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sábado, 31 de octubre de 2026

Crystal Lake. Season I


Cuenta la leyenda, que antes de caer bajo los subterráneos de la Ópera de Paris, el periodista y escritor Gaston Leroux, a la vuelta de cubrir una erupción volcánica se dedicó al cine y a las novelas policiacas y de terror, como sus  buenos estimados Sir Arthur Conan Doyle y Edgar Allan Poe. Hasta que en 1910 se publica la historia de un músico, basado en un personaje real y ampliando el sombrero a lo Clousseau de George du Maurier, a una escala romántica extrema.

El escenario barroco de la Ópera Garnier, es el lugar donde la diva Christine Daaé es observada desde su palco, por un celoso concertista de mirada icónica. Y piel reservada en las penumbrosas catacumbas con su emblemática máscara y un piano negro de cola. Como su traje y capa, sombrero y un grito de dolor en el alma, que se confunde en la banda sonora de Fausto… posteriormente en sintonía mítica de Andrew Lloyd Webber. Sería el asalto óptimo al Séptimo Arte, por parte del Hombre de las Mil Caras, Mr. Lon Chaney en versión dirigida por Rupert Julian, con carrera que acabaría drásticamente con la llegada del sonoro.

Aquella máscara se multiplicó en el futuro, las caídas de grandes arañas de cristal, hasta ese campamento de homónima alusión, llegando a otros intérpretes como Claude Rains retratado fantasmalmente por Arthur Lubin – director que daría su primer contrato cinematográfico a Clint Eastwood, que le llevaría a Revenge of the Creature y ¡Tarántula, del gran Jack Arnold! De la versión de Terence Fisher para la Hammer con Herbert Lom, a mi querida interpretación de William Finley, bajo la batuta de Brian de Palma y Paul Williams, balanceándose como un risueño arácnido musical. Y una para Dario Argento más visceral, con el recordado Julian Sands y otra para Robert Englund, sí, sin garras.

Lo de la máscara de la banda Iron Maiden, ya es otro tipo de misticismo, metalero. Oh, yeaaah!!!

De la máscara… al coágulo.

En la historia de los enmascarados terroríficos del cine, desde aquel Fantasma de la Ópera tan espiritual y enamorado, caen en racimo sangriento las notas. Como la de nuestro ´buen` amigo Leatherface, que  inspirado en el verdadero Ed Gein, corta la racha de lo romántico, y se dedica a cortar por lo sano. Nos mostró el sadismo en la profunda Texas, que ya posiblemente no recorreríamos igual, a través de restos unidos como un crucigrama bordado de sus víctimas en el rostro… y el sonido de una legendaria motosierra.

Un coetáneo de Jason, a palos, con su máscara de hockey de los Detroit Red Wing, sumando un triángulo rojizo que indicaba el camino, y en salto casi generacional en el tiempo hasta el Viernes 13 Parte III de los 89, es la del socio fundador del slasher moderno Michael Myers. John Carpenter busco algo, bueno, no bonito y barato, ajustado a su minúsculo presupuesto para Halloween, y seguiría a un maquillador al que se le ocurrió comprar la del Capitán Kirk, en una tienda de bromas y disfraces. Alguien le quitó el pelo, se ahondaron los huecos oculares y tiñeron de blanco sin vida, con un signo invertido parecido al de una marca… ¡¡de ahí a la posteridad de las caretas fantasmales!!

Hay muchas más, lógicamente a salpicones, pero se puede destacar la de Hannibal de Anthony Hopkins para El Silencio de los Corderos y la serie homónima con otro genio como Mads Mikkelsen. Su bozal ante mordidas, que no de ese tipo… diseñado por Ed Cubberly, basándose en el mentón de un portero de hockey cambiando a la de Jason, con  carismáticas barras verticales de metal sobre fauces sibilantes, y con un tono pelágico parecido al victimario del costurero de Buffalo Bill. Y la caricaturizada de Scream, que formaron de la máscara habitual del alma en tránsito a mueca grotesca, como deformada por el grito histérico bajo el brillo de un cuchillo. Y que es un referente, para los seguidores modernos de esta noche… hmm, shss shss shhs, hahh, hah, haah!

Pero este año 2026, de amplia repercusión en esquemas dramáticos, y otros criminales… nos encontramos con el regreso del guión del recientemente fallecido Victor Miller y el retrato sangriento de Sean S. Cunningham, en la película de 1980, que nos retrataba la tendencia de aquellos días tremebundos. Sí, los casos más famosos y mediáticos, de serial killers que convergen en realismo con los espeluznantes comportamientos y la cacería de sus inocentes víctimas. Bastantes debido a una educación deficiente y deformada, abusos y mentes destruidas, que los convertirán en los más sádicos asesinos en serie.

La maldad se transforma en un motor alimentado por el sufrimiento, y el poder que logran magnifica bajo el terror de sus víctimas, convirtiéndose en auténticos depredadores al acecho. En ese momento, el factor miedo se descarga mediante la rabia, la frustración y el sometimiento extremo. Normalmente, con un proceso sistemático de la búsqueda, consciente y metódico, solicitando un seguimiento mediático en los medios y la policía.

Esa inferioridad física o emocional, de las víctimas, radicaliza esa enfermedad sádica con la producción de un terror casi paralizante. Sin embargo, en esos momentos verídicos, ya no es necesaria una máscara… basta la obscuridad o el anonimato.

En muchas oportunidades terroríficas, el cine y otros medios artísticos, han recogido esos casos reales de una sociedad enferma, y los han transformado en auténticos monstruos deformados. Como la del asesino campero y paranormal, de Crystal Lake de alias Jason en serie – que casi me empieza a recordar textualmente al caso de El Vengador Tóxico -, y que nos señala a un pasado bajo el calor de la bomba.

Esta serie ha conseguido perseguir aquellos tiempos de la primavera de 1980 y el reflejo de su éxito en taquilla, que idearon a su protagonista traumatizado y herido, por su tratamiento infantil bajo su deformado rostro. El resto es historia… un salpicón a la adolescencia y sus calores, un animal en una cueva, las drogas y el amor libre, una conspiración silenciosa, el miedo de una sociedad cerrada, una corporación, un padre idealizado, cuchilladas y médicos… que acaban en una tortura para crear el relato. Esto es el Lago de Cristal.

La madre…

Realmente, es la verdadera protagonista radical, a la que se emplaza en el escenario mítico de NobeBosco sobre el estado de New Jersey. La actriz Linda Cardelini hace un tour de force, de la cocina al vestido colorido con volantes y melódico, que con su interpretación trata de esconder un espíritu violento, forjado a fuego en el bisturí y la inyección. El dolor, al fin y al cabo, de una madre coraje… o no…

Este año 1957 en el que se producen las primeras estibaciones de la futura máscara de hockey, sirven de parapeto para una insana explicación… a muchos seguidores de la antigua película, convencen y a otros, que no comparten el vicio por la sangre, la descomponen en parte. Puede que, todo lo contrario… Y así interviene la imagen de la antigua protagonista, que proviene de una amplia carrera en el cine clásico, Miss Betsy Palmer, hasta este papel de Pamela Voorhees.

Linda se encaró entre Tyron Power y Maureen O´Hara en Cuna de Héroes, bajo por las laderas no musicales de Escala en Hawaii dirigida por John Ford con William Powell, James Cagney, Jack Lemmon y Henry Fonda, vaya cuatro patas para una madre agobiada… Y un reencuentro particular en Cazador de Forajidos guiados por el gran Anthony Mann, con el mismo Fonda y la introducción de un Anthony Perkins, que introspectivamente, ya indicaba su posible camino… Claro, los rasgos psicosomáticos y distorsionados por el recuerdo de la madre, de Norman Bates.

Se comenta que Betsy Palmer acepto el papel en Viernes 13, como método para financiar un vehículo nuevo… y se encontró con una verdadera colisión pareceres. Hasta sufrir una transformación en el tiempo, que cambió aquella expresión… ¡Pedazo de Basura!

Hoy es una inspiración para las nuevas generaciones, que aman ese tipo de filmes slasher, de purulenta consagración… o una huida sin retorno, para otros que se decantan por el terror psicológico… Pero, sin embargo, esta serie Crystal Lake puede distorsionar, condicionar o manipular, esta imagen pasada, y transformarla en una consecuencia que depende de otros factores, mantenidos y unidos, por una producción efectiva y un guión más moderno… ¿atractivo? Sin lugar a dudas, hay trucos, escenas y conversaciones actuales, y un gore que tiene una causa bien construida. ¿Será suficiente…? ¡Tú verás!

El Grito… y el cuchillo.

En términos de estos paradigmas del terror visceral, se ha creado toda una cuesta abajo… pienso… que empezó con fantásticos precursores del pavor en el ojo… en la piel de la víctima. Y ese poder casi metafísico, del asesino impasible… Ahí destacan, el protagonista incombustible de Psicosis del Maestro, hasta el Frenesí sofocado con nudos… marineros, y el fotógrafo del pánico en lente de Peeping Tom, del siempre magistral director Michael Powell. Así continuó todo un reguero… carmesí.

Estaba por entrar en las puertas del pavor y el dramatismo sexualizado, la Hammer y el siempre obtuso, Giallo. Significa el género hasta la excentricidad y el paradigma del recurso, sádico y paranormal, de lo verdadero a lo complejo, de lo estereotipado a la radicalización de las estructuras… del vicio, y el magnetismo hacia la violencia. Nuestro ojo es el corte, los fluidos se condensan ya sin máscaras, en el nylon… la profundidad del campo es virtual, estroboscópico… y su carmín rojo.

Las pantallas… son nuestras casas… y el depredador… la calle. ¡Corten!

¿Qué siguió… además de una Bahía de Sangre? De este primerizo Mario Bava en terror sangrante, a las Navidades Negras de Bob Clark, y por descontado, descuartizado, secuenciado en partes, pasamos a los dientes en sierra y garfios putrefactos, de La Matanza de Texas de Tobe Hooper. Más directos… al menos en la mente. Luego… el estallido millonario, un giro visual ya marcado en lo macabro, y normalmente independientemente del dinero en producciones apartadas, sobre campos de un Séptimo Arte… que empezó a perder su nombre, en la transgresión de todas sus letras.

El cine en glóbulos rojos, la resistencia de un feminismo, que empieza a hartarse de esos carniceros, el grito de su Final Girl… Jennifer Connelly en Phenomena, es lanzadera para ella y para otros nombres que vendrán en cadena de estrellas… Kevin Bacon con su aparición en ese 1980 junto a Pamela y Jason, como la futura Lois Lane de Superman, Margot Kidder. Fraternalmente se materializó el cuerpo de Jamie Lee Curtis, que se dividió en La Niebla de John Carpenter, curiosamente al lado de Janet Leigh. Y más explícitamente sangrienta, si cabe la aparición de Johnny Depp en Pesadilla en Elm Street. Nave Campbell y Matthew Lillard, el direc de la serie Carrie, con el fantasma de la máscara.

Formalmente, y especialmente de mi cuerda… y afloja que mata… me inclino por los ecos pretéritos, menos virulentos y más creativos, de Los Crímenes del Museo de Cera de Michael Curtiz, o La Escalera de Caracol en condición sobrenatural más humana, de Robert Siodmack. Un salto animalesco a The Leopard Man de Jacques Tourneur, o el filme House of Was de Andre de Toth junto al admirado Vincent Price y su remake gracias igualmente a Michael Curtiz.

De la imagen de sus resistentes protagonistas, a veces… por minutos en pantalla, ¡eh Mr. Hitchcock! … nos topamos con la figura de un investigador, con sombrero o sin él… en blanco y negro, claro. Detectives con una fisonomía peculiar, de fuerte personalidad, o acechados por una perseverancia en la defensa del inocente… con múltiples finales. Los Doce Negritos en investigación sobre la familia de Christopher Lee y su versión de René Clair con Barry Fitzgerald y Walter Houston. El detective de Seis Mujeres para el Asesino de Mario Bava, John Saxon es ejemplo por partida doble o triple (Black Christmas, Tenebrae y Pesadilla en Elm Street), Dennis Franz por Vestida para Matar, Chris Sarandon es parte de Chucky, como David Arquette incuestionable mueca en Scream.

Pero elementalmente, tenemos la imagen de Basil Rathbone gracias a La Garra Escarlata y el Perro de Baskerville… Y Enrico Maria Salerno, es un top en Giallo. E intentando no perder la cabeza, entre la culpa y el deber, siempre recordamos a la pareja de sabuesos, con olfato o sin él, compuesta para Seven por Brad Pitt y Morgan Freeman. Es una evidencia del horror y el dolor con placa.

Si nos remontamos a un escenario en vivo, tendremos en Francia ese Teatro del Grand Guignol, donde salieron los más radicales enfermos… supuestamente hablando en términos mentales… que siguieron pistas como Jack el Destripador. Y que derivarían en un cine norteamericano, cortado por el patrón censor, con el Código Hays de 1930… Y algunos en un salto de milenios, donde la máquina se esconde bajo una epidermis asesina… Que terminaría en el mismo Terminator… 

Alguien podría estar pensando en otros escenarios más sofocantes, unicromáticos y reiterativos... como Backrooms.... ¿y el padre...? pues podéis visualizar Exit 8, tal vez. ¡Volveré!

 

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