino?
- Por último... ¿´ónde` andará Andy?

Infierno.

Para seguir inmersos en este averno de las adaptaciones diabólicas, con licencia para morir de aburrimiento o desesperanza cinematográfica, nos zambulliremos a continuación (sólo si lo deseas, claro) a un mundo metafórico de ciencia y destrucción masiva. Dentro de una nueva investigación del famoso Profesor Langdon, inmerso en otra maniobra desmemoriada y plagada de especulaciones materiales. Como académico elástico, experto en arte antiguo y en tramas confabulatorias, donde se requieren situaciones superficiales o catastróficas, aparecen esos instantes peculiares sobre el mundo y la vida de siglos pasados, con situaciones históricas, artísticas y filosóficas, bajo las que subyace (o fantasea) algún enigma oculto o trama urdida en el presente.
El resto es una vuelta a los asuntos apocalípticos, tan reconocibles en este texto, infundidos bajo la escritura enrevesada de Dan Brown y el miedo de la humanidad, emulando a los vericuetos de El Cógido Da Vinci o la existencia de una cúpula asesina entre masones e Illuminatti, que amenazan con destruir todo alrededor y salvar las cuentas pendientes con un planeta plagado y pecador. Lleno de incrédulos científicos, amargados caóticos y verdaderos románticos.

Pues, si aquel códice fue el objeto de la polémica, apuntando hacia los cimientos católicos y la moralidad divina de sus predecesores, la especulación generacional se convertía en radicalización, fuera de la lógica y la metafísica. Significa un paralelismo tenebroso bajo el corazón de la vieja Europa (dentro del Museo del Louvre, hoy en día), y sobre la deformación actual de nuestras propias crisis existenciales, decepciones ambientales o pensamientos conspiranoicos. De uno u otro lado.
En su nueva incursión por las pinceladas del arte (antes de la última titulada Origin), en total 4 literarias y 3 fílmicas, Dan Brown estableció una confusa aventura criminal, no desviada del significado de los cuadros y sus deseos pragmáticos sobre el poder, el control político o económico. Hacia esas especulaciones materiales que fomentarían la expansión de nuestros males congénitos, entre los rescoldos pictóricos del Infierno de Dante y una catastrófica percepción del mundo, como un instrumento visual que esconde el siniestro comportamiento de un solitario o una ideología destructiva.

Algo deformado en el ambiente culto, sobre el crecimiento exponencial de la humanidad y la imposibilidad de cualquier otro subterfugio, o invento para librarnos del mal y los pecados. Algo que la novela Inferno, desplaza al individualismo comercial de un sociópata visionario, escondido tras una cortina de humo y besos traicioneros, un Judas en tierras florentinas que traspasara el horizonte flotante de Venecia, hacia los nueve niveles de esta caída romántica a los infiernos.
Con el final mortífero de una odisea universal estruendosa, así como un estornudo repentino que nos asaltase, sin pestañear siquiera. Por consiguiente, el problema es esa trascendencia confabuladora, algo chapucera en sus persecuciones o ataques, que convierte una serie de peculiaridades estratégicas o floclóricas, en una crisis general o devastación de consecuencias planetarias. En base a ciertas particularidades con la edad de los protagonistas, literarias sin peso o sectarias por parte de Mr. Brown, y por tanto, la vuelta de un actor Tom Hanks, tras dos curiosas propuestas este año (A Hologram for the King y Sully), pero menos atlético o hábil. Temiéndonos cualquier caída funesta, en escarceo peligroso en saltos y tiroteos, como elemento patoso que se moviera por escenarios grandilocuentes, para una estética y acción efectista. Quizá, sea el único suspense a reseñar...

Los protagonistas se desplazan a esa época florentina de luchas fraticidas y convulsión espiritual, donde Dante Alighieri se vería trotando por calles adoquinadas, tras los encantos de una joven poco tímida e imbuida en el espíritu dual de la actriz Felicity Jones (A Monster Calls, Rogue One). Más, alguna que otra sorpresa, representada por un filósofo mediático y conflictivo con el rostro del magnífico Ben Foster (The Finest Hour, Hell or High Water), cuya llave propicia para un apocalipsis sería más vírica que artística. Es decir, de superficial interés pictórico o nula entidad poética.
Donde sus estructuras apócrifas y obras antiguas, generan una intranquilidad en los personajes, más perdidos que nunca con acertijos o desviaciones de la trama general, carreras que aumentan la confusión en sus pasos, ya de por sí dubitativos, y la incredulidad de los humanos en estos días caóticos, que florecen hasta Venecia, sobre esta especie denominada, inteligente. Las claves poseen matices y tonalidades, pero la realidad en definitoria. Somos una especie de plaga...

Aquellos que plasmaran grandes ideas o imaginaron sus estructuras sociales o el valor del Arte, descubrieron el espíritu tenebroso de la mente humana. Algo que consume a grandes bocados, la posibilidad de una supervivencia vital, apartada del canibalismo espiritual o, la predación de materia orgánica por parte de timadores o sus confabulaciones comerciales.
Variaciones religiosas del fin de los días, que coinciden en una probabilidad maquiavélica y nada remota, la extinción humana. Una respuesta de escasa inteligencia, para un hombre elevado que se autoproclama como dios, purgador de todos los pecados o errores multiplicados, sin base metafísica o demostración científica. Algo documentada por unas cifras aleatorias de crecimiento desmedido y aumento de hechos exacerbados de la población, que irá modificando ficticiamente los acontecimientos narrados a continuación, hasta caer en un pozo irrespirable de falsedad narrativa.
Cierto es que, sobrevaloramos la existencia y nos creemos invencibles, por lo que caemos fácilmente en la contemplación y discrepancias ideológicas sin solución, algo desmemoriadas y premonitorias.

Sin embargo, Dan Brown y esta película, poseen el atractivo de representar al conocido investigador, como marioneta actual de la Historia Clásica, un Infierno en lucha entre la razón y los conceptos artísticos, contra la supremacía de ciertas ideologías o representaciones intoxicadoras. Reales, o no. Una imagen monitorizada bajo la cúpula de la belleza y la estética, en un panorama de erudición y magia pretérita, contra algunos individuos proféticos y radicalizados. Así, se materializa en la mente, un representación esquemática o diagrama de amenazas actuales, a las que seremos arrastrados por nuestra conciencia colectiva y la imaginación de los artistas, donde Mr. Langdon es su pieza maestra. Designado por su lógica o conocimiento de los casos expuestos, un eslabón ficticio entre el engranaje razonado y esta artificialidad del hombre actual, no preparado ya, para trotes contemporáneos o persecuciones manidas, a vida y muerte.

Es decir, lo de siempre en cualquier periodo de nuestra historia corrupta o belicosa, alrededor de un catedrático del pensamiento y estudioso del Arte, que se mueve con pez en el agua, en torbellinos diabólicos y enrevesadas tramas, o buceando en datos históricos o románticos, entre Dante y el nuevo apocalipsis de una mente desconectada, que escondería los resortes de una locura colectiva. Tal que, La Divina Comedia o viaje dantesco por la representación de los pecados veniales, con el director Ron Howard, rascando en la pintura de Sandro Boticelli y la fuerza del actor Omar Shy o de Ana Ularu, hacia la salvación del planeta y personal de Langdon, recorriendo cuadras de Florencia hacia el Palazzo Vecchio o la cúpula de San Marcos.
Mr. Hanks, regresa desmemoriado y vacilante, más hermético por descompensación de sus relaciones emotivas, ante un desvarío existencial generalizado. Perdido por amor conceptual, en una sucesión de hechos aparentemente imaginarios o rescoldos soporíferos para el espectador, que parecen enfriados o mal empleados. Un ojo experto o ilustrado, daría cuenta de errores que se camuflan en esta odisea fílmica (que ya acaba), una paulatina recuperación de la memoria, como borrones de un aprendiz de pintor, intentando plasmar el trabajo escultórico en la etapa de Enrico Dandolo y el descanso de sus restos bajo las losas de Santa Sofía en Estambúl. Si bien, el mártir se halle en la superficie congénita, con su diatriba de un futuro especulativo u odio demográfico, encerrado en un diminuto artilugio nada conceptual, sin huella ni memoria... como una máscara falsaria. Semejante a un condenado silencioso y arrastrado a sus propios infiernos. Diría que su juventud es, solamente, cuestión de tiempo. Como la del Big, Mr. Hanks... como la de todos. Fin

El Futuro (Next Soon).

Tom Hanks, ha rodado The Circle (del director James Ponsoldt) con Emma Watson, Karen Gillan, John Boyega, Bill Paxton) y se aproxima a poner voz a Andy, en Toy Story 4. Mientras que el director Ron Howard se decanta por establecer contacto con Jennifer Lawrence para Zelda, y posteriormente un título llamado Seveneves, de un guionista habitual William Broyles Jr.

Kete Beckinsale: The Only Living Boy in New York (del director Mark Webb) con Jeff Bridges, Pierce Brosnan). Anna Foerster, parece encargarse próximamente de Source Code 2.


Milla Jovovich actúa en el nuevo filme de Rob Reiner, Shock & Awe, junto a Jessica Biel, James Marsden, Woody Harrelson y Tommy Lee Jones, además de Future World dirigida por James Franco y Bruce Thierry Cheung, protagonizada por el mismo James Franco, Suki Waterhouse, Lucy Liu. Aquí, el director Paul W.S. Anderson, anuncia su proyecto sobre Monster Hunter.

Rila Fukushima, la japonesa participa en Ghost in the Shell: El Alma de la Máquina, dirigida por Rupert Sanders. Con Scarlett Johansson, Michael Pitt, Michael Wincott, Juliette Binoche y Takeshi Kitano). Y su compañera insectívora Rinko Kikuchi, en Pacific Rim Uprising, de Steven S. Deknight, junto a John Boyega Adria Arjona y Scott Eastwood.


Zoe Kazan, participa en la nueva producción de Judd Apatow, The Big Sick, dirigida por Michael Showalter. Con Holly Hunter y Kumail Nanjiani). Bryan Bertino, anda escribiendo Los Extraños 2.


Jennifer Lawrence estará en Mother! de Darren Aronofsky, con Michell Pfeifer, Javier Bardem y Ed Harris), en Red Sparrow de Francis Lawrence, junto a Joel Edgerton, Joely Richardson y Jeremy Irons, además de la mencionada Zelda.
Chris Pratt, representará al verdadero cowboy espacial, en Guardianes de la Galaxia Vol. 2 de James Gunn, con las nuevas incorporaciones de Chris Sullivan, Pom Klementieff, Glenn Close, Kurt Russell, Sylvester Stallone... Y Vengadores: La Guerra del Infinito Parte 1, con una unión espectacular. También la secuela de Jurassic World, que dirigirá J.A. Bayona con Bryce Dallas Howard, Ted Levine y Toby Jones). El diriector Morten Tyldum tiene en el punto de vista, el título Pattern Recognition...





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