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viernes, 5 de agosto de 2016

High-Rise.


En Manos de un Dios Menor.

Normalmente el que asciende a una montaña con esfuerzo y mira hacia abajo desde la cima, se siente tan realizado que podría considerarse afortunado y dominador del mundo entero a sus pies. Algunos individuos se crecen en ese estadio, más y más, pensando sobre todos aquellos problemas que dejó atrás (y los que surjan debido a su nueva posición) o los enfrentamientos desnivelados que pueden observar los demás, desde su ´estatura` o envoltura intocable sin comprometerse con otros factores ambientales y que, en este momento determinado de sus vidas, parecieran ajenos a la voluntad todopoderosa de su mano o inteligencia emocional. Semejante a un artista que alcanza la fama, tan fácil de derriba cuando el público deja de interesarse por tu obra.
Una apuesta cinematográfica puede favorecer las expectativas soñadas como, la construcción del ser y el retrato de la soberbia humana, se elevan sobre un mar de nubes. El éxito alzado hasta el infinito, semejante al Gran Salto protagonizado por el poder económico, que retrataran en los ochenta los Coen, era de pelotazos inmobiliarios con la figura inconfundible del recordado Paul Newman en el candelero, u cualquier otro ejemplo del meridiano desapego del poder, por aquellos asuntos pringosos y que parecen tan mundanos como la escayola, desde un puesto privilegiado en las alturas.
Por contra, otras personas no. Intentemos descifrar sobre que trata esto...

Para un ser imparcial que no acostumbra a levarse sobre el resto, resulta complicado introducirse en la mente codiciosa de un hombre o mujer con imbricaciones intelectuales, o hechos a sí mismos. Aunque, en el caso del artista y su máxima, tanto literato como cineasta, su mirada puede dirigirse hacia arriba o al vacío desnudo, sin pestañear apenas, para convocar a las estrellas que iluminen su camino o pensamiento, erotizante; adivinar en el horizonte algún tipo de intrincada aventura con la que abastecer su hambre de historias inéditas, poniendo en el juego o en alza, su primer valor intelectual, esto es, la imaginación. El poder de criticar ciertos desmanes intrínsecos al individuo pensante, o no, e intentar añadir al mortero, algunas soluciones posibles para el caos que se desarrolla a continuación, desde los siguientes niveles en la estructura monumental hasta los cimientos más enclavados y excavados bajo el subsuelo. Insectos y colmenas gigantescas...
Por ejemplo el director Ben Wheatley (Turistas, Doctor Who: Deep Breath), edifica una obra endiablada o gloriosa según la opinión consultada. Tan transparente como superrealista, opaca u onírica según los elementos elegidos para tan maýuscula operación estética, y cuyos obreros se mueven por impulsos casi eléctricos, en operaciones estratégicas sin mando aparente, algo igual de mecánico que un elevador del ánimo o sustancial como la vida misma.

High-rise, poco a poco, se transforma en una estructura casi autárquica e independiente al resto, que divide a los diferentes grupos en conflicto social por sus experiencias o labores sociales, diferenciados en rangos clasistas, apilados u opuestos según su ética o ideología en una escala estimada de la sociedad moderna. Deambulan enloquecidos, por zonas demarcadas que reconocemos en la memoria de la humanidad y nos enfrentan en batalla ancestral por el control de la lujosa botonería, el panel de la pausa, los brillantes espejos y la alarma, no hay salida sin una comunicación que se apaga. La soledad se derrumba a marchas forzadas o actos violentos de la masa. Complicada visión, dentro de una situación tan revolucionaria como ciega que se dirige al declive total, o caracterizada por ese aspecto intelectual que se refleja en los diferentes comportamientos humanos. High-rise es maquiávelica, obra estilizada frente al espejo del sky-line surrealista, que radica en una polifonía de crujidos y risas desaliñadas, imágenes de huesos y piel muerta, movimientos rocambolescos casi circenses, gracias al objetivo indiscreto de Wheatley y los gestos deformados de sus protagonistas puestos en el escaparate de las vanidades.
Jadeos de sexo insano en una habitación de diseño, falso hogar, en elevada forma y tensión creciente, con algún que otro eco de protesta disparatado, oscuro o diáfano según la luz. Obsesivo retrato social, disparado hacia el infinito, casi desesperado. Desde el dolor o el desencanto de un plano tridimensional, que se confunda entre los gritos de familias numerosas o fiestas depravadas, lujos y etiquetas, chapuzones mentales que empapan los trajes de alta costura alrededor y apagan los cánticos infantiles en un océano de reproches, si pueden... Sonidos monumentales, fundidos en acero y acolchados por cristales ahumados, al ritmo de una banda sonora emergida del ensueño de Clint Mansell, o debido al guion y el montaje cardíaco, pesadilla existencial más bien.

Pero lo más impactante, sea (además de unas escenas casi revolucionarias que subyugan o descolocan al más pintado, del estado crítico), la capacidad de aumentar una metáfora hasta límites insospechados de nuestro intelecto o conocimiento, hasta ascender o bajar al nivel siguiente, como una zambullida de recursos estéticos o la idea caustica, perfilada sobre el contorno de una falange que apunta al cielo con dedo acusador, pudiera ser depredadora o incluso, divina. Porque High-Rise o el Rascacielos de la discordia, no en llamas accidentales, es un coloso o entidad faraónica sobre esa hoguera predecible, de estas vanidades humanas que se multiplican al calor de una ideología; o una sugestión involuntaria, como un tic demoledor frente al espejo apocalíptico, que significase la representación del universo en guerra continua, con los pies y ojos plantados en nuestra propia decadencia moral y colectiva.
Si fuera una civilización evolucionada, edificación de la humanidad pretérita y perfecta, se construiría como una gran pirámide de diferentes niveles y numerosos peldaños sueltos, o individuos. Cuya cúspide tiene un pedestal ególatra o pira funeraria, para una divinidad esquiva con forma humana y su ideal sobre el sacrificio de corazón. Del primer arquitecto o Imhotep (sabio, médico, astrónomo) que confluye con el pueblo llano, escogido como Dios en lugar elaborado por él, si bien separados de antemano. La figura o esa mano de Dios, dibujada sobre un horizonte frío y triste de piedra, ante un mar de vehículos impersonales o mar vítreo, recortado por discrepancias confusas sobre un sueño y percepciones soberbias de la realidad. Continuadas, amaneradas, elitistas o indecentes, ante la nula capacidad para el diálogo y el raciocinio. Gritos huecos, quejas de abajo a arriba, impactos desfigurados, llantos elevados al cielo... silencio.
Y sus líneas de la vida, no volverán a tocarse en un lago de metal y sangre, nudo gordiano sin cuervo negro... que viaja en un carro celeste, como los ríos de asfalto o los sueños de Buñuel en México, simples observaciones de director empalmado, o pinceladas maestras de un Dalí acompañando con colorido surrealista, su propia cúpula del tiempo.
Claro, High-rise es tan difícil como el descenso al infierno de Dante o un laberinto vertical, perseguidos por un Minotauro dorado que desea sacarnos la piel a tiras y alimentarse del conocimiento. Nuestro rostro, arrancado como una careta de lujuria y bajeza, que nos arrastra al conflicto interno con la sangre salpicada de los inocentes, como siempre en la historia de nuestra llamada civilización. Cierra las pupilas encendidas, el ceño en el suelo, el objetivo decadente y recapacita un instante. ¿Puedes?
La respuesta en sus cimientos, idealizados o libres de la aluminosis destructiva de la edad, y no de la propia egolatría de un demiurgo, todopoderoso faraón. Él no quiere, pues confunden la vergüenza con la venganza, el valor con una tumba ancestral, histórica y espiritual como el descanso de un faraón; mientras los inferiores van intentado escalar sin escatimar mal gusto, con la figura de otro gran hacedor en la piedra esculpida hace siglos, ahora con el rostro del incombustible Jeremy Irons, acorralado. El caballero inmaculado frente al médico estilizado representado por Tom Hiddleston, un residente que enmascara el futuro con un perspectiva onírica y salvaje de la ciencia neurológica. Digo casi limpios, porque sus trajes, rostros y manos, se impregnan en rojo sangre y azul cielo.

Sus raíces de metal, como las balas, se asientan en esta cultura moderna o post-moderna de las grandes civilizaciones, en representación surrealista de un montaje épico que replica la ideología convirtiéndola en una amenaza, de un lado a otro, del valle metálico al aire de superioridad. Tú eliges como descender los distintos niveles, en ascensor pringoso y vociferante, empapado de fluidos vitales o, a tropezones y empellones, invadidos por la confusión de habitaciones y pasillos desenfocados en las caras. Un mundo de escaleras imposibles o una caída libre que, representa esos bajos instintos que sorprenden al ser humano en su carácter innato, de cuando en cuando. Sobre este plano, casi ridículo, rediseñado para una tercera dimensión exagerada en nuestro cerebro confuso, el dedo dictatorial se estira con el crecimiento o encoge en un hundimiento vaticinado (tal que un búnker subterráneo de pasiones suicidas), que correspondería a esos estratos sociales combinados en el pasado, confundiendo la perspectiva virtual con la realidad. Por consiguiente, sus siguientes protagonistas en el escalafón mediático, vendrían representados por el plan de un Houdini anti-heroico con el bisturí, sin piel erizada ante lo contemplado, y Luke Evans magnífico en su lamentable estado, desastrado y eléctrico, antes de anticipar otros más heroicos y secretos, en filmes como SAS Red Notice, La Chica del Tren dirigida por Tate Taylor (The Help) o el Gastón de La Bella y la Bestida, firmada por Bill Condon. Elisabeth Moss encantada con sus próximos trabajos, o Sienna Miller encantadora desde que fuera seducida por Alfie o Casanova... todos, deambulando entre plantas plagadas de vida, muerta (no de olor de pies, sino a mano del pensamiento sugestionado), irresponsables interinos de anda por esta casa de loc@s, y con esa capacidad destructiva que nos avala en cada situación herrumbrosa que acometemos. Una construcción fotográfica y representativa, sin medida.

Más abajo, sin pestañear (algunos bostezando), se sitúa el espectador. Apasionado o circunspecto frente a la pantalla, con claros síntomas de alucinación distópica desenfrenada, en el vientre de una metáfora destructiva o elíptica (como el del arquitecto dolorido del inabarcable Peter Greenaway), denominada Elysium y lejos de aquella Roma clásica. Semejante a un dolor interior o la náusea provocada por una montaña rusa que se hunde en las nubes y luego desciende bruscamente. Quitándoles la respiración en segundos, sin respuesta inmediata, salvo una risa nerviosa o una sacudida involuntaria por el movimiento y la edición impactante. Una introspección paulatina, que aumenta con la reflexión ulterior al paso de los días. Claro que, si es necesario u os place.
Ya que, una idea colosal y monstruosa del escritor J.G. Ballard en los 70 y su versión de Cuando los Dinosaurios dominaban la Tierra (o autor del Crash llevado al cine por David Cronenberg o El Imperio del Sol), sirve de base para esta construcción apocalíptica del guion adaptado por Amy Jump y sus radicales o mimbres libres entrelazadas con el hoy. Demostrando de que ´clase` de material están elaborados nuestros sueños, imperios en alzada ampulosa, o se zambullen las pesadillas que comienzan por el desprecio a la vida ajena, como vecinos o conciudadanos controlados por el hampa, la falta de respeto o costumbres que invaden la privacidad o el descanso, el maniqueísmo propio de todos los "-ismos", exagerados que atacan y devoran las entrañas de una civilización perdida, como diría Clint Eastwood. Con los problemas mentales en sentido contrario a los parabienes del estado y otras entidades, encadenados, tal que esclavos bailando sobre la palma de la mano. Creación y muerte por sobre-exposición, malentendidos en crisis cíclica avanzada, indiferencia o anarquía, complejos de superioridad, decadencia... ¡Un High-Rise, supremo o impostado!

Por consiguiente, el espectador único (escaso número), saldrá alucinado o vapuleado de una sala oscura y envolvente realidad, ante un trabajo cinematográfico que hace temblar esos cimientos económicos y sociales, o sacude su estructura casi viviente, como un felino sacudiría su pellejo irritado por la inconveniencia de una limpieza demasiado húmeda y fría. La vida misma... ¿Quién dijo que esto, iba a ser fácil? Desde luego, el director británico Ben Wheatley y su aspecto paradigmático, no.
Otra producción de cine semi-independiente y, retraída desde 2015, con participación de Irlanda y Bélgica, que de otra forma sería prácticamente imposible de realizar o profundizar en el mundo de las ideas. High-Rise trata de abrir nuestra mente con una escalada bélica, de proporciones casi bíblicas cuando un hombre se transforma en divinidad, intocable o manipuladora de masas. Desembocando en una catástrofe emocional de película de culto, en complicada resolución y diametralmente opuesta a una opinión categórica. Así que, ahí quedará su construcción, a la intemperie como las Siete Maravillas del Mundo... tal vez, perdida en el tiempo. Si no hay, uno, que la rescate del olvido y la crítica desentendida con sus prácticas surrealistas.

La próxima obra con Brie Larson, Cillian Murphy y Armie Hammer, podría ser catalogada de empresa efímera y gánsteril, como un fuego fatuo o Free Fire; mientras el hombre que escala a su cima, podría vislumbrar el resplandor sobre su cabeza y el poder, hasta sentir en su piel, lo pequeño que es en el universo. Promete seguir creciendo al infinito. Abre los ojos y comprueba todo el dolor alrededor, el fuego en la carne ¿lo sientes? Posiblemente, esa visión sobre nuestras cabezas, no convenza a nadie y la película quede en un puzzle imposible, deslavazado sobre la mesa por el impacto de un puñetazo contestatario y radical. Con cierto guiño sexual, de la cabeza a la punta de los dedos.
¿Sería necesario, tanto esfuerzo de peones quemados? Si tú respuesta es positiva y te decantas por esa política retórica e idealizada, de control y capitalismo vacío, (lejos del liberalismo clásico que cumple otra función a mi parecer), donde la arquitectura de la lucha de clases se nutre con una anti-estética muy cuidada y peligrosa, entonces... ¡Súbete a este intrincado High-rise! y suerte con el implícito... jaque visual de torre a rey. Mate.
Yo me voy a abrir una cerveza, en pelota picada mientras medito. ¡Welcome, to the Machine!

High-Rise Soundtrack, de Clint Mansell:

sábado, 30 de julio de 2016

Mustang/ Una Semana en Córcega.

Cine en femenino, de Francia a Turquía.

Reconozco que, no me había dado cuenta de esta curiosidad presente, a la hora de tratar el tema de las relaciones sanguíneas y el espíritu inquieto de las nuevas generaciones dentro de la entidad familiar. Cuando he observado, que la actualidad compone un panorama complicado de ámbito disfuncional y educativo, de igual manera que guardaba en cajón de las críticas cinematográficas, una producción realizada en el año 2015 que incidía en la esta realidad conflictiva entre padres e hijas, en este caso. Pero, el destino u otro tipo de contratiempo, me ha facultado para reabrir el caso de la obligatoriedad a ciertas reglas o condicionamientos sociales, al visionar otro filme olvidado y comprobar los datos que le convirtieron en ganador de diferentes premios el anterior año.
Ambas tienen en común esa frontera quebradiza que obliga a dirigir la mirada adulta, para tratar de compatibilizar las responsabilidades con esa cierta rebeldía de la juventud, aunque en dos límites que se abrazan (o ahogan) intentando llegar a la misma orilla. La inconformidad reñida con los métodos educativos que coartan esa libertad exigida por los más jóvenes, con diferentes puntos de vista dependiendo del lugar de procedencia de dichas familias. Ya que, estas dos películas comentadas a continuación, tienen una producción que involucra a países inmersos en una situación particular en la actualidad, plagada de acontecimientos convulsos, como serían Francia y Turquía.
















Una Semana en Córcega.


En común, estos comentarios sobre dos historias próximas, evalúan (con seriedad o ácido humor) las motivaciones que generan las jóvenes protagonistas respecto a su condición femenina y la enseñanza diferente que ejercen sus familias para convertirlas en espejo de sus virtudes o de una sociedad maniquea que vigila y apunta con dedo acusador. Pero, si bien las dos opciones seleccionadas se asemejan en este trasfondo generacional, son totalmente contrapuestas en las raíces culturales, en su estructura argumental y las disposiciones artísticas de sus autores, debido al método del que proceden sus raíces o aquellos valores europeos que conformaron su historia, y la nuestra como observadores. Veamos.

Córcega, otro paraje idílico o exótica por naturaleza isleña, diseñado para unas vacaciones ideales en familia... si ésta todavía resiste los envites de un desengaño amoroso aún en sus rostros.
Nos encontramos con dos aptitudes, adolescencia y madurez, que convergen en la distancia por edad en un mismo espacio. Dificultades retratadas, cuando todos los protagonistas conocieron en algún momento, ese ansia de libertad o diversión sin límites. Aquí en el silencio de una casa campestre, aquellos viajeros del tiempo se citan sobre una mesa común, para intentar despejar sus mentes y cargas pretéritas, frente a ciertas etiquetas sociales y familiares, donde esas otras acciones cotidianas, tanto en el trabajo como sus relaciones o fracasos personales, son un obstáculo de aceptación y entendimiento. Quizás, hasta de respeto.

Esta Córcega se manifiesta como un panorama caleidoscópico de luz natural costera y colores mediterráneos. Invadida por reproches y exhibicionismo (como una sonora canción de verano), pero sin el realismo asfixiante de la gran ciudad y miedos actuales, o engaños que nos atenazan a diario. Porque todos son libres (al parecer) de abrirse y saborear las nuevas sensaciones ocultas en la época estival, hasta que un buen día luminoso, la sombra de la duda aparece sin condiciones ni aviso.
Estas reclamaciones inflamadas como el calor escupido cara a cara, sin maldad eso sí, se magnifican con el veneno generacional. Acopio de sus debilidades individuales y cuyas obligaciones se llevan puestas encima como un traje de baño incómodo para según que ocasiones inesperadas.

Así tras el incendio, palpando los preservativos en la cartera, preparados para un sexo esporádico de fin de semana o significativamente libre, se puede convertir en motivo de discrepancias (irreconciliables o no) entre sus cuatro personajes principales y otros cabos sueltos. Revueltos durante Una Semana en Córcega, entre el ambiente ´acogedor´ y ufano de la isla francesa.
Esta etapa pacífica a priori, desarrolla una inofensiva película sobre relaciones paterno filiales, con protagonismo femenino aparentemente rebelde y contradictorio, que en su camino decidirá abandonar la adolescencia y empezar a mostrar un singular coqueteo. Con una presencia traumática para todos los presentes en el paraíso mediterráneo. La presente familia es la institución actual más criticada, como fuente de desunión entre miembros impotentes, ante su castradora realidad o una amistad que podría derrumbarse como naipes, ante una mano temblorosa por el miedo a la equivocación. Su respeto como el temor, propagados día a día, hace uso de un humor clásico en un momento de distracción como dice el título original (muy distinto al siguiente comentario cinéfilo), entre los actores franceses Fraçois Cluzet y Vincent Cassel, ocupando sus discutidos puestos a la cabeza de estas... mini-vacaciones de confesiones, pasiones y dudas.
En cambio, la frescura se produce al abrir la ventana y penetra la juventud de sus divertidas e ´inmaculadas` protagonistas, dos bellezas que brillan entre los familiares nubarrones, de la deseada y próxima edad adulta, entre conversaciones impostadas y dramas lacrimógenos forzados por un fino cinismo y oleadas de ceguera emocional. Ellas son las actrices Alice Isaaz (Rosalie Blum, Elle de Paul Verhoeven) y Lola Le Lann (belleza que esperemos se prodigue más en el cine), sublevadas a acontecimientos clásicos que mutan la entidad familiar y transforman la libertad en monotonía galopante o, esos agravios comparativos entre generaciones y el paso del tiempo.

Pasado y futuro, se darán la mano bajo la mesa, en este filme del director Jean_François Richet (Asalto al Distrito 13 y cuyos próximos trabajos son Blood Father con Mel Gibson y Twice), que abona el territorio conflictivo, con subtramas del guionista, productos, actor y director, Claude Berri y Lisa Azuelos, basados en nuestra imaginación itinerante. Historias sobre la convivencia y el terror masculino a la soledad durante la madurez y la libertad de elección.
Espejo cándido del salto generacional y funciona en momentos puntuales, pero se despeña cuando la comedia inteligente se aleja en escenas demasiado encuadradas o reflexiones débiles casi infantiles. Algo desdibujada, si la forzada conversación entre el género débil de hoy, un extraviado moral o divorciado bipolar y el otro en proceso de reconocimiento ante su fracasada relación, aunque de ímpetu vital e intelectual que atrae a las mujeres a su alrededor. Si quieren ampliar sus miras de futuro, deberán arreglar estas cuestiones o hechos naturales, que empiezan a aparecer al calor de sus protegidas e ´inocentes niñas`.

Al finalizar este encuentro en la costa corsa, todos cambiarán el paso o chocarán contra un rompeolas, cercado de adioses o nuevos horizontes por navegar con sus vidas. A pesar de silencios y reproches, sus gestos desaprobados tendrán que esforzarse e ir cambiando si desean fluir con sus decisiones, a dos bandas. Mientras la película se debate por salir a flote, con cargas de profundidad y torpedos dirigidos a la línea de flotación de su amistad, en peligro de encallamiento. El amor y el contrario, desamor en Córcega, puede valorarse o distanciar para siempre. Y el cine francés, siempre está interesado en sus juegos a dos, tres o cuatro bandas, visitando las troneras esquinadas de la amistad y las bolas numeradas del odio chocando de un lado a otro. Pero, este juego de fin de semana y real, podría desvanecerse en las manos infantiles de dos padres y dos actrices aventajadas, sin su particular tormenta perfecta. Luego, ya saldrá el Sol por Antequera... o la isla de Córcega.
















MUSTANG.


Turkía, el otro lado de la frontera y este comentario. Donde los caballos de raza hispana o árabe, airean libremente sus crines y se denominan Mustang, aunque su producción se haga al galope entre Francia y Alemania. Conserva esas raíces en el nombre de su directora Deniz Gamze Ergüven con el foco puesto en las difíciles relaciones de una sociedad convulsa y estratégica como la turca. Observada desde nuestro punto de vista, como sociedades occidentales y la cultura democrática o libre de una Europa histórica y dramática.
Mustang es una historia sobre la rebeldía de la juventud y el contrapunto de su sociedad o valores anclados en el poder masculino y de creencias, para doblegar las voluntades de libertad. Pero, por otro lado y en primer término, debo aseverar que desconozco los términos complicados de dicha sociedad y esas contradicciones entre generaciones expuestas, al margen de la actualidad y otros violentos efectos. En Mustang, su luz emerge del mar Negro y sus árboles frutales, testigos de una enseñanza procedente del pretérito de sus raíces culturales (por supuesto, también religiosas), hacia el empuje clarividente de nuevas generaciones, de vírgenes suicidas sin piel traslúcida y sonidos apagados por insultos y malos gestos. Una manera extemporánea de entender la familia, o el lugar que ocupan las mujeres en una sociedad gobernada por los hombres, con esa tendencia machista e hiriente.

Incluso, la forma de entender una sexualidad reprimida en diferentes circunstancias, aunque con imágenes un tanto forzadas por el costumbrismo del cine, mediante un guion de la propia autora con la escritora y también directora Alice Winocour, ganadoras de múltiples premios internacionales. Sin embargo, sin la comprensión de ambas posturas, solamente se desprende un desafío a las nuevas generaciones, pérdidas, por una cultura milenaria y origen de la civilización que, en los últimos tiempos se halla entre ambas concepciones. Tan contradictorias como peligrosas, sino comprobamos los cimientos de aquel puente (convertido en un plató de enfrentamientos) y enseñarnos al resto del mundo, las diversas aptitudes o formas de entender su propia existencia, sin riesgos ni luctuosas aventuras.
Jóvenes, entre Asia y Europa, infantiles o valientes, tristes, encerradas, por problemas socio-económicos de diversa índole y rondando la insalubridad o la muerte, que atraviesa o copula inocentemente con libertad. Ciudadanos a ambos lados de un telón colorido, marítimo de Turquía.

Las cinco jóvenes hermanas, como las de Sofía, huérfanas de padre, sobre todo se divierte. Y viven bajo los ´cuidados` sus tíos o protección de su abuela, se arropan entre ellas con el deseo de otra posible sociedad o de la familia encarnada por sus rasgos divididos. Soportan con carácter algo rebelde y mucha determinación para edades entre 12 y 16, aquellas reglas de carácter familiar o divino, que les obligan a un comportamiento cívico y acorde con la propia idiosincrasia del país otomano.
Según sus distintas clasificaciones por edad y comportamientos o pensamientos bi-unívocos, ahora domado por las circunstancias personales o familiares y la mirada sincera, algo menos relevante de su directora sobre cuestiones comprometidas. Busca un escape, casi imposible sin el objetivo de una coproducción y su educación francesa (que nos sumerge en un mar de contradicciones y dudas) imbuida por el deseo de libertad y mi falta de objetividad o entendimiento, sobre esta realidad. Dudas, respecto a la servidumbre de jóvenes y el sacrificio impuesto de sus mayores, su vocación teledirigida hacia el matrimonio vacuo, o la adecuación del comportamiento adolescente, frente a tabúes sociales y exigencias culturales. A esa pureza, demasiado comprometida aún, por creencias falseadas sobre sexualidad o los chismorreos cotidianos alrededor, en una pequeña población que no acepta una existencia bañada de gracias, rebeldías o reproches. Con o sin contacto físico, manipulación extraña que busca el control del roce de los cuerpos. Chicos de su edad a salvo, que no serían catalogados por vecinos entrometidos por hechos reprobables o pecaminosos. Vamos, que el mundo no ha cambiado tanto como suponíamos ayer.

Mustang se basa en la rebeldía de una mente delicada y soñadora, que ve como la libertad se convierte en un enfrentamiento constante por su condición de fémina, con los adultos por su carácter indómito. Un pensamiento frustrado de matrimonio feliz con protagonismo del amor, o una noche de bodas donde, de pronto, aparece el recelo en una sábana limpia, o una escapada por una carretera costera y soleada en dirección a Estambul (destino cubierto por regueros de sombras, hoy). Aquella vía interminable de ida, sin ayuda ni perspectivas en principio... y cuyos pasos se posan siempre de vuelta a su población de origen, o campo particular de concentración.
Observamos su aprendizaje furtivo de mustangs, silvestres.... hacia la pérdida sistemática de sus posibilidades para el crecimiento personal, actitudes o pensamientos de libertad, enfrentados al exigente mundo de los familiares adultos que les rodea. Las chicas son la parte grata del filme y, la banda sonora al piano acompañada de otros instrumentos de cuerda que acrecientan su amargor o esta situación insostenible para todos, adultos y ellas. El músico Warren Ellis, socio ocasional de Nick Cave, es su autor y compositor de otras bandas sonoras como La Propuesta o El Asesinato de Jesse James por El Cobarde Robert Ford.
En el comedor y la cama, día a día, esperando un infructuoso cambio de actitud u otros planes peligrosos, de igual forma que el pensamiento decisivo de un último instante, abandonando los ritmos, olores, colores... los golpes rituales, amenazas de muerte, nocturnidad alevosa del poderoso, no evolucionado... mirando al horizonte y pensando en aquellos momentos de entretenimiento juvenil que, otrora, les fueran prohibidos.
En efecto, Mustang es bella como la juventud de sus protagonistas, seres humanos y actrices con su inteligencia emocional, la mayoría noveles en este trabajo, no en ideales de libertad restringidos. Y algo corta, como su experiencia.

Cinco elegidas que eluden el sometimiento del pasado educativo, en un casting que se enfrenta con aquellos problemas derivados de su delicada posición y el sometimiento mental, social y sexual, de miradas dominantes y pensamientos forzados a un mero rol de acompañante, demasiado anticuado y absorbente, que apartaría sus pasos salvajes de aquel camino junto a las olas o entre mares sobre la región de Anatolía Central y su historia. Hace unos días, laberinto de pasiones desenfrenadas, que no tiene nada que ver con aquella pasión turca, desgraciadamente.
Por el contrario, la joven Lale y la maltratada Nur en su contradicción espacio-temporal, se yerguen con firmeza a una aventura de incalculable valor para todos (desconocido final, hoy), ya que la juventud alegre y contestataria, no desea terminar domada por valores de un mundo que repudia o, por encima de todo, aburre de forma descarada. Ni esos aspectos traumáticos que querría alejar de su futuro más próximo. Con cada tablón incrustado en el suelo, tapando errores y pretextos, del resto de miembros de la familia y vecinos asociales, del término de una clase y la felicidad en la playa, como una careta dolorosa olvidada atrás y osadía para iluminar una nueva estación. Mustang es algo mejor y más directa que la anterior, digamos real a pesar de sus vaivenes en la filmación.

El despertar esperanzador de la mente poderosa de Lale, nada tiene que ver con la nueva y ancestral Turquía, a su vez. No cubierta de manzanos, sino cuerpos apagados. Tal que la familia, a uno u otro lado del Bósforo.

Moustang Soundtrack:

viernes, 22 de julio de 2016

Cine con Fantasmas: Poltergeist..

"Sesión Doble: A La Caza del Ánima."

Una noche cualquiera de sofocante verano, en una sesión de cine doble siempre con la luz apagada para concentrar la atención. Hoy es en tu propia casa, cuando en etapas anteriores de tu vida, asististe a muchas emisiones fantasma frente a la gran pantalla... e incluso, algún maratón de cine fantástico o de terror. En alguna de ellas, concretamente, verías como aquella familia Freeling se debatía entre poner un bloqueo a su pequeña Carol Anne para evitar la percepción indebida de alguna aparición energética con malas vibraciones o, buscar un pisito céntrico, lejos de un campo santo de culturas arcaicas. En esa ocasión el joven Steven Spielberg desarrollaba un guion llamado Poltergeist (aunque tuvo que desestimar su dirección, pues tenía sobre la mesa a otro personaje más extraterrestre en esos momentos) y en papel de productor contrataba la experiencia en el uso de motosierras, al director de cuarenta años Tobe Hooper (además autor de Funhouse o Salem´s Lot) y galardonado con el Premio Maestro en el Festival Nocturna en 2014. Recordando que en aquel mismo año 1982, la película El Ente dirigida por Sindey J. Furie seguía la estela de estas producciones sobre el más ´acá`.
Desde entonces, las apariciones fantasmales han ido produciéndose con instantes cumbre del género, como La Profecía de Richard Donner (Lady Halcón, Los Goonies), El Exorcista de William Friedkin (The French Connection, A La Caza) o la obra maestra El Resplandor de Stanley Kubrick; tres monumentos que podrían hacer las delicias de cualquier noche de insomnio por alta graduación ambiental. Antes de la llegada de los efectos digitales y las grandes resoluciones que diluían cualquier tipo de grano en la textura, entre sorbitos de refrescos saboreados entre sustos y chuches variadas, se emiten de regreso al mundo ochentero, algunas de aquellas fórmulas que tan buenos recuerdos guardamos de nuestra juventud y rescatadas del pasado para las nuevas generaciones. Filmes fantásticos en cualquier sentido, o producciones de terror (con escasos recursos y mucha imaginación) que te acercaban a las salas de proyección analógica y los múltiples ruidos de compañeros de butaca. Ubicados frente a esa antigua y manchada pantalla del cine de barrio, que se iluminada de pronto y, automáticamente, se hacía el silencio (salvo alguna carcajada a destiempo). Deslizándonos poco a poco en el asiento hasta quedar reducidos a una figura nerviosa en penumbra, era la hora de aguantar la respiración, con sensaciones efervescentes y novedosas para tu edad y estatura. Asistimos, por tanto, al resurgir con cierta fuerza y la voluntad de nuevos directores, tanto las voces de ultratumba de antaño y vómitos de coloridos fluidos. Como, todos aquellos corrimientos... de muebles.


















Poltergeist.


Pues, no tenía la intención, pero no tenía otra cosa que hacer. Sin trabajo ni futuro, me acerque en un momento de debilidad y curiosidad a aquella versión cinematográfica de Poltergeist en 1982 y a esos personajes que se convertirían casi, en miembros de nuestra asustadiza familia, con Craig T. Nelson y Jobeth Williams. Además, de todo el oscuro pasado que envuelve a muchos de aquellos protagonistas, me entregué (con memoria innata) a la recreación de ambientes y localizaciones, rostros y ruidos infernales. Brillante.
Sin embargo, más terrible aún que las premoniciones de una médium, me envolví en la bruma binaria del remake actual. Todo cambiaba de repente, los niños no eran evidentemente, la oscuridad y alegría no estaban tampoco, aunque si nuevos trucos de cámara bastante normalitos y una estructura argumental que se volvía fatídicamente monótona.

El interés se fue edulcorando en manos del director londinense Gil Kenan (a pesar de perspectivas interesantes como su Monster House o City of Ember), entre la pareja protagonista interpretada por un Sam Rockwell con buenas intenciones aunque desangelado y su compañera Rosemarie DeWitt, y difuminándose los diálogos en un mar de tópicos. También las personalidades de sus personajes, tal que el espíritu de un sabio en una concentración política. El poco cuidado lingüístico es una estratagema poco inteligente, pues aunque no somos los mismos de ayer, en nuestro interior nos enfrentemos al recuerdo con los respingos juveniles y alguna lagrimilla que otra en nuestros ojos cansados.
Porque la versión de Poltergeist, es una regresión poco emocional y emocionante, casi pesadillesca. Producida, o mejor expresado provocada, por una aparición poco animosa, dramática o sorprendente, salvo cambios repentinos de plano o un aumento cualitativo en la exhibición de golpes de efecto en la oscuridad. Con las habituales notas sonoras, cortantes o elevadas hasta el infinito cuántico y metafísico de aquel denominado terror clásico. Vamos que se nota, la poca imaginación. Nada queda de la socarronería de Hooper, la producción de Spielberg (aquí financiada entre otros, por otro mítico como Sam Raimi), los niños se defienden sin permanecer en el subconsciente, y varían los roles de ciertos personajes o situaciones conocidas. En esta ocasión, se mantienen los márgenes descritos en el guion, ofreciendo los mismos registros a los protagonistas como un ejercicio de replicación genético-fílmica.
Se han modificado algunos puntos clave de aquel fantástico filme de Tobe Hooper, sustituyéndolos por expresiones banales y más gráficas de sensacionalismo o susto fácil, pero, lo más reprochable de la cinta es que el peso protagonista se diluye ante la ambientación demasiado sobrecargada, con nuevos efectos sin interés especial y una acción frenética que nos lleva con la lengua fuera. Eso sí, sin meternos en sus escasas cualidades o el nuevo plantel de poseídos por el plasma o voces del más allá, excepto la extravagancia del personaje de Jared Harris, transformado en una especie de vaquero de casas encantadas. Su espíritu deslenguado y algo obtuso, no hace olvidar a la psíquica arrojada y exigente, con los ojos vidriosos y la voz cargada de la simpática actriz Zelda Rubinstein.
Poco más que sumar, a esta descabalada entrega y esquiva repetición del pasado, semejante a una moderna pantalla plana con antiguo efecto nieve, o una puerta que pareciera una aburrida entrada al camarote de los Marx. Sólo, gestos ceñudos y quejidos de ultratumba... ¿He dicho tumba? No, ha sido una ligera invención o excusa, para las diferentes incorporaciones de nueva generación. Pero, al menos esta nueva Poltergeist, más de treinta años después, intenta conservar algún momento del suspense que nos hiciera saltar en aquellos maravillosos años.
















El Otro Lado de la Puerta.


Mírala cara a cara que es la ... la segunda oportunidad de reencontrarnos con nuestros añorados fantasmas del pasado, sin navidades debido a la alta temperatura de esta época lejana a Halloween.
Si conseguís acercaros lo suficiente, podréis oír los quejidos. Con el título extrasensorial de El Otro Lado de la Puerta, otro director de origen británico llamado Johannes Roberts, de Cambridge más concretamente, habituado a los crímenes en Storage 24 y antes de su inmersión junto a Matthew Modine o Mandy Moore en In the Deep, se traslada a las localidades de Guntakay y Mumbay en la India. Con lo que la ambientación exótica, está asegurada y su amalgama de culturas en lo fílmico se muestra misteriosa. Desde luego, para mí, es lo más significativo en una típica película de fantasmas.

Esta producción de TSG Entertainment y Kriti, absorbe el mal oriental en silencio, sobre el cuerpo de sus respetables y sufridos protagonistas, encabezados por Jeremy Sisto (May, Km. 666), Sarah Wayne Callies (Hellion, Faces in the Crowd) o los niños Logan Creran y Sofia Rosinsky apuntando maneras y sustos, que a su edad parecen estar manipulados como si se tratase de un juego para pequeños actores. Bueno, quitando estas consideraciones que subyacen y se repiten, en historias reconocidas por el aficionado al scifi, puedes acercarte con ciertos pálpitos o agradecimiento a unas sinceras interpretaciones con las que nos convocan al misterio.
Sus acciones de protectores, tantas veces han provocado la intranquilidad del público ante la angustia de padres y el adormecimiento, debido a la pérdida filial junto a la puerta de entrada a las tinieblas, en cientos de ocasiones. Desde aquella ventana energética surgida del techo, en una aislada comunidad sobre los cimientos de un culto antiguo, hasta la cerrada por un golpe de efecto, con una pequeña de ojos saltones en cama y lenguaje pecaminoso que lanzara sus exabruptos y otros pringosos materiales a su objetivo sagrado o religioso. Sin embargo, The Other Side of the Door, es solamente otra excusa para abastecernos de una nueva tanda de cambios metafísicos o posesiones de andar por casa.

No obstante, ésta tiene algunos datos de interés provenientes de esta singularidad y localización, ya que nos trasladaremos con una familia a esa mansión de espacios efímeros, tumultuosos jardines y rasgos hindúes, situados en la ciudad de Bombay. Puede resultar un acicate para aficionados a los viajes y frecuentadores de lugares exóticos... sin pobreza a la vista aparente, eso sí. Su nivel social es mejor al resto de residentes, se puede comprobar por los medios, la comunicación y cierta exuberancia de una asistente o cuidadora, tan colorida con su ojo puesto en la oscuridad y la liturgia del ambiente local de la India mitológica. Estos rasgos exóticos y la entradilla en un mundo de contactos espirituales es propia del cine oriental, de la época de grandes directores en el blanco y negro, con preocupación por la presencia de difuntos y sus posibles contactos con parientes a este otro lado. De los cuentos clásicos de Kenji Mizoguchi o Kihachi Okamoto, a los sabores dibujados con el sentimiento de Hayao Miyazaki, del círculo negro de apariciones fantasmagóricas trazadas por Hideo Nakata en Ringu o Kiyoshi Kurosawa en Kairo, al explícito sadismo artístico de Takashi Miike o Kim Ji-woon. Hasta enraizarse con trazas norteamericanas en blanco y negro, que surgieron del expresionismo alemán y la literatura gótica, u otras impactantes experiencias con la muerte, muertos vivientes como en el filme Yo anduve con un Zombie de Jacques Tourneur, de los clásicos de la RKO. Bueno... despertemos a la realidad.
En este Otro Lado de la Puerta, se garantiza esta conexión de algunos ritos ancestrales y resonancias, comunicadas entre generaciones por territorios inhóspitos e islas desconocidas, o creencias arraigadas en la cultura oriental y ajustadas con los nuevos bríos digitales que construyen en laboratorios informáticos del mundo actual. Una visita a esas familias asustadas, de vacaciones, con rasgos occidentales y problemas de pareja, ante lo desconocido. Intelectual y culturalmente, perdidos en una incomprensión cultural, propia de otras aventuras ocultas o peligrosas modernas, puertas cerradas a nuestro entendimiento, tabúes y otras disquisiciones personales.

Por tanto, el suspense viene engendrado dentro de un envoltorio llamativo y su oscuridad tramposa se cierne sobre los jóvenes intérpretes, pero con suficientes condiciones atmosféricas para mantener ese frágil hilo argumental y el hálito estilístico. De las cinematografías provenientes de autores hindúes, filipinos, japones, chinos o taiwaneses, cosa muy de agradecer, en estos momentos de fiebre efectista y mecánica. Otra cosa es ese otro lado, algo fatigado por tantas horas de exhibición en su universo de sombras con cobertura en este, siempre golpeando el eslabón de nuestra fantasía y los propios miedos del ser humano, en la búsqueda de una posible explicación sobre aquellas dudas existenciales, que nos abordan internamente o que cabalgan sin obstáculos por las conciencias de sus protagonistas; cambiando de mente como si este truco del cine y las sombras, consistiera en unos ojos fingidos más inexpresivos o una voz gangosa con arrastre de consonantes siseantes y explosiones guturales. Esto es, ruido, nada más.
Una doble sesión de espiritualidad y almohadones, atrapados entre los goznes chirriantes de la cultura popular, los instintos de supervivencia y los ancestros bajo tierra, que deciden una visita de última y ´jodida` hora. Un cuadro pintado que toma vida, o esos rayos catódicos transformados en magma densificado de los 80, de partículas plasmáticas chocando en el tiempo dentro de una habitación frente a tu memoria. Pero, con sustos controlados ya, sin consecuencias para nuestra salud y el rodado corazón. Sí, se dejan ver una noche de canícula cualquiera.


















Expediente Warren: El Caso Enfield (título original The Conjuring 2)

A la tercera va la vencida, y menuda sorpresa con la presencia que repite por segunda vez.
Del terror de Amityville a un céntrico barrio obrero de Londres, los aparecidos no tienen escrúpulos en presentar su tarjeta de visita y los efectos trágicos de sus propias y amargadas existencias. Vamos como nosotros, pero sin tener que alimentarse de comida basura.
Es, por encima de la sesión doble, la más impactante apuesta por los recursos imaginativos y la ambientación en esta muestra de la opulencia fantasmagórica, apostando por un guion adaptado brillantemente de una añorada etapa ochentera y aquellas habitaciones plagadas de pósteres de nuestra juventud.
Se trata de la nueva entrega del Expediente Warren o nombrada de forma original y menos sincrética, como El Conjuro 2 (en esta ocasión, me parece curioso anteponer la leyenda de otro expediente denominado El Caso Enfield), donde una nueva familia británica de un barrio humilde y lucha diaria con las vicisitudes económicas, tendrá que lidiar con los poltergeist más tenebrosos del Londres menos financiero. Con un fantasma y su marcado carácter y deslenguada verborrea, algo violentos, esperando la guía de una mano más siniestra y evolucionada del mal. Fantasmas para el recuerdo, elaborados por la mente de un director habitual del género como James Wan (además productor y escritor de títulos como Saw, Insidious o Death Silence), acompañado por una pareja de guionistas de éxito playero y autores del primer Flash televisivo. Aquí, menos macrobióticos y más espectrales fijándose en otras etapas del pasado terrorífico, los hermanos Carey y Chad Hayes, con guiones como La Casa de Cera o La Cosecha.

El matrimonio de demonólogos con capacidades psíquicas, alta capacidad de empatía con el espectador y fuerzas físicas para solventar cualquier caso de posesión infernal. Se enfrentarán a ese temible espectro, algo burlón y sarcástico, porque pertenece a este mundo real de ánimas perdidas en la calle, antes de la visión más endiablada y tormentosa. Uno y otro, difundidos por los medios de comunicación de la época, y cierto desprecio de los mismos rostros de aquella primera entrega, interpretados por la estupenda Vera Farmiga (Bates Motel, El Juez) y un valiente y tranquilizador Elvis, aunque combativo como Patrick Wilson (Watchmen, Bone Tomahawk). Parecieran habituados ambos en toda su carrera o vida, a luchar contra las fuerzas del mal. Sus ojos estarán puestos en nuevos proyectos junto al gran Alec Baldwin en la cinta Caught Stealing del director sudafricano Wayne Kramer (The Cooler, Crossing Over) y el nuevo trabajo de John Lee Hancock titulado The Founder, junto a Linda Cardellini, Laura Dern y Michael Keaton (lo dicho, vuelven otra vez); mientras Farmiga se las verá con Virginia Madsen y el joven triunfador Jacob Trembley en Burn Your Maps, con el respetado Christopher Lloyd en Boundaries, o Liam Neeson y Sam Neill en la película The Commuter.

Si bien el guion se esfuerza en significar todas aquellas cuestiones relacionadas con las posesiones en casas con un pasado confuso, defunciones sin cerrar su propio círculo personal o mental, y los movimientos en la oscuridad sugestionados por sonidos alarmantes, alaridos siniestros y voces de ultratumba; el mérito de esta nueva entrega esta en una ambientación conseguida y unas interpretaciones creíbles, aún tratándose de una materia tan intangible como la percepción de espíritus malvados, la filosofía religiosa y metafísica del alma, o las reacciones de los medios de comunicación. Diferenciados por la difusión de extraños comportamientos particulares o la búsqueda de respuestas, más allá de la vida de las víctimas del acontecimiento sobrenatural.
Para proporcionar esa sensación de frío y quebrantar el sueño de los vivos, cuenta con un grupo de niños a su disposición que harán evolucionar los efectos técnicos, visuales y auditivos, a una nueva generación de sustos propagados por las sombras alargadas de sus propias existencias en la pequeña y poco lustrosa vivienda.
El reparto bien selecto se completa con la sufrida madre interpretada por la actriz de Oxfordshire Frances O´Connor (Mansfield Park, A.I.) y sus niños enrolados en terribles visiones y efectos sonoros, con los simpáticos jóvenes Benjamin Haigh, Lauren Espósito, Patrick McAuley y Madison Wolfe (Trumbo, Joy), o rostros representativos del cine de terror y ciencia ficción, como Maria Doyle Kennedy, Simon Delaney, Franka Potente, Simon McBurney, Bob Adrian, Steve Coulter. Más, una voz de ultratumba y videojuegos como Robin Atkin o el español Javier Botet como Crooked Man, configuran un onírico casting con encuentros futuros.

Algunos de aquellos actores, técnicos y autores de los 80, ofrecieron esa vuelta de tuerca esperada al género del scifi con visiones más particulares y mucha imaginación, entre el arte underground y los primeros escarceos informáticos. Fabricaron historias nunca vistas hasta entonces, basadas en títulos imposibles de la literatura fantástica, con sus métodos evolutivos en efectos especiales y manos orfebres para los decorados, animatronics y postizos, a la conquista de nuevas fronteras fílmicas sobre nuestros sustos, pesadillas como las conservaste en la memoria, hoy, con pasión durante esta melancólica sesión plagada de guiños y añoranza por la creatividad o el espíritu evolutivo del cine.

Un rayo de tormenta, cuenta... 1, 2, 3 ... Respira profundo. Entra la enfática composición del músico Joseph Bishara y sus contactos con el maestro John Carpenter en Fantasmas de Marte o la pesadilla genética Repo! También actúa en The Conjuring 2 aunque tendréis que descubrir su aspecto demonicaco. Crujidos, cachivaches y alaridos, hasta este diligente e inteligente nuevo caso, de una estrella internacional en crecimiento continuo, dentro del cine de terror y scifi. James Wan, entre New Line y Warner Bros, con todos sus recuerdos de la época y alguna contratación al rescate de estrellas, homenajes como Barbara Hershey actuando su filme Insidious, se demuestra infatigable en la creación. O la cuidada dirección artística y ambientación, que nos abre las puertas marginales de sus conflictos internos, ese reflejo del mal en su ojo despierto, vivaz y detallista para rodar las vidas tormentosas.
Ya que sus magníficas correrías cinematográficas por suburbios o casas encantadas, en este u otro tiempo, son ideales fenómenos para disfrutar o hacer pasar un ´mal` rato en el cine a los aficionados al género. Un fenómeno creciente, explicable ante la brillantez de algunos trucos que guarda en su pequeña habitación de sombras y luces, junto al mundo de los más pequeños, el silencio y las transiciones entre fantásticas dimensiones o habitaciones. Y, con una tranquilidad que se coloca tras de ti respirando sobre tu cogote a oscuras, con ese particular espíritu infantil que le llevará a dirigir próximamente, el título Aquaman y, se comenta que también posiblemente, Robotech.
Él es Wan, James Wan... y sus orígenes de Malasia.
Pasen Malas Noches... y mucho calor.

domingo, 3 de julio de 2016

Green Room.


El Destino y el Terror a lo real.

Probablemente, ya estés habituado a seguir los pasos en el cine, de un grupo de jóvenes que se pierden en algún paraje aterrador y caracterizados por un lavado oportuno de sus cerebros. Más extraño es, que esta gente desubicada actúe en un lugar tan desprovisto de seguridad y su localización frondosa y fértil (en el interior del estado de Portland cerca de la costa noroeste del Pacífico) pudiera sugerir el título de la película, con este nombre de Green Room. Tratando de despistarnos sobre la oscuridad en ciernes.
Sin embargo, el director y guionista Jeremy Saulnier (autor de un filme independiente premiado en Cannes con otro colorido título de Blue Ruin) continúa la moda de encerrar a la gente en algún espacio con proporciones reducidas y ambiente insano, como este lugar al que viajamos con una banda juvenil de rock-punk, sugestiva e intencionada de forma ideológica, con el nombre de The Ain´t Rights. Los "no hay derechos".

Efectivamente... además, existe un tipo de obras cinematográficas que parecen preconizar algún tipo de acontecimiento futuro o se encargan de incitar en el público, alguna reacción determinada a los dramáticos hechos acaecidos durante su filmación o exhibición. Así ocurriría con algunos títulos como Rebelde sin Causa, Polergeist, The Crow, El Caballero Oscuro, o recientemente con el triste fallecimiento en extrañas circunstancias del intérprete de origen ruso, Anton Yelchin (natural de la bella San Petersburgo), y un buen actor con una prometedora carrera cinematográfica que ha visto truncado el sueño, por una maldita visita desafortunada o el denominado de forma poética, burlón destino.
El singular Yelchin tenía la fuerza para conferir a sus personajes (desde aquella Alpha Dog, el Pavel Chekov de Star Trek, la entretenida nueva versión de Fright Night o su aparición en la bella y deprimente Sólo los Amantes Sobreviven de Jim Jarmusch) y manifestaba un estilo propio con una profundidad creciente en sus papeles dramáticos. Incluso, el joven actor de 27 años perteneció una etapa, como músico de otra banda de punk-rock en su vida real. Ofrecía en sus trabajos para la gran pantalla, una variedad registros que le permitían pasear por la inocencia y las raíces más reivindicativas, guiando sus pasos y mente a un éxito que crecía con cierta solvencia. Desgraciadamente, su habitación verde particular se desmoronaría por un choque accidental, después de tantos esfuerzos por traspasar la puerta del éxito.

Vacía, con los recuerdos colgados en sus paredes, como fotogramas de un filme inacabado y maldito. Pero, artísticamente hablando, el director de Green Room, resiste a cualquier desgraciada aparición no prevista, ofreciendo una de las últimas oportunidades de observar la calidad de Anton Yelchin a la hora de enfrentarse al terror y erigirse como un desafortunado superviviente. En el realismo actual de una debacle social, el actor alimenta la leyenda de los 27 caídos, estrellas en ciernes y de calidad sobrada para actuar en empresas de mayor envergadura o responsabilidad, reconocidos por el gran público. En fin, una pena.
Esta es la vida del funambulista, en delicado equilibrio sobre las marcas de un suelo movedizo y cambiante que produce la sociedad, como esa ideología que esconde el trabajo que comento aquí, también temerosa y terrorífica. Pues, en la historia del cine de terror, ésta, ha llegado mostrando diferentes y delicadas caras, por los más diversos caminos y sobrepasando los límites de lo correcto o éticamente aceptable. El miedo no tiene fronteras cuando aparecen las actuaciones más radicales o salvajes, entre los ´pacíficos`seres humanos.

El director Saulnier se aproxima a una realidad que avanza en todas las direcciones y asusta al mundo, con noticias preocupantes en cada rincón del planeta. Green Room, es la conciencia que nos habla desde una habitación cerrada, que nos introduce en un territorio desconocido, que implementa en sus círculos a cada lado de la línea, la ley del silencio o el miedo, y actúa con sus negocios como las familias mafiosas.
En este territorio furtivo y salvaje, el espacio natural se transforma en una pesadilla irrespirables condicionada por la suciedad de un club y sus acólitos, mientras una banda lucha por hacerse un hueco en el mundo discográfico o, simplemente, seguir viviendo con cierta solvencia o comodidad. A pesar de las fiestas, el consumo y una sordera incipiente, su retirada festivalera no apartará la vista curiosa, sobre una historia que no deberían presenciar, como casi siempre en estos territorios contrarios a la libre circulación de personas y motivados por negocios bastante siniestros o sucios.
Próximos o rivales, su dimensión va más allá de la ideología histórica y las pintadas sobre las paredes, de la formación de ejércitos que luchan con sus comportamientos sacrílegos, en convergencia real de un punto muy peligroso sobre nuestra conciencia racional. Porque, la sociedad queda encerrada en la suciedad, en banderas colgantes y cabellos de colores, reducida a un grupo de resistencia que permanecerá entre cuatro paredes o una Green Room devastada, por mala suerte de sus actores desafiados a un encierro sistemático o masacre, o debido a una endiablada coincidencia o curiosidad.

Al otro lado de la siniestra puerta y los gritos amenazantes, sus comportamientos están condicionados con un odio creciente, que se oculta en la oscuridad de un mundo más extremista. Una tapadera de reivindicaciones que choca con el paisaje frondoso del exterior, sobre los negocios de una región o territorio, tan premonitorio como violento. Ya que, los músicos punkies han ido buscándose la vida junto a sus llamativos (o la supervivencia), junto a sus llamativas y significativas canciones, elementos o dueños de un directo pesado y provocador, crítico y sudversivo. Si bien, la incertidumbre de su trabajo errante, les introduce en esta estancia de pintura verdosa y sangrienta, poco luminosa y con la atmósfera underground, sobrecargada y amenazante, llena de recovecos impredecibles. Aunque, lejos del carácter reivindicativo de sus letras, el movimiento político y corporativo se va transformando, simplemente, en una banda criminal. En el sentido contrario.
Consumidos por la desazón y la falta de alicientes sicotrópicos, se va desarrollando esta historia confrontada, desde un concierto que transformará su proceso creativo y, quizás, sus próximos pasos en la vida, "por ejemplo, la escena con el perro, sentados en la cuneta, es una huella representativa del futuro y la tristeza de los supervivientes a una violencia racial y programada históricamente". En el ambiente malsano y superficialmente engañoso, con sus trucos en el espacio reducido y las consecuencias increíbles para un aficionado al terror, el guion se decanta por una acción que se debate entre el suspense y el efectismo de una mandíbulas en busca de sangre de un público joven, o necesitado de manifestaciones sangrientas. Por tanto, del montaje de las escenas y la ambientación claustrofóbica, nos envuelve en el recuerdo de un Asalto a la Comisaría 13 de John Carpenter y focos de resistencia frente a alienígenas u hordas de muertos vivientes, sin vistas, en el interior de una pequeña Habitación Verde y sus desquiciados ocupantes, luchando contra las huellas del pasado.
En sus botas, Anton Yelchin, las menos conocidas de Alia Shawkat y Joe Cole, o la inglesa Imogen Poots (Noche de Miedo, Knight of Cups), Mark Webber (Scott Pillgrim contra el Mundo, Jesabelle) tratan de impedir como pueden el paso, al otro lado conformado por adultos que se levanta a la sombra de un escuadrón camuflado, en el que destacan su amigo y actor fetiche Macon Blair, Eric Edelstein (uno de los muchos y nuevos personajes en la televisiva e incipiente Twin Peaks) y, especialmente, la figura patriarcal de un Patrick Stewart, enigmático y sombrío. Un papel subversivo al que se entrega firme, por una causa ilegal de consecuencias devastadoras para todos.

Batalla por la cruda supervivencia, con la banda sonora como telón de fondo y la oscuridad mental aullando en los pasillos plagados de hordas o escuadrones de la muerte, mordiéndote el cuero en tus pies y apagando el grito en sus gargantas. Hasta convertir el verde sucio, en rojo sangre como una condecoración al mérito de unos actos mortíferos, y en el frustrado interior, se identifican sus personalidades truncadas, de uno y otro lado, aparecen las observaciones impostadas y la necesidad de proteger un negocio que se derrumbaría sobre las vidas de unos inocentes. Desde luego, el que salga de esta colección de iracundos y grafitis, no mirará igual el horizonte bajo sus pies calzados con el terror metálico.
Podría haberse tratado de un filme, sobre el alcohol de alta graduación, las sustancias ilegales y el rock&roll, sin sexo, pero, va emprendiendo un viaje siniestro y truncado, donde no queda espacio para las relaciones personales, jóvenes pasándoselo bien en circunstancias alegres, en teoría. Y así, se decanta por la anarquía de las imágenes, las mandíbulas de acero, trampas como cuchillos o balas contadas, a la espera como Sean Connery en el remoto y profundo espacio de una Atmósfera Cero, alejado de las condiciones extrapoladas a la libertad del Mount Hood National Forest de Astoria, en Oregón.

Según se desprende de la teoría política, se centra en el mercadeo y la mafia con sus inconfundibles reglas sobre el conocimiento de sus actividades. Frente a canciones premonitorias, se suceden las amenazas, golpeando carne, fracturando huesos y abriendo las arterias, a una sucesión de correrías más estereotipadas del héroe o la víctima, cuando se pierde en escenas alimentadas por una supuesta ceguera argumental o el crecimiento de tópicos como la espuma de una cerveza. Exagerados, los tiroteos buscan el efectismo barato en contra de una estructura más enfermiza, que hubiera elevado el carácter promovido en otras cintas de terror.
Aunque la realidad es suficiente aliciente, para acercarte a un agujero de inmundicia y la numantina resistencia de unos miembros seccionados del éxito, intentando salvar el propio y tatuado pellejo. El otro, la impactante seguridad y tranquilidad flemática de Mr. Stewart dirigiendo sus fuerzas de combate, para evitar el derrumbamiento de su forma extrema de vida, cruel identidad y sus negocios ilegales. Próximamente, el actor de Yorkshire pondrá la voz al Capitán en la cinta de animación Spark y una nueva entrega de Lobezno como, insistente profesor Charles Xavier.

Aparentemente, todo estaba controlado en el suspense, hasta que se extralimita en un montaje más caótico, con acciones más crueles que impactantes por su capacidad artística, y sustrayendo la raíz ideológica que quedaría en segundo término. Quizás, para no hacer más daño a este mundo impredecibles, como una especie de purga emocional y básicamente subjetiva, cuando las misiones ofrecen una hostilidad en aumento, una especie de tómbola o tiro al pato, con buenas actuaciones y cierta dosis de incredulidad por parte del seguidor del género de terror.
Por otro lado, el sufrimiento excesivo, incrementa la tensión y se deja acariciar por esos trucos hábiles y desconectados con el espacio y los tiempos cinematográficos, con el sonido y las sombras como protagonistas de nuestro miedo. Entonces, ese habitáculo manchado de sangre, mengua o crece según se aproximan las posibilidades de una fuga increíbles, tanto visual como argumental. La imaginación limitada en ambos extremos, abren un camino en falso para facilitar el seguimiento de nuevas sorpresas ocultas, que según disminuye el conteo de balas y los enemigos exhiben sus colmillos en la oscuridad, se halla un lucha más descarnada, cortante y atmosférica. Es el momento para una estética y los diálogos, que aumentan la confusión y la protección de unos valores que defienden su diversidad de pensamiento y la libertad de acción. Atrás, queda un reguero de dudas e imágenes con un fuerte impacto cultural, y voces que piden la asistencia de la policía en su defensa.

En ese territorio verdoso de Green Room, algo singularmente silenciado, el atractivo dudoso de formar parte de un movimiento, que emparenta a los amos con aquellos seres esclavizados, con los lazos de la violencia verbal y física. Algo que podría ser combatido, si quisiéramos, mediante la educación y la creación de nuevos espacios de entendimiento entre sociedades diferentes, algo terrible que se desangra en nuestro futuro como civilización inteligente... en favor de un instinto más básico que alumbra las lágrimas de la identidad, con soledad existencial o muerte.
¿Cuál de las partes enconadas, es más animal...? La de lágrimas innatas tras una batalla irreverente que nos separa más, o la que alimenta el horno del odio con carne de nuevos inocentes. Da igual, el caso es, nuestro nulo entendimiento.

A pesar de esas visiones estudiadas de combate diario y las reticencias culturales (entre los que no entendemos estos mundos contra la razón equilibrada o la convivencia), se edifican los cimientos de la actualidad diaria, en un Green Room tan ligera como sugerente, pero radicalmente impactante. Un bocado amargo, primitivo en su concepción, aunque dramático por la contemporaneidad de sus reflejos en la sociedad. Una brecha en nuestro pulso, europeo y planetario, que significa una puerta cerrada a la paz y, un sentido homenaje a un buen actor llamado Anton Yelchin.
Descanse en paz.

Green Room Soundtrack - 01 "Weapons Ready"


Los Rostros de Twin Peaks...

jueves, 30 de junio de 2016

Dioses de Egipto.


Seguro... ¡nunca viste un Egipto así!

Definitivamente, un director como Alex Proyas parecía predestinado a un hecho tan intrincado como esta producción, Dioses de Egipto, ya que su nacionalidad australiana tiene diversas raíces. De padres griegos y nacimiento en el mismísimo Egipto, su brillantez estética en el cine (que no físicamente, pues predominan sus filmes más oscuros) vendría de su ojo radiante, con experiencias visuales en la década de los 90 como la sorprendente Dark City o la mitificada El Cuervo con el malogrado Brandon Lee de protagonista. Una carrera que descansa en busca de nuevos retos con una fallida Yo, Robot y que evoluciona misteriosamente hacia una luminosa y exuberante exhibición de efectos digitales, siete años después de Señales del Futuro. ¿Sería una pista o premonición del mismo?.
Pero, dejando el destino y el fracaso, posteriormente, aquellas películas poco entendidas, se convirtieron en filmes de culto. Con la impronta de su creatividad a la hora de tratar la mitología, la ciencia ficción o las leyendas que amenazan a la humanidad con un señalado apocalipsis, ahora propone una fantasía escenográfica y digitalizada, que irían desde la oscuridad del cómic hasta el orgasmo óptico y mental, en esta producción de Summit Entertaiment, con este título tan poderoso, eléctrico, o faraónico de Dioses de Egipto.

Aquí, nos encontraremos con su trabajo más excesivo hasta la fecha, con multitud de ejemplos sobre su mirada fantástica y el destino mágico de sus principales o célebres protagonistas a orillas del río Nilo, feudo hídrico y terrenal del mismísimo rey Ra.
La imaginación orgásmica de Proyas, ha elaborado y edificado una construcción que sobrepasa los límites insospechados de cualquier fantasía bíblica, en todos los sentidos, tanto en el argumento como en el diseño artístico. Y después de un debate crítico, que sienta en el trono del exceso a Dioses de Egipto, o los maldicen hasta llevarlos al averno o la Duat dónde, después del juicio de Osiris, el condenado atravesaba los peligros que se escondían tras las puertas, descritos en el Libro de los Muertos. Cerca de la Constelación estelar del cine, u cinturón de Orión, muchos ya le han condenado. Veremos si puede remontar el vuelo, tal que las alas de Ícaro fueron ofrenda de Apolo o el Ave Fénix de Egipto llamado Bennu se asociaba al Sol, a las crecidas del Nilo y la resurrección. De momento, le han postergado a vagar como alma en pena, de la cartelera cinematográfica y estival.

Desde la producción de los efectos especiales hasta el argumento sometido a las fuerzas extremas de lo sobrenatural o lo divino. Porque esta extraña película, propone una libre interpretación de la Antigüedad, en un mundo dominado por los dioses adorados en los jeroglíficos egipcios, y su divertida relación con los humanos. Más mortales y debilitados que los mismos, aunque conserven muchas de sus características, deseos o miedos, como el de la destrucción del universo o la separación del mundo de los vivos con el de los muertos.
En los cimientos de la cultura de la civilización egipcia, todos sus elementos esculpidos sobre la piedra caliza, entre el cielo y el inframundo después de la muerte, se basan en una supuesta convivencia con los hombres y el gobierno todopoderoso de las fuerzas sobrehumanas de los dioses.
Por supuesto, se trata de una fantasía que apuesta por la épica elevada a las alturas, donde los hombres y mujeres, comparten sus experiencias, sufrimientos y hasta el aire que respiran, con aquellas figuras de origen desconocido, dispuestas a derramar su sangre aúrea por su pueblo. A no ser que pensemos en la poderosa imaginación de nuestro cerebro o movimientos incomprensibles y alucinógenos de especies extraterrestres y, por tanto, desconocidas hasta el presente.

Grandes protagonistas para una labor hercúlea, la de mantener la paz en las próximas generaciones de la ribera del Nilo, en forma de gigantes que construyen o derriban, erigen y rigen el destino de sus conciudadanos, pero desde su elevada mirada y una libre interpretación de los arcaicos tiempos dónde no quedaron registrados nuestros ancestrales pasos sobre el planeta. Pero, como una película de aquellos personajes con poderes sobrenaturales, que aparecerían siglos después en las páginas de los cómics leídos por millones de jóvenes y adultos en todo el mundo.
Aquellos dioses inmaculados y rebeldes, tuvieron sus dramatizaciones personales y diferencias que lidiar entre sí, para convertirse en los precursores de los superhéroes de la actualidad, aunque con características propias de su divina existencia en las arenas del tiempo y la memoria de las religiones. Así, el equipo de guionistas junto a Alex Proyas (Matt Sazama y Burk Sharpless, cuyo próximo guion será Power Rangers) elaboran una estructura que no plagia, sino que se adentra en las dibujos sobre la roca y reglas escritas de la tragedia griega, con imaginación guiada por los dioses y el libertinaje de lo fantástico. Tal que, aquel Olimpo del helenismo plagado de estrellas sobre las cabezas de los sabios y los hombres de la antigüedad, con los cimientos del excelso Egipto como grandioso escenario de la vieja crisis o las bases existenciales de sus creencias y cultos sobre la muerte o la vida inmortal. Eso sí, pasados por el tamiz del CGI y el rostro de otras estrellas más terrenales, dentro de la actual cinematografía mundial.

Esta fábrica de metafísica sin respuesta ni base científica, significa la mezcla de dos concepciones alejadas, la razón o conocimiento y el mundo del exoterismo, que se compenetran en esta cinta Dioses de Egipto, como un puerta temporal y mágica abriéndose camino entre la tierra y el cielo. Luego, la corte recargada de excesos y caras provenientes de los más diversos territorios, apuesta por la acción al puro estilo de los videojuegos y una historia que se desmarca del aburrimiento, y una interpretación de las escrituras sagradas en la tierra de los faraones, que sienta en el trono a figuras de primer orden en nuestros días, tanto del cine como de las series televisivas.
Nos hallamos en primera fila de la divinidad, al todopoderoso dios Ra y su aspecto humano (mucho antes de Amón o el disco solar coronado de Atón), controlando con sus rayos atómicos procedentes de la estrella más cercana, a su contrario nocivo, sobrenatural destrucción promovida por el aliento de Apophis. Una dicotomía diabólica, típica entre el bien y el mal atmosférico, que pervive en las diferentes culturas de la historia de la Tierra. El caos, incendiando la obra del constructor de un universo inverosímil y plagado de excesos visuales, además de la voz fabulosa y la sensibilidad escénica de un gran actor como el australiano Geoffrey Rush.

Un escalón por debajo del panteón, física y estructuralmente, tendríamos a sus dos hijos enfrentados como el Caín y Abel de nuestras palabra bíblicas, dándose de ´leches` corpóreas y espirituales en el criticado espectáculo visual, programado en los ordenadores de medio planeta (Cinesite, Iloura, Raynault VFX, Rising Sun Pictures y Rodeo FX, también con algún acierto), prueba para arcanos que hablan sobre el rey Osiris con gobierno sobre el frondoso río africano y su capital dirigida por semi-dioses sangrantes. Interpretado por Bryan Brown, aquel famoso técnico de cine en la cinta F/x Efectos Mortales, frente a la extravagante presencia del hermano y actor escocés Gerard Butler, encarnando la exigente y colosal figura del dios Set, su carácter dual poca veces explotado, y sin preámbulos familiares, obligado a vagar por el desierto por decisión del mismo padre. Próximamente, Mr. Gerard será capitán de submarino y se embarcará en un submarino en compañía de Gary Oldman y Billy Bob Thornton, o una tormenta épica titulada Geostorm.
Obsesionado por su errante y frustrado ser, se transforma en demonio crítico, musculado, hostigado por su caída y evolucionado hacia un vengativo asesino, parricida y fraticida. Antes de su malvada tarea, tendrá que lidiar con los elementos más humildes de la creación, cuando dos jóvenes de nuestra delicada especie, deambulen con su amor shakesperiano entre los designios divinos y el recorrido espiritual de sus almas guiadas por el misterioso y diseñado gráficamente al dios de la Muerte y uno de los más antiguos pertenecientes al período predinástico, el chacal Anubis, patrón de embalsamadores y maestro de la Necrópolis.

Mas, si esto no fuera poco, rodeado de un halo salvaje y exitoso, aparece la figura inconfundible del hijo pródigo como el actor danés Nicolaj Coster-Waldau, desprendido temporalmente de su triunfal y maravilloso papel de Jamie Lannister en la serie Juego de Tronos. Creciendo como mito religioso y heroico con la piel brillante y sin las alas de cera de Ícaro (otro hijo de arquitecto, Dédalo y su laberinto heleno). Los héroes de Proyas, deambulan entre el Sol y la piedra, el alma y el ídolo dorado, su alma áurea se eleva sobre el viento del Sáhara o Gran Desierto, limítrofe al poder divino y el Mar Rojo, pelean sobre la brillantez de sus escombros. Por aguas del Nilo montados en demonios, dunas australianas muy cinematográficas, trampas fabulosas para un aventurero de Spielberg, cobras monumentales de estilo anime, figuras como Caballeros del Zodiaco, el siroco de Ra y un ojo puesto en el fuego de la creación, en las alturas. Estrafalario y divino en defensa del mito, con sus rayos dirigidos hacia el futuro de la civilización más enigmática, Proyas avanza sin titubeos y con la tranquilidad apocalíptica de la convivencia entre dioses y humanos, en un recuerdo a Ray Harryhausen. Aquellos trabajos sobre Simbad o los héroes griegos, seres fabulosos y Jason con los argonautas o, en especial, una luz sobre aquella Clash of the Titans dirigida por Desmond Davis.
Aquí, el hijo cegado u Horus, tendrá la misión de recuperar la estirpe magnánima, con la ayuda de mortales y el gran Thoth interpretado por Chadwick Boseman (Pantera Negra) y recuperar su posición como deidad principal, sus ojos azules y, por encima de Ra o Rush, el trono arrebatado por su propio irreverente tío.

Para ello, el director cuenta con el apoyo de un elenco internacional, australianos varios, la diosa del amor Hathor con la actriz francesa Elodie Young y sangre camboyana, y sus poderes emocionales contra las fuerzas descomunales del "Zodiaco", escorpiones y escarabajos voladores, avalanchas y energía desbordada por doquier. El inglés Rufus Sewell como Urshu, y la pareja joven compuesta por un ladronzuelo interpretado por Brenton Thwaites (Oculus, Maléfica) y la bella amada Courtney Eaton (Mad Max Fury Road).
Y, sobre todo, la descripción gráfica y luminosa con unos escenarios sobrecargados hasta la osadía cerebral, o material (de materia oscura) y el escenario en Nueva Gales del Sur. En definitiva, texturas digitales, espectaculares paisajes o construcciones prodigiosas (o fatídicas para algunos) en los estudios Fox de Australia, remarcados con una explicación personalizada del director. Un autor hipnotizado por el poder divino de aquella especie de gigantes y su naturaleza hercúlea, así como una estirpe guerrera desaparecida, a expensas de hallar una nueva tumba sobre el verdadero terreno o el Valle de los Reyes, cerca de Lúxor. O Tébas en griego.

Puedes encontrarte algo perdido ante la experiencia surrealista, frente a toda la suficiencia visual y modificación de los términos clásicos. Semejante a disfrutar un universo paralelo o estado catatónico de la consciencia, esta historia mortal de nuestros antecesores es mágica y excesiva, esdrújula o esperpéntica, depende. Pero, vista en un contexto utópico y sobre una fantasía exorbitante, puedes divertirte con la consecución ilusoria de los hechos contados, pues se visualiza como un filme de Marvel o dibujos nipones, dentro de un teatro tumultuoso, romano o griego, con héroes interactuando y modificando el curso de acontecimientos futuros y verídicos. Y Dioses de Egipto, en su lugar establecido, desafiando las reglas del mito clásico.
Es decir, el espectador no se aburrirá lo mínimo, con esta producción desbordante, falsaria en excentricidad de la fábula y la historia verídica, de los muchos enigmas que atraen de aquella civilización colosal, astronómicamente delirante y multitudinariamente sobre-humana, un Alex Proyas fuera de todo rango y sensaciones contrapuestas, excesivas. Aspira, visualiza, sobrevive...
Tan divinamente, oye.

Gods of Egypt - Soundtrack by Marco Beltrami


domingo, 19 de junio de 2016

El Hijo de Saúl (Saul fia).


Holocausto a espaldas.
Con la X a la espalda...
"El problema es difícil de resolver. Por muchos datos verídicos que muestres en tu película, al final deberías ser consciente de que la realidad fue otra cosa. Y siempre mucho peor. Pero si al contrario, no dejas ver nada, corres el riesgo de menospreciar lo que realmente fue". László Nemes asume con naturalidad la paradoja en la que viven él y su película. Eso y su papel de director revelación. La entrevista tiene lugar justo después de la presentación de El hijo de Saúl en Cannes. En ese momento, la crítica se dividió entre los que tardaron en despertarse del shock y los que se negaron a aceptar que un debutante de 39 años, hubiera conseguido retratar el Holocausto, como nunca antes lo había hecho película alguna. Otra impactante postura, frente al peso de la conciencia, casi un año después tras ganar numerosos premios como el Globo de Oro y el Oscar a mejor película en lengua extranjera.

La guerra ha sido retratada por el cine, en muchos filmes tal que un espectáculo de masas y fuego. En la historia, un vínculo común a cualquier latitud, de los más utilizados por pueblos y civilizaciones desarrolladas (dudo de la oportunidad de esta definición) para alcanzar un propósito imposible o irracional. Conseguir implantar una determinada forma de pensar o creer, la batalla por una forma de gobierno, otra perspectiva confusa de la ideología, intereses económicos o geo-estratégicos, o la última defensa de unos ciudadanos al límite.
Así fue en el pasado y el presente, los habitantes amenazados por un régimen dominante o un dictador sádico, a un lado u otro, en el Hijo de Saúl se convierten en un vaivén difuso. Como si la cámara grabara intenciones o frustrados pensamientos, desde el fondo difuminado aunque real, hasta el plano cruel en primera persona. Una imagen que encierra el destino de millones de víctimas. El dolor y la indiferencia, porque lo peor, es todo lo que no vemos pero sentimos.

Hiriéndonos con el silencio de su protagonista en este foco disminuido o estrecho, el sonido del dolor está enmarcado dentro de los tres cuartos para el director húngaro, que nos incita a una visita poco habitual en el mundo cinematográfico actual: "El poder de la imaginación es moralmente muy importante porque no podemos recrear el horror, sólo podemos sugerirlo".
Así, chocamos de frente con el punto de crueldad del Holocausto nazi, moviéndonos con él, al centro del sadismo en una civilizada Europa de 1941 al 44, en la que la humanidad sufriría el mayor número de bajas y descrédito. Tras el aviso de la primera gran Guerra, dentro de los cinco continentes se revivieron los actos violentos con la maquinaría bélica repartida por el mundo. Pero, Nemes prefiere centrarse en la vida (pasada por el tamiz de la muerte) de un componente de los denominados Sonderkommando o miembros escogidos entre judíos llevados a los campos de exterminio, para dedicarse a la limpieza de las cámaras de gas.... y evacuación de cadáveres hasta los quemaderos de Auschwitz, u otros lugares tristes en aquella dramática y malvada Solución Final.

Hombres y mujeres sobre el camino, niños separados de sus familias y exterminados bajo el nombre de Stucke o ´trozos de carne`, despojados de cualquier valor individual en la mayor limpieza étnica de la historia cruenta de la Humanidad. Por diferentes motivos, la vía sobre la que nos trasladamos en El Hijo de Saúl es la muerte, casi silenciosa. Sólo avivada por los gritos y lamentos al otro lado de una puerta metálica.
La misma vía con que, una década después en 1955, el director Alain Resnais se servía del material incautado al régimen alemán para describir profundamente, el desastre promovido por una decrepitud racional y moral sin límites. Sin embargo, en esta película de Nemes no se intenta demostrar nada, es obvio. Se centra en la visión del espectador tal que un escape del horror, en la piel maltratada del actor revelación, Géza Röhrig nacido en Budapest, demostrando desde cualquier posición, frontal, sesgada, desde atrás, con un arma apuntándole a la sien, que todos estábamos allí..., observando el comportamiento neutro derivado del miedo, a compañeros deshumanizados y la superioridad moral de una ´raza` opresora mediante el poder de la fuerza. Y el nulo entendimiento de los seres humanos en un estado de guerra, casi permanente, sustituyendo el lenguaje y la escucha, por una cacofonía de lenguas y mentalidades que se vivió en Auschwitz-Birkenau.

El Hijo de Saúl, ralentiza nuestra respiración o congela su composición del horror en nuestra retina. Plagada de sombras y fantasmas moviéndose en el horizonte indefinido, cuando Nemes coloca la cámara ambulante sobre los hombros. Caminando hacia la muerte o saltando de su lado por una décima de segundo, corriendo por los mismos raíles que, el director Claude Lanzmann visitara con los ojos vidriosos entre lágrimas, en aquel magnífico documento gráfico titulado Shoah. Un documental esencial para acercarnos y reconocernos en las víctimas de una industria de muerte ejercida por el régimen del Tercer Reich y su intolerante figura.
Este filme se desliza por los charcos y el sudor, como ocurriese en retratos del pasado, desde La Vida es Bella (y amarga) de Roberto Begnini o la visión trágica de Steven Spielberg. Colocando nuestros ojos en las alturas más que al nivel humano, para ser testigos del recorrido de balas silbando sobre un campo de concentración en busca de un desgraciado huésped, sobre un horizonte grisáceo. Como una ráfaga de viento borrando los restos humanos en el aire y dispersándolos en el tiempo. Pero, separados de cualquier rastro de comedia o agradecimiento, porque Nemes prefiere la distancia justa, cercana al recorrido de la singularidad y el horror, o el sarcasmo silencioso.

Aquellos niños asustados, desaparecieron ante los rostros impotentes de sus padres y, entre ellos, cien mil por debajo de la mayoría de edad, de entre 430 mil húngaros judíos serían marcados, deportados o enviados a laboratorios, para usarlos de cobaya en una labor experimental que produce escalofríos. Ninguno tendría entierro digno, ni alcanzaría el camino nítido de la música de un Pianista o los rugidos de alivio en la salvación de las fieras de un zoológico, sólo lamentos apagados ante el miedo imposible de sofocar. Únicamente, inocentes que compartieron el mismo y triste horizonte grisáceo, recorriendo la misma ruta sobre los raíles abandonados hoy, como el esqueleto macabro de esa férrea estructura nazi o dinosaurio sin conciencia, que marcara las huellas de trenes a las puertas mismas del infierno. A sus inmundos incineradores y cámaras de muerte, al recuerdo de un olor nauseabundo fermentado en el odio.
El director magiar escoge la vía sumergida del trabajo forzoso, de supervivencia a costa de la riqueza de otros y el robo de identidades, de castigos mantenidos hasta el sufrimiento más inmoral, de muerte sin fronteras, si no se cumplían los terribles designios de personas como nosotros. Borrar de la faz de la tierra a un grupo o etnia por decreto. Y los dudosos pasos ante una posible opción, real o inventada, para conseguir abandonar, no un anunciado asesinato, sino, una muerte en vida, transmitida en directo.

Todo su mundo, trata sobre ese carácter inhumano que aparece siempre en el ser, aparentemente civilizado e inteligente, de aptitudes irreconocibles, o no, y el dolor de familiares que se ven despojados de todo. Incluso, de la razón o los rasgos identitarios. De torturas que no veremos, porque si tuvieras la oportunidad de sobrevivir a aquella estulticia, el recuerdo de la masacre a tu alrededor sería una colosal tarea, con las balas apagando gritos o lamentos gasificados en la penumbra, los actos ocultos de crueldad, la involuntariedad de los cautivos y compañeros de horno. Sólo producirían un eco sordo en tu memoria, tal que una decrépita fuga a la asfixia reinante y el caos. El recuerdo de una masacre que te despojó de cualquier rastro humano o piedad, sobreviviendo como pudieras. Revivir y dirigir la mirada en la actualidad, a una pesadilla que produce un dolor en el espectador tan inmenso que lo desprotege ante su visionado cruel, ayer u hoy.

Somos testigos sin mancharnos las manos (únicamente la conciencia), mientras suena la reverberación de un piano en un universo abstracto, y el traqueteo de una llegada del próximo cargamento, con la niña de rojo y el hijo sin alma, arrastra su olvido junto a millones de personas apiladas y deshidratadas. Con parte de aceptación de una población engañada o sentenciada. Son los ecos y los caminos llegados con variedad de lenguas: húngaro, yiddish, alemán, ruso, polaco, francés, griego, eslovaco, hebreo..., traductores de muerte en una Torre de Babel para nuestro protagonista (identificado en nosotros), cuando la muerte del hijo es la excusa o providencia, para alcanzar el sueño de vivir o escapar a una condena horrible. De la ideología racista e indiscriminada, ante la indiferencia de otros muchos, social o política... e intelectual. Para alejarse de aquel olor nauseabundo que persigue en la noche como una sombra de la conciencia.

Explica Nemes: "Nos obligamos a rodar de una manera muy determinada, con reglas muy estrictas. Cuando no estás limitado visual o estéticamente, el cine puede alcanzar niveles de sobre-exposición hasta convertirlo todo en un simple espectáculo de entretenimiento. Al contrario, cuando limitas en campo visual y sólo permites que el espectador alcance a ver sólo fragmentos, consigues sugerir y haces sentir algo que, creo, está relacionado con la experiencia de un campo de exterminio. Con eso y con el espíritu mismo del cine. La mirada abarca siempre mucho más de lo que simplemente se ve", se toma un segundo y continúa: "recrear el horror, sólo podemos sugerirlo. El protagonista cree reconocer el cuerpo de su hijo. Eso o simplemente la posibilidad de salvación en el abismo. De paso, reabre el debate que desde Auschwitz condena toda obra de ficción, todo nombre, sobre, precisamente lo innombrable".
Nos situamos y nos coloca el autor, a la altura de la decencia de unos ojos vacíos y su aliento entrecortado, al lado de un cerebro que piensa en cualquier posición, de nuevo en silencio. El miedo a respirar y sentir...

Prácticamente cegados por el terror y esa deshonra oculta, que sucede más allá, o llamando de nuevo a la puerta desde el pasado, en nuestros días. Sin descanso, noche y día, reviendo aquella fatídica sucesión de actividades criminales y debilidades frente a la injusticia. Sucesos a los que se veía obligado nuestro protagonista Saúl, y nosotros con él, sin necesidad de aspavientos ni trucos, simplemente con profundidad de miras y raciocinio, para mantener la calma y traducir sus miedos en diferentes lenguas y gestos, que se desprendía en aquella deshumanización calculada milimétricamente, y extendida como una execrable enfermedad mental. La maldad, que conquistaría el pensamiento único, con un veneno tan eficaz como peligroso.
Son of Saul es ese tipo de etapa en el camino, sin escrúpulos, que denuncia la debacle ética del grupo. La vía que escogemos cuando evitamos el diálogo o entendimiento entre distintos, una derivada del horror o una fuga a ningún lugar, la delgada línea que dibujamos y subrayamos una vez tras otra, durante décadas y después, en estos momentos de crisis planetaria y posturas radicalizadas. La vida de Saúl es la búsqueda de ese viaje incompleto, incompatible con la fe (la creencia sin esperanza ni alma), caminando ante la crueldad del hombre y la necesidad de un tipo de cine denuncia. Interpretado con tranquilidad de espíritu, como un autor retrata lo indefinido, el terror tras la puerta, el documentalista comprometido, el pianista sorprendido, el cómico protegiendo la inocencia, un empresario valeroso, un cuidador de zoo... o cualquiera de nosotros, dedicados a intentar que la historia no se repita de nuevo. Hoy se disputa sobre un terreno de juego, evasión o victoria, sin odios ni salvajismo entre Polonia y Alemania, gracias. Pero, con peligrosas excepciones... y gracias a un director valiente que consigue denunciar el horror y el odio, desde otro novedoso punto de vista.

Porque, como dice el director László Nemes: "No es una cinta sobre la supervivencia, sino sobre la realidad de la muerte. La supervivencia, de hecho, en la realidad de los campos es mentira, nunca se dio. Si acaso fue una mínima excepción. Me molesta cuando las películas del Holocausto insisten sobre un hecho extraordinario como el de salvarse. Mi personaje lo intenta, pero lo hace a la desesperada. No hablo de cómo se escapa del campo, sino de una huida interior".
Espero que logremos escapar a ello... y que nunca más, se repita.

Son of Saul Soundtrack - László Melis


Klaus Nomi - The Cold Song

Cinemomio: Thank you

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