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domingo, 3 de junio de 2018

The Deuce.


The Deuce & The Playmate Club.

Un coche patrulla avanza a velocidad reducida, expectante dentro de su interior... Los&las profesionales otean, cuando las miradas no son compradas por otros. ¡Es una especie de caza! Del gato y el  ratón, gata o ratita...

Estamos en plena madrugada, plenilunio feroz, cuando la esfera plateada se esconde de pronto, bajo una capa de contaminación, o inmundicia según el horizonte. Aquella que desprenden las reglas, las calefacciones de los edificios adyacentes y los tubos, a escape mayoritariamente libre.
Mientras las luces de infinitos movimientos a ras, apartamentos de Manhattan a Queens, relevan la intensidad de los neones por la Gran Manzana.

Entonces en el panorama onírico, un mal sueño para algunas, los gritos telúricos suben de grado, narcotizados o alcohólicos, un llamamiento descarado que desparrama una cascada de emergencias, desparrames varios o desesperación, de forma que las calles se asemejan a una especie de manicomio... cinecomio por las películas, serias o las otras.
Donde los lobos y las caperucitas, desgarran gargantas profundas y otros hímenes reservados, cuando no puestos a la venta del mejor postor, como productos de un gigantesco escaparate.

El centro de N.Y. es un caótico ir y venir, por las avenidas sin nardos, de alusiones y acusaciones, peleas moralistas, insultos o piropos, equívocos, confundidos entre los ruidos habituales y constantes. Unas erráticas carcajadas sobrevuelan a todos, yonkis y proxenetas de lujo dudoso, fundidas con lamentos reales de dolor, gritos de mal gusto que eyaculan al amanecer, en un esquina o la parte trasera de un coche. Aparcado en un vado prohibido, ahogado entre los sonidos clásicos de un claxon, taconeos y sirenas.
Ni Ulises es un dios, ni las mujeres atractivas y subacuáticas, con cola y ganas de pez, llevan a sus hombres a un extremo placer, porque prevalece el engaño, y en muchas ocasiones terminado en óbito. 

Los buscavidas.

Son simplemente eso, buscavidas de la misma o de la ajena. Unas cercanas, sudorosas y epidérmicas, los otros amenazantes, distraídos o asustados, como conejos con piel de lobo.
Pero por descontando, con esa forma atractiva de la comunicación fílmica, sugestión de la imagen y la historia, a modo de documental en la fauna de la ciudad, que pueden transformar a las víctimas en futuros monstruos, escurridizos, caóticos y peligrosos.

Aunque no es necesaria una apariencia física para demostrar, siempre ayuda. A veces parece despampanante como método de atracción, sobre otras posibles bestias que merodean y protegen, a una sociedad cautiva. Hombres, animales y clientes, todos en batiburrillo en torno al clítoris de la manzana y Eva, aún sin Navidad de altos vuelos, ni Califockingfornia.
Esto es una sabana, feria confusa de las vanidades, donde nada es lo que parece o todo se camufla, en una especie de espectáculo gratuito, que expone a los freaks de la noche. O del día, depende del canto amargo de las sirenas...

Estas patrullas callejeras, de las buscadoras de esperma, son como Pepi, Luci y Bon, nombres comunes de las cloacas del montón, que llegaron de diversas procedencias a la gran ciudad, en peregrinaje tal vez sexualizado. Y que no aparecerán en las penúltimas páginas de los periódicos, porque serán un suceso más. Aquí en USA, se van a  desenvolver en los postreros setenta, con otros nombres, comunes o atrayentes como el neón... Lori, Barbara, Darlene... y otras cosas del meter.

Oficio&Beneficio.

En el segundo turno de oficio, prácticamente obligatorio, o de andar por casa según sus diversas necesidades... a veces sucio y nauseabundo como un pañal pringado... en grupos corretean por doquier, sin sexo genérico a especificar, empujando o acariciando según lo estipulado en el contrato, secreto, turbio, quimérico, sólo en algunos casos. Se arremolinan al calor de la night, como diría el recordado Norman Jewison, Bruce Springsteen o Gabinete Caligari, vaya usted a saber.

Di allí salen diurnos o nactámbulos, depende de la religión y las ganas, se apartan de la obscuridad clandestina, desde habitaciones solitarias y quejumbrosas, a locales de emancipación, para alimentarse y confundirse matutínamente con la marabunda humana, moviéndose de la desesperación al éxtasis, y viceversa, como del blanco a la negro. De la corrupción al deseo, del pasado a un futuro por capítulos.

Como aquellas anfitrionas, a tiempo perpetuo, con forma de chica que ofrecían sus servicios, o gemidos de cualquier  clase, a los visitantes de las atracciones. Delimitando y arrojando las ganancias de un estado oscuro y sexual, a una cartera indecente. Será un agujero negro de proporciones bíblicas y sodomitas, con fieras que se aprovechan del trauma y la vulnerabilidad, desde el pasado a.J.C.
Esto es un parque de atracción sexual, The Deuce para los amigos o conocidos, que se precipita a un cambio de paradigma o de siglo, donde los árboles son helechos o abetos de navidad.

Otros tiempos, para la música y el goce.

Los Negocios.

A la vista del gran público en el XX, todas las patologías y los trueques, intercambios para el trato y el retrato de una época, a base de cadenas de oro y cuentas muy negras, de dinero negro digo. Cuando no ajusticiamientos sobre un charco de sangre multicultural.

Tras encuentros diversos, anteriormente en la historia, se ven desnaturalizados como robots del sexo, patrocinados por un eterno retorno, el llamado oficio más viejo del mundo y otros alrededor, no menos apartados y duraderos. El robar y el follar, forman parte del comercio carnal en el Deuce de los 70, con megalómanos disfrazados con piel de cordero, en un caos incesante de penes y vaginas, que nos lleva a la manipulación, patrocinados por la excusa o el silencio.

Como la vida mafiosa, no se rige por leyes, establecimientos económicos u otras mamandurrias, ni por impuestos o situaciones dirigidas a la Seguridad Social y las medidas médicas especiales, sino a solamente gorjeos, escarceos y la omertá. 
Las piezas resilientes en el tablero, se escurren entre tacones, pavonean encajadas en reinas, sin importancia, tan solo intercambio, y vocean en una lucha por manifestarse infinita. Entre manipulación estipulada de antemano, con dueños que aparcan sus lujosos automóviles, sin fiscalizar, o golpean a los incautos, sin miedo. Salvo los italianos clásicos, que van a lo suyo.

Los negocios son los negocios, aquí y en la China, que también tendrá en silencio... Pertenecen al ramo de la cinética, de estado mayor, con todos los ojos y mano, puestos sobre la tela.
Las mujeres y sus diferentes posiciones, solicitan, o no, depende, la pertenencia, a unos protectores, no caballeros en el negocio, que sirven como paladines sin reluciente armadura, salvo en los piños o el cuello. Ahora, todos bufones en el tiempo, pertenecientes a una corte de figurantes de cine, o burgueses salidos de varias capas en el lodo.

Nombres Profundos.

Ay aquel nombre maldito... que empieza por la pe de piel. o calificativo irrespetuoso que descalifica cuando se quiere prohibir o maldecir, sin sexo... en otras ocasiones no, con toda la intención de incidir en la prostitución. Pero en The Deuce, va más allá, porque forma parte de una entidad, la industria relacionada y la aparición de la pornografía, dirigida a grandes masas. Informes, diferentes a esos clientes que no conocemos...

Nombres molestos que se olvidan, tras asesinatos publicados a final de los desfalcos y los agravios de famosos, como esquelas de una jornada o realidad diaria, hoy serían palabras sin leer, probablemente, en alguna página al alcance de nuestro wifi. La nueva dimensión que se abre... y todo lo traga.
Bajo la misma bandera, coinciden, el femenino y singular protagonismo, que no feminista aún, pues cada quien posee un pasado y decisión... y el lado macho de la nomenclatura sexual. Desde los jefes a los curritos, en bares, videoclubs de nueva generación o comisarías.

Cuando en un país indeterminado, a una hora desconocida, en una cueva más o menos profunda, no se distingue la necesidad del abuso, no se desarticulan las torturas sexuales, ni se evitan las contaminaciones patógenas, sucede lo que sucede, una concatenación de hechos, hacia el desastre. O se edifica de nuevo, esa recreación, decididamente, recreativa, sin moral. Es lo que tiene la libertad, del libertinaje o la anarquía.
Otra forma de llamarlo, es la vieja llamada del salvaje oeste, con sus pistoleros forzados, las trabajadoras abandonadas en conversaciones surrealistas y violencia, dispuestas a todas la modificaciones modales a la intemperie y sin reglas.

Encuentros con quién... sabe qué... Para terminar en un no sé dónde.

Destino The Deuce.

Cuando empezaron en un cafetería de su ciudad natal, o salón de muñecas, a estos regentados por combatientes de una guerra localizada, denominada Vietnam... o cualquier otra quimera.
Como la lucha diaria en nuestro barrio, o las calles, pues todas se parecen un poco.

Hacia una etapa basada cerca de los 80, que rinde cuentas con lo obsceno, con amenazas de proporciones internacionales, en una Gotham con joker´s trajeados que no detienen su sonrisa dorada, hasta la muerte. Con imprecaciones de consecuencias reales, litigantes en una película de terror gore, que devora todo a su alrededor, como un depredador o serial killer (este documental no va de eso)... que acaba con la identidad, la familia, la memoria, fraternidad o paternidades... sentimientos o futuro.
Esta sombra cinética, se aproxima a otra realidad, atraída por los focos, carne come carne, como la paradoja de un western futurista, donde esta no existe, sino que significa una lucha de sucesión, por el trono de la calle.

Sitiada en una plaza que, otrora, es festiva y mundial, en tiempo de Santas y nieve, con el brillo tras aquellos escombros que nos pertenecen como raza en un pretérito imperfecto. Es the Deuce, la desconcertante historia del sexo, con entrada libre, de pandemias, a la casi ochentera apertura industrial, al actual Times Square.

En esta hermeneútica nominativa, del quién es quién, o de los nombres propios, se recalca en el guión, una reiteración temporal de egos, de aproximaciones ruidosas salpicadas de gestos despectivos, desmanes fiscalizados en el delito, ayudas con mano de hierro... Ese carácter que se anticipa al ochentero, en las formas y los estilos, las modas y los posibles fraudes... mientras agentes pasan de largo... esta vez.
Miradas furtivas a movimientos extravagantes por entonces, rayas de soslayo en trajes y otras canaladuras, cambios de estereotipos y drogas emergentes, estimulos como demostración de carnalidad inagotable y violencia, más aún. Heridas y titulares sobre cuerpos ajustados, semidesnudos, in situ, tal que un desfile de moda de la indecencia y el horror.

Aquí en The Deuce, no existen, los fantasmas... Referido a los que aparecen y desaparecen, entre los muslos, y no los que se pavonean ante la justicia o sus huestes... alguno molido entre los vicios, sin nombre, efigies en la barra de un bar caliente. Mientras las chicas del pueblo, son abusadas o exprimidas por catálogo, atravesadas por el corsé del dinero y la estrechez de telas eclécticas, como un luminoso cartel.
Su posición es de dama en el tablero de la guasa, de la vejación o la grasa, fumando de prestado o consumiendo, siendo parte de este beneficio, demandando el profiláctico salvador, ninguneadas ante un futuro que se reabre en sus mallas. La industria pornográfica y sus profesionales, con otros defectos e imagen, sin duda.

Estas que ahora, se maquean al día, se pintan con rojo labial sobre otros instrumentos, hasta emerger más allá de lo indecente, hacia el universo de lo placentero... individual o instrumental en pareja, eso sí. Las cotas de su mercado, parecen menos finitas que un orgasmo.

La Elipsis, la Praxis y la Profilaxis.

Su piel aceitada no resaltaría tanto, bajo la luz rosada de aquellos primeros rótulos del neón primitivo, que se desparrama intermitente sobre las aceras de una Times Square oculta, litigante, sucia y ochentera. La pretérita plaza de reuniones adúlteras, dolores de cabeza económicos y algo más, asomando en el horizonte.
Porque, sí, sobre el cemento o las sábanas, se muestran las enseñanzas experimentadas y andanzas sin más, de novatas que enseñan o se someten a los movimientos casposos de sus ´paganinis` o solitarios, convencidos o abandonados. Futuros pajeros de trapo o clinex ajeno, que desatan los maltratos y vejaciones indeseables, los insultos que terminan en amenaza. Las bajezas de los crímenes que no importan a nadie, de saltos en picado sin rumbo, que derrumban las barreras del vicio y el entendimiento humano.

En el estado invisible, en el llamado The Deuce, se reproducen los visionados cinéfilos, sin placer carnal directo, las chanzas misóginas de los clientes y chulos, la resistencia feminista al poder establecido (muy superfluo y esquemático), pero principalmente, se rebusca en los contenedores del sexo. Del futuro y el sexo.
Aquí en The Deuce, se intercambian números de teléfono, enfermedades y fluidos, se extienden las peticiones de cambiantes o novedosos negocios, poniendo en la picota a atrevidos emprendedores salidos de la nada. Pasantes, camareras y gorilas, tensiones de barras, infecciones al primer contacto, gonorrea de ideas simples, sífilis machista que deforma rostros o el sida, que llegará... Como la diversidad o la homosexualidad, confesores y jefes, buscando un intercambio, charla o presencia. Proxenetas unidos por ejercicios nada espirituales, separados por sus divisiones territoriales, a ambos lados de la calzada, entre el número tal y cual. En un discutible caso de protección y pertenencia casi obligada, al menos, monetariamente hablando.

Después, los conflictos gangsteriles, que buscan típicas actividades sin control, pensiones lúdicas en alza, las amenazas de vividores y otros ajustes de cuentas, el pecado, el orgullo y la redención, la clandestinidad del nuevo vouyerismo. Disparos con rancio semen, impactando las mentes y proyecciones sobre el ojo vidrioso, de la sociedad. Los próximos yonquis, el desenganche, actos menos dañinos, descansos gremiales, empalmes fílmicos de acetato clandestino, u otros más magnéticos y casi formales. Tomas falseadas, comidas y satisfacción, por ahora, sin zumo de tomate, el dolor de pies y de hue... Olores de todo tipo impregnando la soledad y el placer, en definitiva, el sexo en el ojo del huracán neoyorquino... Y al final, el comienzo de la pornografía. ¡Menudo negocio!


Pasa otro día, como si fuera el mismo... la pareja de policías se mueve de nuevo, tras la penumbra de su vehículo aparcado como un confesionario, reflexionan y se someten al escarnio. Un lado negro, otro blanco, amigos o no, mascullando las misiones en la oficina o las últimas actuaciones sobre la húmeda sábana del compañero, que se transforma en un chiste verde de dudosa calidad o poca imaginación. La periodista de nuevo cuño, toma buena y dantesca nota... Sin protección.

A la vez que, los chulos o proxenetas dirimen sus diferencias, entre el metal y la carne. Ya que establecen sus territorios o sus denominados cotos privados, de coño alquilado. Se pronuncian con amabilidad impostada, cuentan rencillas y chismes, hablan de próximos conflictos comerciales con la pasma o la alcaldía, y se enorgullecen de las protecciones, posiblemente más necesarias para ellos.
Sin embargo, estos vividores de lujo cursilón como sus abrigos, paralelamente, resaltan sus tendencias violentas y vanaglorian con sus impactos supuestamente considerados hacia ellas, con la extravagante y peligrosa palabra de educación obligada. O hacen alarde de ese machismo recalcitrante, con expresiones injuriosas respecto a sus denominadas por ellos mismos, ´pertenencias sexuales`.
Las chicas de la calle entre Broadway y la Séptima Avenida, lo sufren y calla, excepto alguna privilegiada de alto standing o libre dentro del Midtown de Manhattan. Establecen sus próximos trabajos, tras desayunarse un café medio caliente y unos bollos, pero no tratarán de evitar siquiera, el enfrentamiento dialéctico con sus amos, porque son esclavas sin digerirlo. Ni callarán con aquellos conductores del próximo furgón en servicio reiterativo y sus policías en habitual redada nocturna, pues necesitan comer o consumir. Fin de la historia... o follas o te mueres de hambre.

Allí a su vera, junto a los botines y tacones, vemos ´bugas` cromáticos e idolatrados, más que una amante o unas fuertes esposas, que contribuyen al panorama racial y colorido de este underground contemporánero, en pleno auge. Algo se mueve desde las camas a los circuitos de la música en directo, con la efervescencia de la electrónica, la pintura de Warhol o esa pluralidad sexual de la literatura o el cine.
Aquí sobre glúteos y pechos colgantes, difuminados en el filme de acetato de herméticos videoclubs, aquel Super8 que pasó a VHS, observamos el alardeo cinematográfico de las futuras estrellas, el sexo pringoso o las curiosas referencias culturales, que te hacen reír sin profiláctico. También se digieren las observaciones de gente con poca educación, a priori, como si las celestinas deslenguadas, se hubieran encarnado en morenas viperinas con pelo en pecho. Alcahuetas negras de doble filo, ética y pudor, frente a la verdadera mafia que llama a la puerta. Por tanto, todo un espectáculo, sufrido o disfrutado, de chascarrillos de bar, frases estereotipadas, egocentrismo y cambios de acera.

En la elipsis temporal de nuestro recuerdo, nos asomamos a las mirillas acristaladas, para descubrir el atavismo sanguíneo de la raíz africana, frente a la decadencia social y la falta de oportunidades, que llevan a las chicas inocentes a los centros del bajo flujo comercial. Oímos su sarcasmo, unido al miedo o la soledad, por debajo del soniquete metálico de navajas automáticas o sus actualizadas cadenas de oro de 18 kilates, al cuello como las señales de fuertes dedos en ellas, siempre en el ambiente más consumista y amante de las marcas. Nos enfundamos los pantalones acampanados y vestimos los confeccionados trajes de rayas con amplios cuellos almidonados, las sortijas y carteras de cuero, respondemos al lenguaje callejero característico de la época y la raza, salido de la imaginería lúbrica de películas con detectives negros. Muy al estilo Tamara Dobson en Cleopatra Jones o la fuerza revolucionaria de Pam Grier (Jackie Brown, Fantasmas de Marte) desde su filme Foxy Brown. Serían los descendientes, caminos por la otra acera o lado de la ley, de aquel John Shaft interpretado por Richard Roundtree (City Heat, Terremoto), con la contrapartida en la imagen retrospectiva del Klute del fabuloso Alan J. Pakula y el cine social con un espíritu casi documental. Coronado por imperecederas cabelleras ahuecadas, sacadas de las viejas peluquerías rescatadas en el interior de barrios vecinos como Harlem o el Bronx, rebosantes de gomina, sangre, contagios y condones, de escotes grandilocuentes y minifaldas, botas acharoladas, de barrigas grasientas que rebotan y aplastan, como las de nuestro, innombrable, torrente patrio.

Producciones Profundas.

HBO, cambió los dragones y castillos, por arañazos, por drags en su naturaleza muerta. Droga enferma y macilenta, pero, con la fuerza vindicativa de los oprimidos en silencio o cercados por la sociedad, reproduciendo la esterilización barroca de una época insana, hasta cierto punto. En el futuro explotarían los casos y las muertes. Igual que la sensación generacional que acabaría con un renacimiento fotográfico, o apertura sexual de cartelera, cuando una parte de Europa llevaba varios lustros de ventaja libertaria o mediática. Sobre todo, recordando de dónde veníamos, de los explosivos sesenta, tras una espantosa época de guerras. Ahora, se coronaba de imperecederas cabelleras ahuecadas, no arrancadas, sino sacadas de las viejas peluquerías típicas de barrio, rescatadas de cuadras vecinas como Harlem o el Bronx; más una forma de praxis con gomina y dientes dorados, sangre contaminada, labios partidos y condones, para reeditar aquel conocido nombre racial de "blaxploitation". Bienvenidos a la caspa, sí... pero en ocasiones, muy divertida y cinematográfica.

Claro, en esta producción a la par de George Pelecanos y el creador David Simon (reconocido por The Wire), en sustitución de otros juegos, no menos adictivos, tronos y reyes en calentura, sólo faltaba que sonaran los clásicos acordes de aquella banda sonora compuesta por Isaac Hayes... la que alcanzara nominación y el premio de Hollywood a mejor canción, sin duda muy merecido, con este tema caractarístico de la época, "Theme from Shaft". Personalmente, un deleite sonoro, gracias a la potencia magnética y rítmica de su mítico acorde, del rasgueo de una guitarra o bajo que marcaba una era, electrónica, bajo el fresco nombre wah-wah. Siente esa resonancia jazz para mimetizarnos con ellos, los protagonistas, chulescos quijotes de pega y las sufridas muchachas de alterne.
Si bien, antes, en esta serie de título The Deuce, en honor a posibles intercambios, endiabladas relaciones, parejas casposas y amantes del vil metal, surge este poder de la fuerza afroamericana y la potencia visual. Aunque, nos conformamos con este notable Assume the Position de Lafayette Gilchrist...
¿Qué posición? Pues pónganse cómodos, o no.



Doble o Nada.

Así mismo, esa avenida lujosa y cosmopolita (en la mente de todos los finales de año), que hace ya casi un decenio, se transformara en un paseo cerrado al tráfico y repleto de su actual glamour luminoso, permuta a los neoyorquinos corrientes paseando, norteamericanos de compras que rodean los focos polémicos, y hacen el vacío. Las putas que son rechazadas por un sociedad moderna y limpia de corrupción o infección, de reclamos luminosos que no sirven para los inocentes niños. La nada de las actividades económicas y los derechos.
Su poderosa imagen, nos llama una y otra vez, abriendo nuestros ojos a un problema enrevesado y polémico, en lugares que atraen a una multitud de turistas, cruzando los pasos de cebra y montes de venus, con ansia por observar sus principales atractivos y colocar su instantánea. No fotos, ya llegarán en el próximo milenio...

El sexo no necesita letreros luminosos ni extravagancias, porque cada quién busca lo que necesita o demanda lo permitido, lo otro queda para los investigadores de graves desvaríos psicológicos, antes de que los informáticos ampliaran la perspectiva delictiva actual. La sugerencia no está permitida en The Deuce, pues, esta prostitución callejera, tantas veces visionada en medios y filmes, va directa al grano, al meollo económico del asunto. Aunque sin olvidar a las tristes protagonistas, o las profesionales no obligadas por ninguna mano oscura, ni mente instrumentalizada en la sombra. Recorremos las calles nada gloriosas, rincones céntricos sobre tiendas eléctricas, que encienden la noche, que marcan las sombras sobre cierres metálicos y grisáceos o llenos de graffiti en penumbra, llénandolos de colores atrevidos, convertidos en rincones pintorescos.
Hoy recordados platós de mitificación de un Hollywood, ya casi clásico, o en apología de la celebración multitudinaria y navideña. Focos de entretenimiento trasladado, tuneado, maqueado bajo pantallas gigantes y anuncios digitales, entonces modificado por el sexo a puerta cerrada. Olvidados confesionarios, puntos críticos de abastacimiento placentero por unos pocos dólares, entre el setentero Serpico de Al Pacino y dirigido por el inolvidable Sidney Lumet, las evidentes películas de John Waters y sus vixens, anterior a la industria más reciente retratada en The People vs. Larry Flynt de Milos Forman, garganta clitoriana de su historia, Lovelace o la Californa enfatizada por Paul Thomas Anderson en Boogie Nights. Adiós tenderos... ¡Señoras y señores, hagan juego!

Ahora, forma una marabunta ´casi humana` de vaivenes materialistas, el eco de célebres vaginas y penes en cabina individual, de pasados círculos xenófobos, donde ya no bulle ese movimiento marginal y perseguido, reproducido a la perfección. Tampoco es necesario, el control exhaustivo de la zona ante el exhibicionismo público de una praxis sexual, sin control. Mientras, no musas ni modelos, siguen ofreciendo un polvo con píldoras antiembarazo y algo de profilaxis de contacto, que se haría más necesaria y habitual.
Dejando la metáfora elíptica muy alejada, de allí, este escenario sin cámaras, prácticamente lanzado a dominios oscuros o cotos lastrados del extrarradio, esto sería, polígonos industriales de lenocidio. Ya no se producen negocios encubiertos en la zona, que se sepa, quizá más próximos a las alturas de rascacielos de alrededor y lujosas cuentas anónimas. Pero, ese impacto de necesidad y vocación, es un simple esbozo del sexo de pago.

En cambio, observamos cierta naturalidad en la forma de contar la experiencia y rodar las múltiples variaciones o posiciones, con rostros propios, donde se masca la tensión o el drama, sin familias, la transgresión o la nocturnidad, nada placentera, la prohibición, sebácea y sudorosa, que se graba sin tapujos en la serie The Deuce. Con la HBO más adulta, apostando al doble. Es decir, mediante la aportación reproductora, en doble sentido, de sus atrevidas estrellas o dos de los actores más francos en la interpretación actual sobre la pantalla, y que desdoblan sus funciones libertarias: como productores atrevidos, Maggie Gyllenhaal y James Franco, éste último además como director de un par de capítulos de esta temporada.
Otros interesantes, 6 de la bestias sexuales o directores osados, llevan el pulso de las escenas con naturalidad, por cabinas o rastros callejeros, por interiores opresores y esos exteriores noctámbulos, que conjuntan a Alex Hall, Michelle MacLaren, Uta Briesewitz, Roxann Dawson, Ernest R. Dickerson y Steph Green.

Mientras, los policías planean una última redada, antes de las conversiones del mayúsculo negocio venidero, o la recogida de la última mordida, antes de ser desmantelados por el periodismo de investigación o no, pues los documentales ´faunísticos^ son más demandados). Así terminan de digerir esos chistes verdes que abochornan, como los extremos de un perrito caliente, con ketchup, café y leche, de allí. En frente, dentro de otros círculos ilegales y más éticos, observamos como algunos proxenetas tragándose el orgullo, engullendo la displicencia. Discuten y se reúnen alrededor de sus carros amortizados, como los senadores de Julio César, ribeteados de plata u oro, esperando otro día de sangre o gloria. Parecieran toreros del sexo, esperando el momento de entrar a matar, pues lo han hecho muchas veces y lo seguirán haciendo... claro, si las cosas (y sus bolsillos) no cambian rápida y drásticamente... como los tiempos.
La última vez, juntos, para alardear de sus negocios ilegales, hoy putas, mañana... cabinas dispuestas por la mafia o drogas, duras o de diseño para las próximas discotecas. Es el preambiente de la mítica Studio 54.

Puede que se queden con todo, o la nada también... Lo meridiano en esta ajustada producción, es la diametral diferencia de conducirse públicamente, entre ellos y sus protegidas oprimidas, al igual que sus rostros divertidos, parlanchines y carismáticos, que plasman el abismo profesional entre ambas fronteras, o géneros superpuestos, como la ética del dinámico Frankie, padre, y el jugador, timador, Vincent. Las dos caras de la misma moneda, grata representación de una dualidad interpretativa, premiada esencia de dos maneras de vivir y alabado por la crítica, James Franco. The Bi-saster Artist...

Los Efluvios del Sexo.

Este caudal inagotable, que rebosa al poco tiempo y nunca se agota, significa un regreso a aquel espíritu salvaje, de las vivencias o recuerdos sofocados, mitigados por una maquinaría que emanaba efluvios dorados. Mientras se hundían las aceras bajo sus tacones, hedían los bajos fondos a un podrido nauseabundo, debido al ambiente marginal de la precariedad laboral, la corrupción y la facilidad para hacer dinero.
Cuando la estrategia era echar a curiosos, comerciantes o despistados, con sus reproducciones de todo tipo y proxenetas recorriendo las calles como fantasmas recalcitrantes o piratas nervados, al cuidado de sus manoseados ´tesoros`, se olía la máquina de hacer dinero a distancia. De un salto sobre la acera, a locales protegidos por la justicia de los impuestos, mutando coqueteos airados y palabras desvergonzadas, por la calidez reservada de una habitación lubricada, sin vistas, o la multiplicación fría de cabinas o perseverancia industrializada. La ley del más fuerte, a una mano.

Compulsos años 70, fin del panorama hippie y natural, ahora en la búsqueda de la globalización y la proximidad de los dólares fáciles, no deseos ajenos o sus besos, ni siquiera el encuentro discreto o romántico de siglos anteriores. Todos parecen buscar algo... húmedo y más pegajoso. The Deuce es la historia cutre del Sexo en Nueva York o Pretty Woman.
Lo digerimos en frío, o caliente, cerca de las miradas testiculares, más licenciosas o libres de los hermanos Martino y sus socios interesados, pero sobre todo, en la cercanía intrigante y peligrosa, de estas mujeres, maldecidas por la suerte o el destino, interpretadas por la gran protagonista ya mencionada, Maggie Gyllenhaall, Dominique Fishback, la fotogénica Emily Meade (The Leftovers, Money Monster), Kayla Foster, Olivia Luccardi, la abuela encarnada por Jamie Neumann o la rica, Margarita Levieva (The Diary of A Teenage Girl, Future World).
En el otro lado, la apertura comercial de la Familia italiana regentada por los actores Michael Rispoli y Daniel Sauli, al elemento racial en la piel de Gary Carr, Gbenga Akinnageon, Mustafa Shakir o Clifft "Method Man" Smith. Pues claro, este último andará moviendo rizos por la próxima de Shaft en 2019.
Y el gran trabajo de los policías de Lawrence Gilliard Jr. (The Machinist, The Double) y el zigzagueante Don Harvey (Noah, Small Town Crime), abierto a nuevas y turgentes ofertas. Incluso, polémica periodística, que indaga la calle y penetra en una noticia verdadera, la escondida verdad a la vista de políticos, hombres de negocios y demás estamentos sociales; una fantasmagórica crónica de la discutida Times Square del pasado, que desvele o explique la fauna nocturna que allí deambula y se reúne, en cuerpos no mezclados sobre la acera. Más ética de oficio, que moralista empresa de cara al público.

Porque en The Deuce, se muestra esas dos caras corruptas, que maneja las mentes y manipula los cuerpos, abandona las almas o reproduce ese deseo menos lustroso o glamuroso, dentro de antros sórdidos de sexo rápido, explotación callejera y violencia machista. De primeras ediciones sobre el East River sexual, sin ideas ni perspectivas, sin luces ni lenguaje chabacano, incitador o drástico como aquella frase, sumamente tajante y feminista: "Nadie hace dinero con mi coño, excepto yo misma".¿Es o no, una declaración de principios? Ser o no ser, esa es la cuestión. No sólo l@s que cobran en metálico, sino l@s que se prostituyen de diversas formas. Pero, eso es otra historia.
Qué de olores o rancia fragancias, pasados divergentes, que confluyen en una zona comercial, como las venas o arterias acuden a un órgano vital, eréctil también, para débiles y poderosos de una industria emergente. Los que juegan en las grandes ligas, frente a los que abandonan por una enfermedad o terrible lesión de invalidez, mientras las protagonistas, jóvenes o experimentadas, se fracturan en manos del psicópata sexual, abandonan a sus familias por una falsa libertad económica o se pierden en una monotonía sin final, ni emociones. Las más afortunadas, consiguieron brillar con la luz de un proyector, saliendo de la Gran Manzana para dar un verdadero mordisco a frutos más libidinosos y mediáticos.

Lejos de manzanas podridas, que portan gusanos apestosos o sanguijuelas, moviéndose a través de sus agujeros, infectando alrededor o sajando el futuro, hasta hacerse con el preciado tesoro... El dinero, ganado con el sudor de su frente y con los ojos cerrados, durante noches intimidatorias de duro oficio a la intemperie, o encarceladas en frías comisarías.
Esta es la suciedad lúgubre de The Deuce de HBO, de la salida de cierto oscurantismo social y mugre en las calles de N.Y., parecido al recorrido veraniego del metro en hora punta, lleno de encuentros desagradables. Contactos deformantes sobre la realidad y la adicción, en la intimidad, ante un abanico de fallecimientos, futuras posibilidades de negocio o ambiciones artísticas. Bien reflejadas y aparceladas según avanza la serie. Un juego comercial y ético, de doble o nada, con retratos contundentes y agilidad en la narración, salvo quizás, en algún relato familiar y las conversaciones de ese bar, que deberían haber estudiado a los viejos amigos de Cheers sito en Boston; mucho mejor reflejadas sobre aceras y barrios, en fiestas y rodajes, en el interior de videoclubs y dormitorios o habitaciones cochambrosas, por cafeterías regidas por el hartazgo de un chef casero, en el discurrir de acciones mafiosas y tráficos de influencias, en la construcción del deseo o sueño, durante momentos fílmicos y motores al ralentí... Esta es la verdadera esencia y el carmín luminoso de The Deuce. Ah, por supuesto, y la fabulosa Maggie (no me refiero a Maggie Mae) y el desdoblado James.

Por último, un guiño festivalero del underground sexualizado y profundo (no de Ralph Macchio, of course), con visos a construir la futura Femme Productions u otras semejantes, no presagiadas en la eficiencia logística de su capítulo piloto. Ahora es el momento, miss Pornografía. Antes del cruce de navajas, en plena Plaza, se apaga la tensión policial y social, con las nuevas alternativas. Antes de que se apaguen las luces del pequeño videoclub y la imaginación, o se oscurezcan las gargantas alcoholizadas, o rayadas. Antes que se cierren los antros perniciosos y las piernas, los amores se desangren... el espectáculo debe continuar. Pero, con las tripas y los bolsillos llenos, a ser posible, luciendo como estrellas... fugaces.
Divertido por momentos y duro retrato de la prostitución y el comienzo de la pornografía, documento gráfico y ficcionado de una era cercana, que ha evolucionado con los medios. Por contra, ellas, siempre parecen insultadas, manipuladas, robadas o reciben los golpes, por parte de ellos. Llevan la carga familiar y las culpas de esa ilegalidad, sufren el ataque social indiscriminado. Ayer y hoy, un extraño oficio.
Aunque sin el peligro de caer en una red de tráfico de blancas... o negras, por ahora. ¿Será en el desdoble o el 2 de mañana?

Y los clientes, ¿qué?
Pues, casi nada.

Taxiiiiii!

Tráiler Future World, de Bruce Thierry Cheung y James Franco.



Tráiler Gangster Land, de Timothy Woodward Jr.

domingo, 20 de mayo de 2018

The Terror
















La Odisea del Terror.


No existe en todo el planeta Tierra, o tal vez en nuestro universo infinito, algo tan sumamente bello y perfecto, que no pueda desmoronarse por determinadas circunstancias o capaz de sumergirse en un profundidad de penumbras... como la mente humana. La inteligencia no discurre ajena a la enfermedad u otras circunstancias, que pueden ejercer una desastrosa influencia.
Bien lo sabrían los antiguos navegantes, conocidos como argonautas gracias a la persistencia del Rey Argos y su habilidad constructora, que estaban expuestos a gran cantidad de problemas o amenazas, tratando de no caer en el vacío de la impaciencia o el desánimo. En la antigüedad estos procesos, estaban en manos masculina, más físicamente resistentes (en principio) a las extremas condiciones, aunque posiblemente fueran más inestables en momentos de extrema presión o en la resolución de otras cuestiones mentales. Un ejemplo sería, la diosa protectora Atenea (a la que se dirigían todos los héroes griegos) y el navío Argos, dirigido a fecundar los femeninos principios de la sabiduría y la ciencia, habilidad y civilización, así como la mirada estratega para definir las cosas o consensuar opiniones enfrentadas, de cara a la paz o la justicia. La imagen de aquellos héroes, sería un compendio de todas las acepciones, el espíritu que moverá a los futuros y bravos exploradores o científicos.

En las famosas Argonaúticas, aquellos individuos hallaron lo buscado o deseado en condiciones complicadas, enfrentándose a decenas de calamidades y terrores de todo tipo, de forma que su pasión y dolor, quedaría en la mente de los sucesores de aquella navegación aventurada a través de las costas de la civilización helénica. Marinos y guerreros, que tomaron como referencia desde las palabras acreditadas a Homero, con el viaje de Odiseo (Ulises para los mortales) y los numerosos quebraderos de cabeza en su retorno a Ítaca, hasta la vuelta tras la tarea guerrillera de las tropas del gran Ciro, en aquel Anábasis de Jenofonte, narrando extensas circunvalaciones o caminatas por tierra de pesadilla, para lograr reencontrarse con los seres amados y los sueños de triunfo personal o colectivo.
Así en la serie The Terror, de AMC Studios y Scott Free Productions, los argonautas han quedado perfectamente definidos, su valentía y arrojo, pero dentro de un pesadilla física y existencia, que acerca los enormes esfuerzos de los viejos marinos a la hora de enfrentarse a la mar y las circunstancias excepcionas, en condiciones de extrema dureza o necesidad.
Circunstancias psicológicas a superar, con graves procesos epidemiológicos, breados sobre la cubierta y en el interior de sus mentes, afrontando grandes devastaciones en el organismo, la cabeza y... hasta el alma de todos los hombres embarcados.

La oscuridad en cualquier hora del día, el frío intenso que invade nuestras neuronas y pensamientos, el orgullo que no significa nada ante la enfermedad y la muerte, la falta de comida y de sueño, el cansancio en jornadas agotadoras sobre el terreno, la soledad en el catre de madera o un campamento olvidado, el dolor de unas manos y pies que no sientes, el recuerdo que te embarga, la barriga que resuena con un eco tormentoso, un aullido inquietante bajo las estrellas, aquella tecnología que no era suficiente para sacarlos de esa situación, la ayuda que no llega ni se espera ya, hasta la suerte en contra de nos, los consumidos. Ya ni la memoria. Lo único que mantenemos, los vivos, es la esperanza. O no...
También, el conocimiento de una historia de vanagloria y espanto, narrando la odisea colectiva de dichas tripulaciones condenadas al ostracismo, congeladas por el aliento monstruoso o bello del Ártico y perdidas en un mundo inhóspito, de conflictos continuados.

Tras aquella época histórica de odiseas y desastres, otras llegarían sin tanta repercusión literaria, como la aventura dramática de los hombres varados en la fría desidia y enfermiza presión del Terror y el Erebus, dando nombre a la angustiosa serie que acondiciona en la ficción, los movimientos aciagos o erráticos, de los marineros elegidos para aquella magnífica misión. Se llegaría a creer que el Paso del Noroeste era producto de la imaginación, un espacio inexistente o tarea inalcanzable, debido a la distancia y las duras condiciones climatológicas de la zona, en la búsqueda de lo que podría significar un puente entre culturas. En cambio, su historia aparenta todo lo contrario, para una pequeña familia de esquimales, cuando su estructura se ve cuestionada o amenazada, por una presencia que podría alterar su subsistencia tribal. En realidad, sería un acercamiento de la modernidad a sus pequeñas pertenencias en un mundo congelado de supersticiones y elementos sagrados que tienen que ver con el esoterismo y las creencias.

Nunca estamos preparados para lo que se avecina en el horizonte, ni siquiera los más avanzados tecnológicamente o poseen más facilidades en sus vidas cotidianas. Pueden existir factores inesperados, que produzcan una larga concatenación de procesos dramáticos que nos aproximen a la catástrofe, a la deriva personal o la devastación coral. Sucesos que pueden dejarnos helados, sin posibilidad de reacción, aislados de aquellas personas que necesitamos en momentos de alta tensión, que puedan dirigir nuestros actos o, simplemente hacernos compañía, como los seres queridos que añoramos en la distancia.
Lejos de ese calor hogareño o de las comodidades de una sociedad que nos abastace con productos de primera necesidad, con tan solo abrir la puerta de un casero congelador o acercarnos a pedir un buen consejo. Pero, esas circunstancias incontrolables o sin respuesta creíble, aparecen cuando menos se lo esperan los héroes del océano Ártico, a pesar de la nueva generación de navíos motorizados y las cartografiadas rutas. que ya eran conocidas por ancianos marinos. Las dificultades para el Imperio Británico, no impedirían una nueva odisea semejante a las tortuosas navegaciones de nuestro pasado, de los pueblos vikingos que lo intentaron con una resistente embarcación de madera y el viento, de los consquistadores o descubridores, que establecieron lazos o realizaron actos tremendos, fuera de sus tierras o la protección de sus familias. Algo que serviría para entender a los pueblos indígenas y sus circunstancias políticas o religiosas, sus ofrendas e inteligentes estructuras en la construcción de su sociedad, destinadas a distribuir sus posibilidades de crecimiento, en la propagación territorial, el acercamiento a nuevos conocimientos, al comercio o el abastecimiento para alimentar a sus crecientes poblaciones.
Una de ellas, en una recóndita extensión de hielo, se establecía social y culturalmente la tribu de los Inuit, antes de hallarse con esta colisión o puente de doble sentido, en un conocimiento que servía como paso al futuro y, a la vez, de dique de contención para el comercio y el tránsito de embarcaciones, un elemento polémico que dejaba el hambre en manos de experiencia, y su futuro en la supervivencia de las creencias mitológicas, el conocimiento natural o la dádiva de aquellos poderosos "dioses". Que nada, podían hacer contra la potencia de los novedosos motores, la fuerza del comercio internacional o el poder de sus armas.

Sin embargo, para aquellos hombres adocenados en un sepulcro frío y de madera, o para la Royal Navy significaba un quebradero de cabeza, que proseguía los penosos pasos de numerosos exploradores, marinos españoles y portugueses, que rodearon la posibilidad de una auténtica isla de California y un nexo de unión con el océano Ártico, el paso del Noroeste entre el Océano Pacífico y el cercano Atlántico. Su fuerza motriz o la potencia de fuego, chocaría con un muro físico de gigantescas proporciones y uno, de propia contención mental o psicológica.
Su capitán John Franklin, a los mandos de la expedición, perseguía el honor de convertirse en un héroe en su tierra natal y en los libros de historia de la navegación, convertirse en una figura mayor durante la época victoriana y los nuevos conductos de la economía y la política inglesa. Iba a formar parte de la historia de los viajes en el siglo XIX, y sin duda lo lograría en otro sentido, el de su claustrofóbico encuentro con un espejo blancuzco y opaco, un reencuentro con los orígenes de la especie y sus raíces ancestrales. Eso sí, nada de cálido Egeo o fastuoso Adriático, sino a través de la congelación anual de un Ártico que detendría su impulso mecánico y sus intenciones de éxito personal, al mando de aquellos intrépidos hombres, o tal vez locos, con las enormes velas de una nación y una imponente quilla preparada para fracturar inmensas masas de hielo entre continentes, en el reto propuesto por sus mandos y dirigentes.
La marcha de los rememorados rompehielos Erebus y el Terror, es una loa a los problemas, y una perpetua condena a la inmovilidad o el ostracismo de un grupo condenado, al ímpetu generacional de un Imperio frente a la resistencia cíclica de la naturaleza y los defensores de su aislada forma de vida.

El fulgor guerrero se instalaría en un gélido silencio, decadente o mágico. Sólo quebrado, por los crujidos de glaciares azulados o témpanos gigantescos bajo sus cascos y pies magullados, con el orgullo de un superviviente condecorado de medallas de huesos y la defensa a ultranza de una muerte digna, con determinados cuidados médicos para la posibilidad de una recuperación. De esta forma, acompañados por otros factores desproporcionados, comienza la odisea convertida una cuestión de honor, prestigio social embarrancado y carnal supervivencia, como una descomunal tragedia hacia la enfermedad, la monstruosidad y la locura.
Entre la ruta por tierras de la isla del Rey Guillermo y el hielo, casi perpetuo e indisoluble, se hallaron cercenadas las intenciones de una gran victoria, desbordados por una enorme masa de hielo, prácticamente vertical, que impediría durante largos periodos de tiempo, el control de los mares en toda su extensión y las posibilidades comerciales con otros lejanos mercados. En cambio, aumentaría el contacto directo entre la civilización en la costa atlántico, con los habitantes al norte del Pacífico, en pleno continente helado, que condicionó la experiencia traumática de estos nuevos argonautas, en aquella búsqueda de gloria como exploradores del futuro. Es decir, navegantes de un cercano pasado, en la era de descubrimientos científicos y médicos, con respuestas que paliarían las arcaicas deficiencias de otras culturas y épocas, las diferencias culturales y sociales, u otros múltiples temores del ser humano... Hasta que una noche, comienza el acecho de lo imposible o esotérico, al escuchar expresiones guturales de frecuencia no habitual, sino animal, semejantes a alaridos salvajes. Propios de un dios, de un enorme animal y de sus hombres masacrados.

¿Quién dijo que esta misión, iba a ser fácil? Acaso el Rey William, una mente licenciosa o un sencillo esquimal del Ártico... Tal vez, un ser procedente de otro mundo. No, tranquilos Alien el Octavo Pasajero, no tiene billete en este rompehielos, pero sí, el Terror.










El Terror... Físico.

En una jornada maldita y gélida, como siempre en estas latitudes, de un cualquier día del señor de 1945, la aventura encomendada por la Corona de la Marina Real, en torno a 129 hombres del servicio británico de Descubrimientos, transformaría su fisicidad corporal y sus rostros, como la efigie aterrorizada de un ser mitológico, vagando entre tinieblas ambientales y mentales, durante una travesía desoladora hacia el fondo de la razón humana. A través de los fantásticos relatos y cuentos, propios de los personajes de Jonathan Swift o el propio Julio Verne y sus precursores exploradores, comprobaremos los fantásticos detalles y diálogos, entre dos capitanes enfrentados a sus circunstancias personales y sus circunloquios con el resto de la tripulación, embarcada en sus particulares navíos. Experiencias al filo de ebrias referencias y beatos encuentros, con misteriosos incordios de diferente frecuencia y procedencia, estremecerían a los líderes y compañeros de milicia, acompasadamente, al ritmo marcado por los quejidos de sus cascos al chocar contra una pared sumergida o frente a la determinación de la fortuna para abandonarles en una espesa jungla de hielo, con algún que otro visitante interno y externo. El alien de fuertes mandíbulas o el hombre fabricado a su imagen, convertido en un dios.

A pesar de los numerosos avisos y las conversaciones sordas, confiaban en su propia determinación y el ruido automatizado de las calderas de carbón, motores cada vez, más infalibles y poderosos, frente a esas otras gigantescas fuerzas de la naturaleza... y puede que otras al acecho. Como el abandono comunicativo, de las tierras consolidadas dentro del Imperio Británico hasta la isla del Rey William (o Guillermo para rebeldes castellanos) y las desavenencias propias de seres atrapados en una ratonera mortal de necesidad. Si no, mirad, cómo se consumen sus cuerpos...

Aquellos navíos de la realeza económica, con exploradores motorizados de nueva hornada y herederos de los antiguos velámenes de la historia, constituían la avanzadilla de nuestra era, lustrosa evidencia del servicio de exploración británico. A bordo de nombres históricos y recuerdos, el Erebus y El Terror, continuaban una compleja carrera, a veces histérica o hercúlea según la procedencia, con muchos países convencidos por la riqueza comercial e industrial, dispuestos a encontrar esa ruta por el Norte congelado de Canadá y la Bahía de Baffin, que conectara el comercio con el continente americano, a través de la franja de Groenlandia con el intrazable Ártico del pretérito. Antes del decidido Roald Amundsen y su hazaña de 1905, hacia un nuevo siglo de descubrimientos.
Ese probable hueco, abierto sobre hielo ártico, permitiría el tránsito de materias primas con el continente asiático y un gigante chino en expansión, premonitorio de eras modernas y la garantía heroica del destino de aquellos marines. Aunque expusiera sus vidas acostumbradas a otras grandes travesías y expediciones a lo imposible, también como investigadores involucrados en una travesía personal hacia el honor de un espléndido descubrimiento... o la inane muerte.

Muchos de los lectores o espectadores de la serie The Terror, producida por la americana AMC, no escatimarán esfuerzos físicos para sumergirse en un relato dramático hacia el horror, con reservas imaginarias y un hermoso recorrido visual por el Ártico, a bordo de estos dos rompehielos de la Navy inglesa y sus correosos, en diferentes sentidos, hombres al frente de la tripulación. Una lucha emergente entre dos físicos, complejos y distantes, pertenecientes a dos capitanes maduros, distanciados por las diferentes experiencias y algún que otro enorme abismo de privacidad, que acrecenta el vacío de un gélido témpano natural. Que elevaría la frustración personal o profesional de ambos, a cotas tan dramáticas como las impulsadas bajo sus navíos presionados, por unas circunstancias cada vez más extremas, por las declaraciones farisaicas que resuenan entre el puente de mando y las bodegas, y ese incómodo silencio emocional. El que reniega de la amistad.
Entre ese honor mayestático y la podredumbre moral, persisten las incomodidades propias de una amenaza sorda, confundida entre los marines con acceso directo a las armas y el resto de los atrapados en el aciago viaje, con vistas al acechante exterior. Hombres valiosos o vacuos, sentenciados con diálogos procedentes de la novela homónima, que se embarrancan frente a la Isla del Rey Guillermo, convirtiendo sus sueños en angustia existencial, o el éxito social de los dirigentes, en apariencias emparentadas con sus destinos fatuos y sus orígenes contradictorios. En referencias históricas de los libros y relatos dramáticos o mágicos sobre la supervivencia, el dolor físico y la oscuridad.

Recojan sus fardos o supersticiones atávicas, el terror físico está a punto de gangrenar los estereotipos dibujados por los protagonistas, las creencias religiosas y el pensamiento castrense, incluso el deseo de aventura... anuden sus equipajes en cuidadosos hatillos, necesarios para un largo viaje a lo desconocido, o no tanto, una odisea oscura a pesar de la blancura, puede que sin retorno como sucediera a aquellos griegos de Atenas o Esparta. Acomódense en la estrechez de sus camarotes o en los húmedos comedores, compartan historias con sus camaradas de litera o hamaca, humedezcan sus labios en jugo de limón, que corta labios con temperaturas glaciares, dirijan sus pasos en busca de una ensenada en calma, en una travesía de terror hacia el río Back, olviden fiebre, cansancio corporal, ni hurguen en heridas abiertas ni quistes en la encías, porque el destino está fuera del alcance. Establezcan una rutina sana, en sus trabajos en cubierta o sobre las redes para el abordaje, los incómodos catres o colgadas hamacas, camarotes no oficialistas y sucias bodegas, claustrofóbicas salas de máquinas y rincones de sexo libre. Sumérjanse en profundidades heladas cerca de la nada, o el todo, luchen sobre la mayor coronada de su torre vigía, con vistas a un horizonte pálido, impávido y cegador. Señores, y señoras no invitadas a esta historia (sanas y salvas en tierra de nuestros padres), bienvenidos a bordo. Sufridos espectadores y alienígenas itinerantes, náufragos de otros viajes por el universo, duelistas en tiempo de paz, capitanes, tengan cuidado con sus pertenencias, amistades y cerebros compungidos... Esto es el Terror.

No amigos y lectores, hoy no es un día cualquiera. Los buques se acercan a un paso insólito y transformador, con cambios constantes en todos los personajes, salvo alguno fiel frente a cualquier tipo de contrariedad, en una navegación bifurcada que comienza con una tempestad en forma de hielo, empañando la visión de sus mandos y la comunicación entre cerebros opuestos. Que, en un futuro próximo, nos hará crecer entre cinco y diez centímetros por bajío separado, elevando las excentricidades y las formas externas de los navegantes, semejante a un muro entre los capitanes y la prosopopeya, de Sir Francis a Sir John, en concepciones distanciadas por lazos de sangre y las posiciones profesionales.
En el libro de bitácoras, anotaremos su distanciamiento, con unas últimas coordenadas que se verán condicionadas, por distantes opiniones sobre la navegación por el océano del olvido y su experiencia, durante contraindicaciones personales en épocas de frío intenso y terror físico, con predicciones empeorables, hacia un invierno catastrófico e intratable amistad. Ambas, voces discordantes y mentes sacrílegas entre la hazaña bélica y la cabeza aventurera, combaten oralmente respecto a las creencias religiosas o esa jerarquía militar, que están rodeadas por las condiciones ambientales, vituperadas en torno al grupo de marines armados con subfusiles de hierro y su propia madera de supervivientes, como los los barcos encofrados en hielo, casi perpetuo, o los cuchillos, preparados para seccionar la superficie helada de la carne de osos, enemigos salvajes, u otros animales de devoradoras intenciones.

Aquí, en la ruta estancada, las voces pululantes indican las diferentes procedencias del personal, desde los jóvenes grumetes o mecánicos sudorosos, hasta los oficiales y los médicos de carrera, o los ladinos que se esconden de las esenciales tareas con maniobras esquivas por la retaguardia, incluso, de misteriosos visitantes o víctimas del progreso. Entre la percepción errónea y el miedo que paraliza tus músculos, haciendo ver monstruos dónde solo había un poder desdichado, con fantásticas sombras escondidas por una dirección artística de campanillas... o son sonoros esqueletos de ratas.
Jefes que dirigen las maniobras hercúleas, cavando hechos que condicionan los pensamientos desde la Gran Bretaña a Irlanda, dejando túmulos de nuevos territorios descubiertos para el futuro, para negociar asuntos grupales y esotéricos, para alcanzar otra perspectiva de una salida posible. Si el hielo no consigue atravesarlos antes, con la aplastante incómoda presión y las bajas temperaturas, si ese frío reinante, sobre el reino de la nada, se apodera de aquel improvisado desembarco de almas en pena, despegados de aquel asedio constante, gota a gota, cuerpo a cuerpo, lata a lata. Un dolor que penetrara en su mente e irá martilleando sus cerebros castigados por la falta de proteínas y de esperanza, hasta la locura. Son partes superiores del dolor físico, del extravío magnético y el terror médico, también, porque se apodera de sus fuerzas, e instala en su sangre empobrecida, en los catatónicos tendones y macilentos huesos. Con dolor y terror físico, hasta las mismas puertas del más allá. Hola, ¿hay alguien aquí? Soy un chamán, soy un señor... Por favor, huid e iros de mi territorio.

Cuando no funcionan ya, esas deflagraciones dispersas sobre la densa superficie helada, ni la quilla se siente suficientemente poderosa para desentramar la inmóvil calma, de la mar, la ¿Thalatta! de los argonautas o aquellos Cien Mil por tierra; se desencadenan las fuerzas físicas y las otras, las no comprensibles por cerebros socializados y herméticos. Con la estructura del agua en estado sólido, pétreo, se someten a una especie de simetría que divide la cubierta en dos, babor y estribor, en guerreros ambiciosos o estudiosos que intentan conservar la cordura y racionalidad de los métodos científicos.
Sombras sobre pisadas y golpes de piolet del siglo XIX, lejos de los crujidos de madera noble y deslices de brea, en campamentos que buscan un contacto con la realidad dentro de un mundo de pesadilla y malos presagios, de alaridos nocturnos, procedentes de un perro vigía, de un mono fuera de su ecosistema lógico, de efímeros bufidos de renos y verdaderas amenazas de osos, o casi... mientras, un buzo o peregrino de las profundidades abisales, se acomoda, ve y se adentra en la diferenciación metafísica o su propio universo de futilidad mental.

El agua y el hielo, son ejemplos de simetría, ya que sus partículas se solapan y sobredimensionan hasta el infinito, creando un océano de propiedades contradictorias, que permiten la navegación, o no. Sus tonalidades funcionan en cualquier posición que obtenga el observador, ya sea sobre la balaustrada dorada o la frialdad de la torre del vigía; oteando los últimos rayos del sol veraniego sobre el horizonte invernal, o las siguientes ondas electromagnéticas, denominadas auroras boreales en este extremo terrestre sin tierra a la vista, que funcionan como las reflexiones sobre un espejo natural o que interfieren en las conexiones, en este caso, únicamente neuronales. Porque las otras, las digitales u orbitales, no existen y no llegan a sus familias, sentadas en el Congreso de Lores o descalzas mirando o resistiendo su fuego ardiente, bajo cero.
El espejo es una bifurcación de ese horizonte, día tras día, en simetría rotacional al que no importan las coordenadas, las longitudes hasta la despensa o las latitudes hacia lo incomprensible, que varía cada seis meses aproximadamente. El miedo no.
Las bajas temperaturas confeccionan intereses extraños y sensaciones rebeldes, protestas sobre la cegadora luz o la oscuridad itinerante, haciendo que los aventureros y los solitarios, se sientan más desorientados si cabe, que aquellos exploradores de otras épocas, sin instrumentación o motores modernos, durante la búsqueda del Paso y el encuentro esotérico. Esto no es ciencia, es ciencia ficción, válida para una novela o producción de televisión.

Mientras, todo se va oscureciendo cada vez más, la esperanza manda partidas de caza a territorios inhóspitos o prácticamente inertes, el deseo se traslada hacia la supervivencia, que es lo único que queda tras los recuerdos congelados; el exterior permanece inalterable, salvo los aumentos de presión y oscuridad creciente, las crestas y su correlación magnética con el viento polar, las condicionantes planicies desérticas o páramos inaccesibles, sobre todo para los locos...
Los fractales se ramifican en cualquier dirección, hermosa naturaleza, no sentido porque no lo hay o se empieza a perder paulatinamente, apuntando a un infinito que se incrusta en la carne y en la mente de los abandonados, flotantes otrora, como los bellos medallones de hielo glaseados en un caldo neutro y lechoso. Todo el que haya viajado a estas latitudes, al norte o al sur, sabrá reconocer la espesa textura visual. Es una muestra impresionante del diseño de producción y fastuosa fotografía en esta The Terror, compuesta a tres manos y dos plumas brillantes, es decir, por las palabras esperanzadas del novelista norteamericano Dan Simmons en 2007, fecha en la que se abriría el paso inaccesible al terror del pasado, y su trascendencia entre lo enfermizo y lo místico. Más la prodigiosa adaptación de su creador atmosférico en pantalla, el autor y guionista David Kajganich, unido al valor de Ridley Scott vestido para procrear aventuras y suspenses de diversa índole, para acercarse a esa fuente incolora de dolor pretérito y deterioro físico o ético.

Sobre aquella desconcertante región, crecieron los auspicios lúgubres contra Captain John Franklin y su demagogia supremacista, "esta gente no es de nuestra incumbencia, decía. Más con sus hombres divididos, carne amortizada y despachada en verborrea, de una entrega segura hacia la fría guadaña esperando un deshielo, que se produciría casi dos siglos después. Quizá el incidente provocado por el calentamiento global originado por el ser humano contemporáneo, con sus calefacciones modernas a toda máquina y sus cocinas lustrosas, que provocarían por primera vez en la historia conocida, aquel deseable hueco perseguido entre mares e individuos obsesionado. Una conexión directa entre el Océano Atlántico, pasando por el tortuoso Ártico o la muerte silenciosa, hacia el Pacífico de los viejos desahuciados portugueses y españoles.
Aquel relato adaptado por Mr. Kajganich, establece una odisea del dolor y la esperanza, el terror que mora en los seres humanos frente a lo desconocido, una fuerza infranqueable frente a las dificultades ambientales, las desconocidas mandíbulas y las sangrantes enfermedades. Tres formas de terror físico que pertenecen al cuerpo despedazado y se extienden en todos los sentidos, hacia la función neuronal y las raíces, que reclaman a los marineros a su tierra, porque para los inuit, la muerte se exculpe en el hielo.
En este pequeño espacio, queda sitio para la luz estacionaria instigada en tres fases o entre tres cabezas, el control de Scott por los angustiosos efectos digitales en postproducción, y el establecimiento de esos medallones congelados sobre las tierras de Croacia y especialmente Hungría, todo en función de recrear un estilismo barroco y un ambiente claustrofóbico.

Otros individuos, olvidados por la historia, yacen sobre un territorio iridiscente y eterno, que no se podría calificar de hogar, excepto para las familias transhumantes de estos esquimales árticos y sus sencillas pertenencias, todo lo que abarca sus ojos y saborean sus lenguas, como las raíces del lenguaje igloolik, tan difícil de aprender o recitar para los actores. Asentados sobre los cimientos antropológicos de la comunicación y las creencias mitológicas, cuando otro terror físico, sobrehumano, se encarama a los buques olfateando la carne y el alma, que convierte al Ártico en un auténtico infierno blanco para británicos. Lo que les espera, para relamerse.
A la materia sin vida, las vigas de madera, el agua potable y las latas almacenadas, se encaraman las apariciones microscópicas, las bacterias que recorren los retretes, los elementos químicos en la cocina y los bajíos plomizos de almacenaje. A las ratas perseguidas por unos ojos felinos, se suman, la piel enferma, la tuberculosis que hace sangrar el interior y los huesos cubiertos de tisis, se adhieren a las encías sangrantes por escorbuto, la fiebre que vuelve loco tu cerebro y otras heridas incomprensibles... las que provienen de la aciaga mitología. Así mismo de, la falta del respeto o el racismo, la cruda exigencia de la jerarquía militar, la desproporción técnica entre culturas antagónicas o incompatibles, la debilidad defensiva o la ofensiva contra los débiles, la que rasga corazones con acero de proyectiles, sangra a familias raciales o usa otros instrumentos cortantes no quirúrjicos, que no van acorde con nuestra comprensión o aparente civilización. Aquí prevalecen otras cuestiones, la física de las lágrimas y las prácticas forenses para el bien de la ciencia, el intento de comprender lo inabarcable en ese instante de circunstancias lúgubres y trepanaciones ciegas, sangrías que rasgan las creencias cristianas o el orgullo, el hambre de perro o la mascota humana que perdió el instinto, la falta de vitaminas, proteínas y vegetales, la presión de una escafandra y la apretura congelada del destino... hambriento como las fauces de un monstruo.

El Terror... Mental.

La aventura durante los primeros capítulos está garantizada, si te gustan los ejercicios navegables e introspectivos como Aguirre: La Cólera de Dios, o las variantes científicas de Master & Commander (a pesar de periodos belicosos), que indagan entre las estructuras fijas e imaginarias dentro del cerebro humano. Pues, configura dos percepciones paralelas del relato, entre el prestigio social y el honor en las clases más privilegiadas, al orgullo mítico de guerreros dentro del estamento militar o la egolatría. Frente al estudio o la dignidad de las personas, de los científicos o médicos y sus dolorosos descubrimientos, de una enfermiza necesidad tras la decadencia moral del individuo, o la degradación de un grupo convencido o mal aconsejado. Pruebas de aspectos esotéricos y mitológico, que se enfrenta a la degradación humana, como la diferencia entre los pies sangrantes del caminante y las huellas monstruosas de un depredador sobre la nieve. Por consiguiente, un universo de locura traslacional, que no debería condicionar esta dignidad del olvidado y el orgullo que se traga... por una amistad no aceptada, debido a la diferencia de perspectiva y pensamiento.
El Ártico, aparece como un territorio en continúo movimiento (o menguante crecimiento polar), semejante a la mente de los hombres, que durante las jornadas de 1847 se convertiría en un trampa mortal para navíos, caballeros y desheredados.

Una vez roto el hielo, llega la flagelación del miedo psicológico, en otros seis meses de oscuro destino sobre el horizonte. Formación de nubarrones sobre las conciencia y las verdades ocultadas, los presagios de condenación o muerte, el abandono intelectual, el castigo desproporcionado, la soledad o la incomprensión, la escapada hacia colmillos blanquecinos, la antropofagia cerebral, la diferenciación de culturas y mentes con distintas formas de vida. La lucha diaria por la supervivencia y la dignidad...
Frente al cabotaje inesperado o forzado, algunos agrios bocados, que irán a más. Se deshace un tirante triángulo entre viejas concepciones de autoridad castrense y la voluntad insaciable del clásico explorador, muy experimentado, en unión de la simplicidad o los sentimientos juveniles, con ideales o movimientos rebeldes, por el miedo al que dirán jerarquizado. De anillos en custodia o la superioridad profesional del cirujano que te mira por encima del hombro, mientras te trepana el cráneo, abierto como las fauces del ogro enfermizo. La condensación mental de embarcados por distintas cuestiones personales, que poco tienen que ver con la aventura o el honor, la inseguridad de ciertas malas conciencias, dolidas o acosadas. Individuos sin escrúpulos que vienen pisando fuerte y trazando rutas inaccesibles a las lenguas incomprensibles... al menos, sobre este crujiente o desasosegante suelo, de grosor estratificado como las conexiones neuronales.

Hasta convertirse en una pequeña pesadilla existencial, según avanza la pesadez ambiental y mental, hacia una gran paradoja de la humanidad o la civilización privilegiada frente a la necesidad básica, como la de tribus de esquimales y sus poderosos lazos afectivos. La mística que significa una cruda aventura entre ficción y realidad, o traza las huellas imborrables de la leyenda de aquellos Argonautas de Jason o el regreso sacrificado de Ulises, pero, en otra búsqueda enigmática de su particular vellocino de Oro. O, no retorno, a su tierra natal. Los días de un descubrimiento sacrílego, que te abrirá las carnes y pudrirá la conciencia, sobre otra odisea británica hacia el tortuoso destino del olvido, la pérdida de u terreno estéril y agreste, que convierte la antropología forense en restos carcomidos o rasgos apocalípticos de un rango superior, de un instinto mitológico. De la razón, tantas veces esquiva, nombrando huellas imaginarias de la literatura clásica, hasta nuestros días de pruebas incontestables.
No obstante, bajo la piel putrefacta y los huesos entumecidos o descarnados al límite, abastecidos de judías incomibles contra las viandas onerosas de los oficiales, sin alcaparras... existe ese instinto incesante... que va impregnando la revolución venidera, cuando los devaneos psicológicos se erigen como diferentes formas de terror. Deformaciones de la existencia del ser místico, todopoderoso, en manos libres y lengua de legítimos propietarios, domadores de muerte con carne de foca u ofrendas, para calmar su hambre de almas.

Los marines solamente confían en sus armas, y el físico de unos actores bien seleccionados, porque la mitad de los mandos está hundido en la miseria o en una fosa, con vistas a focas y pingüinos expertos en buceo. Jefes que no pueden aferrarse a ideales superiores por orgullo, como la ciencia o la amplitud de conocimientos en contacto con otras culturas. Están conformados psicológicamente para la defensa patriótica y el contraataque ciego, para la supervivencia en cualquier caso, hasta las últimas consecuencias o hálitos aferrados a un subfusil. Que será desencadenado por una rebelión, una división, ¿os suena?
Por el contrario, la mente del sabio o médico, olvida sus diferencias clasistas y familiares, en pos del conocimiento y la verdad. Mientras, se traslada la lucha de morsas ensangrentadas, cuando los capitanes se dividen como el orgullo o la dignidad, incluso, el dolor. Trasladado a la mente, se observan cambios en la tripulación, con vaivenes de proa a popa, variables como sus ideas. Pensamientos estrellándose contra el baluastre de babor o seccionados en una visita al de estribor, miedos estremecedores por inesperados sinsabores inesperados en torno a un amigo, reconociendo la incapacidad del zumo de limón o loando la integridad humana frente a la cobardía o el salvajismo. Tratando de sofocar una herida trepanada o la memoria de un moribundo, taponando otros agujeros por los que se escapa el alma a borbotones, si se consiguiera confirmar su existencia, estudiando el interior para reconocer un nuevo problema, ofreciendo una mano o cuerpo místico, envenenado como una palabra engañosa al sentenciado. Autopsias de mente imprescindible o cerebro fascinante dentro de un colectivo... zombificado o enloquecido.
En sentido menos lesivo, en la serie hallamos las mentes de tres directores que acompasan el suspense psicológico, con raciones de proteínas al estilo Ravenous y un espectacular contraste de luces, un lucha decimonónica semejante a los duelistas de Ridley, donde las embarcaciones y su personal cualificado, el honor y el lenguaje marinero, con diálogos cargados de sentido del deber, reproducen gratas sensaciones auditivas y visuales.

La reproducción de algunas recriminaciones sociales a la burguesía británica, las derivaciones culturales, históricas o filosóficas, solventan una de las mejores producciones televisivas de este año, apreciadas entre el director alemán Edward Berger, Tim Mielants (con varios episodios de Peaky Blinders) y el croata Sergio Mimica-Gezzan (director de segunda unidad para Spielberg), participan en la recreación de literatura y tensión física o psicológica. Desde los encuentros anteriores con los personajes en Londres, hasta la idea de conservación o el sentido de supervivencia extrema, a la vez que el respeto por los territorios salvajes y el pensamiento de sus habitantes.
Para ello la producción de Scott Free y AMC, se rodea de rostros perfectos y enfáticos, irreversible concepción de conquistadores frente a obstáculos gigantescos y su debilidad creciente por las duras condiciones ambientales y oprimidas mentes. Olvidando la construcción de puentes con moradores, por ese miedo incontenible a las sombras, la persecución incansable de la caza y sus regueros hemoglobínicos. Definiciones descritas en los escritos imaginarios del novelista Dan Simmons y los recuerdos fotográficos, recalculando las coordenadas perdidas de esos ancianos argonautas de Heródoto y Julio Verne, hasta de la teniente Ripley de Mr. Scott. Trasvasándolas a efigie salvaje del pensamiento espectral y los miedos ancestrales, que desencadenará un viaje grupal hacia supervivencia individual y el conocimiento oculto de las culturas desconocidas, una sensación que te transporta majestuosa y luminosamente a siglos pasados, tras el crecimiento de un convulso continente americano y su imponente futuro económico... cuya excusa es esa búsqueda del paso del Noroeste y nuestra expansión económica o marítima, defenestrada ante la implosión que significa el cerebro humano en alienación. Justo en estas horas de cataclismo cultural y radicalismo social. Esto es, ante la vuelta al instinto primitivo y las raíces monstruosas de un ente carnívoro, en división física y espiritual... of course. God save the Queen, and the King of the Ice.

Por tanto en la historia de las navegaciones y los descubrimientos, siempre ocurrió este salto generacional e intelectual, ya que es más complicado derribar las barreras mentales y el espeso prejuicio, con reproches inútiles, para despejar puentes entre un territorio salvaje o Nanivut y la frugalidad mental de los europeos occidentales frente al hambre o el amor. Con esa flema británica mantenida en The Terror, estereotipada hasta lo loable por dos actores memorables y sus increíbles mentes en disputa profesional, Jared Harris como Francis Crozier, inolvidable en comprensión antropológica o su reflexiva naturalez, humana y marinera; contra al contundente actor norirlandés errante, Ciarán Hinds, innegociable conversador y defensor a ultranza, esencialmente hablando, de la especie, trasmutada en orígenes natales y necesidades amistosas, identificando a la efigie del Capitán Sir John Franklin, con concepciones opuestas. Sencillamente ambos majestuosos.


Muchos de los personajes, multiplican las ramificaciones de esa flema británica, no magnéticas, sino a la deriva. Serían los electrones circunvalando el átomo de tres partículas indivisibles, que atraen al joven oficial sin apellidos reconocidos, ni siquiera una gota de sangre azulada por la nobleza, interpretado por un condicionado y profesional Tobias Menzies. Con sus vaivenes balanceados entre estos capitanes de dramáticas historias personales y convergentes en la familia. Tres polos privados de magnetismo, que se aproximan por la escasa distancia de este aquelarre naval que condiciona su estancia obligada y la verdadera separación conceptual de sus mentes y almas. Algo mayor que va afianzando un verdadero conflicto ideológico y conformando una especie de Triángulo de las Bermudas, acalorado o enfriado, por diferentes concepciones del mundo, del honor, la obediencia y la aventura. Una historia de encuentros amistosos, que no lo son, o de desencuentros que producen nexos irrompibles, excepto por el estallido de una muerte estelar o nuclear.
Cuando avanza la necesidad, la carne muerta va al encuentro de agujeros negros en el cerebro roto, donde se mastica una pesadilla ancestral sobre sus cabezas y bocas sangrantes, como trozos desprendidos que golpean, aturden, distorsionan los hechos y la realidad, machacan la historia real, invadiendo de obscuridad sus pertenencias y pensamientos. Los parhelios vuelven a aparecer, sobre ellos, cuando los hombres son siluetas recortadas y difusas, mentes que no reaccionan a sinsabores amargos o distancias, casi insalvables, infinidad irrealizable entre ellos mismos y la salvación. Son almas sin cabeza, ni entidades, anclas sin terreno donde establecerse sin tambalearse, o caer en un pozo gélido de degradación, como velas desinfladas que se esconden de lo objetivo y lo inmisericorde, viejos errantes sin futuro de proa a otra popa, salvaje, discrepantes con este mundo y distinciones por el más allá. Parecen voces de ultratumba ya, sin fosa ni crédito, pesadillas de hombres con sueños luctuosos, caminantes poco animosos hacia una gloria burlona... Todos desafiantes y cambiantes, a la vez, incluso sobre sus peores pensamientos o últimos instantes, como el resto de las figuras simétricas naturales o los ecos de la ominosa tripulación.

Los científicos ya no cuentan demasiado, verían una expedición de este tipo, un verdadero sacrilegio ético. Una decadente oportunidad para incrementar sus conocimientos o poder textar, in situ, las características y efectos sobre la mente, por una experiencia tan radical o al límite de lo registrado en sus habituales trabajos, que asusta. Es el otro terror, el psicológico.
Comprobarían como la tensión y la angustia derivada por infinitos problemas, condicionan a seres humanos golpeando su moralidad, haciendo del cerebro, un órgano más privilegiado para sospechar del vecino, vilipendiar o calumniar, tergiversar y urdir estrategias lúgubres, alucinar hasta alcanzar un estado de locura transitoria o, tal vez, final. Los psicólogos se enfrentarían a varios de estos rasgos en la actualidad, aunque, en aquellas determinadas circunstancias de devastación, la mente sería tan inestable, tal que un iceberg flotando a la deriva o un barco aprisionado por imparables fuerzas de la naturaleza. Hasta la asfixia o la desaparición.
Cuando la Medicina continua su aprendizaje por encima de mandos y egos, aunque el anatomista interpretado por un notable Paul Ready, tenga que tragarse falacias y sometimientos, comprendiendo nuevas amenazas ególatras, sajando provocaciones mayestáticas, por contactos elevados en la Corte o la burguesía parlamentaria. Adentrándose en oscuras manifestaciones del encuentro científico con la muerte racional, avalada por el castigo físico y la depravación moral, evaluando los riesgos de este caos desproporcionado, entendiendo el compañerismo del cazador, no las visiones místicas ni los avisos febriles de un falso líder, sobrellevando errores de superiores y la indignación, entuertos en la convivencia sobredimensionada que te vuelven ácido de repente, prácticamente mortífero, en esos días dominados por hambre, locura y crimen.

Significaron la memoria de su tiempo, el anclaje a una tierra que alimentó sus diferentes orígenes, el recuerdo del ladrido protector, fieles a la socialización clasista y la protección armada, que no identifica lo que estará por acontecer... lo que separa el honor del dolor físico de la confesión postrera, el miedo mitológico de la infección real, de las variantes del terror psicológico, acercándose y nutriéndose de tus conocimientos, de borradas identidades o almas abandonadas a su suerte, sin fortuna. Circunvalan dolores de cabeza, como consecuencia de la mentira piadosa u honrosa, y de otros procesos nocivos. Un problema parecido a un envenenamiento nada fortuito, sino presupuestario y plomizo como el cielo cíclico y su ambiental espejismo hipnótico de otro mundo. En este panorama, introspectivos, humildes o filosóficos, aparecen las caras embadurnadas por el miedo y la necesidad, que tapan la esencia de personas racionales, en algunos casos, de personajes varados, interpretados por Adam Nagaitis el solitario caníbal, Ian Hart el cojo valeroso, Nive Nielsen la única mujer que presagia en silencio, Alistair Petrie el doctor altamente practicante, Greta Scacchi la novia descalza y su necesitada madre, Trystan Gravelle el buzo ausente.

Rostros inolvidables para construir diversas identidades, malvadas o heroicas, desgarradoras figuras de la humanidad en peligro, donde sus casos más enfáticos o carismáticos, caerán en el abismal trasfondo de los asuntos familiares, los pensamientos a posteriori y la pérdida de raciocinio. Creyentes de aquel "Dios proveerá", intangible, oídos sordos de ídolos y compañeros, intentado ser agraciados con ese otro lema calificativo entre entes superiores: "miró por... o quiso más a sus hombres, que el mismo Dios". Esta es la historia de la humanidad, del gruñón impenitente y egocéntrico, versus el líder de la unión o la esperanza... contra viento gélido, hambre y marea.
Fin de la segunda parte.


El Terror... Mágico (Alma).

Con la muestra de un conflicto eterno, entre la muerte y la ciencia, reproducimos una de las inquietudes más complejas en la historia de la humanidad, ¿existe el alma?
Con lo que daríamos paso a un conflicto paso generacional, entre la filosofía y la religión. Entre los defensores de la metafísica cosmológica y la fe espiritual, cuando nos hallamos sin respuesta, o en un situación extrema de preguntas y ruegos.
Confiar en una identidad chamánica o monstruo omnipresente y todopoderoso, que nos castiga o alimenta, nos maldice o sana. Nos acompaña en el tránsito más amargo o nos abandona a una suerte voraz... Hasta preguntarse por invocaciones o sortilegios, incomprensibles para los datos científicos o dolor de cabeza de la medicina y los investigadores nobeles del cerebro. Pasión o sanación de procesos basados en el esoterismo o frente a la curación por un diagnóstico demostrado.
Las oraciones o sacrificios, la lengua sacrílega del antiguo conocedor de plantas, la metamorfosis de la carne, el protector familiar y difusor de objetos con extraños significados para la supervivencia y la caza. Abre las puertas del igloo, a nuestro tercer terror en la serie... el mágico o espiritual.

Es difícil discernir, a veces, entre este orgullo que nos hace crecer desproporcionadamente o envilece hasta los tuétanos. Desde lo más profundo de nuestro de ser, se arraiga hasta secarnos o nos divide en dos trozos ingobernables. El orgullo se opone de manera narcisista, a la dignidad de un trabajo bien hecho o aprendido, de la comprensión de las cosas insignificantes y bella, se tuerce de las acciones bien encaminadas, de los errores que no admitimos o de los hombres que dejamos atrás... En cambio, ser o sentirnos dignos, nos conduce al respeto hacia otras culturas y sus fetiches o costumbres ancianas, como su justicia y sus leyes naturales, en conexión trascendental con ídolos adorados, lenguas cercenadas que lo expresan todo, con sus ojos y su carne sagrada, entregada sobre la entrada de un iglú.
El respeto tiende a la dignidad, con sus mujeres y niñ@s, inocentes pues, porque todo hombre y mujer, deberían ser tratados con compasión y permitiendo expresar sus opiniones, cada individuo respetado a pesar de sus diferencias físicas, la diversidad sexual y los distintos géneros, seres no silenciados por la negligencia o la frustración personal. Todos merecemos ser tomados en cuenta, hasta en esos procesos febriles o últimos momentos de debilidad, siempre que no vayan contra los demás, los flagelados por sus decisiones o habilidades incomprendidas por el resto, separados por sus gustos o ninguneados, sesgados por la necesidad y mutilados por la fortuna aciaga... sino, somos mera carne de cañón o alimento para gusanos.

The Terror denota, en sentido metafórico e ilustrativo, una simetría traslacional en el tiempo y el espacio, del todo lo importante, que se transforma en simetría del caos. Igual que la gravitación en cuerpos extraños o la energía sobre los agujeros negros, casi indefinibles, porque las propiedades universales ya no poseen ningún sentido, ni la materia alrededor que se comporta con las mismas reglas, alimentándolos hasta el infinito o la muerte. Es la confusión drástica de sus personajes, sumergidos en dicho caos, irrelevantes para el mundo que se mira a su ombligo, perdidos sobre una extensión inabarcable, en condiciones físicas deplorables y con sus leyes pensadas, relativizadas por lo fatídico, físico o mental, o algo que se escapa a dicha lógica.
Tanto sufrimiento, y de regreso al inicio, a mirar una fotografía en sepia, con cercanos rostros que se hicieron uniformes con el paso del tiempo, mascándose la tragedia de este terror que navegó un sueño, imposible y doloroso, aunque el espectador no conociese su historia con detalles verídicos, porque entra en juego también la imaginación. De vuelta de otras partidas de caza y exploraciones a lo más ignoto, hoy que miramos a Marte y más allá, los dioses del cielo que se aparecen en pesadillas gélidas, como las pupilas de un monstruo semihumano o el intento de un chamán deslenguado, por transformarse en dios. A lo desproporcionado de la mente, en una prisión ósea que condiciona la mirada exterior y los propios instintos, pétrea carcasa entre esa locura impensable y el hambre indefinible, que se divide en cuerpo y alma, para abastecer su inmensa envergadura... casi tres veces la de un oso polar. O Argo...

Recorrido el desencuentro de los tres hombres al mando, el sabio, el guapo y el malo, rotas las expectativas, las cartas de navegación y hasta los trineos, quedan como antiguallas para el encuentro de los investigadores del pasado. Hoy sólo queda aferrarse a la caca de sabueso, que desapareció por su estructura orgánica, es decir, similar a los restos de un ser humano y su dignidad. Ya no se necesita remolcar peso muerto, ni almas en pena, porque las botas han cambiado de dueños y las infecciones sufridas mutan en un eco sordo, de artillería sin sentido y trajes de botones dorados, de pasados harapientos, o alguien contracorriente silenciado por sus bocas saciadas con escarnio y el asesinato. Monos y Neptuno saben bien de todo eso.
Pero los ídolos de barro fueron avistados por el culto y los fetiches naturales, los que identifican a la pertenencia, el sacrificio y el alimento, que no puede comprender un ciego de sus enterramientos o la mente de un estrecho sirviente de la lujosa british society.
La serie muestra todos estos terrenos claustrofóbicos de la mente, que campan en los páramos o acampan en las fronteras de la razón y el misterio, en laderas que remontan los cuerpos hasta la cabeza, en el interior de la inocencia de un alma caritativa, en contacto silencioso y monstruoso, en la fuerza de un líder o su némesis, peluda o no. Observaremos a lo largo de diez episodios ejemplares, las consecuencias radiales de las acciones, ya sin simetría ni lógica, el estancamiento de ideas perpetradas por sus protagonistas y jueces, desde el más allá. La evolución conflictiva o heroica, los cambios de parecer, respecto de su propia idiosincrasia y raíces culturales, la base elevada a 10 del conocimiento, que crea nuevas medicinas o identifica rutas inaccesibles, con creencias fuera de lo perfecto o universal.

El enfrentamiento juicioso a tres bandas, se desbarató cuando el alimento se tradujo en desorden. De los tres héroes, queda una sombra de su terror físico, tan dogmático como la fe e impredecible como la vida misma. Sugerente como una puesta de Sol que se propagará en el futuro.
Del sufrimiento ajeno resta, una constatación de la negrura del alma o el instinto de un posible asesino, frecuente como el dolor por una pérdida insustituible o una posible amistad que no llegó a buen término. Del horror, una sensación extracorpórea que emparenta con la mitológica arcana, aquel ancestral conocimiento que nos nutría con carne de inocentes y concedía el poder absoluto, para un patriarca de tribu perdida tras la jungla de espanto o el sabio de una saga de las nieves.
Del Erebus y el Terror, los restos de un naufragio mental, que alimentan esta magnífica serie para el recuerdo.

Un crimen emparejado a la venganza de otro dios menor, en mil y una incursiones a la obscuridad humana, parecido al enfrentamiento ancestral entre la indomable percepción guerrera o esa entidad castrense, versus la profesionalidad de aquel marino experimentado y la dignidad de un conocimiento breado hasta el límite y después sacrificado. ¿Os suena de algo? Ya que la carne santificada de un Dios inocente, sería un símil bastante elocuente y devastador, para los ortodoxos y la teología.
Da igual, la localización del hecho o la simetría a estas alturas, casi irreconocibles y dispersas en la memoria, nos encontramos en territorios mentales inestables, que establecen esta fuerza desproporcionada hacia la fe o las creencias mesiánicas, que transitan sobre las corrientes del norte y las venas de un invasor enloquecido, no creyente, pero aspirante a serlo. Más carne de cañón, con el alma dividida entre el bien y el mal. Ojos que no ven, corazones que sienten... pies descalzos en el Londres de la cálida era victoriana.

Mientras visualizamos, el daño irreversible de un cuerpo amigo que se descompone, mientras el otro loco se alimenta con algunos de sus últimos alientos o apretones de manos. El frío ya no se adentra como un cuchillo o colmillo afilado en la carne, porque no queda, únicamente una familia, libre o visionaria, sin lengua en el horizonte de sucesos.
Aquel disparo de arma de fuego que no penetró en el corazón, se reservó otro cometido, tal vez heroico o errático de la historia. Una ficción que proviene de la soledad, el deshonor y un castigo aposentado, aferrado al ego de las costumbres milenarias. La idea del alma arranca la esencia de lo que fuimos, y desaparece convirtiéndonos en una pantomima desdibujada, deformando la realidad... en las fauces de lo desconocido, ¿sueño o pesadilla?
Envejeciendo comprendemos aquellos errores que involucraron a otras personas, lastrados a un torbellino apasionado. O nos instalamos en ellos, demostrando que nuestro orgullo nos hace intocables, menos de la muerte. Como los capitanes sibaritas y los náufragos por el alcohol, en una separación insalvable entre buques, debilitados de carne, los restos de argonautas, hijos de Ulises y su Odisea, sin retorno.

De nos ser por ese maldito oso y su canto de sirena, de las perspectivas poco razonadas por parte de algunos, ya estaríamos todos a bordo, cerca de una playa californiana, desmintiendo la testarudez de un capitán y su correveidile, por la escasez de luz que nos cegó a la mayoría y los catalejos adheridos al ojo, las hélices contraídas por la negligencia o la urgencia de noticias, la funcionalidad de las quillas inservibles y los inocuos explosivos, las expediciones terrestres que naufragaron de éxito, con el único mensaje de hambre y miedo tirado sobre el terreno. Los campamentos atacados por mandíbulas de eso intangible y terrorífico, el monstruo o el hombre.
Por culpa de la maldita búsqueda material y nuestros errores, chocamos con las perspectiva de la naturaleza y la magia, si existe, con sangre inocente en manos de un prestidigitador de espíritus abandonados a su suerte, sin alimentos que ahondarán en las fracturas consentidas o viciadas, supersticiones de pústulas, latigazos o amoratamientos sin explicación. No tan misteriosa sino lógica en el fondo, el loco magnetismo atrajo el rodaje de un anillo, nuestra tecnología estuvo en manos de la suerte, que al final cayó del lado del cansancio y el desánimo, en la mayoría de las ocasiones... la voraz frustración.

Cuando los primeros descubran que los últimos intestinos, rugientes como el mar, se desintegraron en un trozo inmóvil de entresijos y almas seccionadas, tirados en pedazos como los botones de una casaca en tiempos de guerra, entenderemos esta odisea. Viaje de mentes intrigantes y desfocalizadas de sus destinos, de los seres queridos, lejos de su misión. Pues el pasado ya no importaba, ni los recuerdos, tan solo sobrevivir un día más.
Ya lo pregonaba el buen samaritano... "En mi país, la moderna civilización, no somos así".
¿Qué será de nosotros? Una paradoja sobresaliente, de lo humano y lo divino.


martes, 15 de mayo de 2018

Star Wars: El Despertar de la Fuerza (Ep. VII)

"En una lejana galaxia... cíclica".
La obscuridad de padres a hijos.

De un tiempo a esta parte, que pareciera no muy... muy lejano, aunque prácticamente han pasado unos cuarenta años, todo vuelve a la actualidad en diversión aspectos vitales como si fuera un episodio cíclico. El retornar de eras oscuras en nuestra sociedad, y en política, la tecnología que retoma viejos anhelos, las luchas intersticiales entre amigos y familias, las maquetas o explosiones reales, hoy acompañadas por el croma. Hasta vuelve Quentin Tarantino con otro western oscuro y vengativo, o una Orden establece la nueva epopeya en el cine de Star Wars.
Y como todos los ciclos, capta imágenes del recuerdo y fusiona ideas. Por ejemplo, dos planetas desérticos que parece gemelos, bares con extrañas figuras o juegos de ajedrez monstruoso y un droide (lúcida y simpática ocurrencia del director) ahora con forma de bola de billar, láser de colores, idénticas naves amigas y enemigas... Una traficante que recuerda al famoso extraterrestre de Spielberg, un ente atraído por la oscuridad de curioso nombre "Snoke" que se asemeja a un gigantesco ogro, Jinete Espacial o galáctico Gollum, una lucha en pasarela con aroma a la batalla final de Excalibur, dos figuras recortadas en un helado paisaje, oscura y blanca blandiendo sus mortíferas armas mientras copos de nieve caen se disuelven en sus rostros sudorosos o heridas. En cambio, aguanta el desafío con entereza e imaginación, tocando los viejos resortes de la épica, a pesar de la cobardía de uno de los duelistas. Ambas no pertenecen al mismo sexo, son diferentes a aquellas mujeres empuñando sus katanas en el filme Kill Bill, propias del "universo expandido" que se mira en el espejo de otras historias. Lo dicho, bastante cíclico el devenir.

Lucas pensaba dirigir el “Episodio VII” presentando a Disney sus ideas para la continuación de la saga. Vanity Fair explica perfectamente qué fue lo que tanto asustó a la compañía del ratón mágico, como para rechazar de forma tan tajante aquellas ideas del director.
El tratamiento de Lucas se centraba en personajes muy jóvenes, casi adolescentes. Pero, los ejecutivos de Disney veían demasiada similitud con La Amenaza Fantasma y Anakin Skywalker de 9 años y Amidala de 13, siendo rechazada la idea por la búsqueda esencial de la saga y motivos atractivos para nuevos espectadores. Con respeto, eso sí.
En el pasado, corría 1971 cuando Universal Studios aprobó la producción de American Graffiti y Star Wars, como parte del contrato con George Lucas, siendo aparcada la segunda en fase de desarrollo. Entonces Lucas, a partir de la obra El Héroe de las Mil Caras de Joseph Campbell redactó un relato de 13 páginas con título "The Star Wars" que recogía personajes de la película Kakushi toride no san akunin (o La fortaleza escondida de Akira Kurosawa), una dosis importante de Flash Gordon, y gotas románticas de Lawrence de Arabia o Los siete samuráis. En 1974, el guion definía a los Sith, la Estrella de la Muerte y un joven llamado Annakin Starkiller como eje central.
Lucas quería concluir el filme, con la aniquilación del Imperio a partir de la destrucción de la increíble Estrella de la Muerte. El caso es, que aquí tenemos la 7 (como aquellos guerreros de Kurosawa) en 2016, un año antes de completar el mismo número mágico.

Regresa Star Wars con sus referentes y nuevos rostros que complementan la odisea para generaciones de nuevo cuño. Sobre todo, muchos recuerdos como los personajes del comienzo interplanetario, espacios y mundos que descubrimos antes de la conquista digital. Aquella Star Wars tenía tan solo, una única imagen generada por los incipientes ordenadores. Hoy sus f/x son elegidos para el premio dorado gracias a los asombrosos equipos de Industrial Light & Magic.
Alguien me indica que los Stormtropers (clonados) están basados en unas tropas de infiltración durante la 1ª Guerra Mundial, aunque nunca entendí demasiado bien el color blanco de sus corazas y cascos. Una simple reflexión, de la que adolece la metafísica en este episodio.
En la trilogía ´segunda` de Darth Vader, James Earl ponía la voz, Sebastian Show el rostro y David Prouse su cuerpo (conocerá su historia en el documental español "I am your father"), después el éxito llevaría la mítica espada láser de Luke a ser subastada por 240 millones de dólares.
30 fantásticos años después de El Retorno del Jedi (segundo guion de Lawrence Kasdan tras la redonda The Empire Strike Back), diferentes vicisitudes han mantenido la República en un vaivén de personajes oscuros y Resistencia, incluido aquel reúse para producir la primera Star Wars. Sus héroes del 77 (y villanos) resucitaban de los western con duelos en el polvo, la estética de series televisivas por el cosmos, técnica de luchadores japoneses con espadas, abordajes de navíos piratas frente a los múltiples imperios del pasado, el viaje cíclico de los solitarios heroicos y sus princesas enamoradas, tantas películas y tantas aventuras...


Mas, su ciclo nos ha traído hasta aquí, con Walt Disney en traspaso millonario de LucasFilm, con la garantía de Bad Robot dirigidas ambas por J.J. Abrams y los actores, los que prosiguen la épica como la ágil y desenvuelta Daisy Ridley, compungido y creciente en oscuridad Adam Driver, o el piloto Oscar Isaac luchando frente con sus alas a otros jefes de la Orden... encarnados por Domhnall Gleeson, Gwendoline Christie o la omnipresencia de Andy Serkis. También la banda sonora de John Williams (a falta de Ryuichi Sakamoto, vencido a un globo de distancia por el gran Morricone).
?Todo ha retornado con aquella intención primaria de divertir. De generar una confrontación política con los arcanos mitológicos, que forzosamente se debaten en cruenta guerra, por la tecnología (que nos queda aún tan lejos como las galaxias) para reinventar a monstruos o seres extraordinarios en la imaginación de Lucas y sus equipos, en leyendas o cuentos de la antigüedad. En definitiva, hombres jugando a interpretar la vida y la muerte. Sino que se lo digan a alguno de los personajes que fueron cayendo, y seguirán con más o menos exaltación de las emociones de su público.

Sin embargo, para captar la emoción que pretende transmitir Abrams, en dos funciones de productor, deberemos esperar algo de tiempo. El que se nos va agotando como desapareció aquella juventud, para desvelar si estas nuevas incorporaciones llegarán al corazón de espectadores más jóvenes, de hoy. Sin la nostalgia que nos rodea durante toda la proyección y la perfecta conjugación de esta con nuevas tecnologías de la imagen, ya que aquí parecen acompasadas en ritmo, estallidos reales o maquetas, sonidos, ambientación y diseño artístico.
Novedades como John Boyega que recién aparece del Attack the Block, o la antítesis que se adivina entre Driver y Ridley. Nos tendrán que hacer olvidar aquellos personajes mitificados tan conocidos, junto a otras sorpresas como Max von Sydow o en forma de cameos, voces de Lupita Nyong'o y Simon Pegg u otras fantasmas (Daniel Craig a descubrir).
El Finn revolucionario, se escapa del yugo de una opresión que recuerda a la esclavitud de otras etapas, y choca en este mundo extraño que no le pertenece. Como un fugitivo de LucasFilm entregado a la sombra alargada de Disney, o tamizado por las vivencias tecnológicas de sus nuevos amigos de Bad Robot. Mientras Riley, es la clásica heroína de Disney, también en fase de flexible descubrimiento.

Se nota el peso del guion de Lawrence Kasdan, que nos retrotrae a aquella era analógica casi olvidada por jóvenes de entonces, y ahora. Una lucha familiar que nos rescata sus resonancias clásicas y la mitología cinematográfica, sin dramáticas consecuencias (o sí), dependiendo del deseo o esperanzas de cada espectador.
Por tanto, vuelta de página a la ciencia ficción en el 7º Arte, que define un choque repetitivo o Star Wars se plagie a sí misma con el paso del tiempo.
Las décadas han pasado y los ancianos del lugar (en estos lares o galaxias infinitas) tendrán que dar su relevo. Y con nuevos bríos, los incorporados deberán conseguir el objetivo de sus aventuras primigenias... que, no se eche de menos a aquellos y sus relaciones inmortalizadas.
Así, continuarán en el futuro (por diferentes vías y manos), derivadas de las estrellas, el carisma de la mitología, el poder y el control de la magia, los efectos y sonidos sin fin, hazañas que narraron poetas y visualizaron los directores antes del advenimiento de la Primera Orden.

Yo ´desafortunadamente`, pertenezco a su generación. Aquí sentado en la butaca, he visto pasar el tiempo sin un movimiento ni pestañeo, en las cálidas arenas de un nuevo Tatooine, desde Abu Dhabi a Irlanda e Inglaterra pasando por Islandia; sin cuestionar las insalvables distancias entre reina Jedi o rey Shit en el tablero, ni siquiera el poder de un sable en el cuerpo a cuerpo frente a ráfagas de fuego y sus potentes cañones. El olor alrededor de carne quemada o la consumición de una estrella. Así, es la magia cíclica del cine.
Tampoco me preguntaré por la inevitable Muerte... que nos acompaña como la Fuerza porque he vuelto a reencontrarme con todos, a veces aceleradamente sin homenaje siquiera, y J.J. Abrams en tarea galáctica y universal, se ha tenido que desprender de restos, como deshechos de nave en un compactador. Aunque, esta sea el Halcón Milenario. ¡Qué la fuerza siga acompañando a todos!
... excepto a trolleadores o políticos de turno que no respetan a los mayores de la Galaxia. La vamos a necesitar...


Tráiler Deadpool 2, de David Leitch.


Tráiler Jurassic World: Fallen Kingdom, de J.A. Bayona.

jueves, 10 de mayo de 2018

Mortadelo y Filemón contra Jimmy el Cachondo.

Fesser y su Celebración... con Mortadelo y Filemón.

Ya han pasado la cincuentena y siguen con el sentido del humor de antaño, con sus locuras y disfraces, dispuestos para simpáticas investigaciones privadas.
Sin embargo, no igual mentalmente. Porque el tiempo te vuelve algo más ácido y enrevesado, y aquellos agentes alocados de finales de los años 50 llamados Mortadelo y Filemón (en nuestra lengua claro) se han montado en la moderna y pueblerina ciudad de Madrid con el propósito de desempolvar sus viejos trucos, disfraces, gags renovados, personajes inolvidables... y unas gotitas de vitriolo.
Claro que es una historia más de hoy, como el mismo creador de las criaturas establece con su lenguaje metafórico y tronchante. Porque Francisco Ibáñez ha crecido con muchos de nosotros (sino todos) y sabe que teclas tocar para que sus antiguas historietas sigan atrayendo a las nuevas generaciones. Y a fe que lo consigue, muchas gracias por tantas risas, maestro español del cómic.

Volviendo a la animación en particular, es una suerte contar con Javier Fesser como ojo que satisface todas la voluntades y recuerdos, con una crítica y humor pasado bajo el tamiz de Ibáñez (no a la sombra, sino al Sol que más calienta) y una producción compartida con muchas mentes que sentirían nostalgia de aquellos increíbles personajes de la infancia. Pues, gracias a ellos todo ha tomado movimiento, caótico y acelerado como no podía ser de otra forma en la nueva era digital de la animación.
Rellenar todos aquellos huecos que quedan en la imaginación del lector, es un reto para un director como Fesser habituado a la comedia alocada de sus comienzos cinematográficos con sus dos magníficos cortos y la añorada El Milagro de P.Tinto. Un auténtico milagro dentro del cine español y madrileño.

El director nacido en Madrid recogió el guante tirado por la deuda histórica con los dibujantes españoles, con su primer acercamiento al mundo de nuestros detectives más internacionales, y destructivos con buenos sentimientos en el fondo. Y ha decidido que la mejor forma de rendir el homenaje necesario, es convertirse en dibujos animados, elevados a la enésima potencia por la empresa Ilion Animation Studios (ampliando la experiencia de su Planet51) y darle el protagonismo a Filemón Pi aunque mi cerebro surrealista sienta predilección por su compañero de disfraces.
Sin embargo, lo han conseguido... aquí están los auténticos personajes que reconocemos los aficionados al cómic y los representantes del patrioterismo castizo y de los asuntos casposos de bajos instintos con alto sentido del humor. Es decir, la chapuza nacional en 3D, para aquellos que prefieran ver los detalles de la producción saltando de la viñeta, digo pantalla.

Así que una auténtica gozada perseguir los disparates de los agentes de la T.I.A. y sus aliados de carcajadas, El Súper, Profesor Bacterio, Ofelia, Rompetechos, en esta nueva aventura contra Jimmy el Cachondo. Claro que todo ha sido más fácil al contar con las voces personales de grandes actores y cómicos, como el correcaminos Juanfri Topera o el omnipresente y disparatado Karra Elejalde. Sin olvidar a la verdadera y estupenda cuadrilla de "marcianos" del humor, como un repóker de estrellas en el universo cómico de Javier Fesser, compuesto por Venancio, Villén, Gavira, Langa y Tallafé. Un lujo redondeado por el contorno femenino de la mujer de rojo, Berta Ojea como Ofelia.

Estos momentos de creatividad y paralelismo de voces con personajes son los mejores de la película, junto con la viveza de la animación y numerosas referencias a su historia en tebeos. Personalmente, me decanto por el aroma infantil que por los chistes más contemporáneos, pero es una predilección sentimental.
Ahora, después de los premios ganados merecidamente, por supuesto, no me extraña que el propio Francisco Ibáñez haya quedado más que satisfecho con la versión actualizada de sus héroes. Aquellos que reflejan un estado de ánimo de la sociedad que difícilmente volverá, ya que el slapstick animado que llevan a gala Mortadelo y Filemón, ha ido decayendo con los años de cruda realidad. Donde otros personajes actuales (como políticos y rostros de la Tv) han ido apoderándose del protagonismo y se van olvidando a los verdaderos pioneros del humor.
Como Charlie Chaplin, Buster Keaton o Harold Lloyd, Abbot y Costello.

O aquella otra pareja que surgió en el año 1918 en lustroso blanco y negro y mudo, o cuando poco después se descubrió la voz británica de Stan Laurel y el acento sureño de Oliver Hardy para satisfacción de los niños y mayores del mundo. 40 años después de su primer trabajo cinematográfico The Lucky Dog, el Gordo y el Flaco abrieron las viñetas a Mortadelo y Filemón en un relevo de papeles. Y buenas tintas.
Uno no acudió al entierro del otro, argumentando que su amigo lo entendería. Pero, como Mortadelo y Filemón (y la creatividad de Francisco Ibáñez y Javier Fesser) estos nunca morirán.

- Corra, jefe, corra... ¡que este tipo nos quiere matar!
- Animal de bellota. Para escapar le pedí un disfraz canijo, no de botijooo...
Y además, relleno de anís. ¡Hip!
Hip, hip, hurra... Mortadelo y Filemón, esta vez, con Fesser al timón. No, al sifón.

Deadpool 2, de David Leitch.


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