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domingo, 11 de diciembre de 2016

Double Feature: Peeping Tom/The Texas Chainsaw Massacre

Peeping Tom.

El cine, tras un periodo de frecuentes sustos para nuevos clientes al terror, se embarcaría en historias con el rostro de monstruos clásicos o esas figuras de nuestro pasado asustadizo que emergieron de las fábulas. Los seres salían de las retorcidas leyendas hacia nuestros miedos intrínsecos o los vaivenes de la sociedad, ante la miseria, las guerras o la enfermedad. Después, el trauma infantil se preparaba para la salida a un mundo de amenazas históricas a través de las carnicerías, envueltas en una extrema crueldad bélica, hasta la llegada de otros seres acechantes desde el cielo, que sugerían invasiones procedentes de otros mundos desconocidos. Pero los ojos del miedo, el retrato pavoroso del ser humano, se enfocaría en algo mucho más vecinal y peligroso, aquellos horrores propios del hombre y su extraño comportamiento social, que se empapaban con el sudor frío, el escalofrío ante unas manos sin mácula, el latido convulso de la angustia en la sien, el gesto de la frágil víctima ante un rostro conocido, el horror en los humanos poros de nuestra piel, lacerada, consumida...
Los nuevos criminales de estas jóvenes generaciones de aficionados al terror, ahora poseían un tratamiento de choque mediático, con el impacto visual de algunas acciones enfermizas en la pantalla, gigante, colectiva, foco de pesadillas... que residía en la obtención del terror a través de una fórmula violenta y cercana, el placer culpable y el pecado, la mirada conceptualmente depravada, la psicopatía.

La nueva línea estaba trazada dentro de esas mentes, ya desde los años incipientes de la imagen en una sala a oscuras, con acercamientos al mundo del Fausto de Murnau, la mesa devastadora de Browning, el doctor de Wiene o los estilizados cuadros de Lang, reflejando en fotogramas ciertos trastornos producidos durante la etapa infantil o educativa, en manos de tutores irresponsables o voces discordantes con sus anomalías frente a la sociedad, denominada normal. Eran mundos alejados de la protección, colectiva y privada, o confusiones derivadas del exceso, como el cariño paterno/materno-filial, que podría producir graves complicaciones en una edad más adulta.
En esos momentos, el miedo se camuflaba en las sombras y una osadía sin parangón, se traducía en una capa de lúgubre inteligencia que se anticipaba varios años, con irrespirable atmósfera que nos conducía a terribles historias personales, noticias envueltas de trampas visuales, iconografía de culto para cinéfilos, pero solventadas cinematográficamente por unos equipos solventes o jóvenes con pocos medios, pero mucha imaginación. Todo al servicio del suspense, como el Maestro y su universo cinematográfico, cuya atracción procedía de lo oculto, lo sugerido o insano, el riesgo impregnado por impactantes imágenes, silencios o el acecho tratado desde diferentes perspectivas. Luego, tonalidades de color manifestando un malestar social más llamativo, y un nuevo enfoque del dolor que se reflejaría invertido sobre el interior de alguna mirada futura.

La pantalla comenzaba a estar manipulada para el espectador, resabiado en la novela negra, quizás por ello, Truman Capote empieza a escribir con sobresalto A Sangre Fría. Así, aparecerían cintas como la homónima firmada por Richard Brooks en 1967, Frenesí en 1972 (doce extensos años tras la presente) o El Estrangulador de Boston de Richard Fleischer en 1968, que tenían aspectos básicos de aquel cine expresionista, con nuevas texturas y obsesiones; fijándose en comportamientos traumáticos o desviaciones sexuales de complejidad psicológica, de actual relevancia, que comenzarían no obstante en Psicosis. Causados por un desviado carismático, antisocial, criado en ese ambiente extraño u opresivo de la infancia, semejante a un tipo de individuos perturbados que ya dibujaron genios cinematográficos y narrativos como los nombrados anteriormente.
Pero, las primeras películas de color con excrecencias metafóricas, a distintos traumas sugeridos por la infancia y agónicos gritos de las víctimas, observadas en la oscuridad, tendrían un desarrollo problemático asumiendo las dificultades de ciertos rodajes o la utilización de repartos o equipos, diríamos, aún no tan profesionales. Pequeñas aventuras independientes que se enfocarían en el impacto y la sorpresa visual, o el concepto estratégico y sugestivo, en un auténtico devenir para esos técnicos y actores, impregnados en un ambiente cinematográficamente extraño o terroríficamente imaginativo.

Esta sesión doble, de horror humano, se basa en aquella mirada prohibitiva, a veces nauseabunda. Sobre todo, bastante marginada en el aspecto cinematográfico, que se fraguó a base de golpes, caídas, carne lastimada y lágrimas de miedo, frente a unos ojos inyectados en sangre, que salían de la pantalla a nuestro cerebro.
Aquellos primeros minutos en pantalla estaban cargados de simbolismo y avisos de peligro, señales encolerizadas en rojo sangre, que producían una erupción de sensaciones o angustias, metáforas dramáticas ante el crimen más enfermizo y ardiente. Desde óculos sin vida aparente, que observan tras un velo frío, traspasando a estrellas fulgurantes que derraman su aliento en brazos incandescentes, afilados e infatigables, sobre la pantalla desmembrada o nuestra controlada, brillante y azulada existencia.
















"Fotografía a color, una época de terror".

El Sol como un gran ojo avizor, convulso e indiscreto, se convertía en esa especie de bestia que amenazara con golpear incansable sobre todo a su alcance. El gran ojo, abierto a las visiones o pesadillas más hirientes, salvajes, descontroladas, sobre la concepción del ser humano, el tránsito del mal y el dolor. Fuera de toda comprensión metafísica o la propia fe en el cine, durante aquella novedosa etapa fílmica o experimental.
Una apuesta de los jóvenes artistas en desarrollo, hambrientos de nuevas experiencias, por crear una atmósfera claustrofóbica alrededor del hombre y su violenta escena mediática, ya sea en un barrio gris de Londres, un motel apartado o una llanura polvorienta de Texas. Ejecutanto los primeros pasos de una carrera que se desarrollaría a golpe de lente deformada, el sudor frío ante diferentes problemas técnicos o el retrato angular de ese miedo escénico, frente al propio espejo, límite entre la vida y la muerte.


Gracias a esa observación profunda del comportamiento criminal, la audacia y ciertos golpes de efecto, basados en la perspectiva visual o la construcción de personajes extraños, se coquetea con la familia, los muros del placer y el sexo, la carne en descomposición, los ojos de pánico... Fundido en rojo, un Sol amarillo nos alumbra o una figura retorcida, que proyecta una sombra de nosotros, de la mente. Este es el diseño...
Pero antes, en el 1960, nadie estaba preparado para un impacto semejante, ni años después, un adolescente en un programa doble, que ya estaba acostumbrado a Cosas procedentes de otros mundos, vampiros de Düsseldorf más terrenales u otras demoliciones monstruosas de la británica Universal o la Hammer. Claro, que vista hoy, El Fotógrafo del Pánico y su tono metafórico, posee matices irreales, como casi todo ante el panorama del crimen y el salvajismo actual.

Esos personajes parecen una caricatura en las miradas actuales, quizás, derivadas desde la perspectiva icónica, el ritmo de la fiera con piel de cordero, silencio, o los movimientos modernos de la cámara. Pero, aquellos escenarios, paisajes o platós elaborados, tenían la intención obsesiva de llamar nuestra atención y revolvernos en la metodología criminal o agresiva de un ser depravado, nunca visto antes. La cámara se convertía en una zona de batalla, agónica y violenta, del próximo cine que busca elementos extraordinarios para llamar la atención sobre el peligro, infundir el miedo y mantener el suspense (más que la sangre, por ahora) y adentrarse en la manipulación de conciencias, lejos de aquellos enfoques imaginativos. La historia agravada, en sintonía con un resultado final que impactara, más allá de la exhibición gráfica o este dibujo amoral sobre la mirada humana.

El director británico natural de Bekesbourne (Kent) Michael Powell, entre narcisos negros, zapatillas rojas y otras óperas, se alejaba de esas experiencias coloristas, notas mágicas, de un pasado amateur pero extraordinariamente profesional junto a un emigrado Pressburger. Donde su mirada recalaba sobre un escenario estudiado para captar la enfermedad y el crimen, en su aspecto más directo, enrevesado y agónico, como un alarido a oscuras en mitad de una sala de cine, buscado a propósito o devuelto por esa atmósfera experimental. Las increíbles secuencias a inicios del sesenta, moldeaban su fisionomía particular e influencia, en algunos aspectos terroríficos que se mantendrían en la retina del público, muchas horas después y hasta décadas. Eran pequeños puzzles del comportamiento, agravados por la perspectiva de la víctima indefensa pegada a su espald, como diminutas piezas de un museo de los horrores que no para de crecer, expandirse desde la pantalla blanca hasta nuestra mirada, sorprendida, aterrorizada... También algo diluida en determinados conceptos, aptitudes psicopáticas y distanciadas temporalmente de ciertas experiencias actuales y digitales, como toda buena obra de culto a 24 fotogramas por segundo.


Peeping Tom, tomaba su nombre de una leyenda, que trataba sobre el matrimonio de Lady Godiva, zambulléndose en lagunas olvidadas por su marido y en desnudez cabalgaba en favor de los necesitados, mientras Tom El Mirón o El Voyeur en francés, desde su escondite la observaba. Surgido en un posible desarrollo educativo más traumático de la infancia, o esa obsesión de mirar a través de un agujero a escondidas, hasta que el tubo mecánico o la máquina terminó captando la última expresión del horror y el dolor.
Para ello, creo que intentaba alejarse de las víctimas, objetos en identidad aparente, cuya selección sería fuera de aquellos patrones habituales para el cine clásico y los repartos lujosos de cánones esbeltos y rostros de porcelana, con la extraña laxitud de Anna Massey (El Rapto de Bunny Lake y también en el Frenesí desquiciado sexualmente de Alfred Hitchcock) y la escocesa Moira Shearer, conocida en otros bailes coloristas.
El miedo podría resultar, como así fue en nuestra experiencia visual, más real y cercano, tanto como el aliento caldeado sobre una ahumada y expectante lente. Sus consecuencias lesivas se ilustraban en la perspectiva. Del observador contemplado que acecha a unos ojos que, a su vez, no saben que les miran a todos, o sí... es una película. Un bucle inabarcable entre espectador, artista, personaje y director.

Peeping Tom, o Tom el fotógrafo mirón, se obsesiona con aquella leyenda de Lady Godiva, desnuda y maternal, en sus cabalgatas íntimas. El voyeurismo llevado al extremo, tan de moda en la época actual, y que,tantas veces, ha retratado el Séptimo Arte o la Literatura en general. El poder de un individuo sobre la vida de otro, contando una historia áspera y cruel, pero con un punto macabro en la conducta que encierra un paralelismo entre vida real y la reflejada por la cámara de cine. Un estereotipo de la enfermedad visual o la atracción enfermiza.
Powell contrató como guionista a un polímata y criptógrafo sobre la Segunda Guerra Mundial, llamado Leo Marks, con la intención de captar esa esencia del horror, en esas pavorosos momentos donde la vida pierde sentido en las fauces de un engranaje peligroso o patología. Sin inteligencia ni medida, el dolor era la misión de la fotografía de un profesional clásico como Otto Heller, que no pasaba desapercibida o escondida tras una banda sonora algo desmedida (también propia de la siguiente visualización, a continuación...) y servía para ofrecer a Peeping Tom, una conexión electrizante y elaborada con la obra genial de Hitchcock, o cierta desazón estructural con la película de Antonioni, Blow Up, basada en la obra de Julio Cortázar, Las Babas del Diablo.


Foto de Set, La Matanza de Texas.

Por contra, ante la violencia desatada, para sugerir cierta independencia del asesino o recalcar el aislamiento, el director Powell se centró en la posición y el objeto, apartado de ese espíritu endiablado o enfermo. Filmó los rostros, exagerados o neutros, entre él y nosotros, de las víctimas en relación con el protagonista, un actor austriaco llamado Karlheinz Böhm que viajó de Sissi a Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis o Los Hermanos Grimm, y reflejaba cierta profanación con su gesto alejado de la imaginería o el tecnicismo de escuela interpretativa junto a Rainer Werner Fassbinder. Más visceral y cercano al viejo expresionismo alemán, pero muy distante y extraño visualmente para un simple voyeur cimatográfico.
Peeping Tom es una aventura visual y conceptual, marcó el nombre de la banda de rock Peeping Tom, y significó una especie de picante pimienta para Placebo. Qué de Pes...

The Texas Chain Saw Massacre.

"El Recuerdo Sensitivo"

No recuerdo exactamente, la nueva visión me hace viajar al pasado de mi juventud... cuándo y dónde vi por primera vez la película de terror La Matanza de Texas o su completa definición eléctrica The Texas Chain Saw Massacre, de un joven de veintiséis años llamado Tobe Hooper... pero sí reconozco que, su visceralidad y profunda carga simbólica, me produjo una profunda impresión y desasosiego interior. Por sus inicios al Solcon una expresión de la muerte (que hoy se asemeja a las poses artísticas de la serie Hannibal), el caracter del noticiero, pues desarrolla unos actos de ficción que tienen una base en individuos demasiado reales y dramáticamente desagradables, y su marcado estilo de raíces documentales o episódicas.

Ha pasado, otro día de Halloween y vuelvo a visionar el horror del pasado, el género que ha menguado un tanto en imaginación y calidad artística (salvo excepciones como The Witch), ante el salvajismo imperante en la sociedad actual y los borbotones sin medida. Ahí, se hacen patentes otras características que sorprendieron (lo siguen haciendo) por el cariz amateur de la cinta o el aprendizaje de una aventura que llevaría a parte del equipo a las grandes producciones de Hollywood. El director natural de Austin, Tobe Hooper (La Casa de los Horrores, Poltergeist) era también, productor y guionista de la historia, uno de aquellos aprendices, en iniciático transporte a la ciencia ficción y el terror.
Ya lo presagiaba igual, unos títulos de crédito en rojo encendido y luminosas letras de color amarillo chillón, que tapaban ligeramente los ramalazos energéticos de un Sol encolerizado, como la mente de un asesino, una bestia que nos observa en la distancia, ocultando su violencia aparentemente. Antes, de los borbotones actuales de sangre en una matanza digital.

Una carta de presentación como road movie, encerrados tal que Diligencia en el Oeste (¿recuerdas John, la amenaza, el peligro...?), plagada de personajes extraños e inolvidables, porque sugerían un temblor mecánico. Calor, carne de corderos y sangre alocada en una van de colegas, rodando sobre los campos pajizos de la calenturienta Texas, fluidos sobre fluidos (menos de los que la memoria contemplaba por aquel entonces), piel y huesos desparramados, una última cena deforme y sádica, algunas sonoras estridencias en la banda musical, extrema como el tratamiento de seres inteligentes... tal que si fueran carne de vacuno en un matadero, con sonido eléctrico de black metal. Sin embargo, ni gota de notas roqueras ni sangre, sólo gritos y color de Serie B...

Claro, el tiempo ha pasado como decía la canción, y los encefalogramas planos se transforman en una especie de curiosa o simpática caricatura, a veces, una burla... del miedo y de nosotros. En su evolución, singularmente descuidada y enfermiza, preside la ´descuidada` ambientación, el sudor de un equipo en pleno verano de rodaje, el esfuerzo por mantener oculto, la sorpresa gigantesca del horror y, sobre todo, todas la texturas de la época, que invaden nuestros sentidos o despiertan sensaciones, que van del cariño por aquel cine, a los motivos repulsivos que nos despiertan, aún hoy. Y alguna sonrisa, que identifica La Matanza de Texas con el cine independiente de siempre o los recursos imaginativos bajo nuestro inquieto cerebro.
Recuerdos que se han deshecho, como la piel seca y macilenta, desprendiéndose en una matanza que ha incitado la mente de muchos otros equipos y directores de otras generaciones posteriores, próximos al slasher más truculento, los jóvenes de mentalidad dudosa y los primeros pasos en esta aventura que significa una carrera profesional en el Séptimo Arte. Aunque sea en un género vilipendiado, a veces, como el terror.

Tobe Hooper era joven, astuto y necesitaba una aventura fílmica, años en la universidad y cámara de documentales, aunque mucho interés por destacar en el cine. Posiblemente, leería sobre el real Ed Gein y se lanzaría en furgoneta, tras muchos quebraderos de cabeza, a la carretera en persecución de sus sueños, tal que una Diligencia destartalada y ruidosa con John Wayne de jefe, si Ford a las riendas se lo permitía..., sin parches, formando parte del reducido habitáculo, sudando al vapor, la locura y la tensión de una odisea junto a aquellos personajes. Actores al filo del extremo y el secreto de un rostro de cuero. Sí, una aventura demasiado cercana a la realidad, al menos, en un rodaje.
Así como, el mismo Steven Spielberg había logrado el acercamiento al psicópata, con su Diablo Sobre Ruedas de 1971, Sam Raimi visitara el infierno diez años después en Posesión Infernal o George A. Romero con su Noche de los Muertos Vivientes en el blanco y negro de 1968. De la misma forma que muchos otros de otras generaciones lo intentarían, independientes especialmente, logrando un éxito que multiplicaba por 100 la inversión desembolsada inicialmente y abriendo las puertas de nuevas aventuras peligrosas en la industria de los sueños. Todo ello, se puede percibir con el tiempo, en la cinta The Texas Chain Saw Massacre y sus múltiples texturas, sensaciones y secuencias.

Junto a la cultura y la vida rural de Texas, definida o mitificada en sus raíces profundas en el terreno cinematográfico y salvaje, del mundo ganadero y sus instrumentos. Frente a la mentalidad de una parte de nuestra sociedad, el secretismo familiar de la enfermedad y el castigo, los hábitos alimenticios, la sensación pegajosa, la juventud y sus alaridos de terror... próximamente en sus pantallas. Esta magia del cine transforma nuestro pensamiento con las sensaciones más extremas que interpreta Mr. Hooper a la perfección (slasher sí, excepto derivaciones estilistas propias del nacimiento de un género en expansión paulatina) y la recreación de los espacios claustrofóbicos. Incluso, gotitas de un screwball en las persecuciones finales...
Así, diríamos que esta Masacre de la Motosierra, viene avalada de imaginación, verídica mala baba, mucho ambiente insano y un universo enfermizo mentalmente, dirigido a nuestros sentidos:

Los Sentidos del Horror, empiezan en la mente.

Empiezan en el interior de nuestra cabeza, hasta completar los cinco, frente a individuo nervioso y que precipita el malestar, con sonidos y respuestas erróneas. Se palpa la densidad de la cabina, el olor del sudor y la sangre brotando de una pequeña herida o corte, las burlas de los chicos de ciudad, pero sin estridencias. Una risa nerviosa que es antesala de sus males.
En sus fotografías no se detallan los conceptos del miedo, sólo una angustia que procede del consumo de la carne y el desagradable aspecto, simplemente... una parte de la familia que no conocemos ni sentimos aún.

Cuando te acercas a la gasolinera, entre efluvios de gases inflamables y una tienda cochambrosa, puedes empezar a olfatear su miedo, apenas intranquilidad inicial. Hueles a sitio cerrado, a polvo y hueso, a agria muerte que se concentra en reducido espacio, a cuerpos poco aseados y vertidos poco agradables. A pólvora, a serrín humano y otras notas impregnadas entre un motor y el cuero.
En ese momento, de ruptura silenciosa y cortante como una explosión nuclear, a falta de gritos de compañeros, aparece él, el mismo diablo con máscara para ocultar su identidad o la belleza no correspondida, se acerca gruñendo con el motor de su sierra eléctrica y sus pesados zapatos sobre la madera, la plasmación sustituida por el consumo, se apaga el proyector, se cierra el telón... el Horror ha llegado.

La vista es el órgano que más directamente llega a impactarnos, porque lo que viene a continuación, es sadismo y necrofagia, es una educación privativa en un ambiente rural y aislado completamente, salvo tiernas visitas. Es un golpe seco sobre el cráneo o un deslizar del gancho entre tus vértebras, crujidos sobre la mesa y luego más silencio. Luego, la fiesta de lo macabro con una invitada nada agraciada y la visita del patriarca, una especie de Nosferatu que no puede con su alma, ya casi terminada.
El tacto, claro, es el contacto con la motosierra. En el término se mezclan las percepciones, la habitación del pánico y el ático de Psicosis, cacareos de gallinas y abusos de gallitos, la calma chicha antes de en un auténtico infierno de carreras, oscuridad en la naturaleza, belleza agreste, gritos de una final girl despendolada, tiros y roturas de cristales, fealdad contra hermosa juventud, chistes y bravuconadas, un monstruo caricaturizado hasta hacernos reír, una avalancha de precipitaciones visuales, carretera y manta... y el tacto para mantener la tranquilidad subjetiva, tras la cámara.

La maldición intelectual contra los protagonistas, haría difícil su contratación en el futuro y su participación en la película, traería sorpresas del tamaño de un espeluznante Leatherface o el actor nacido en Reykjavik, más que encasillado y desaparecido hace un año, Gunnar Hansen.
El paso siguiente en el viaje profesional del equipo, varía entre sus participante en la masacre de Texas, como la estigmatización de la película y sus influencias posteriores en el slasher, convertida en culto por los incondicionales del género, o adquirida con el tiempo en otros foros culturales, aunque fuera despreciada en aquella época de mediados de los 70. El resto es mítica del crimen y leyenda del cine de terror, envuelta en problemas de mantenimiento y materiales, anécdotas referentes a la aparición del monstruo en escena, y con el paso de los años, la repercusión o trascendencia de un cine que, difícilmente volverá. No independiente, sino mecánico y grabado en celuloide, con sus texturas y colores, con su fragancia a enfermedad y vicios temporales, un toque de comicidad (no sé si buscada) y ciertamente repetitivo en las secuencias últimas, la estridencia sonora que, hoy, podría eliminarse, extralimitada y descontextualizada música, como en muchos filmes de eras pretéritas dentro de la historia del cine...

Ah, para incluir una postura polémica... los depredadores existen y algunas lenguas (con cierto tino), apuntan a que La Matanza de la Motosierra de Texas, posee un consentimiento con la violencia de género o el tratamiento narrativo de la mujeres en escena, pues el posicionamiento contra las víctimas fue tachado de "machista", por su sufrimiento y... especialmente con las tomas sexistas o comentarios en la famosa gasolinera. Ante el cine actual y gore, esto sería un tomado como un chiste, macabro.

Tráiler Peeping Tom, de Michael Powell:

Placebo - Peeping Tom.


Tráiler The Texas Chainsaw Massacre:

martes, 22 de noviembre de 2016

Train to Busan.


De purga a Busan.

Este es el relato de cinco aventuras extrañas para el ciudadano medio de una gran ciudad. En ellas, se producen encuentros siniestros o atracciones extremas con diferentes presencias, que van desde la fantasmal y clásica de Curve (de una calidad más que discutible) u otras variantes sobre un terror más variopinto y ecléptico.
El accidente con consecuencias dramáticas es más habitual, como hemos podido comprobar en las últimas producciones, más allá de una simple emotividad debido a las diversas lesiones (aunque la tragedia en la Curva es bastante infumable y tópica) e interpretaciones lineales como el escaso calado narrativo. Luego, pasando por un derrame disfuncional, monolítico, más bien granítico, que nos atrae a una Profundidad impaciente y húmeda, similar a otras gargantas del pasado. Por lo tanto, algo risible como la creatividad de un obseso escultor e inquietante tal que agujero parlante y activo sexualmente con el título de Deep Dark. Para continuar con una intrusión hemoglobínica de consecuencias lógicas para la joven protegida en su mansión y atacada por los típicos trastornos agorafóbicos y una serie de invasores, delincuentes habituales o Intruders (no aquella del director de Tenerife , Juan Carlos Fresnadillo para despistarnos con la repetición del título, sino dirigida por un novel Adam Schindler) con el título original de Shut In.

Pero en la trilogía de la Anarquía o La Noche de las Bestias, dirigida por el neoyorkino James DeMonaco y producción de Blumhouse, existe una solución drástica a los males adquiridos en una sociedad totalitaria, semejante a las purgas ejercidas en regímenes populistas y represores, tan en boga hoy en día. Todo empezó con una familia de cuatro miembros, hijo e hija, la madre interpretada por Lena Headey (300, Juego de Tronos) y un extrañamente perdido Ethan Hawke, entre actividades moralmente reprobables con envoltura de slasher, argumentos inverosímiles y dudosos sistemas de seguridad. Mientras, las calles se convierten en un hervidero de descerebrados violentos y regueros de sangre en aumento. Luego, vendría una Purge II, algo más anárquica y divertida, encabezada por un agente interpretado por Frank Grillo, protagonista también de la siguiente y última Purga Anual, en protección de una senadora contraria a las ejecuciones públicas e individuos ávidos de sangre, más allá de la reflexión ideológica y política.

En definitiva, la trilogía The Purge es una cabalgada inquietante, que provoca más que satisface visualmente, festividad de perras callejeras en tiro al ´pato` y linchamientos de disfraces que involucran a diferentes capas sociales u otros monumentos representativos de la sociedad norteamericana, reino del caos callejero y calcado de otras latitudes, entre bostezos de espectadores obnubilados con este cansancio sangriento y demasiado frecuente... aunque en la batalla final, se desarrollen los contagios sociales, el acoso mediático, la resistencia anti-purgas y esa cercana similitud con otros movimientos contemporáneos y agresivos.
Simplemente, para una cinéfilo desconectado con la realidad, este panorama desolado de violencia incontrolable, provoca una incontenible necesidad de quedarse encerrado en el hogar. Silenciado en el sofá, ante la ventana justiciera y mediática que convierte individuos en puro instinto inhumano, quedo materializado en... arruga de manta. El baile sin brillo de las elecciones o la Purga III: Election Year.
Me quedo con el surrealismo y descoloque, ante una vagina hablante...


Tren a Busan.

Pero el verdadero motivo de esta visita a la muerte o comentario por el horror, tiene un único destino. La estación de Busan, un enclave metropolitano gigantesco, próximo a la cosmopolita ciudad de Seúl (Korea del Sur). También, un gimnástico o contorsionista recorrido por las vías del tren de alta velocidad, con contagiados a toda leche, mordiscos y ñoñería a troche y moche.
Próxima parada Busan, en manos del piloto Yeon Sanh-ho experto en otras animadas hecatombes, ya que el cine coreano siempre ha intentado sugestionar a la población con las más terribles amenazas o contagios víricos. Con un recorrido peculiar de la cinematografía oriental, elaboran productos sugestivos dentro del género de terror o la ciencia ficción, rodando en sentidos diferentes a la marcha de otras películas más efectistas que atractivas conceptualmente. Sobre todo, en el mercado norteamericano no independiente.

Sin embargo, el impulso de la sugerencia va perdiendo su fuerza ochentera, en favor de desconectados viajes por el miedo actual y menos imaginación en el equipaje técnico. Esto es, se abandona el clasicismo y se olvida esa especie de poesía diabólica o gráficamente artística de maestros anteriores. Por ahora, decidí aceptar el riesgo y embarcarme en este Train to Busan, ávido de contagiarme con una producción de calidad y buenas críticas en festivales del género.
En sus vagones, alargados indescriptible y caprichosamente, se rescata la enfermedad vírica como motor de la marcha, menos sangrienta de lo esperado, y determinada por factores químicos que aceleran la fuerza y los movimientos, semejante a películas de juegos víricos como Resident Evil y fatídicas World War Z, y muy inferior al Amanecer de los Muertos, los 28 días o semanas después de Fresnadillo, again, o tantas otras variantes actuales; por consiguiente, de mayor velocidad en las transiciones y desmemoriados ataques de montaje algo caprichoso. Igualmente transita por algunas cualidades evolucionadas, que intentan revitalizar el género de zombies, como tumultuosos efectos o comecocos en masa, pero cayendo en modernas técnicas que estilizan y no dejan huella ... ni a bocados.
Sin embargo, el director coreano Yeon Sang-ho, no busca salpicaduras exageradas ni desmembramientos, prefiere relanzar la marcha vertiginosa y algunas incongruencias espaciales en la perspectiva. Con compartimentos inquietantemente estirados y separados con la farsa de un simple tirador, trampas en la composición de secuencias encadenadas y efectos de luz, intencionadamente maniqueos, intentando alejarse del gore y adentrándose en una caprichosa oscuridad.
El Tren a Busan, aunque arrollador, inicia una marcha pausada, identificando bien a los personajes y los primeros fragmentos familiares, antes de la terrible sorpresa y golpes de efecto. Con una vía de trampas sucintas, entre estación y estación, que confunden los sentidos del espectador, como cerrar de ojos inyectados en sangre o inertes, curiosamente atraídos por ruidos infantiles.

Este contagio comenzó en algún lugar de la memoria, quebradizo como la personalidad de sus protagonistas coreanos, con un recuerdo infantil de mi cinefilia, sobre amenazas desconocidas, visitantes o informes de otras épocas, que invadían los andenes de la cinematografía mundial. La supervivencia del héroe forzoso o la resistencia, más o menos organizada, de una humanidad en peligro.
La muerte roja sobre rieles malditos o infectados, el miedo de inicios de los setenta que procedía de la indefinición (quizás por la temprana visualización en televisión o un cine de barrio), atemorizados por una reliquia del pasado. Nada que ver, con patologías actuales y ciencia anatómico-forense más moderna, sino con la siniestra aparición de unos ojos iridiscentes (no tan encolerizados como los de la juventud), que captase un director español como Eugenio Martín (de filmografía folclórica y aventurera en coproducción)y generador esencial de inquietud juvenil en nuestra sensible mente y el terror hispano. Además, de ser la cinta ganadora del premio al mejor guion en el festival de Sitges en 1972.

Pánico en el Transiberiano u Horror Express, en sentido contrario a Tren a Busan, pues era una muestra clásica de cine fantástico sin pretensiones apocalípticas. Tan solo otro reflejo divertido del mal, que entroncaba con visiones de la productora británica Hammer, u otra película silente que estaba rodada con más imaginación que medios avanzados en edición o efectos, a pesar de tratarse de una co-producción financiada entre Inglaterra y España, y contar con la intervención estilizada de algunas estrellas de la época como Helga Liné, Alberto Mendoza, Georges Rigaud, Julio Peña o la espectacular Silvia Tortosa. Telly Savalas aún no evolucionado en mediático Kojak... Ah, claro y dos estrellas del cine fantástico, imprescindibles para comprender el terror pretérito y añorados por los aficionados del planeta, Mr. Peter Cushing salido de un barrio humilde del viejo Londres y el mundo del teatro, e hijo de la nobleza británica, deportista y enorme actor, Sir Christopher Lee, que genealógicamente entroncaba con inglés célebre como el escritor Ian Fleming.
¡Qué recuerdos cinematográficos! ¿verdad?
Pues bien, el miedo o el suspense, recorrió centenares de millas en el tiempo, saltando continentes desde aquella jornada en París en que los Hermanos Lumiére estremecieran y llegaran a espantar a una sorprendida e incipiente clientela de sus asientos, hasta arribar a la moderna Corea del Sur. Un camino por escuelas europeas, o directores geniales como Alfred Hitchcock, que también retratarían el terror o el mundo criminal en trenes atravesando fronteras en guerra y el misterio trepidante sobre andenes en blanco y negro, o technicolor. Recorriendo infinitos claroscuros a 24 y vagones sombríos, enfoques en nieblas o volutas caldeadas de vapor.

Hasta el mañana, que hoy es una distopía apocalíptica, donde la memoria acaba nutriéndose de cientos de ataques a ferrocarriles por el desértico y lejano Oeste, atracos mafiosos en estaciones de una gran ciudad o hazañas bélicas saltando por los aires. Que identificaron al tren con el espionaje moderno y la mitología cinematográfica... silbando entre humo, llamas y las ruinas de un diabólico puente.
Décadas después, el horror y el gore, han infectado las pantallas con incursiones sangrientas en un ambiente ferroviario, a través de asesinos despiadados, psicópatas depravados o las fauces de distintos seres o fueras sobrenaturales. Despreciando la vida de sus viajeros... o con verdadero interés en sus almas, fluidos o proteínas de sus cuerpos.
Así, en la siguiente parada, rumbo a festivales de terror y ciencia ficción como el de Sitges (raramente estrenada en Cannes), los gritos de pánico se filtran entre el traqueteo de este Train to Busan, ahora más silenciado por la potencia eléctrica y contagiados con parálisis nocturna. Si bien, los jadeos se incrementan en una estación cercana a Seúl y unos hechos que prefieren la acción desmedida o, diversos saltos desconectados con el argumento.

Trayendo a colación nuevos virus o extraños casos verídicos, de somatizaciones ultra-violentas, quizás, debido al consumo de sustancias que potencian la agresividad o el grave aumento de actos terroríficos en nuestra sociedad, con un cerebro enfermizo. Sin duda, un peligro nocivo que va en aumento. Entonces, la película coreana se pierde en el exhibicionismo contorsionista (como maestros de la expresión corporal) y decanta por la evidencia, con demasiados socavones provocados dentro del lineal argumento, clichés de una sociedad que marcha por el mal camino o mentalidad nada compasiva.
Hacia el apocalipsis y más allá, pues el término deviene bruscamente en una moralidad que se transforma en moralina lacrimógena, con una vía muerta e infantil. Por eso, jóvenes, yo que Uds. no me haría muchas preguntas durante el visionado, ni se escrute el motivo de ese estallido de violencia, incontenible como manada de búfalos cruzando un río de cuerpos. Ni ese estiramiento de espacios o la compresión de cerebros en su interior... o por descontado, el porqué de unos individuos tan hambrientos y deslavazados, con tanto interés por viajar en ferrocarril de alta velocidad...

He dicho que no te cuestionaras la marcha del filme o las sacudidas de su guion... Bueno, al final (como en la algo superior Snowpiercer...), el motivo es la diversión, pero descafeinada, como ñoña canción. Y transportarnos sin pretensiones a un ambiente enfermizo de la sociedad actual, con falta de valores y desprecios por el otro. La velocidad aislante de la narración, como constante en nuestros pasos diarios buscando el siguiente tren, sin mirar atrás...
La sangre del tipo RKetchup negativo y una expresión fatídica de efectos visuales que destierran a nuestros muertos vivientes del pasado cinéfilo, acercándose demasiado, desgraciadamente, a las montoneras de la guerra mundial Z. Antecesor de segunda incursión ´zómbica` (se rumorea que al mando de las hostilidades y Brad Pitt, podría estar David Fincher). ¡Vayan sacando sus billetes y relamiéndose a oscuras, si queda alguien vivo en este tren!

Tráiler Marea Negra (Deepwater Horizon), de Peter Berg:



Tráiler Into the Forest, de Patricia Rozema:

lunes, 14 de noviembre de 2016

El Hogar de Miss Peregrine para Niños Peculiares.


¿Quién es un niño raro... little Burton?

Peculiar: Que es propio, característico, privativo o singular de una persona, animal o cosa. Especial, poco frecuente. Extravagante, raro.

¿Pero... qué significa ser peculiar?
En el caso de la literatura o el cine, se podría denominar así, a algo o alguien que se diferencia del resto, con la técnica o la imaginación. Que no acostumbra a hacer lo habitual, crea lo particular o posee una visión de las cosas... digamos, extraña, llamativa o contraria a los demás.
En el caso de la infancia de un director de cine llamado Tim Burton, peculiar era la composición de sus mundos imaginarios, profiriendo las escenas más dramáticas para llamar la atención de sus amigos o vecinos de la ciudad de Burbank (California) y contar sus historias terroríficas, con el apoyo de sus habilidades artísticas como la escultura, el dibujo y la pintura, o el retrato en movimiento. Él, suele admitir que, en la niñez se preocupaba por mantener esa separación con sus amistades y sus gustos cinematográficos por el arte gótico (de la mano siniestra de Roger Corman, el expresionismo alemán, la poesía de Allan Poe, el stop-motion de las criaturas de don Ray Harryhausen o la legendaria apariencia de Vincent Price...), para ofrecer una imagen peculiar de sí mismo y sentirse diferente a los chicos de su edad. Al menos, hasta ser contratado por Disney y dirigir su primer corto animado, una genialidad conceptual conocida por el idolatrado nombre de Vincent.

Definitivamente, esta conjunción abriría las puertas de la creatividad del joven Tim, para desarrollar historias con personajes introvertidos o rechazados por la sociedad. A veces, seres repulsivos o monstruos en la fachada, pero con un gran corazón.
Normal que, tarde o temprano, la obra del novelista de Maryland y director, Ransom Riggs (autor de una serie de cuatro libros ya y The Sherlock Holmes Handbook), se acercara a su visión cinematográfica y le tentara con introducirla en su mundo misterioso y fantástico. Burton quiere volver a ser aquel niño, en ocasiones.
De esta forma, miramos atrás para amarrar las cosas que olvidamos en el camino o quedaron flotando en nuestra memoria, como una fantasmal mansión cubierta de niebla al anochecer. Jóvenes de espíritu, que tienen la intención de cambiar la realidad dramática del presente y sumergirse en otros reinos más imaginativos. Abrir uno de los muchos libros o novelas juveniles, descubrir a los ´supuestos` monstruos de su interior, como por ejemplo, Miss Peregrine's Home for Peculiar Children.

Pero, durante ese tránsito al pasado y revisión estética, se puede caer en la reiteración de ideas o repetición de ciertas costumbres o usos visuales, como si fuera una película que aparece a diario, como una pesadilla, remarcando los pasos dados y desperezándonos con el mismo sonido de nuestro despertador. Una y otra vez, hasta la desesperación y el cansancio, o incluso, una pérdida de sentido o perspectiva.
Tim Burton, últimamente, parece estar sometido a estas condiciones y proposiciones, envuelto en un sutil bucle que enlaza con los personajes de antaño y aferrándose a la misma cuerda conceptual, con la que jugaba de niño.
Se emociona, mirando un casería lúgubre, una piel pálida o el ascenso de un globo atado a su muñeca; por ello, sus pensamientos y raíces, quieren regresar de nuevo a su carrera fílmica, una y otro vez. Esperemos que no acabe cavando, su propia tumba...

La adaptación de El Hogar de Miss Peregrine para Niños Peculiares, entronca con su pasado diferente, un universo oculto y fantástico, donde el romanticismo esta en manos afiladas de lo improbable, prototipos de la creación onírica, naturaleza gótica o muerta, mascotas y niños sensibles, héroes oscuros y villanos más aún, maestros de lo cutre, fantasmas con o sin cabeza, seres de lugares apartados y exóticos, corazones circenses y familiares, novias ingrávidas o cadáveres, música y otras posibles maravillas...
Quiere ponerse en el punto de vista de sus jóvenes protagonistas y recorrer los mundos imaginarios que les rodean, combatir las peculiares amenazas, el tiempo que le quede a ese Hogar de Miss Peregrine, regentado por una niñera bella, sombría bajo los ojos claros y esbelta en traje de época, como Eva Green, y también algo desaprovechada en la interpretación.

Mr. Burton, entonces, se enfoca en aquellos primeros paseos de cámara de la infancia y establece conexiones o percepciones sobrenaturales con su mitología cinéfila o literaria. Románticamente siniestra, poética de la muerte o de un barroquismo abstracto, pero confusamente dinámico en esta ocasión. Esta es la décimo-octava visita a fantasmagóricas mansiones y extrañas criaturas (antes de Beattlejuice 2), buscando esos efectos tenebrosos que atraigan nuevos cómplices, o la comprensión de viejos amigos. Capturando con su ojo vidrioso, la sonrisa de consecuencias endiabladas o pasados retorcidos, como los tirabuzones de una época pretérita que crecen en un esqueleto.
Ahora y hoy, nos hallamos con una historia sobre los cuidados épicos y los lazos que unen en la diferencia, con una Mary Poppins de negro y mirada procelosa y vigilante, que protege a unos huérfanos singulares o discretos, al menos, fuera de sus juegos habituales en el patio trasero... de la realidad.

Ella es legítima y culta, ligera y oteadora, con su vestimenta renacentista de encaje. Con la imagen siniestra de una Eva Green, poco adaptada al medio y a estos elementos mágicos, que acaban desdibujando su tarea divulgadora y reparadora a los niños diferentes. A falta de más concreción en la historia y unos personajes más desarrollados peculiarmente, la película enraizada con la cultura y la vida en las aldeas de los años 40 y, también, con los géneros literarios juveniles que dibujaron personajes magníficos e inolvidables de nuestra niñez. Cuentos fabricados sobre antiguas leyendas o elementos clásicos del terror y los temores de aquella sociedad. Como aquella Liga de Hombres Extraordinarios de Alan Moore, aunque en tamaño más reducido y sugerente, a priori... porque, hoy, parece más ajustada su acción desenfrenada con unos animados mutantes, desgraciadamente.

Eva es la mujer de negro, casi completa, definida por las transformaciones fisionómicas a lo Lady Halcón y tocado victoriano. Con una tendencia protectora a ciertas manipulaciones argumentales del tiempo narrativo, pero, como Miss Peregrine defrauda en parte, aunque evoque al pasado más lejano del director norteamericano y sus legiones de criaturas extrañas. No profundiza en la personalidad del personaje, ni sus numerosos guiños o referencias visuales al ayer, en gris ceniza y verde de Green, que nos enamoraron de lo extraño o genuinamente distinto en el pasado. Especialmente, tras aquella escena romántica imposible, que unía la mortalidad pálida con unas manos en forma de tijeras, o el mágico camino de un hombre con grandes agallas e historias para los nietos futuros. ¿Recuerdas, aquel Big Fish? Algo así ocurre aquí, con el personaje interpretado, levemente, por Ella Purnell (Nunca me Abandones, Intruders), implícito en su nombre, el acercamiento a él, a través de su pasional relación con un Asa Butterfield (La Invención de Hugo, El Juego de Ender), soplando y desinflándose al unísono.

Pero, ¡ay el tiempo! Que nos manipula y cambia las reglas reales y físicas más elementales. Qué traicionero, pues traspasa el conocimiento de los hombres comunes y convierte esa peculiaridad del comienzo, algo mágico y sugerente, en una característica, no por secreta, ya vivida. Menos sufrida que anteriores etapas esenciales del cine bartoniano, aunque de mayores magnitudes históricas; tal que la segunda gran guerra mundial y los referencias actuales a monstruos con tentáculos de un apetito poco común y peligroso.
Todo comienza en la época actual, con un joven confundido, testigo de un dramático suceso familiar y posterior viaje de la luminosa Florida a la isla (próxima a Gales), recomendada en viejos libros o documentos escritos con la imaginación de su principal valedor. Allí, intentará despejar la incógnita de ciertos problemas genealógicos, en favor de la ciencia del comportamiento o, la psicología descrita en fenómenos o freaks. Dicha iniciación con los problemas familiares, será un encuentro pretérito con la historia de aireadas o profundas raíces, socavadas con el silencio, la marginación y las bombas de la aviación nazi.

Para desentramar este árbol troncal olvidado, deberá nutrirse de recuerdos ajenos y otras vivencias increíbles, por alturas o hasta el fondo de su corazón, menos confuso que su mente. Frente a la figura paterna y su continuidad literaria, o los habitantes separados de la paciencia o los poderes especiales. Juntos, pero separados, intentarán despejar dudas y nuevas amenazas hambrientas con las fauces maquilladas de Samuel L. Jackson, si sus movimientos no impiden descubrir su envolvente realidad paralela y secreta. En ella, están los jóvenes actores y otros británicos importantes como Chris O'Dowd, Rupert Everett, Judi Dench o el gran Terence Stamp.
En este hogar o mansión encantada, las constantes vitales permanecen en sentido contrario a las manecillas de un reloj, para terminar con el romanticismo maldito del pasado. Esto es lo más destacable, en un filme de Burton que, empieza a hacer aguas, bajo el manto demasiado cálido de Miss Eva al intentar dar cuerda a la historia, predominando la acción infructuosa. Hallows y caricaturización de Mr. Jackson aparte, antes de otros personajes como visitante en Unicorn Store, La Isla Skull de Kong, un muy animado samurái o el Nick Fury de Vengadores: La Guerra del Infinito.

Los niños peculiares (en las formas no el fondo), juegan al ritmo de la Twentieth Century Fox más moderna o el guion adaptado de Jane Goldman (Kick-Ass, Kingsman o la primera generación de X-Men; ahora se entiende), y ejercitando sus habilidades con música arreglada por dos experimentados compositores como Michael Higham y Matthew Margeson, en numerosas bandas sonoras del cine actual. Aunque se vaya desinflando entre otros movimientos sonoros y problemáticos giros argumentales en el último tercio, que enmarañan y acaban rompiendo el hilo del espectador... adiós bello globo, nos volveremos a ver...
Ir y venir de monstruos sin brillo, efectivos más que esenciales, livianos esfuerzos entre el romance y el suspense, alrededor de la única trama que se eleva e intenta permanecer unida... amor de juveniles protagonistas y el pretérito cinematográfico de Burton... Por cierto, cada vez más crecidos y atractivos, para el otro género.

El terror clásico de la literatura, finaliza en un baile confuso de fechas y heroicos hechos, a golpe de efecto. Que, tan solo alimentan a latentes corazones, en lo diferencial, como Eduardo, el caballero negro y su novia en cueros, cadáveres, el pescador pescado o incansable Ed Bloom, o ... aquel amor dramático e imposible de Ed Wood por el cine...
Hasta que todo salta por los aires, en espera a otras aventuras (sobre la city londinense o una capital más oscura), acorde al concepto mitológico y románticamente siniestro de Tim Burton. U otro latido, vaya Ud. a saber...

Florence + The Machine performing Wish That You Were Here (Miss Peregrine Soundtrack)


Tráiler Animales Fantásticos y Dónde Encontrarlos, de David Yates.


Rogue One: Una historia de Star Wars, de Gareth Edwards.

sábado, 12 de noviembre de 2016

Del Mar de Árboles a Swiss Army Man.

De océanos de árboles y otras brisas.

Hace algunos años, era más intransigente y declaraba con sentencias irrevocables. Sin embargo, el paso del tiempo te confiere otra perspectiva, o lógica más acorde con la situación en el presente o el aprovechamiento de esos escasos amaneceres que nos restan por vivir y aprovecharnos de los bellos paisajes que nos brinda la naturaleza.
En definitiva, seguir adelante, aunque la propia vida te lo ponga difícil en algunas ocasiones y vayas sin rumbo.
Así, aquellas decisiones tomadas por alguna razón de peso, confirieron un sentido determinado a nuestra vida e irán modificando los pasos dados a continuación, hasta un lugar incierto. Ya sea a través de un receloso mar de árboles, interminable y laberíntico como purgatorio de Minotauro, o un trasbordo surrealista que nos lleve a algún remoto lugar de nuestra conciencia. Una vía onírica, como el cine.


Por este camino sugestivo del cine, particularmente, me enfrasqué con una determinante y lógica postura, hacia un viaje con visos de derrota previsible, pero con la narración que ayudara a contemplar una visión distinta sobre este mundo globalizado y voraz, flotando a mi alrededor. Semejante a un espejismo de plasma, que anticipa una reflexión interna sobre esos comportamientos sociales, menos lógicos o viscerales, más propios de náufragos o suicidas de la mente. Muchos, cansados por un peso mayor a sus espaldas, denominado culpa.
En más una razonada ocasión, esas decisiones fueron injustas o erradas, elegidas por vientos en contra. Por ejemplo, en la visión de distintos artistas de la cinematografía, como el director de Louisville Gus Van Sant, a quien siempre reprobaría su, inapropiada como innecesaria, versión de esa obra maestra de Alfred Hitchcock llamada Psicosis. Tanto que me decanté por ignorar su trabajo posterior, sobre todo, a raíz del visionado en 2003 de aquel tratado sobre la violencia juvenil o Elephant, defraudado por su estilizada mirada del horror y esa irreverencia juvenil, trasladada a la pantalla como belleza estética. Hoy, he claudicado en un mar de árboles.

En el otro lado, de esta redención crítica, cuando un personaje no te cala y esperas que el joven intérprete crezca, para poder identificarle con otros papeles posibles y su calidad profesional, como Daniel Radcliffe... a veces, sucede una transformación física, a golpes. Como un potente navío, dispuesto a cruzar los límites de la imaginación y ese costumbrismo visual. Son dos agujeros negros de mi pasado cinéfilo, que han quedado sepultados en la memoria, sumergido en sus últimas producciones. Pues no todo en la vida permanece inmaculado y perfecto, según nuestro cambiante pensamiento. Es decir, que la vida sigue por ahora, y como ella, las decisiones pretéritas no durarán para siempre.
Pilotando el horizonte, con los bolsillos repletos de fariseísmo, se puede comprobar la división de dos caminos posibles hacia esa redención, real o imaginaria. Por mares y bosques, uno se dirige firmemente sobre los restos de un naufragio realista y la tragedia más desesperante, que no aparecería en nuestros peores sueños; el otro se envuelve en un mundo irreal, hasta el jardín de una casa privada. De percepciones surrealistas o reflexiones adornadas con ruidos y quejidos procedentes de nuestro interior. Dos ramificaciones distintas, pero con curiosas verosimilitudes... al menos así lo percibo.
















The Sea of Trees.


Gus Van Sant, el nombre prohibido de (Kentucky), anduvo por mi mente como un vagabundo durante mucho tiempo. Perdido, desde aquellos primeros trabajos destructivos como Mala Noche, Drugstore Cowboy o Mi Idaho Privado, en territorios que abrían nuevas perspectivas inteligentes en el planeta cine. Hasta la caída a los infiernos de una colorista fotocopia, desviado a una posterior redención envuelta en hojas suicidas y ecos desgraciados del pasado, tal que resurrección de un autor maldecido por cientos de lenguas y miradas inquisitorias.
Fuente de dardos venenosos y con motivos razonados, hoy es salvado tras las dudas o imágenes adornadas de una violencia próxima,
Así, alentado por sus dos protagonistas principales y cierta curiosidad sobre un posible planeo por la filosofía oriental, también paseo por la vida y la muerte. Creo injustamente vapuleada, hasta hoy, me sumergí, vigilante, en un océano de verdes y poco contaminados senderos (no he visto El Bosque de los Suicidios en una variación sobre el mismo tema), para asegurarme que una actitud intolerante, sirve de bien poco en esta exánime existencia. Si bien, algunas circunstancias te sigan doliendo... para siempre.

A diferencia de otros conceptos intangibles, como la propia conciencia y el paso del tiempo, esta perspectiva de El Mar de Árboles, se extiende en una sola dirección o realidad, sobre el perdón y la culpa. Un paso adelante, contra la decepción incontrolable y convulsa, que te puede jugar una partida tan macabra, como un suceso increíble.
A veces, en un recodo, toma la dirección del viejo Hollywood o de artistas tan humanistas como el director nacido en Sicilia, Fran Capra. Y sus múltiples fantasías conceptuales (aunque sin su característico humor) sobre la redención. Gus Van Sant se entrega en The Sea of Trees, a un cuento, fábula laberíntica o espejismo de pasiones, que bucea en estas terribles decisiones que llevan al ser humano a erigirse como un vulgar egoísta. Un ser tan despreciable interiormente que toma uno de esos caminos más complicados, y nada utópicos, en una odisea o pesadilla vital que recapacita sobre la propia resistencia al sufrimiento y el dolor. De la mano de un artista incalificable conceptualmente, como los diversos rostros de Matthew McConaughey, en su imagen creciente del anti-héroe.

Una situación hiriente y claustrofóbica en plena naturaleza, en el parque nacional de Aokigahara en Tokio, a los pies de un volcán de frustraciones y pasos errantes, que te sumerge en la muerte como un océano de árboles, y se extiende como una ruda y tensa soga, lava del Fuji con un corte afilado como la imaginación, o un sueño profundo a raíz de un bote de pastillas, todas del mismo color y único efecto.
El resto, es el espejo sobre el que mirarse o confesarse. En la decadencia de una sociedad enferma, o retrato de unos individuos enfermizos, que Gus Van Sant identifica como cadáveres en vida o esqueletos vivientes, nos inunda con melancolía, rabia y una vía, tan infranqueable, como la mala suerte, encarnada por un personaje enfermizo y bipolar interpretado por Naomi Watts. Pero, frente a la indecisión del cambio, se propone la mirada de un consistente actor como Ken Watanabe, que suaviza un drama encadenado y demasiado doloroso por una sucesión de errores, silencios y agravios.

Motivo de la sinrazón, el egoísmo y la falta de comunicación, frente a nuestros seres queridos, surge esta historia en comienzo depresiva, con un entramado de conclusiones aciagas y vidas errantes que, al término, camuflarán la terrible realidad con una capa invisible de espiritualidad, frente a esa comodidad de nuestra vida para amoldarnos a las posiciones más venenosas. Igual de decadentes que una excursión accidentada, de parados, por el recuerdo de la pérdida. Una etapa cruel al corazón de la humanidad... sobre esa cosa llamada amor.
Por tanto, el Mar de Árboles espera, sigiloso, a otras víctimas despedidas por el deseo cohibido o la desgracia personal, en forma de odisea fantástica o cuento de redención, sin campanillas caprianas ni risas. Excepto, un mínimo encuentro con el adorable George Bailey, el perdón en carne propia, o esas indigestas fechas que nos pueden encaminar erróneamente, hasta la falda de un volcán. Incandescente como nuestra memoria. Pues, el pensamiento oriental sobre la mortalidad y su postura con ciertos tropiezos vitales, transfiere una especie de redención del su orgullo o el honor de antaño, dónde se embarcaron miles de individuos por distintos oceános, batallas perdidas y mares de culpas. Penalidades imprevistas, a la espera de una respuesta, como un negativo de Frank Capra...

Una historia que rellena algún hueco, un campo de batalla de heridos corazones, tirados aquí y allá, demostrando que el perdón puede y debe existir. Al menos, tras un traumático y sugestivo encuentro con ella, la bella Naomi, encarnada por el espíritu japonés de Mr. Watanabe y su tañido invisible, aún inaudible, intangible... mágico y redentor, a pesar de un repentino y innecesario golpe en forma de flashback. Una voz improductiva o conciencia repetitiva, cuando hubiera sido mejor el silencio y nuestra comprensión individual.
En la misma balanza, que el futuro de este comentario, las lágrimas en el rostro de Mr. McConaughey en el filme, se transforman en una resistencia al infortunio y el dolor, esto es, la esperanza como posibilidad de una nueva línea, tan necesaria e intangible como esa felicidad inalcanzable. Hasta que los árboles, nos hablen de nuevo... o una pequeña flor en la roca.

Swiss Army Man.

Parece lo mismo en algún sentido, incluido el natural, pero tan diferente como un suicidio que se representara a una broma pesada.
Dos creativos procedentes del clip musical (Dan Kwan y Daniel Scheinert), ahora directores de largometraje, se embarcaron en este viaje surrealista de Swiss Army Man, que produjo más huidas en Sundance 2016 que desertores en una batalla, en un increscendo sonoro. Se acompañan de dos personajes (e interesantes actores para grandes travesías futuras), embarcándose en una extraña mezcla de recuerdos, viscosidad vital y gases de ultratumba.
Otra odisea personal, en el mismo sentido del cine metafísico, aunque dirección opuesta. Un filme que comienza en esa difícil travesía de la vida y propaga un contenido más surrealista, menos dramático que el océano anterior... más bien, la metáfora de una pesadilla jocosa.

Sobre una playa, donde el existencialismo se vuelve confuso y la realidad, efímera como la vida y la muerte, los mensajes se precipitan a la nada más surrealista, irrisoria, en busca de esa respuesta que indique el camino a la salvación, o la comprensión. Esperando, hasta que ya no aguantas más, resbalas y retumbas con el sonido del más allá, sobre la orilla.
Mientras, el ancla que se aferra a la tierra, te avecina un episodio imposible con un nuevo combustible utópico, mientras tu realidad se transforma en un complejo rompecabezas, como fichas de juguete para la construcción imaginativa. En esta encrucijada con el techo natural de una caverna o troncos adaptables a tu historia, sobreviene el mensaje con la sonoridad saliente de unos alicaídos pantalones.

Cubierto de arena empapada, de posiciones inverosímiles y efectos sanadores, se reciben los recuerdos en forma de deseos surrealistas (más que verosímiles), como fuentes inagotables de sapiencia sonora, conexiones con la conciencia, sexo unidireccional a la deriva y, a bordo, de un amor no correspondido, que nos llena de indecisiones o flatulencias supersónicas. Hola, otra ola... Ya estás al otro lado, en la frontera del realismo exagerado y la tragicomedia. Tu cabello revuelto, con el ´viento` en contra... algo descolocado en la vida, por cierto.
Bajo las mismas premisas, el mar no cesa, tan desconcertante como son las simpáticas embestidas de la vida (en contraposición con el océano anterior), miradas de dos personajes, improbables... o no. También, sueños de su propia salvación, aunque se hallen con el agua al cuello y la vista puesta en una existencia pasada. Swiss Army Man, son luchadores de los futuros errores de su existencia, o fallecimiento prematuro en una lengua extraña, algo soez.

A propulsión hacia la redención o a esa increíble realidad a la que nos deparan las imágenes y sonidos, en la próxima hora y media, provenientes de nuestro interior. Otros dirían zafiedad o truco sensacionalista.
Por tanto, nos encontramos con dos actores en crecimiento disfuncional y paralelo, el vividor fatigado Paul Dano y la fatiga viviente Daniel Radcliffe, como alicientes conceptuales de una estructura cinematográfica, poco vislumbrada con anterioridad... sorprendentemente cómica o, más bien, cubierta de desfachatez irónica. Algo inusual, tal vez digerido, en algunos casos o sentidos, dentro de la filmografía de Luis Buñuel o algún que otro dadaísta, que ahora no recuerdo, abstraído por un tapón monumental en mi cu... conciencia desvariada.
Bueno, al grano... el muerto al hoyo y el vivo... o viceversa. No sé.

La pareja de directores, y sus imágenes interpretativas, tratan de sostener algo tan inconsistente como la brisa o una ventosidad. Aunque persista en el tiempo y el espacio aromático, como ella, la dichosa parca. Una, loca, sonora o imaginativa (a gustos), con forma de verborreíca existencia y pálida instantánea, para proclamar que el individuo, no es nada, sin nadie a su lado. Tan solo, una conciencia cinematográfica que critica, sin saber la razón o la manera de lo expresado. Un muerto viviente, que salió de la cueva y que se ríe como un tonto, entre tanta incontinencia y falsa realidad, en cualquiera de los sentidos, o percepciones.
Un trozo de carne, que aprende a sentir, o a huir a escape... no lo tengo claro.

Lo reconozco, no he entendido el fin, sino el principio de todo. Somos seres vivientes, con ganas de terminar, o náufragos cambiantes. Patrones de lanchas a motor fueraborda que indican el extravío mental, o un regreso de la uniformidad y la falta de congruencia, muertos de risa que se convierten en héroes a la fuerza, depredadores devorados por la fantasía enfermiza... mientras otro voraz plantígrado se ceba con el actor que representa al ser humano, o el ser tras la máscara. Sólo sé, que no ´peo` nada.
Mr. Dano, crucial estrella, es el náufrago que vaga dentro de nuestra cabeza, indeciso y débil, un pedazo de carne que atraviesa el horizonte en una cabalgada enloquecida y desconcertante, hacia un abstracto Daniel Radcliffe... o más bien, encima de su abstracción. Este último decía en THR: “Fue genial y original, emocionante y completamente loco, y diferente a todo lo que he hecho o leído. Me encantó el reto físico, lo doloroso que podía hacer que pareciesen las cosas". Es una evidencia, este, su trabajo en la película.

Es posible que, si no has visto Swiss Army Man, te preguntes: "de qué narices, habla este hombre". Me refiero a mi aportación, claro. Y, te respondería, más que excrecencias nasales y otras señales incipientes, expreso una sorpresa como pocas, fijación por otras partes de la anatomía humana, pongamos por ejemplo... ojos ´perdidos` en una isla, bocas ´de riego` por aspersión, antenas ´para-bolicas` que te dirigen a casa, otros miembros manejados por un maestro de marionetas (en la sombra), pezones que crecen al compás de las olas y la memoria, gargantas profundas y propulsoras de recuerdos, oídos que escuchan pero no comprenden, lenguas viperinas de televisión... y únicos y sonoros... traseros inquietos. Tal que timorato o locuaz provocador, ano de ideas y pasiones diarreicas. ¡Puff, perdón!

Al otro lado de ultramar, allende los mares, aparece una tragedia individual, que amenaza con convertirse en global. Un guion cubista en manos de los mismos autores, idóneo para crear islas solitarias o boyas de señalización al peligro, con una banda sonora de Andy Hull (camarógrafo en la historia soñada) bastante tarareada.
En su irascible incontinencia verbal, la actriz o musa Mary Elizabeth Winstead (Scott Pilgrim, Calle Cloverfield 10), es una invitada a esta producción rodada en Los Ángeles con producción de Blackbird y Cold Iron Pictures. En busca de los paraísos creados o imaginados bajo nuestra celda cerebral o efervescente necesidad, tras los pasos de un hogar, tan inconsistente como una recreación de la verdad. Concluyendo, la desagradable existencia del temeroso en imágenes creadas con efectos especiales y sonoros, una mente sin amor ni amigos, que se mira al ombligo de un muerto, con el silencio de una cueva abandonada o musicalmente rimbombante como cuesco de difunto... es decir, con la compañía y consejo estimable de un compañero de fatigas flatulentas y otras músicas.

Swiss Army Man, podría ser un cambio de aires, tan necesario como la demagogia intestinal del mundo real, mientras otros manejan los hilos desde la sombra y se carcajean con ocurrencias locas. Somos, Dany el muñeco diabólico con el pompi al aire, y surcamos velozmente las marcas de un pasado fotografiado en las redes sociales... hi doll, of black mirror... somos los efectos disfuncionales de un tsunami psociológico, un engaño como los especiales creados en el cine, entre la familia propia o la novia de otro... el futuro riéndose de su fallecimiento.
Ahora, sí que lo confieso, estoy intentando una táctica envolvente, para decirte todo sin decierte nada, porque Swiss Army Man, puede ser todo o nada, como pedo de distintos animales o sus fluídos excretados, convergiendo en polvo estelar o mierda espacial, en una montonera tratada por el director del siguiente videoclip, que se identifique con una nueva estructura que es la misma, el estiercol de la vida.
Un nuevo crecimiento, arraigado sobre lo que fuimos... o un marronazo mayúsculo que huye a escape. Sin saber cómo llegamos hasta allí, o hacia dónde nos dirigimos. Como los excrementos de aquellos dinosaurios.
Una interesante armada de difuntos... no suizos, sino mundiales. Porque, personalmente, prefiero el surrealismo al realismo suicida.





sábado, 5 de noviembre de 2016

Broma Asesina, Kubo y... ¡Perritos Calientes!

Héroes de Ayer y de Hoy.
Los cuentos y los tebeos, aunque diferentes en estratos culturales e históricos, fabulan con los miedos intrínsecos del ser humano o representaciones fantásticas de la mitología de antiguas civilizaciones, adaptadas a la sociedad a la que representa en cada instante.
Por ejemplo, en la disparatada película titulada Sausage Party o La Fiesta de las Salchichas dirigida por la dupla Greg Tiernan y Conrad Vernon (en aparente superficialidad), se juega con esa doble concepción de la Humanidad, dividiendo la vida en ambos planos metafísicos y teológicos, en que los dioses se convierten en mortales y los humanos toman la forma de alimentos, colgados en las estanterías de un supermercado, y con sus curiosos cerebros esperando una dramática solución final, a sufrimientos sexuales o extraños comportamientos que provienen de ancestrales temores.
Esta dualidad, universal como la física, posee una curiosa derivada hacia la comedia del arte, más o menos, fetichista, humorística, trascendental y enmascarada. Que se define en las características de esos animales provenientes de la fábula o filmes de Walt Disney, como héroes sacrificados o villanos, y se amplifican en caricaturas con la épica actual de novelas gráficas o los animes de la cultura japonesa.

Por tanto, este es un comentario dicotómico sobre la naturaleza humana, pero más concretamente, un abanico animado que airea diversas facetas de la animación clásica para adultos. Que iría, desde las tiras dibujadas de los tebeos y los héroes comunes, a la concepción manual del denominado Stop Motion y las expresiones de la cultura oriental en madera o papel. Hasta una vuelta de tuerca adulta a los conceptos tridimensionales y la animación digital moderna. Muy recomendable.
















Batman: The Killing Joke.


Sátiro: se dice de aquella criatura de la mitología greco-latina, mitad hombre mitad carnero, que representa las fuerzas esenciales de la naturaleza. Junto con las Ménades forman el cortejo dionisíaco, para deleitarle con música y baile. Con tendencias bisexuales, no confundir con los faunos de la cultura romana y sus patas de chivo.
Hombre lujurioso o con tendencia a lascivia sexual. Mordaz, propenso a zaherir. Amante de personas más jóvenes. Violador.

El título de esta cinta de animación dirigida por Sam Liu, un habitual del universo DC y creador de storyboards sobre el hombre murciélago y de otras series, se basa en la novela gráfica del mismo nombre, delineada por un dibujante gráfico como Brian Bolland, coloreada por John Higgins y delimitada conceptualmente por el mismo Alan Moore en 1988. Regresando a sus orígenes criminales con Desde El Infierno o una inmersión monstruosa y radicalmente oscura en V de Vendetta, John Constantine o La Cosa del Pantano, como anticipo a una carrera nutrida, en parte, con las vicisitudes de los sufridos héroes con fantásticos poderes y sus convulsas relaciones, desarrolladas en Watchmen o La Liga de los Hombres Extraordinarios. Su última parada, el próximo año, con el guion de Justice League Dark, en la reunión de ambos mundos.
Por tanto, con sus aptitudes satíricas, bufonescas o histriónicas, algo chistosas, como desquiciado bufón. La némesis de Batman, el Joker de The Killing Joke, es un ser grotesco y peligroso. Eso sí, sus juegos duales, le conceden un singular privilegio ante los seguidores a los cómics y las películas de superhéroes poderosos o dominadores de una tecnología punta. La traducción tendría dos ramificaciones argumentales, sobre la marcha, una que consiste en la broma que nos hará morir de risa, otra, una psicótica referencia a un criminal despiadado o asesino, con tendencias burlescas y todo tipo de artefactos o trucos, incluida, la distorsión de la mente humana.

Allan Moore vio retrasada su obra, por diferentes problemas, y se centra en la vida anónima, hasta ahora, pasada y privada de un villano en crecimiento, como la apertura de sus comisuras, mostrando sus terribles orígenes y su primer encuentro, tragicómico, con el ser llamado Batman y su compañera, más sexual y polémica que nunca, llamada Barbara Gordon o Batgirl.
En su camino a la primera plana del crimen de Gotham, el Joker decide atacar al jefe de policía, James Gordon, con dos terribles consecuencias motoras y psicológicas para padre e hija, desde su escapada del manicomio Arkham a un siniestro y surrealista, viaje al asesinato por las atracciones y el mundo circense del freak, que bien reflejara Tod Browning, en aquella magnífica obra maestra de 1932.

Su predecesor Red Hood, le confiere ese lado mafioso y organizado, dentro del caos familiar, mientras Batman en primer acto, se enfrenta a una tirante relación, triangulada, con tintes admirativos, aunque prohibidos para la salud. Una pareja que se subdividirá en cuatro formas distintas, personalidades reales y secretas, entre capas apiladas o entremezcladas, ante la debilidad por sus sentimientos, puestos en el filo del juego, criminal o sexual...
Barbara, llevará una transformación forzada, extendida en el n.º 23 de la serie Suicide Squad de 1989, en la que Moore transmitiera la siguiente explicación: «Le pregunté a los de DC si tenían algún problema respecto a la evolución del personaje de Batgirl en esa época, recuerdo hablar con Len Wein —editor de la obra— y escucharle decirme que "dejara lisiada a esa perra". ¡No haré más preguntas, señoría!

Batman: The Killing Joke, basada libremente en la obra de Mr. Moore, es una prueba de la animación determinada hacia el público adulto. Con características más sopesadas para un vehículo habitual de dibujos o superhéroes, territorio con personajes suavizados hacia la infancia. Algo deformado en los comienzos de las epopeyas clásicas, conceptualmente enrevesado, tal y como el dibujante Mr. Bolland definiera sus líneas y el escritor británico de Northampton, los resortes argumentales de esta Broma Asesina o Mortal.
Una historia atípica sobre el famoso caballero de la negra capa y orejas de murciélago, avizor, también o especialmente, sobre su chistosa antítesis, en dirección contraria que confunde sus realidades filosóficas y humanas en la sociedad, como el odio, la venganza, en contraposición, con su aspecto colorido y su humor sarcástico o cruel. Pues, el Joker alimentado por un acervado malestar personal, se convierte en la ácida némesis, del héroe y de sí mismo, sobre los focos de un desangelado escenario, más frío y triste, que la irreal conclusión a priori. Tim Burton se enamoraría de sus dobles encantos, para su adaptación cinematográfica de Batman, por que: "... aunque nunca fui fan de los cómics, siempre me ha encantado este mundo cruzado del héroe ennegrecido y el villano cómico".

Tiene una cierta inclinación animada, que ha servido de referencia para diversos videojuegos, en Batman: Arkham Asylum y su secuela Batman: Arkham City, con la vestimenta o la repetición de diversos diálogos, o servir como cruce argumental o crossover, entre varias series como: Batman, Batgirl, Batman and Robin, Catwoman, Detective Comics, Nightwing, Red Hood and the Outlaws, Suicide Squad y Teen Titans.
De ahí radica su encuentro atemporal, al igual que la memoria accidentada de ambos o carácter enemistado entre Batman y el Joker, reiterando en el futuro sus encuentros, sobre la dualidad existencial con la risa y el éxito. O, la oscuridad mental de un asesino, con rasgos de payaso profundamente amargado, sádico chistoso, eléctricamente atractivo. Pero, a través de un trastorno psicológico, alimentado por la figura oscura, a la que culpabiiza de su trágico silencio e incipientes bromas pesadas, contubernios con negocios dudosos y otros accidentes dramáticos, que marcarán su personalidad, al otro lado del espejo deformado. Reflejos del hombre (monstruo) pretérito, tras su ámbito profesional o familiar, donde el, aparentemente, luminoso clown y el otro hombre de éxito, solitario, podrían llegar a confundirse en el cerebro. Bien y Mal, entregados y cogidos, de la mano y una sonrisa del destino.

Otra parte, se dedica a la evolución de detective y víctima, entre una serie de choques inesperados, por una Gotham City amenaza de bandas organizadas y el peligro exponencial de padre e hija, siendo apartados del caso por distintas vías. Un ambiente invadido por la acumulada frustración del pretérito cercano, cuando el terrorismo acecha tras la puerta y el desenlace, es un secuestro con ensoñaciones tortuosas y otras sugestiones de la conciencia. Donde el caballero oscuro tendrá el último enfrentamiento, bastante circense con un maestro de ceremonias jocoso.
Batman al rescate de un amigo o invitado especial a ese parque gótico y diabólico, de espejos y cuchillos, contra los esbirros que son fuente de la inspiración ¨jokeriana` o una chistosa imaginación hecha para hacer el mal.
Por consiguiente, coexisten dos planos dimensionales en The Killing Joke, con el héroe malherido y su némesis espoleada por el odio, en una realidad y, simétricamente, una fantasía conceptual. Es el dibujo de archienemigos u hordas de freaks, defensivas legiones de la risa insana, provocando, tocándose y riéndose, de ellos mismos, como el protector y el Joker. Hasta el fin, frente a frente, tal que el brillo de un turbulento amor entre bestia y compañera aliada de vuelo, bajo una obscuridad ajustada a sus cuerpos.
La perfecta Batgirl y su próximo devenir en la tierra... Atacada por un repertorio de chistes sin brillo, o con ofuscación, se enfrentará al crimen abominable, la provocación y el carisma enfático de un psicópata. Comodín desfigurado y sus deformes de feria (algo desdibujados o sin peso escénico en el filme), pues estos acólitos al servilismo de la sonrisa asesina, son unos esbirros de circo que se sentirían despreciados, por un agravio comparativo con los del cine real.



Si bien, el filme posee una animación más estilizada, manteniendo las constantes del cómic y entregado a esos rasgos personales del anti-héroe, sus líneas son tensas como la sexualidad de un héroe. Su visión radica en una determinante apertura a la violencia más sangrante, sin costuras y, a la recreación de múltiples problemas psicológicos entre el cuarteto protagonista. Como la enfermedad mental o posturas enfrentadas sobre la justicia y el orden, pero, por encima de todo, la venganza personal. Por ello, sus dibujos finales son una expresión surrealista en forma de pesadilla existencial o alienación del cubismo, debido a aquellos rasgos innatos de una mente victimista y peligrosa. Igual que el viaje final de 2001, es una puerta dimensional a un terror escénico de la Humanidad.
Por tanto, prevalece la antipatía frente al héroe perfecto, o la inseguridad oculta en un disfraz,para demostrar una posible apatía, desesperación, cariño, depresión o crueldad a prueba de ácidos, donde Joker es sarcasmo en persona o sadismo hecho dibujo animado.
En algunos aspectos desconocidos, hasta ahora para Batman y su universo de sombras en la animación, los colores tintan una historia contra el crimen, atractiva y fluida (salvo pocas escenas de acción que disminuyen algo su nivel técnico, o probablemente, una ajustada financiación). Y la evolución de un cómico, venido a menos... ¡o más! De monologuista deprimido a un cambio drástico y definitivo de su apocada personalidad, evolucionado químicamente a estrella de este show, o ¡el Joker!

Punto final. La risa subyace en el trasfondo individual de los personajes. Unos perdiendo su punto de apoyo o base familiar. Otros el físico o la razón indispensable para sentirse un ser completo, o racional, semejante a una gran burla de consecuencias inesperadas que se apodera de la última escena y nuestro mundo. Convirtiéndose en el foco neurálgico y dual, de este circo humano, de risas y sombras, o viceversa.
La Ciudad Gótica seguirá siendo testigo de sus métodos inhumanos o desviaciones masoquistas, que persiguen su caos y la destrucción implícita del mito legendario, con forma de murciélago. Bajo vigilancia, a carcajadas...
The Killing Joke logra ese propósito básico de entretener, manteniendo las pautas de la serie animada para televisión, pero aumentando la capacidad de sorpresa, con altas cuotas de secuencias ultraviolentas. Más, un mensaje implícito para la sociedad actual... ante la persistencia primitiva de ese lado siniestro del ser humano... observen y ríanse. Hahahihihuhiha! O no.

















Hay veces que sólo puedes decir, ¡qué maravilla!
Porque, la sensacional animación de Kubo es una ilusión continua e imperecedera en nuestra memoria, que evoca la magia de los grandes maestros orientales y su técnica sigilosa hacia la ilusión. A través de una curiosa mezcla de sensaciones, surca la magia de ambos polos opuestos con una narrativa pintoresca. El encuentro con aquellas conciencias ancestrales o latitudes espirituales que evocan las películas Coraline o La Novia Cadáver, con una división onírica o un concepto visual dinámico del romanticismo y la épica, más próximo a nuestra cultura occidental. Aunque, el viaje se desarrolle en el recuerdo del Japón feudal.

Kubo... primera película en la dirección de Travis Knight, productor y director de animación, que intervino en las mencionadas anteriormente, además de pertenecer a la producción de Laika Animation. También artífices de pequeñas historias como Paranorman, el corto Moongirl o The Boxtrolls, el juego con los fantasmas que atraen a su mundo a adultos confusos, olvidados y estilizados en la animación.
Todo el mundo de Kubo y Las Dos Cuerdas Mágicas, proviene de la tradición cultural japonesa y de pequeñas manifestaciones de su pensamiento filosófico o costumbrista. Desde los engimono o amuletos de la suerte, que se portan en el bolsillo y se venden en templos o santuarios, para mejorar temas como la salud o el amor, hasta la técnica de plegado de papel, denominada papiroflexia u origami (se prohíbe el uso de tijeras o pegamento), para obtener trabajadas figuras, como por ejemplo, un mudo pero intrépido samurái. El origami construye el medio que nos rodea, fauna y flora, la vida cotidiana y sus herramientas, animales y mitología, etc...; cuando el papel constituía un material de lujo para la nobleza, utilizado para distinguir su posición social, por ejemplo, entre samurái de la aristocracia o un joven campesino. En la tradición japonesa existe un bardo llamado Hoichi, que era ciego y tenía una portentosa habilidad para tocar el shamisen.

Kubo es un chico soñador de una pequeña población, cuenta a sus vecinos pintorescos, historias épicas con su instrumento de piel de gato o perro (en India se confeccionaba con piel de serpiente) y guarda la memoria de un huérfano en su interior. Su poder radica en sus tres cuerdas y la imaginación para la narración o Katari-mono, propio del teatro tradicional. Otro instrumento musical es el biwa, una variante con que se adoraba a los kami o espíritus de la naturaleza, como genios de un culto naturalista para la veneración de los antepasados fallecidos. En japonés Kami no michi, es el camino de los Dioses, significa que el japonés es hijo de los espíritus y, por tanto, tiene naturaleza divina.
Kubo y sus ´amigos` animados, pertenecen a la tradición fantasmal del Japón y los seres mitológicos, denominados Tenghu. Sin embargo, e, guion de Marc Haimes y Chris Butler (ParaNorman), adapta una historia familiar y épica, plagada de magia y excelente animación, que mezcla la flexibilidad del papel y una secuencia magistral de movimientos de marionetas, paralela a la acción y el romanticismo clásico. Y la importante aportación de la música, con una banda sonora creada por el compositor Dario Marianelli (V de Vendetta, Expiación).


Kubo es ufano e inteligente, vive con su anciana abuela en una aldea tradicional, pero posee una sombra en su corazón. Algo que viene a visitarle a menudo, como a aquellos muchachos de Dickens, entre togas ancestrales, epopeyas mágicas y amuletos familiares. Son sensaciones animadas entre artesanos y la leyenda. Joven intrépido, imaginativo y risueño, pero con un desgraciado vagar personal por la Tierra, entre sus dos cuerdas atadas al ayer. Lo siente todo, con su vista cansada o, más bien, disminuida por un odio ajeno y misterioso, aunque posea el deseo de disfrutar de las pequeñas cosas a su alrededor y siempre regale, una sonrisa o su poderosa imaginación a un entusiasmado público. Ya que este pequeño bardo canta el drama pasado y visiones de un futuro mejor, a vista de su ojo oculto y la magia procedente de la música.
Quizá, los sonidos y la danza entre estas dos cuerdas, evoquen a personas muy cercanas a su vida, como el eco de voz de un padre y madre, interpretados por Matthew McConaughey y el cálido tono australiano de Charlize Theron. Luego, se produce una lucha ancestral entre ellos, por el amor casi imposible. Perseguido por dioses y monstruos, saldrán en busca de una armadura, propiedad de padre, un legendario guerrero samurái o Hanzo. El ayer de Kubo y su familia, le visitará mutado en enorme escarabajo ciervo o Beatle protector, con su cuerpo negruzco y espíritu decidido, y una consejera o mona Sariatu, conocida efectivamente como la presencia materna. Coloquialmente, llamada Monkey.

Kubo y su optimismo infantil, posee la voz del actor de Juego de Tronos, Art Parkinson, que entona como los ángeles "animados", antes de verse envuelto junto al gran Toby Jones (Infamous, El Topo) en el filme Zoo de Colin McIvor, durante la WWII. Y se entona en el recuerdo con aventuras de katanas, tras dos mundos diferenciados, entre su ojo y las dos cuerdas, navegando por el hielo o cambatiendo a terribles enemigos, como esqueletos gigantescos, dragones, fondos marinos, hermanastras odiosas como las de Blancanieves, dictadas por la actriz Rooney Mara o un temible individuo con la voz de Ralph Fiennes y el rostro de Peter Cushing (o el inolvidable Christopher Lee, según otras referencias visuales), a quienes combatirá con imaginación, cantigas, mucha flexibilidad y la ayuda de sus queridos animales o compañeros.
En Japón se crían y coleccionan escarabajos o ´kabutomushi`, capaces de cargar 850 veces su propio peso, para sus pequeños y dramáticos combates retransmitidos en directo. Se dice que The Beatles, tienen su nombre asociado al éxito y el movimiento, seguramente debido a sus notas viajeras, o los élitros que al retirarse despliegan dos alas poderosas para alzarse del suelo. También, que un coleóptero no se aparta jamás, chocando durante 300 millones de años contra cualquiera que se interponga en su camino. Tal vez, la mona representa a un código de conducta o santai, que predica no ver ni oír la injusticia a su alrededor, ni siquiera expresar la insatisfacción propia, y que perdura en la actual conciencia nipona. Eran los tres monos que identifican la antigua deidad Vadjra. Pero esta madre si, "ve el Mal, escucha el Mal y lo maldice", y se entrega a su combate.

El joven necesitará, para convertirse en héroe, el apoyo de estos dos amuletos esenciales, tan personales y carismáticos como él mismo. A la búsqueda de sus raíces y otros tres elementos míticos, la espada indestructible, la coraza impenetrable y un casco indeformable... Si lo consiguen podrán derrotar al odio ancestral, representado en dos hermanas y un dios cruel, sin embargo, mitificado y algo mortificado por su débil memoria.
Para esta aventura feudal u odisea romántica, el muchacho utiliza las mañas que le fueran otorgadas de su nacimiento, Real. Unido a esa característica juglaresca que usa para contar viejas leyendas transmitidas de boca a oído, vibrantes y revitalizadas por la celulosa o los pliegues mágicos. Porque esta técnica, emerge con animación clásica de marionetas y sus pasos milimetrados, mezclándose de forma artesanal y espiritual, siempre encantada como tonada. Un estilo único que acerca ambas posiciones culturales, para captar la atención de todos los públicos y edades. Kubo y su ambientación magistral, es el inicio de un viaje a tierras lejanas (próximas, en su mente) que busca la sabiduría o comprensión a través del todo o lo absoluto. Supuestamente, ese amor cohibido o prohibido por necios posicionamientos.

Quizás, por la fusión de distintos elementos indisolubles y cierta brujería técnica, la fuerza de Kubo a partir de hoy, crece, hasta erigirse en héroe de futuras generaciones, de la mano admirable del director primerizo, Travis "el Caballero de los Muñecos" y su grupo de fieles amigos de Laika, conceptuales animadores de la belleza visual y estética, de cuentos clásicos o épicos, cargados de poesía.
Una magnífica historia que emociona y divierte a partes iguales, compaginando a la perfección, usos de la cultura japonesa y acercándose al costumbrismo de sus moradores terrenales y su mitología, dividida en dos históricas extensiones del mundo antiguo y la vida moderna. La carnalidad y la compasión del ser humano, frente a la heroicidad de los samuráis, casi tomados como dioses y sus radicales tácticas guerreras, o esa eterna lucha de bien contra mal, sobre una frontera imaginativa y una narración del espiritualismo oriental. Pero siempre, necesitada de esta raíz terrenal que arraigue en los hombres y sus familias, sus recuerdos, el respeto y el amor.
Por tanto, la misión del brillante Kubo... es la misión de un héroe y la búsqueda de ese amor generacional. Hasta la comprensión racional y armónica de dos mundos conectados de alguna forma por luz y obscuridad, con su magia transformada en música. El tercer y acertado elemento (tras la narrativa y la animación), que dignifica nuestra pequeña existencia y amplia su mirada, hacia la inmortalidad de los sentimientos o la recuperación del conocimiento básico, es decir, de los recuerdos.

De su aspecto fílmico y ritmo animado, destaca la construcción de marionetas y rasgos identificativos, gracias al trabajo minucioso de la productora Laika Animation. Así como, los escenarios y la elaboración planificada de distintos materiales, en composición lírica de formas y colores empleados en cada secuencia, para recrear esos dos planos contrapuestos, estilizados y oníricos. El de lo terrenal o humano, frente a la superioridad moral de lo espiritual, en un proceso de transformación que acerca a hombres y las fuerzas inmisericordes de sus dioses, capaces de interactuar con nosotros y emplear su poder para doblegar a unos seres, débiles o mortales.
Primero, con un exquisito movimiento de personajes y la fluidez de hermosas anécdotas durante toda la película, sorpresas que afloran en cualquier giro dramático o zona personal por la que se trasladan acompasadas. Un ritmo acorde a su liviana existencia, bajo manos expertas de un "master of puppets" muy destacado... y que, posiblemente, tenga una recompensa merecida en próximos premios cinematográficos en su género. Tal vez, otros más...

Segundo... por aquellos temas propios de la cultura japonesa, desde creencias ancestrales sobre espiritualidad y el recuerdo a sus seres queridos, hasta sus figuras guerreras del pasado, imbuidas de valor y un honor característico en su historia, recias, si bien envueltas en una maravillosa complexión de celulosa o empapadas por mares exóticos y lágrimas de emoción.
La misión de Kubo, es la misión de un héroe y la búsqueda de ese don perdido, repleta de comprensión, espiritualismo y armonía, de dos mundos conectados por alguna forma, necesitada de luz y obscuridad.
Kubo y sus dos cuerdas líricas, por ello, tocan el fondo del corazón, la cultura y el humanismo. Con su creatividad para contar historias y erigirse en juglar de la emoción o trovador del papel, pues, todo en Kubo nace para disfrutar de la aventura, se envuelve cálido o emocional alrededor de sus inolvidables personajes... y se despliega dinámico, acompañado por voces de lujo en un escarabajo y una mona. Imprescindible para jóvenes, de edad y... de espíritu.
















La Fiesta Salchichera.


Al finalizar, la vida es un ciclo de reciclaje continuo. De héroes y villanos, luz y oscuridad.
Unos arriba y otros abajo, en dos mundos separados por la imaginación, esperado a ser consumidos. Individuos o personajes de cine, con sus deseos, pasiones inconfesables, trabas personales o miedos. A veces...
Puede ser un lugar salvaje, donde los alimentos toman conciencia de su existencia. Mientras los dioses o humanos (esta vez), están animados o se entretienen con otras extrañas costumbres alimenticias, para intentar sobrevivir. Aunque tengan que nutrirse con la carne de Bambi o bombardearse con glucosa ofrecida en cantidad. Envases herméticos de otras sustancias energéticas, desde paquetes de incontenibles salchichas al sex-appeal de panecillos, aún no calientes, dispuestos a abrirse a otras experiencias cárnicas o jugos emocionales. Mientras, se entregan a la verborrea humana, de gracietas o presunciones tópicas, puestas en el gesto animado de una comida... de tarros. Entre sexos.

La extrañeza viene precedida, del ambiente animado de anteriores episodios de sus directores (son autores de la historia del tren Thomas y Amigos), cambiando su mundo infantil y rodado, por esta lucha de incontinencia sexual (y la mortal existencia), a encontronazos de conciencia. Con vocecitas interiores, donde se despliega toda una variedad de caracteres humanos o posibilidades sexuales, más o menos, racionales.
Y la interacción surrealista, con los seres superiores que los observan como una extraña evolución o mutación genética del cine tridimensional, derivada del consumo de otras diabólicas sustancias. Esta "mala leche" narrativa tiene su elaboración, en el guion de una pareja formada por Kyle Hunter y Ariel Shaffir, e imagino con participación irreverente de Evan Goldberg (Pineapple Express), Jonah Hill y Seth Rogen, también como voces discrepantes del pequeño Karl o Sergeant Pepper, respectivamente; demuestra un punto de crítica que, puede identificarse con aquellas personalidades que nos rodean en la vida real, posturas por géneros y razas, la mitología o la teología, o esos pequeños pensamientos diarios, que podrían suceder en nuestros cerebros, omnívoros. O nuestra conversión en zombies, en el más allá.

En todo caso, extremos. Rasgos caricaturizados hasta la exageración o el sarcasmo más animado y ácido, para una producción adulta entre Columbia Pictures y Annapurna, que es difícilmente definible o confusamente recomendable. Dependerá de las sensaciones personales o atracciones, incluidos los géneros de jóvenes asilvestrados y calenturientos, el musical ´bajo en colesterol`, el cine de esteroides y acción monstruosa o bélica, como aventuras en miniatura, viajes, serial-killers y el horror más gore (con dioses y su alimento, como aquella película del director Bert I. Gordon basado en una novela de H.G. Wells); pero con humanos transformados en salchichas (nada que ver con la famosa salchipapa... o puede que sí), con las amistades peligrosas de Seth Rogen, dubitativo y bipolar, Jonah Hill como Karl o el imparable Michael Cera como el defectuoso Barry.
Además, oiremos el rollo casi bollo entre la voz panificada de Kirsten Wiig (Ghostbusters) y la atrevida o sensual pan de pita Salma Hayek. Así como, una increíble o auténtica variedad de productos para consumo chistoso o lujurioso, desde un empleado del supermercado ShopWell, con la voz de Paul Rudd o Ant-man, la vuelta a la realidad del consumismo en una Mostaza Melosa guiada por Danny McBride, un guía alcoholizado por un experto en tonos como Bill Hader, el Douche con sonoridad vaginal de Nick Kroll, Anders Holm como un ido Troy, James Franco como el alucinado Druggie y dos choques, más o menos civilizados, tal que los distanciados sociológica y culturalmente, Lavash el árabe o David Krumholtz y Humus enfrentado por Edward Norton… antes de ´enfrentarse` con Keira Knightley, Kate Winslet y Will Smith en el filme Belleza Oculta, o un posible proyecto animado de Wes Anderson en Stop-Motion.

Calorías a pedir de boca. Para descubrir, que el sexo no siempre está al alcance, cuando se desea... o que su destino final no es la Tierra Prometida y la procreación, ni los dioses son tan divinos como pensábamos...
Sino, una compleja y luctuosa situación, salvaje, mucho más cruel de lo que habían soñado o leído en sus libros sagrados. Ahora, la caducidad si es importante, en su interior protegido y evolucionado, solo olvidado en los antros de perdición calórica, con las ahumadas y colocadas tonalidades de Craig Robinson y Scott Underwood, o los desechados socialmente. Consumidos, tirados a la basura, rotos, usados...
Como en sus divertidas secuencias musicales, compuestas por Christopher Lennertz y Alan Menken, entre el vodevil o los grandes musicales de Broadway, y temas románticos de Spandau Ballet como True, o el potente rock en el motor melódico de Meat Loaf.

Los animales animados del pasado, se trasforman en productos manufacturados, víctimas de un mundo cerrado y jocoso, cruel o advenedizo, con ramalazos de incontinencia verbal, humor con doble dirección y desajustes de la personalidad en todos los sentidos posibles. Un mundo dividido en dos, real o mitológico, sobre un espacio iluminado u oscuro, más profundo filosóficamente de lo supuesto en la superficie inicial, con inclinaciones a lo chabacano y el existencialismo, arquetípico y autocrítico. Porque, la ciencia es un golpe, elástico pero duro...
De excesos en el mascar o yantar, expresar o sentir las relaciones sexuales que, algunos (bien definido o acertado moralmente), lo llamarán vulgaridad de comida basura, aunque el resultado va más allá.
La Fiesta de las Salchichas, suscita la polémica y la reflexión, envuelta de una capa de grotesco o revolucionario humor, para este tipo de cintas da animación. Directamente dirigidas a adultos... en exclusividad, ¡no se confundan!
Pero, de no ser tan cuestionable su función cinematográfica e inusual, nunca podría haber sido tan divertido... o de consumo contraproducente para nuestra salud. ¡Qué Uds. lo digieran bien, sean sensibles salchichas o duros panecillos! ... o viceversa.

Kubo & The Two Strings Soundtrack. Regina Spektor - While My Guitar Gently Weeps:


Cinemomio: Thank you

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