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domingo, 26 de febrero de 2017

Hell or High Water (Comanchería)

No todo lo que reluce es Oro...

El cine apareció, de pronto, como un auténtico atraco a mano armada.
Justo en el preciso momento, en que la sociedad norteamericana estaba sufriendo un profundo cambio con los valores que forjarían esta nación de contrastes, hacia el complejo futuro de convivencia. Así, el Western extendió su reinado durante décadas, hasta que los enfrentamientos entre proscritos de la ley y héroes, terminaron encontrándose con la realidad democrática y el derecho penal, así como el dominio de una cultura de consumo que arrinconaba a los más débiles y terminó atropellando a las viejas figuras, igual que el automóvil trituraba los huesos y ahogaba aquella balada de Cable Hogue.
Por aquella era de tiroteos y disidencia social, los forajidos de leyenda discurrían a lo largo del Oeste y los territorios de indios, que poco a poco se fueron llenando de nuevas vías y carreteras, formando guetos de resistencia como pequeñas comancherías del pasado o pueblos fantasmales, caminos hacia la frontera con México y un mundo de desplazados por la nueva política o, esencialmente, los problemas laborales y los vaivenes de la economía. Así en este periodo conflictivo de los EEUU, a finales del siglo XIX, dos jóvenes llamados Butch Cassidy y Sundance Kid nativos de Utah y Pennsylvania, respectivamente, se entregaban al mundo licencioso y peligroso de los atracos a entidades bancarias, en el inicio del servilismo y los intereses macroeconómicos que infectan a las familias y sus parados. Abrieron los ojos y cerrojos, de grupos de inversión convertidos en oficinas de latrocinio y rapiña, con aquel famoso grupo conocido como Wild Bunch (no confundir con la mayúscula peli de Peckimpah), en metamorfosis continua que modifica caballos por motores de gasolina. El resto es épica de pistoleros que, probablemente, poco tiene que ver con la salvaje realidad actual de las mismas cosas. O no...

Sin embargo, aquellas vidas al margen de toda responsabilidad civil y el heroísmo de película épica, con un guion adaptado por el director George Roy Hill del escritor William Goldman (autor de la novela La Princesa Prometida, u otros como Todos Los Hombres del Presidente, Maratón Man y Misery), establecía la idea romántica de acciones pulcras y de escasa violencia física. Hoy con esta producción de Peter Berg (actor y director de Deepwater Horizon), en pleno siglo XXI, cede el mando de la rebelión social, al director David Mackenzie (Perfect Sense); junto a un actor-guionista (también creador del guion de Sicario), Taylor Sheridan, que tiene una aparición secuencial y bohemia del vaquero clásico. Ambos dan un giro copernicano en la historia de los robos a bancos, en la profundidad obtusa de Texas, definiendo una pareja de hermanos que fundamenta sus asaltos, en base al injustificable abuso de algunos poderosos o, el engaño de un contrato manchado con el crudo desahucio. Vivir, en el infierno de la pobreza o morir con el agua al cuello, en el caluroso medio Oeste americano, marcado por los extremos sociales y conflictos generacionales, de cara a esta nueva era Trump.
Las huellas de aquella Diligencia y sus personajes en conversaciones grupales, han sido barridas por el tiempo, la soledad y la necesidad. Al igual que, aquellas pisadas naturales de antiguos herederos, comanches u otros, que mantienen sus problemas intactos con la propiedad privada y el recuerdo, curiosamente, luchando contra los que osan acercarse a la podredumbre clasista, con sus propias armas. Y éstas, lejos de la tecnología automática de repetición, dispara balas semejantes a las de hace algo más de 100 años.

En esta caprichosa Comanchería, las cuerpos traspiran como entonces, las manos tiemblan y la mirada se pierde en el polvo del desierto... esta vez, levantado por neumáticos y escapes contaminantes, en un infierno de apariencias y verdades. Ahora, los coches se han apoderado del panorama trágico y la tensa calma, semejante al diálogo de una Pulp Fiction comedia en negro, entre la sequía y el polvo, los porches al aire libre, la comida o café en locales típicos, los incendios incontrolados y las expropiaciones privadas, que el director de origen escocés retrata brillantemente, narra con ácido estomacal y arrugas en la frente, como un choque de forzados vaqueros o jóvenes acorralados. Rancheros de la vida en la frontera, frente al hombre de la estrella.
Un hombre duro, experimentado y apunto del retiro, que junto a su compañero de sangre texana-mexicana, y comanche, se lanzan a una investigación calmada sobre la pista de los atracos a determinadas sucursales, sólo desequilibrada por ciertas apreciaciones personales, que evidencian la convivencia en el Sur y los comentarios xenófobos a otras razas vecinales, e incluso amigas. Aquí, se agiganta la sombra del Ranger, patriota o confundido, declamando y maldiciendo entre dientes, sudor y sábanas de motel de carretera, con el tono asombroso de Mr. Jeff Bridges, hacia una nueva nominación como actor de reparto. Aunque, no el único a ser encumbrado en este registro de almas atrapadas en Texas.

Con un gran título en la balanza de la existencia, el verdadero Hell or High Water, señala a las familias desestructuradas, a los golpes recibidos en una educación dañada, a los solitarios que acaban entre regueros y rejas, a los defraudadores y extorsionistas. Este filme fabuloso, recuerda el olvido de la administración con los ciudadanos o vecinos, la protección estatal frente a la mente del policía en la calle, conversaciones que se cortan con una bajada de párpados, la desilusión dibujada en el rostro, de hijos golpeados por el paro y de ancianos guardando sus míseras pensiones, la fracturación de la familia, las franjas de la competencia, que recalca los sueldos precarios de trabajadores o propinas negras a camareras ofendidas, la entrega blanca de dinero negro, dentro de casinos dirigidos o visitados por caucásicos e indígenas, gentes comunes de pequeñas poblaciones haciendo su vida en la frontera... esa que, en cualquier instante, se escapa entre las manos.
Todo parece tranquilo, excepto en el interior de la conciencia individual y colectiva, conduciéndonos a un cruce de caminos que lleva al desánimo, que bifurca las distintas realidades, de dos en dos, en un cuadrilátero compuesto de números, balas y cactus. Tan texano que divide la percepción de los hechos narrados, a través de un muro de miedos arcaicos, de conflictos raciales y generacionales, de pensamientos ocultos tras la memoria errada o errática, como sus almas.

La marca del diablo es una comercial y dramática, por la que todos arriesgan sus vidas o la condicionan, mancilla el nombre de sus auténticos propietarios y maquilla los resultados con limosnas y presiones, dispara a sus cabezas de renegados sociales. Mientras, en su cabalgada endiablada, se frustran las ilusiones de hijos o los deseos de un retiro junto al mar, para acabar ensimismados con la justicia o el todo, y el horizonte baldío de la sangre o la nada. Al final, el panorama de la desolación inunda nuestra perspectiva como simples espectadores de un destino fraticida y las necesidades individuales, disparando contra sus propios fantasmas en aquella colina dramática. Encañonados por la ley del más fuerte, que va dejando cadáveres a su paso, con gerentes heridos en su orgullo y ahorradores en sus bolsillos, clientes cotilleando en una conversación cubierta de estilos y referencias visuales (entre John Ford y los Hermanos Coen), cainismo de ´abeles` divergentes, amor de hermanos y sarpullido de sangre, agentes victorianos calzados de puntas de cuero y ´sunglasses` de Ray Ban, lupas y mirillas del tiempo, ocultación de amistad o exaltación de la diferencia, fauna propia entre la frontera y la mesa de juego... todo aderezado del estilo country o el rock texano. Sonido étnico entre "la proposición" de un músico tan personal como Nick Cave, escribiendo para un compositor, Warren Ellis, que se condujeron entre detectives verdaderos y nubarrones. Para incidir o suavizar en las profundas reflexiones y discrepancias personales, que con visión de águila sobrevuelan esta Comanchería... plagada de rostros con dos caras. Y arrastrando al público entregado a la causa y el cine de calidad, a una espiral creciente de tensión y violencia.

El western moderno, se ha hecho crepuscular de nuevo. Rodado como espectáculo incierto y un choque de trenes (con olor al vapor del pasado), igual que una "road movie" por las arenas del tiempo cumplido, gracias a la mirada incisiva y pulso firme de David Mackenzie, y al inconmensurable trabajo de un equipo de técnicos e identidades, casi anónimas pero bien reconocibles, en su reparto, errando por vías, localidades o bares, entre New Mexico y la seca Arizona.
Quemándose en las profundidades del desierto y la conciencia, o con el agua al cuello, siempre nos quedará la magistral imagen de este sheriff, bifurcado entre el viejo John Wayne y esos rasgos identificativos propios, de un coloso reclamando una bala, es un hecho, es un pedazo de jefe o Jeff Bridges. A su lado, frente a su diatriba cotidiana y cansina contra los de sus razas, hastío frente a la televisión, el sufrimiento silencioso de una voz racial y legalmente condicionada. Si bien, el respeto subyace siempre, bajo sus ojos de lobo rastreador y fiel. Sin hacer ruido, deja su notable identidad, el texano de sangre comanche, Gil Birmingham (voz en Rango y Red Knee del Llanero Solitario).

Del otro lado, Caín y Abel motorizados contra el calor y la tempestad, ofrecen toda una exhibición de poderío físico e interpretativo, semejante al amor enloquecido de aquellos delincuentes históricos, Bonnie & Clyde, o la rebeldía masculinizada de Thelma & Louise frente a la injusticia. Entre sus rostros poco rasurados, se hacen más grandes, uno el apuesto, otro el raro o feo peligroso, con sus ojos ensangrentados o húmedos por los abusos. Se han empoderado gracias a esas armas legales, que les conducen por la vida texana a un abismo, o a algún premio perdido en la próxima ceremonia de los Oscar´s de Hollywood. Al fuego de un infierno pretérito, que invadiría a los viejos amigos, Butch y Sundance, hoy en los bigotes de un magnífico Chris Pine (Jack Ryan, The Finest Hours), antes de meterse en el mundo fabuloso de Wonder Woman y Star Trek.
Y, los de un increíble Ben Foster (amigo en The Finest Hours, Inferno) que a cada secuencia, nos fascina más con su fuerza y esa chulería recalcitrante del renegado.
Por tanto, el ring o arena de gladiadores, no tan moderno, está montado, con vistas a un ataúd medido a sus diferentes hechuras y conciencias. Un callejón sin salida o futuro, entre generaciones encontradas en el presente, para un retrato contemporáneo entre el Lejano Oeste y las pesquisas del cine negro.

Comanchería o Hell or High Water, con su ficción basada en la crítica social, es una admirable obra cinematográfica, entre el caciquismo de una etapa sin ley, por un puñado de dólares y el comienzo de la gran depresión o carrera por la supervivencia, contra el hambre y la pobreza de Las Uvas de la Ira.

Hell or High Water - Soundtrack by Nick Cave y Warren Ellis.

viernes, 24 de febrero de 2017

Criaturas y Pelis Deformes (in 666).

De Monstruos por el Inframundo, a una Residencia Infernal.

Al principio tenía dos producciones asignadas para formar parte de una crítica salvaje, pero el hecho monstruoso es que se transforma en una serie de descartes cinematográficos, como aquel cerebro elegido para formar parte del espíritu de la Criatura conocida como el monstruo de Frankenstein. Aunque la realidad como aquella vez accidental, nada romántica, establezca que, no siempre, la ciencia ficción y el terror, aciertan con las formas de mostrar la deformidad o la diferencia.
Así, entre algunos conflictos nocturnos, durante este temporada de premios, he alternado algunas seleccionadas a los Oscar con estas, llamémosles, criaturas deformes. Un error o temeridad que se paga con un ticket to Hell, un descenso personal a las tinieblas del inframundo o del Séptimo Arte. No obstante comenzaré, de menos a más, para el desarrollo de esta oferta de monstruos a "low cost". Aunque había pensado en calificar del 1 al 6 a diversas producciones scifi, me complazco con estamparles un 666 o sello maldito.

No obstante, lo aparentemente divertido, se convierte en una peligrosa pesadilla, salpicada de sangre enmohecida, rápidos movimientos de cámara que te dejan exhausto y un entramado difuso de experimentos genéticos. De los que se desprende lo siguiente, lo que comienza con una idea atractiva, a base de repetirla hasta la saciedad y mutar aquellas cosas que poseían cierta dosis de adicción para el seguidor scifi, engendra dos perspectivas deformadas y efectistas, entre vampiros, licántropos y infecciones con zombies mutantes, en mundos distópicos.
Mientras a la saga Resident Evil le ha barrido su sexta y última ola, con el apellido de Capítulo Final y dirección de su principal valedor o habitual conocedor de mundos distópicos en ambientes apocalípticos. Paul W. S. Anderson (Event Horizon, Soldier), visita por cuarta vez, esta maliciosa colmena y practica su cirugía, más efectista y demasiado acelerada, al nuevo engendro, protagonizado por una agotada Milla Jovovich "Alice". De este modo, si te acercas a sus personajes desde Underworld, por última vez (o más allá, quién sabe), acabarás contagiado por su tópica ambientación, de la superficie arenosa y plagada de hordas (corriendo menos que el caballo del malo), hasta sangrar al borde de un ataque gremios, fantásticos y repetitivos. Pocos estímulos descriptivos de una situación demasiado clonada, o una sensación malísima a "déjà vu", dando vueltas sin parar, colgado como Willem Dafoe en la cinta de culto The Boondock Saints, pero sin ninguna gracia y un olor a perro muerto, que tira de espaldas.

En otra localización divergente, contraria en la ambientación y el clima, aunque fotocopiada en el pretérito cinéfilo; otra actriz (arrinconada por el estrellato hemoglobínico) conocida como Kate "Selene" Beckinsale, se empeña de nuevo en quedarse en cueros, ante colmillos, patadas voladoras y repetitivas transformaciones, que brotan como un sarpullido salvaje. No siendo más que un triste y molesto grano, en sálvase la parte.
Claro, en esta circunstancia tan incómoda y revolcados por el suelo, como cánidos cubiertos de pulgas, sus efectos pueden producir una complicada urticaria solar; semejante a otros creadores de universos gobernados por ´bestias` y no muertos, el autor de su historia primigenea y la dirección de Len Wiseman (La Jungla 4.0 y desastrosa revisión de Total Recall de Paul Verhoeven) en ambas primeras. Les ha crecido una quinta prótesis llamada Underwold: Guerras de Sangre, de nulas referencias históricas o estímulos visuales, bastante ortopédicos... como las anteriores próximas. Si te acercas, como el presente, puedes caer en el interior de una cúpula de los truenos, con más ruido que diversión o emoción, especialmente, al comprobar que algunas transformaciones, se ven como una ristra de organismos calcados, estirándose y bostezando, aullando y volatilizándose...
Dirigida, por una nueva protagonista y antigua elaboradora de divertidos efectos especiales en filmes como Godzilla, El Fin de los Días o Pitch Black (se entienden las tonalidades gélidas y cenizas incandescentes de esta Underworld), llamada Anna Foerster; desalmada por parecidas circunstancias que desarrollarían un trío de directores europeos, fagocitados o desangrados en el conflicto narrativo y sus truculentas revueltas informatizadas, en una especie de pirueta mortal. Sin fin.

Estas últimas proposiciones fílmicas, poco adecentadas, se corresponden a una época confusa del cine de acción en la actualidad, mezclado al capricho con fantasía y terror. De características suicidas, tal que una monstruosidad filmada, donde el Prometeo Moderno está conformado por todos aquellos desechos amontonados en el pasado, y algún que otro recorte programado, con las eventualidades del cine de artes marciales y los efectos digitales.
No importa que aparezcan en castillos enormes y sótanos desvencijados, en la nieve o el desierto, porque sus trajes ajustados ya no alimentan los deseos, ni sus ojos mutantes, acercan las voluntades de los fans a su regazo infernal. Con un protagonismo salvador algo borroso, en manos de la infancia, mediante un control sanguíneo para razas rivales o un cortafuegos en el corazón de Raccon City. Tampoco, son atractivos, los reinos enfrentados en batalla eterna ni las últimas resistencias de ser humano, por acercar posturas con... muertos de hambre. Aunque, reúnan a aquellas temibles criaturas que nos hicieran palidecer en nuestras pesadillas o leyendas arcaicas. Porque, contagiados informatizados y voladores prehistóricos, draculines empolvados, zombies potenciados en su raíz ribonucleica u hombres-lobo de penúltima generación, compiten para llevarse el título de, personajes menos desarrollados o de voluntad caprichosa. Seres atiborrados con males de ayer y los defectos del presente, hasta el preámbulo de una muerte anunciada, si bien (o peor), ésta nunca parece ocurrir.

Terraformars.

Película, o ensayo scifi, dirigida por un japonés prolífico como Takashi Miike (lleva un ritmo de 2 o 3 películas al año), podría calificarse con el errático término de ´frikada`, por que, si bien su origen muestras la plasticidad y ritmo del cómic nipón, sus representaciones gráficas tienen que ver más con el universo de Troma o esas producciones de cierta comicidad descuidada, acción incalificable como Zebraman o Yatterman, del mismo director. Desde luego, mucho más que con sus cintas de terror onírico, con asesinatos ultraviolentos en serie y mutilaciones de yakuzas en el pasado, como las míticas Audition o Ichi the Killer, Crows y Crows Zero, Última Llamada, Gozu o 13 Asesinos.
Marte, dentro de un tiempo inconcreto del siglo XXI, está esperando ser colonizado a través de una implantación de algas experimental en busca de la terraformación del planeta rojo. Pero, las cosas se tuercen al aparecer un grupo revolucionario de poderosos (y algo risibles) insectos, con características guerrilleras y mente a lo John Rambo, semejante al Vengador Tóxico. Sin embargo, algo se va de las manos en la producción, cuando unas cucarachas cegatas e inflamadas a base de esteroides, son monitorizadas por un complot dirigido por un charlatán descontrolado e histriónico. Entonces, la misión suicida de los seres humanos para controlar dicha plaga, rescata a una serie de condenados y dispuestos a padecer los efectos de unas curiosas inyecciones y mutaciones folclóricas dentro de la cultura de anime japonés.

De esta forma, atropellada, mutilada y genéticamente desperdiciada, nada que ver con la divertida visión de Paul Verhoeven en Starship Troopers (el carismático director de Elle vuelve a salir en este comentario), he vuelto a caer en la tentación con un Mr. Miike que se entrega a la sublimación de la acción propulsada y la desternillante deformidad. Exagerada, o multiplicada hasta la infección colectiva por nuestras mentes fantásticas, en cansancio generalizado de un género mal llamado ´bizarro` de manera semántica. Y creando un extraño nexo entre los sufridos actores, los nulos diálogos y presentaciones a lo Caballeros del Zodiaco, estereotipados ante unos alucinados espectadores. En definitiva que, lo que comenzase como un comentario de dos decepciones cinematográficas, ha ido aumentando con esta entrega del scifi japonés más desparramado, por tierra, aire, o mar de babas, sólo con el interés visual de las actrices Rila Fukushima (serie Arrow y Lobezno Inmortal) y el estilo de luchadora de Rinko Kikuchi (La Leyenda del Samurái, Pacific Rim) cuando no participa de la sobriedad de Isabel Coixet o cintas dramáticas como Tokio Blues y Babel.

The Monster.

Los Dientes de este Monstruo o reconocido como The Monster, dirigido por el texano Bryan Bertino (Los Extraños) con un guion que se va desinflando hasta que enseñarnos las dolorosas caries del terror. Una historia que tiene que ver con las pesadillas infantiles o traumas, pero no con los de los protagonistas del último filme de J. A. Bayona... Sino, con un miedo más estructural que comienza con el drama de una separación y el cuidado de una figura fumadora y alcohólica, en los momentos más interesantes y prometedores dentro de un viaje en automóvil con crítica familiar y suspense. La protagonista Zoe Kazan (nieta del mítico Elia y partícipe en filmes como Revolutionary Road o Expertos en Crisis) y su hija, la actriz Ella Ballentine (La Llamada, Cautivos junto a Scott Speedman también en la presente), van a experimentar un contacto ´accidental`, más físico, que arrebata el suspense inicial y esa relación maternal algo tormentosa. Para entrar, en un acoso, que termina siendo devorado por su propia fisicidad, como resultado de una mala selección de secuencias de terror, en otra mala representación del género y una chapuza de ataques con una mascarada de monstruo.
Poco más que decir, predominio de una acción traumática, causada por una nueva criatura decepcionante y tomas de decisiones finales, que contaminan la idea de los viejos mitos y terrores infantiles, dentro del género fantástico. Creo que, un viaje al universo de Penny Dreadful sería más placentero y completaría las necesidades de los aficionados para acercarse al espíritu romántico y maldito de licántropos o no muertos.

Passengers.

Dejaré de momento los monstruos, por atacar a otra monstruosidad errante. No tanto por el tono conceptual, sino por la narrativa adosada de un romanticismo muerto, antes de renacer o despegar siquiera. En esta pesadilla existencial y cinematográfica, junto a sus pasajeros caprichosos, se convocan todos los males terrenales y casi divinos... catapultados a través de dos figuras somnolientas como unas ´blancanieves cursilonas, del universo conocido. Incluso, de otros `posibles por conocer... ¡por todos los pasajeros y xenomorfos!

Este sueño superficial entre Passengers, y nada eterno para ser recordado o encumbrado en el lado interpretativo... con su pareja protagonista en bostezos, Jennifer Lawrence y un cambiante Chis Pratt, se empeñan en una convivencia idílica, que resulta un quebradero de cabeza para los espectadores. A los que se suman participaciones, ´dramáticas` como la del buen Michael Sheen, haciendo un androide incompleto y incómodo de escuchar, hasta la materialización de un Laurence Fishburne (al otro lado de Hannibal) incomprensible y, la fantasmal de Andy García.
Passengers, del director Mortem Tyldum (The Imitation Game) acumula mareos y desgracias visuales, como si se tratara de un mal viaje por el vacío de la tragedia capuleta y montesca. Una idea ilusoria, que trata de convertirse en algo más determinante como epopeya romántica, y se queda con las ganas, con los labios pegados a la escafandra... Así, su vuelo resulta efímero, porque los protagonistas se acaban extraviando con sus maletas y venenoso, gracias a diálogos sin brillo y actuaciones simplistas. Por no decir, perdidas en el espacio.

Cuando el público descubre, casi sin avanzar o moverse del sitio, que su destino es el estatismo y la superficialidad emotiva, la desnudez mental o existencial sin perspectivas ni representaciones galácticas, solamente, una indecisión o acto irrazonable, una anécdota contada en la barra de un bar.
Imaginen por un momento que, tras un despertar fortuito, nos hallamos en el vacío, que bajamos las escaleras de un local emperifollado de la esquina, para encontrarnos cara a cara, con un camarero (majadero) y empezaras a desarrollar tus pesadillas personales o miedos, con lengua de trapo, alguna lagrimilla y un güisqui de cosecha. Lo más lógico es, que escuchara tus quejas, secando las copas, sin prestar demasiada atención a tu diatriba, a tu razonamiento solitario, como un androide o autómata, simplemente, porque no tiene opinión razonable o no entiende el lenguaje de su único cliente. Entonces, el eco metálico se convertiría en agobio, mientras el público descubre que, este héroe galáctico, es un fantasma desafortunado, venido a menos. Risas, bostezos... a dormir, hasta otro día.
Luego, comemos, jugamos, gritamos, nos descuidamos... volvemos a beber, una y otra vez, hasta que un buen día (bueno, tal vez no tan memorable como imaginamos), se despierta la parienta, se sienta entre tú y aquel barman indefinible, de sonrisa y cabeza huecas, y tras unas palabras de aceptación, nos manda al cuerno de Orion. Porque eres inaguantable, te has rasurado tu poder facial y sexual, demuestras que no tienes demasiadas ideas o hechos para compartir en un viaje romántico, plantas un pino... ¿y qué? Macho, me estás jodiendo el presente, como hembra reproductora del futuro.

Por tanto, la estructura de Passengers es tan repetitiva, como los escenarios góticos de Underworld o esas carreras de zombies acelerados con el rabo entre las piernas o extremidades deformadas, o la cutre presencia de cucarachas musculadas, solo que aquí, con una estética más evolucionada, aparentemente acaramelada y luminosa. Si bien en diseño artístico, pareciera algo amontonada, para estar extendida y distribuida en diferentes localizaciones, a lo largo de una estructura tan gigantesca como esta nave espacial llamada Avalon. Casi "ná"... Al menos, las vistas desde el comedor, al tomar nuevo impulso o golpe de efecto solar, algo cursi, y especialmente cuando nadamos en su piscina privada, galáctica y desaprovechada, nos recuerda que el universo es sitio espectacular, pero tremendamente frío. Gélido como sus rostros, excepto, algunas explosiones cósmicas, choque de cometas y aquel poder nuclear de las estrellas.
Este viaje trascendental para la Humanidad, se queda en una visita al bar de la esquina de Pepe "El Sonrisas", semejante a una desastrosa borrachera conceptual, de lo que nunca debería ser la supervivencia o la odisea espacial, ni el valor del amor o el deseo. Este filme sería parecido a una conversación hueca entre Tom Hanks, el inolvidable náufrago, con su amigo mojado y redondeado Wilson, aunque mucho más aburrida y resacosa, más contraproducente que un dolor de muelas en una isla desierta, frente a la ´Aughogha` boreal.

Lo único meridianamente claro, es que la soledad puede convertirse en un infierno, si no la eliges tú o aceptas esa posibilidad en el futuro próximo. Algo tedioso y vacuo, como una charla de barra con un zombie, aderezado con gags monstruosos o chistes sin gracia. Ni siquiera una estructura lógica y emotiva de los hechos... simplemente, una sucesión de superficialidad romántica, en la que los protagonistas se intercambian corazones de peluche, se lanzan reproches en un bar sin calor. Se quieren o se odian, sucesivamente, hasta que las maniobras de evasión y acercamiento, se transforman en distracción para ebrios y paseos al borde de un ataque coronario. Cuyos diálogos se mueven por el absurdo absoluto y el desapego con los protagonistas, que te trasladan a un mundo irreal, con tres males a resaltar:
- ¿Qué personaje parece más un robot?
- Te puedes descolgar en el exterior como un murciélago... ¿a esa velocidad?
- Y, ¿es el personaje de Mr. Fishburne, un aprendiz de Celestino?
- Por último... ¿´ónde` andará Andy?

Infierno.

Para seguir inmersos en este averno de las adaptaciones diabólicas, con licencia para morir de aburrimiento o desesperanza cinematográfica, nos zambulliremos a continuación (sólo si lo deseas, claro) a un mundo metafórico de ciencia y destrucción masiva. Dentro de una nueva investigación del famoso Profesor Langdon, inmerso en otra maniobra desmemoriada y plagada de especulaciones materiales. Como académico elástico, experto en arte antiguo y en tramas confabulatorias, donde se requieren situaciones superficiales o catastróficas, aparecen esos instantes peculiares sobre el mundo y la vida de siglos pasados, con situaciones históricas, artísticas y filosóficas, bajo las que subyace (o fantasea) algún enigma oculto o trama urdida en el presente.
El resto es una vuelta a los asuntos apocalípticos, tan reconocibles en este texto, infundidos bajo la escritura enrevesada de Dan Brown y el miedo de la humanidad, emulando a los vericuetos de El Cógido Da Vinci o la existencia de una cúpula asesina entre masones e Illuminatti, que amenazan con destruir todo alrededor y salvar las cuentas pendientes con un planeta plagado y pecador. Lleno de incrédulos científicos, amargados caóticos y verdaderos románticos.

Pues, si aquel códice fue el objeto de la polémica, apuntando hacia los cimientos católicos y la moralidad divina de sus predecesores, la especulación generacional se convertía en radicalización, fuera de la lógica y la metafísica. Significa un paralelismo tenebroso bajo el corazón de la vieja Europa (dentro del Museo del Louvre, hoy en día), y sobre la deformación actual de nuestras propias crisis existenciales, decepciones ambientales o pensamientos conspiranoicos. De uno u otro lado.
En su nueva incursión por las pinceladas del arte (antes de la última titulada Origin), en total 4 literarias y 3 fílmicas, Dan Brown estableció una confusa aventura criminal, no desviada del significado de los cuadros y sus deseos pragmáticos sobre el poder, el control político o económico. Hacia esas especulaciones materiales que fomentarían la expansión de nuestros males congénitos, entre los rescoldos pictóricos del Infierno de Dante y una catastrófica percepción del mundo, como un instrumento visual que esconde el siniestro comportamiento de un solitario o una ideología destructiva.

Algo deformado en el ambiente culto, sobre el crecimiento exponencial de la humanidad y la imposibilidad de cualquier otro subterfugio, o invento para librarnos del mal y los pecados. Algo que la novela Inferno, desplaza al individualismo comercial de un sociópata visionario, escondido tras una cortina de humo y besos traicioneros, un Judas en tierras florentinas que traspasara el horizonte flotante de Venecia, hacia los nueve niveles de esta caída romántica a los infiernos.
Con el final mortífero de una odisea universal estruendosa, así como un estornudo repentino que nos asaltase, sin pestañear siquiera. Por consiguiente, el problema es esa trascendencia confabuladora, algo chapucera en sus persecuciones o ataques, que convierte una serie de peculiaridades estratégicas o floclóricas, en una crisis general o devastación de consecuencias planetarias. En base a ciertas particularidades con la edad de los protagonistas, literarias sin peso o sectarias por parte de Mr. Brown, y por tanto, la vuelta de un actor Tom Hanks, tras dos curiosas propuestas este año (A Hologram for the King y Sully), pero menos atlético o hábil. Temiéndonos cualquier caída funesta, en escarceo peligroso en saltos y tiroteos, como elemento patoso que se moviera por escenarios grandilocuentes, para una estética y acción efectista. Quizá, sea el único suspense a reseñar...

Los protagonistas se desplazan a esa época florentina de luchas fraticidas y convulsión espiritual, donde Dante Alighieri se vería trotando por calles adoquinadas, tras los encantos de una joven poco tímida e imbuida en el espíritu dual de la actriz Felicity Jones (A Monster Calls, Rogue One). Más, alguna que otra sorpresa, representada por un filósofo mediático y conflictivo con el rostro del magnífico Ben Foster (The Finest Hour, Hell or High Water), cuya llave propicia para un apocalipsis sería más vírica que artística. Es decir, de superficial interés pictórico o nula entidad poética.
Donde sus estructuras apócrifas y obras antiguas, generan una intranquilidad en los personajes, más perdidos que nunca con acertijos o desviaciones de la trama general, carreras que aumentan la confusión en sus pasos, ya de por sí dubitativos, y la incredulidad de los humanos en estos días caóticos, que florecen hasta Venecia, sobre esta especie denominada, inteligente. Las claves poseen matices y tonalidades, pero la realidad en definitoria. Somos una especie de plaga...

Aquellos que plasmaran grandes ideas o imaginaron sus estructuras sociales o el valor del Arte, descubrieron el espíritu tenebroso de la mente humana. Algo que consume a grandes bocados, la posibilidad de una supervivencia vital, apartada del canibalismo espiritual o, la predación de materia orgánica por parte de timadores o sus confabulaciones comerciales.
Variaciones religiosas del fin de los días, que coinciden en una probabilidad maquiavélica y nada remota, la extinción humana. Una respuesta de escasa inteligencia, para un hombre elevado que se autoproclama como dios, purgador de todos los pecados o errores multiplicados, sin base metafísica o demostración científica. Algo documentada por unas cifras aleatorias de crecimiento desmedido y aumento de hechos exacerbados de la población, que irá modificando ficticiamente los acontecimientos narrados a continuación, hasta caer en un pozo irrespirable de falsedad narrativa.
Cierto es que, sobrevaloramos la existencia y nos creemos invencibles, por lo que caemos fácilmente en la contemplación y discrepancias ideológicas sin solución, algo desmemoriadas y premonitorias.

Sin embargo, Dan Brown y esta película, poseen el atractivo de representar al conocido investigador, como marioneta actual de la Historia Clásica, un Infierno en lucha entre la razón y los conceptos artísticos, contra la supremacía de ciertas ideologías o representaciones intoxicadoras. Reales, o no. Una imagen monitorizada bajo la cúpula de la belleza y la estética, en un panorama de erudición y magia pretérita, contra algunos individuos proféticos y radicalizados. Así, se materializa en la mente, un representación esquemática o diagrama de amenazas actuales, a las que seremos arrastrados por nuestra conciencia colectiva y la imaginación de los artistas, donde Mr. Langdon es su pieza maestra. Designado por su lógica o conocimiento de los casos expuestos, un eslabón ficticio entre el engranaje razonado y esta artificialidad del hombre actual, no preparado ya, para trotes contemporáneos o persecuciones manidas, a vida y muerte.

Es decir, lo de siempre en cualquier periodo de nuestra historia corrupta o belicosa, alrededor de un catedrático del pensamiento y estudioso del Arte, que se mueve con pez en el agua, en torbellinos diabólicos y enrevesadas tramas, o buceando en datos históricos o románticos, entre Dante y el nuevo apocalipsis de una mente desconectada, que escondería los resortes de una locura colectiva. Tal que, La Divina Comedia o viaje dantesco por la representación de los pecados veniales, con el director Ron Howard, rascando en la pintura de Sandro Boticelli y la fuerza del actor Omar Shy o de Ana Ularu, hacia la salvación del planeta y personal de Langdon, recorriendo cuadras de Florencia hacia el Palazzo Vecchio o la cúpula de San Marcos.
Mr. Hanks, regresa desmemoriado y vacilante, más hermético por descompensación de sus relaciones emotivas, ante un desvarío existencial generalizado. Perdido por amor conceptual, en una sucesión de hechos aparentemente imaginarios o rescoldos soporíferos para el espectador, que parecen enfriados o mal empleados. Un ojo experto o ilustrado, daría cuenta de errores que se camuflan en esta odisea fílmica (que ya acaba), una paulatina recuperación de la memoria, como borrones de un aprendiz de pintor, intentando plasmar el trabajo escultórico en la etapa de Enrico Dandolo y el descanso de sus restos bajo las losas de Santa Sofía en Estambúl. Si bien, el mártir se halle en la superficie congénita, con su diatriba de un futuro especulativo u odio demográfico, encerrado en un diminuto artilugio nada conceptual, sin huella ni memoria... como una máscara falsaria. Semejante a un condenado silencioso y arrastrado a sus propios infiernos. Diría que su juventud es, solamente, cuestión de tiempo. Como la del Big, Mr. Hanks... como la de todos. Fin

El Futuro (Next Soon).

Tom Hanks, ha rodado The Circle (del director James Ponsoldt) con Emma Watson, Karen Gillan, John Boyega, Bill Paxton) y se aproxima a poner voz a Andy, en Toy Story 4. Mientras que el director Ron Howard se decanta por establecer contacto con Jennifer Lawrence para Zelda, y posteriormente un título llamado Seveneves, de un guionista habitual William Broyles Jr.


Kete Beckinsale: The Only Living Boy in New York (del director Mark Webb) con Jeff Bridges, Pierce Brosnan). Anna Foerster, parece encargarse próximamente de Source Code 2.


Milla Jovovich actúa en el nuevo filme de Rob Reiner, Shock & Awe, junto a Jessica Biel, James Marsden, Woody Harrelson y Tommy Lee Jones, además de Future World dirigida por James Franco y Bruce Thierry Cheung, protagonizada por el mismo James Franco, Suki Waterhouse, Lucy Liu. Aquí, el director Paul W.S. Anderson, anuncia su proyecto sobre Monster Hunter.

Rila Fukushima, la japonesa participa en Ghost in the Shell: El Alma de la Máquina, dirigida por Rupert Sanders. Con Scarlett Johansson, Michael Pitt, Michael Wincott, Juliette Binoche y Takeshi Kitano). Y su compañera insectívora Rinko Kikuchi, en Pacific Rim Uprising, de Steven S. Deknight, junto a John Boyega Adria Arjona y Scott Eastwood.


Zoe Kazan, participa en la nueva producción de Judd Apatow, The Big Sick, dirigida por Michael Showalter. Con Holly Hunter y Kumail Nanjiani). Bryan Bertino, anda escribiendo Los Extraños 2.


Jennifer Lawrence estará en Mother! de Darren Aronofsky, con Michell Pfeifer, Javier Bardem y Ed Harris), en Red Sparrow de Francis Lawrence, junto a Joel Edgerton, Joely Richardson y Jeremy Irons, además de la mencionada Zelda.
Chris Pratt, representará al verdadero cowboy espacial, en Guardianes de la Galaxia Vol. 2 de James Gunn, con las nuevas incorporaciones de Chris Sullivan, Pom Klementieff, Glenn Close, Kurt Russell, Sylvester Stallone... Y Vengadores: La Guerra del Infinito Parte 1, con una unión espectacular. También la secuela de Jurassic World, que dirigirá J.A. Bayona con Bryce Dallas Howard, Ted Levine y Toby Jones). El diriector Morten Tyldum tiene en el punto de vista, el título Pattern Recognition...





domingo, 12 de febrero de 2017

Penny Dreadful.

Un Lenguaje Perdido en Tv.

Desde el Infierno, la época victoriana se despertaba en una pesadilla existencial tras multitud de desencuentros medievales, con la oscuridad en el alma de algunos seres humanos y propagación de los miedos intrínsecos de las poblaciones. En este ambiente de huérfanos y enfermedad, mujeres luchadoras que miraban el futuro con decisión, el aumento de la inseguridad social elevaba los fantasmas de nuestro pasado violento. Ecos de una noche de Walpurgis que hacía resurgir inquietudes metafísicas y elementos fantásticos, que alimentaron nuevas historias escritas dentro de la Literatura Romántica del siglo XIX y el barroquismo posterior, en un descubrimiento visual como el Séptimo Arte. Los seres malignos (o nombrados así por las autoridades de la Edad Media) se reunían alrededor de los mitos ancestrales y las celebraciones paganas. Los espectadores les calificaban, junto a los enfermos con malformaciones, como monstruos.
En este espacio cultural y social, se reclamaban derechos y la ciencia empezaba a cambiar el modo de trabajo, con máquinas que se transformaban en manos de aniquilación y mutilación laboral, o causantes de un imaginativo avance y un mayor terror psicológico en los textos. Por ejemplo, las ramificaciones de un posible dominio sobre el cuerpo o la mente de otros, el asesinato pasional o económico, daría una época de poluciones ambientales y calles grises, contagios derivados de la falta de higiene o salubridad en el consumo de alimentos, y de ambientes atestados de microbios y virus de todo tipo... como otros monstruos más humanos. Un lugar donde se enmascaraba a la muerte y se curaba con sangrías al más puro estilo vampírico, mientras sus administradores rehuían ciertos cualquier ademán de galantería con la población, para salvaguardar su salud y pocas ayudas sociales. La Europa del Norte en Penny Dreadful, se abastece de pequeñas historias "cobradas a precio de puta" en los periódicos o cuentos, que se convertirían en esos grandes relatos de misterio, tan reconocidos hoy en día.

También, representaciones teatrales abiertas a un público hambriento de emociones y otros atractivos, que esparcieron la semilla artística y la imaginación entre los espectadores. Poco a poco, se creo un circuito teatral o exóticamente cultural por los distintos estados europeos, desde París a Londres, apartados de los núcleos de poder de la época o su tratamiento histórico y clasista. Hasta su transformación contemporánea y el reconocimiento como grandes clásicos de la poesía, la ciencia ficción o la literatura del género de Terror.
En este gran núcleo denominado la City, rincones plagados de sombras y criaturas escondidas, conformaron un lugar siniestro y húmedo, donde las tinieblas cubrían el panorama criminal y nocturno. Envolvieron a ese desconocido o diablo anónimo, llamado Jack el Destripador y sus cortantes instrumentos de muerte, desencadenando la tragedia más horrenda en las familias y el horror en las transeúntes. En este tránsito del ser humano convertido en monstruo, podemos destacar algunas películas en que el detective privado más famoso del mundo, se enfrenta al asesino en serie más mediático de Londres, por ejemplo, A Study in Terror dirigida por James Hill en 1965 o Asesinato por Decreto de Bob Clark en 1979. Sin olvidarse de una divertida locura, titulada Los Pasajeros del Tiempo, donde un H. G. Wells interpretado por el gran Malcolm McDowell persigue en su máquina novelada al asesino de Whitechapel hasta el San Francisco del futuro.
En las calles, miradas taimadas o esquivas hacia sus semejantes, entre sospechas veladas y venganzas sangrientas, que se confabulan en las narraciones mezcladas a través de la historia. la literatura y la mitología, como la existencia de hombres lobo y vampiros, maldiciones eternas, asesinos en serie, violadores, brujas, terroristas y otros misterios inexplicables o relatos antiguos sobre los seres míticos.

En la era de Penny Dreadful, todo está aparentemente oculto y las páginas se leen por un penique, pues la violencia se respira en cualquier rincón y esparce la semilla del mal en las mentes más enfermas o débiles. Crímenes con sus múltiples conexiones, desde la Edad Media o el barroco, hasta un próximo y próspero Renacimiento o la Iluminación, cuyos relatos impregnaban de imaginación a las distintas Artes y, por descontado, a la evolución científica... pero, una parte de esa claridad se retuvo en una extensión tenebrosa de sus letras, sobre este infierno plagado de figuras mítológicas, salvadores espirituales y criaturas poderosas, fueron creciendo los personajes de la Literatura Fantástica, cumpliendo el deseo que persiguieron otros creadores en el pretérito y metiendo el miedo en el cuerpo (sea cual fuera su origen) a multitud de nuevos lectores. Así, los monstruos contribuyeron a la contribución cultural de este planeta, hasta que salieron al espacio exterior.
Después, se haría la luz, con la aparición de la imagen fotográfica. En el mundo audiovisual, se establecerían inteligentes propuestas que empezaron con pequeños sustos advenedizos y reales, sobre los raíles de un tren. Fueron evolucionando con la magia de los nuevos directores y la técnica expresiva y ilusoria, del nuevo formato cinematográfico, hasta llegar a deformarse con trucos o cubrirse de estilizadas sombras. Porque, en la serie conviven los poetas con los grandes maestros del expresionismo, la ambientación y la perspectiva.

Cuando Alemania va rescatando las viejas historias de la antigüedad y la mitología romántica, las líneas se alarcan como las montañas o leyendas colectivas de determinadas regiones, desde los Cárpatos a viajes increíbles que cruzarían océanos de tiempo. Relatos de horror y criaturas pintorescas, el Golem o el Juggernaut, (en la novela de Robert Louis Stevenson, El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde, se menciona una agresión a una niña, gritando: ¡No era como un hombre, era como algún horrible Juggernaut!); historias que se amoldaron a esta era de avances tecnológicos y revolución industrial, al humo de calderas o motores, ampliaciones de la potencia mortífera de las armas, más manejables y personales, al instante preciso de asesinatos indescriptibles que producían nuevas sombras... Donde los héroes victorianos eran difusos o extremos, vestían de negro y usaban guantes de piel, el cerebro chocando con rivales monstruosos, con reflejos demoníacos, poniendo a prueba la inteligencia de los inspectores y otros mecanismos ocultos, sectas o ligas, mezclando recursos de la astronomía y la alquimia, de ciencias experimentales como la física de la electricidad, y arcaicas técnicas de embalsamamiento. Momias históricas que tenían que ver con el Ser, el ocultismo o esoterismo y las propias dudas existenciales de las distintas civilizaciones... féminas condenadas y revolucionarias, heroínas de acción, deidades malignas, o no, que aparecen y contagian distintos estados de ánimo, en Penny Dreadful.

Relatos Terroríficos, a 1 penique... Penny Dreadful.

Es un ejercicio mental y artístico, plausible, aunar los hechos terroríficos en una única y satisfactoria historia, que va moldeando la visión de aquellos cuentos o mitos, del comportamiento de novedosos personajes, que completaban a los protagonistas y no ofrecían la sugerencia de aquellos textos o la exposición oral de sus ideas. Apostando por el poder imaginativo de los seres humanos, a través de reuniones fabulosas, de las que surgirían otras pesadillas u odiseas, para remover los cimientos del miedo en nosotros. Pobres e inteligentes, seres mortales, escritores, creadores, directores. Artistas.
La simplicidad de ancianas fábulas y las características fisionómicas de sus protagonistas mutantes, suponía una fórmula más lineal y representativa del hombre, que narrativa o descriptiva. Esto es, poseía menos ambages, profundidad anímica o mínimo desarrollo psicológico, que un desarrollo metafórico de sus aparentes, historias infantiles o torcidos renglones. Un método de escritura, de profundidad esquemática, cuyo concepto metafísico o filosófico, parafraseaba a los mitos antiguos y donde escaseaban las figuras memorables o épicas. Incluso, aliviaba el terreno emocional, hasta la aparición de algunos ´fantásticos autores` que darían un impulso romántico y siniestro a las artes expresivas, científico a los conceptos de sus obras, monstruoso a sus inquietudes inmortales. Tanto escritas como pintadas inicialmente, como filmadas por los autores del futuro.

Por aquel lago, hoy tan visual, se navegó por aguas del sufrimiento y la aventura, miedo y lírica en letras tenebrosas, impregnadas por la inspiración y la arritmia, de George Gordon Byron, William Blake o el gran Edgar Allan Poe. Necesitadas de construir bases de un romanticismo autocrítico, filosófico o cubiertas de un existencialismo lúgubre, cuyas reivindicaciones y amenazas futuras, invadirían la realidad social y la literatura gótica, hasta nuestros días. Así, arribarían a puerto, el contagio de John William Polidori con El Vampiro, ofreciendo un ser de ultratumba con poderes divinos, voracidad anímica y consagrando un nuevo mito literario, o especialmente, la escritora-poeta Mary Shelley, deformando las referencias oscuras del tiempo y enlazando la métrica del propio padre con ideas feministas de su madre (Percy & Mary), conde el terror a lo desconocido se hacía carne, putrefacta, vuelta a renacer. Aquella ´terrorífica` jornada, en las cercanías de Ginebra (Villa Diodati - Suiza), nacería de las cenizas y la noche oscura, una obra memorable como Frankenstein o el mito del Moderno Prometeo. Muchas obras han trascendido a lo largo de los años, sobre aquel relato de humanos jugando a ser dioses o el infortunio del Ser diferente y desválido, sin embargo, nunca se ha visto esta obra desde la inocencia, como en el filme de 1976, con Cría Cuervos de Carlos Saura y la maravillosa Ana Torrent.

En 1816, viejos amigos y admiradores del horror y la leyenda, se fijaron en nuestros conflictos ancestrales y dudas monstruosas, como románticos de la incredulidad o autodestrucción individual, de mujeres inteligentes y reivindicativas, diestras en la pluma, el pensamiento metafísico y la materia orgánico. Sucumbieron a la medicina moderna y mecánica, al universo de los sueños, juntando sus mentes u uniendo cortos relatos, frente a la chimenea de un crudo y sorprendente verano, ensombrecido por las erupciones naturales y otros ruidos externos.
Por el contrario, aquel descanso espiritual (que no intelectual o imaginativo) se alzaría ante sus propias sombras, amanecería mordisqueado sus propias pesadillas y miedos, respecto a los nuevos avances e investigaciones científicas. Ofreciendo todo un arsenal nocturno de amenazas y seres inmortalizados, nada terrenales, como el sexo contaminado o la costura de otros miembros cercenados en una pesadilla existencial. Aquí, en este punto preciso de truculencia, misivas sangrientas y tinieblas emergentes, es donde Penny Dreadful se recrea y crece. Sobre los pilares de la metafísica y la ciencia ficción o terror, aunque sus inolvidables personajes o protagonistas fatídicos, dejarían correr algunos años para ser reconocidos mundialmente y adorados por admiradores, o fanáticos de las criaturas malditas o inmortales. Acoplando otras grandes historias del pretérito, se crea y cose, esta criatura mental de gran plasticidad poética, bajo la batuta original de su creador "showrunner" y guionista John Logan, con el comienzo sofisticado y fantástico, aderezado por la visión de un director como Juan Antonio Bayona (A Monster Calls) en los primeros capítulos de esta serie diferente. El director español, declara haber tenido bastante libertad, en una obra controlada por otra persona y encantado de trabajar con Eva y Timothy, esperando otra nueva oportunidad para reunirse en el futuro. También, describe que los productos de unos 30 millones de presupuesto, han abandonado el cine e instalado en la pequeña pantalla, como la visión personal de Logan para recrear acosos de juventud en la serie, pero no como referencia del cómic creado por Alan Moore, con sus criaturas fantásticas convertidas en héroes extraordinarios. Por último, Mr. Bayona declara que le encantaría haber actualizado aquellas Historias Para No Dormir del gran Narciso Ibáñez Serrador. Penny Dreadful, es una rara avis en televisión, una producción de Desert Wolf para Showtime rodada en tierras británicas, entre Irlanda o Londres, con próximas escenas y aventuras por tierras de Almería (España).

Temporada I: La Imagen del Monstruo.

Tras la mirada de Bayona, creador del Monstruo que viene a verme, se mueve una ´luminosa` compilación de narrativa gótica, junto a otros directores habituales del producto televisivo de calidad (James Hawes, Dearbhla Walsh, Coky Giedroyc, Brian Kirk, Damon Thomas o el español Paco Cabezas), expandiendo las fronteras de unos monstruos clásicos, en diferentes direcciones y texturas, hasta su final en la tercera temporada en 2016.
Gracias a un John Logan, conocido por guiones de filmes como Gladiator, Sweeny Todd, Rango o Hugo de Scorssese, desde la Ciudad de la Luz al espacio con Alien: Covenant próximamente; o la producción de Pippa Harris y Sam Mendes (trabajaría con Logan en guiones de Skyfall y Spectre), que somatiza el aroma de una era victoriana y el fulgor en las calles londinenses, aceras plagadas de vida y muerte, carros poseídos y epístolas de muerte, transformación del alma y creación del cuerpo. Donde se observan aptitudes peculiares para aquella época, se ama libremente, o se fantasea con sexo y literatura de ficción, mediante la poesía romántica y el espíritu libertino del siglo XIX. Con ´hombres y mujeres` extraños, criaturas infernales, danzando alrededor de crímenes pasionales y, especialmente, macabros. Juicios perturbados, que se desplazan en planos oníricos o desmaterializadas presencias y vuelven a unir, en un estudio definido por la mitología y el placer, con la ciencia en ebullición, redefiniendo la estructura de la palabra Inmortalidad; recreando metafísica poética, y homenajeando imágenes de películas clásicas de la Universal o la productora Hammer. También algún salpicón romántico con el estilo Coppola en Drácula de Bram Stoker. Aquellas geniales obras, rodadas por directores como Tod Browning o Terence Fisher, a la caza de escenarios góticos y barrocos, de víctimas de un nuevo renacimiento visual, en la perspectiva de aquellas criaturas de miedo, atractivos para ´inmortalizar` otra vez, sus carismáticos viajes o vuelos, alrededor de seres deformes y conciencias abducidas por seres poderosos o el corazón de sus autores, dentro de la mente enfermiza y su creatividad monstruosa, repudiada o amada, por nuestra memoria.

En la serie de Showtime, nos adentramos en el universo de unos poetas románticos, confabulados con el paso del tiempo y los pasos dubitativos de una sociedad moderna; encabezados por John Clare que da nombre a la Criatura, y su métrica alienada sobre la naturaleza de las cosas, el espíritu libre de razas y personalidades, o sus orígenes humildes en la niñez. Una vida entre campesinos y vendedores ambulantes, un ser proclive a determinadas existencias a imagen de vicios mundanos, así como, a la soledad de una enfermedad melancólica o mental.
P.D. muestra escenas de libretos a un penique, apenas céntimos por personaje inolvidable, o recrea obras teatrales de baja factura técnica, pero mucha imaginación. Captura el alma de los monstruos, caminando entre conocidos escenarios naturales, castillos y mansiones victorianas, muy encantados, salones lujosos y lúgubres laboratorios, cementerios que cobran vida de noche, bailes diabólicos con y sin escote, resplandecientes cuerpos blanquecinos que se alimentan con almas o carne, crímenes inexplicables a la vista, y encuentros sexuales, pasiones entre la oda, la depravación y el deseo.
De esta reunión de capítulos, algo descompuesto en la segunda entrega, surgen piezas cargadas de simbolismo o reconstrucciones del ayer literario, a través de lenguas prohibidas y momias malditas, engendros vigilantes como esfinges y deidades que reinaron como faraones. En busca de la inmortalidad de nuevos mitos románticos, seres en reencuentro milenarios que perpetúan su amor incombustible y pasional, al menos a esta sombra o en la oscuridad actual. Como si el poema de Annabel Lee, fuera la fuente inspiradora de historias entre el erúdito Imhotep y una amante llamada Ankhesenamon, en la Momia interpretada por Boris Karloff en 1932. Pronto de camino de nuevo The Mummy.
Hoy su vitalidad muta en venganza de ´no muertos`, contra los débiles humanos y exploradores de la vieja África, donde códices secretos esconden lenguas míticas y cerebros conservados en el tiempo, jeroglíficos para ascender a una vida eterna y libros de Muertos. El embalsamamiento literario, constituido por múltiples formas oscuras de expresión, frente a la femeneidad reivindicativa y la resistencia atemporal del monstruo clásico.

Entre el relato Fantástico y la métrica Romántica.

Durante el imperio del Alto Egipto, se alzarían monumentos imperecederos y caerían almas torturadas, apasionadas y efímeras. Hace muchos, muchos siglos, en un reino de arena junto al mar, casi muerto, nacía una joven que se convertiría en reina de la oscuridad, como aquella diosa Madre o Isis, esparciendo una semilla que perduraría para siempre. Hacia planos inmateriales que, sólo, algunos intrépidos aventureros como el personaje de Timothy Dalton, heredero de héroes reales y mansiones, al estilo Phileas Fogg, el real Howard Carter o Alan Quaterman en Las Minas del Rey Salomón, nutrirían de imágenes al jesuita arqueólogo de El Exorcista; descubrieron hechizos y maldiciones de ultratumba, estatuas malditas, vudú, magia negra o formas de posesión, nunca vistas; conjuros y rituales salpicados de imprecaciones casi inaudibles, sonoras armas automáticas, papiros silenciosos, palabras muertas, ciencia adelantada, enigmas y sus personajes de vida exótica, pirámides escalonadas de miedo, astronomía lapidaria y cultos al Sol, sacrificios, esclavitud animosa... de cuerpo y alma.

De aquellas aventuras espectaculares, pero nada pragmáticas, se extiende la confusión y se retuercen las torturadas almas, fundidas con besos y versos de sangre, con las pulsaciones a cien o millares de kilómetros de distancia. Surgen las pesadillas de vuelta de nuestra infancia o juventud, mutadas para siempre, en los miedos de futuras generaciones. Emergen esos acontecimientos fantásticos, con seres unidos en sagas inexplicables o ligas extraordinarias, amores entre luces y sombras, afinidades imposibles y odios envenenados, naturalezas muertas y química depravada como el sexo, vicios inconfesables o pasiones confesas, futuro a algo más de un siglo para el nuevo milenio. Aquí, se cruzan mares de fluidos por una moneda, al mando del barquero mitológico, en una cara o cruz de nervios, huesos y pieles; en danza macabra para inmortales y tempestades eléctricas, conectados directamente a nuestro cerebro. Estados catatónicos y fantasmas de Frankenstein, que parecen monstruos de la Ópera o céreos cuidadores, novias enfermizas, pálidas como el reverso de una carta o consumidas en venas inflamadas; infecciones de la mente y cuerpos pestilentes, perfumados con pachuli y regados de vino o sangre, muertes de una gripe denominada española o cualquier otro virus desconocido; sortilegios de bruja y luna llena, que condicionan la vida en Londres de lobos americanos. Más cuadros poseídos, ánimas perdidas en un tablero de peones malditos, y vueltos a la vida en otro plano, junto a dramáticas relaciones y ósculos calientes, al borde de la fiebre sepulcral y unos dientes afilados, brillantes como las balas de plata o del Lejano Oeste, caserones grisáceos y casas encantadas del espíritu femenino, adanes y evas... encantados, todos, por vernos.

La realidad es un éxito arrollador, envuelto en nuestros miedos ancestrales y el romanticismo de una época, victoriana y cultural, científica por epístolas, pictórica y multidisciplinar, diferente como las identidades que acompañaron nuestros sueños de cinéfilos reflexivos (o cinéfagos), como el reflejo desfigurado de la personalidad culta o el espectáculo que cabalgó desde el nuevo mundo, a horcajadas sobre auténticos pistoleros o demonios. Hasta ser maldecidos o malheridos, por las mandíbulas de de siglos atrás, caperuzas y lobos, con la fuerza de una animal mítico o llamado Cerbero, mitad hombre y mitad bestia, de sexualidad y hambre lunáticas, ambidiestro y bisexual, aguardando el advenimiento de una Bella u otro, semejante a un Jeckyll & Mr. Hide, casi floclórico en su apariencia. La leyenda de hombres hiena o leopardo, por tierras africanas, tigres humanos de la India, jaguares y pumas en Sudamérica, mujeres pantera o viudas negras... pulsaciones instintivas como su apetito e inconscientes como el amor, trágicas tal que una bala o una afilada estaca de madera.
En las sombras a penique, los monstruos recuerdan a seres como Romasanta o el sacamantecas hispano, un Jack the Ripper versión española, a sortilegios antiguos por senderos oscuros de la mente y la carne, gusto por su sangre, por la posición de las vísceras, marcadas Desde El Infierno justo antes de estos monstruos irreales y sus influencias. El Libro de los Muertos para un amor inmortal, o su contrapunto en el Malleus Maleficarum, que quemó brujas por Alemania y otras latitudes medievales, relacionado con la idea de Edipo, o el Cupido y Psique de la historia extendida de Jeanne Marie Laprince de Beaumont, retratada por el mágico Jean Cocteau; rasgos y aptitudes de bestias, masculinas y féminas, con los agentes pisándoles los talones, armados de silbato sobre la calle Scottland Yard en Westmister, la pasión de Hugo por la aventura, otro Víctor, gracias a jorobados mudos, esclavizados de corazón por gitanas danzarinas, como los parlanchines Renfield y comedores de palabras o moscas, las drogas del Victor restante, el Frankenstein, dos solitarios creador y criatura, o el vicio nihilista de Grey, Mr. Dorian refinado, los cambios de identidad y los sentidos sexuales... tantos.

Así, se suceden los ritos y deseos con otra identidad diferente, que aparece del reflejo cambiante y humano, como una máscara enfangada con asimetrías y cortes mortales, leyendas tradicionales del Este y Oeste, más engendros no concebidos por la naturaleza, sólo la Historia. Los textos son ficciones confundidas, no confusas, de poder escarpado en lejanas regiones y riquezas enterradas en la arena, panteones fantasmas, pasadizos a las teorías científicas más fantásticas, entre la vida y la razón, viajes hacia el corazón salvaje y primitivo del ser humano. Pues, aquellos relatos universales, novelas o ideas escuetas y terroríficas, permanecen inmaculados como un bonito cadáver, aquí y ahora, cicatrizado en Penny Dreadful.
Sin embargo, nos centramos en su corazón, por encima de todo y la nada, frente a la mística y la lírica del deceso, marca maldecida en episodios de televisión y el futuro cine, sobre aquellas expediciones futuras que emprenderíamos juntos, leyendo u observando, cuando el paso del tiempo hace identificarnos con metáforas pretéritas y fracasos. Junto a aquellos dioses perfectos, en imperios hundidos del desierto o regiones del mal, referencias a antiguos escritos en una piel, sin tinta ni vida, variaciones de un Moderno Prometeo y su venganza inmortal, humanamente contemporáneo de la búsqueda de un amor, esquilmado o absorbido por el espejo de la mente. Al otro lado. El penique de una costura para el príncipe de las Tinieblas, que rasgó una garra del otro género, envenenado, antes del fuego de su mordedura infinita, o de sus derechos alienados, las consuma. Inmortales que clavan el aguijón, en propia carne... demasiado para un amor eterno.

La Batalla Eterna.

Claro, la lucha de Penny Dreadful siempre ha existido, al igual que sus personajes perdurarán a la manera de aquellas viejas aspiraciones filosóficas o vacíos terrenales, dudas de criaturas infernales con sentimientos humanos. Inocentes que se han ido difuminando, envueltos en volutas irascibles, con el humo procedente del odio, el opio o un azucarillo sobre recipiente de metal, caliente de absenta. La respuesta es la droga de la pasión, violenta en las venas de un detective o ciega como una víctima, la inteligencia del residente en el número 221B de la calle Baker y sus colegas. Todos ellos, héroes y villanos, son vecinos de Penny Dreadful... de la batalla eterna entre el mal y el bien. Eso sí, con una fantasía extendida de grises.

Sus enfrentamientos al filo, de la corrección o el castigo, se nutre con ideas imaginativas e ilusiones del más allá, que irán transformado el horror. Tal y como te cambiaría una cruenta y dolorosa enfermedad, abriendo llagas y eccemas, con pus o fiebre contagiosa, callejera... y, la falta de Ella (en mayúsculas)... semejante a cómo se materializa una maldición ancestral o se realiza un exorcismo, frente al organismo radicalizado de un denominado género débil. Mucho más duro hoy, tanto que su vida, la de Lily/Brona Croft y Vanessa Ives, se convierte en una posesión infernal de gran personalidad, derivada de invenciones, tarots, güijas y otros aquelarres, cálidos y húmedos. Unidos por la tradición, superstición o la luna llena; con leves gracias, al legado de Abbott y Costello cazando monstruos, a un jovencito del gag (aquí, un recuerdo entrañable a Martin "Igor" Feldman y el recientemente desaparecido Gene Wilder), The Monsters o La Familia Addams, esa Liga de Caballeros Extraordinarios de Alan Moore y los cómics, especialmente, a peligrosas damas como Barbarella o Vampirella´s de estilo Hammer o Sade, emergiendo en la noche de los tiempos.
Entonces, es cuando los monstruos mutan a héroes. Como consecuencia de la decrepitud del espíritu colectivo del hoy, y se han ido abandonando aquellos caminos por los que transitaba la épica, de leyendas, la tragicomedia de sus aliados, sobre bailes exclusivos de vampiros u otras criaturas, y otras danzas juntas y revueltas, en Penny Dreadful.

Son actitudes reconocidas por aquí y andares sugestivos por el más allá, con participación emocionante de otro director de acá. Alimentado con charcutería fina, insectos para escorpiones, perfumados en sándalo e ilustrados con versos. No conversos, pues no hay lugar para rezos o emblemas religiosos, ni signos de la cruz ni medias lunas, ya que sus almas se vinculan a licenciaturas, tinturas naturales o productos químicos, como la piedra y la tinta de siglos pasados. Son crédulos y apasionados, adiestrados en tinieblas, ante la justicia de la época victoriana y sus rings religiosos o culturales, marcados por algún descafeinado efecto o transformación. Sobre todo, en la dermis atractiva, o embrujados por ella... ambos géneros.
La primera temporada tiene capítulos en forma de milagros (alguno más afortunado y poético, que otros espesos como la sangre), aderezados con frases y ocurrencias increíbles, ahora reunidos ante esta lámina plasmática de nuestros hogares en el siglo XXI, casi nada al aparato. Son consecuencias individuales de un órgano trasplantado por la literatura clásica, entre el corazón delator y los mitos inmortales del dios Cthulhu, gracias a unos peniques bien empleados. Existencialismo profundo y ilusiones legendarias, habitantes de otros mundos desprendiéndose de esa cara superficial que acompañó el género cinematográfico del terror, la que rebautizó a sus criaturas en otras etapas vacuas e infernales. Pero, tras esos episodios dramáticos del género, la genialidad permaneció hipnotizante en el fondo y relativamente superficial, o electrizante, en primera persona. Una lucha entre el yo pensante y el... nosotros los soñadores.

Protagonistas y sus diabólicas obras.

Al otro lado de las letras, unas descripciones acertadas han captado el espíritu de la fealdad, la semi-maldad y el atractivo salvaje de sus protagonistas, si bien, ciertos rasgos en transformadores quedan algo ensombrecidos por la técnica empleada para plasmarlos en la pequeña pantalla, y unos pelos algo alborotados... pocos, eso sí. Es decir, que son correctos, pero no espectaculares en las formas.
Los guiones de estas acciones y las obras reflejadas, están adaptados con alguna licencia o improvisación personal, disfrazada con maestría poética (más explícita en la primera y mejor temporada, a falta del último tramo de la serie), que confieren a la trama principal de veracidad literaria, y sirve un ramillete de expresiones originales a las adyacentes, aunque a veces inconclusas. Retóricas heroicas y amoralidad sin fronteras, desde los emigrantes de Irlanda a unos recientes Estados Unidos, con sus maldiciones y acosos pasados, hasta su desembocadura real en cloacas de la City y las aguas frías de la mente humana, o turbulentas en su paso por el Támesis.

Depende del personaje y las tramas paralelas, la ficción se recorre por tinieblas del comportamiento humano, como un cruce de caminos en la medianoche o flujo continúo de monstruos (menos poético en la segunda temporada), que abre puertas a novedosos recintos amurallados y episodios hechizados, con vampiros y todas sus criaturas inmortales, girando sin orientación en ocasiones. Cadáveres exquisitos o despedazados, cuerpos que deambulan sin resolución, colgados de un museo, taberna o teatro, asesinos en serie que simulan, hombres-lobo con disfraz de Caperucita o arpías sin dientes postizos, algún exorcismo inapropiado, juegos maquiavélicos de cartas y enigmas indescifrables, avances rápidos a golpe de daga o revólver, puñetazos, patadas y ráfagas automáticas, gracias al avance industrial o digital. Simbología fantástica, amores no tanto, expediciones a Egipto y su erotismo, desmesura en acciones y ataques diabólicos, travesía de almas en pena, de apenas 21 gramos de peso... en fin, segunda algo desinflada.
Aún y todo, mantiene el pulso, pese a las pérdidas. Porque fascinan algunos lugares remotos y cierta dosis apocalíptica, mezclada con relaciones incestuosas y lagos de sangre, corazones desalmados, envueltos en niebla londinense y casos en tinieblas. El aliento de los monstruos de siempre, lírica de nunca, escuchada en tonos sugerentes. Mucho arte y saber docto como música, pintura, botánica, geología e historia, biología y parapsicología (con tratamientos y conversaciones regresivas). Reclamos tribales y exotismo, descomposiciones oníricas y otras reuniones corporales... muertes míticas. Sobre aguas convergentes, tras experimentados barqueros.

Dentro de la acción monstruosa, a veces, indescriptible o superflua, residen sus extravagancias genuinas para el ataque de género, sin complejos. Cualitativo ejemplo contra el macho o dominador, combatientes de la mediocridad actual o las hordas de decrepitud narrativa e ideológica, desafiantes como aquellos recursos de sintaxis, que marcan por su mala sonoridad o viciados reclamos, convertidos en productos de consumo rápido. En cambio, el horror de Penny Dreadful se saborea en el paladar literario, servido como tinto de sangre, que resuena en el cerebro y se consume en los órganos internos, o sexuales.
Por consiguiente, su peso reside en la escenografía y el ambiente victoriano, en unos diálogos cuidados de aquellos textos amados. Dignifica el toque de distinción de aquellos protagonistas, engendrados con paciencia por sus mentes geniales, grabados a fuego en la piel de los actores actuales, palpitando en referencias históricas o literarias, libremente, para agrandar el espíritu admirativo de los fieles a clásicos de Terror y Ciencia Ficción. Pareciera una especie de escapada romántica, a Ginebra, acondicionada por recuerdos mágicos y edificios ingleses, de algunas noches de lectura. Señaladas en la memoria de sus acólitos y por la mano firme de sus directores, la lengua de Logan, las manos de Mendes y la visión pretérita de sus ´monstruos`.

Luego, cada correría profética, cada incursión endiablada de sus protagonistas por la serie, marca un contraste más humano, un célebre cuadro de la época, representativa secuencia del horror. Donde se saborean las dulces lágrimas de la pasión o de la agria desesperanza, se circula por la corriente neuronal de sus ciudadanos, congelados en la memoria, y se navega hacia el futuro de la ciencia o el estudio de la patología criminal (que poseemos ahora), recordando a pesquisas policiales tras el anónimo Jack o los descubrimientos razonados de Holmes. A bordo de ligas, acompañados de niños peculiares, con grandes poderes o blandiendo la sonrisa como una daga, empalmando (no empalando) familias y locos monstruos de la tele. Luego, la piel verdadera, reside en la de entonces, en los libros concebidos por mentes imaginativas, y alucinógenas, detrás de corazones quebrados o heridos, e incluso, completamente vaciados por su romanticismo: La Novia, de Frankenstein el feo, lesa de patógenos sin cura e ira, los vampiros arcanos o el gran Nosferatu, jefe de todas sus almas, robadas con sus ojos sin vida, esos faraones-momia y sus emblemas reales o divinos grabados, que aparecen tras lenguas de forenses y anatomías contagiadas, compañeras sacrificadas por la causa, bellas de piel morena, curtida en mil batallas, ahora descoloridas. Hoy contra hombres y sus bestias, de hechizos poderosos contra los colmillos del miedo o el dolor infringido, tal que fantasmas del desierto y forjadoras de nuevas estirpes de sexo tántrico, homosexual. Toxinas efímeras convertidas en dependencia, drogas de destrucción masiva por nuestras neuronas, mujeres de armas tomar. Visión de amantes despechados, sinceros, revuelto de hombres y mujeres, de brujas sádicas y duquesas obsesionadas con la juventud, muñecas armadas de cola y la picadura del escorpión.

El cerebro de un genio, el apuesto Frankenstein, defendiéndose del animal herido o hijo, devorándose uno a otro. Representaciones latentes de un conflicto, resortes de un truco mecánico, de una mágica puesta en escena y su oscuridad entre bambalinas, que te deja tieso como un cadáver a los postres, exquisitos y lamidos hasta el fin. Exprimidos hasta el fracaso de un negocio y la pérdida familiar, resultado de una cohorte deshumanizada... ellos frente a la figura paterna, en nichos dramáticos, poseídos como generaciones de la no muerte, entre mundos y siglos de miradas esquivas y deseos no resueltos. La decadencia del pensamiento colectivo, ante amantes que sobreviven por el tiempo, por los avances científicos y los atrasos del esoterismo, descubrimientos de un universo inexplorado, como ayer, como hoy en el espacio oscuro, frente a la inteligencia. Desenterramientos de reliquias pretéritas... en honor del monstruo y su legado de sangre vengada.
En la existencia de los monstruos más clásicos, existe un doble sentido en la elaboración de sus historias, desde El Fantasma de la Ópera hasta los Crímenes del Museo de Cera, y algunas pesquisas sitas en la Calle Morgue. Por el mundo esquivo y estilizado de Edgar Allan Poe, y sus encajes pasionales con la realidad; o la travesía de un Buffalo Bill transformado en lobo depredador (protector de pieles de corderos silenciados), imagen maldita de otros emigrantes irlandeses y virus viajeros entre océanos. Corrosión de un ambiente pútrido o cerrado, hambre de ratas, residuos de la Peste Negra o recuerdos de un Destripador voraz, y otras comidas de tarro.

El Moderno Prometeo, sigue siéndolo hoy todavía, tras las conversiones mecánicas y cibernéticas. Alojado en sus sótanos, tras abrir sus almenas al cielo tormentoso; expedicionarios del alma, amigos de Van Helsing y nuevos cazadores de la monstruosidad milenaria. Posesiones diabólicas que producen escalofríos en Poltergeist de antaño o muñecos infernales, como los de Tod Browning en 1936, aún, con corazón de Eric von Stroheim.
Todo ello convive en sus palabras medidas, perspectivas y costumbres "desmedidas", indagan en la carne como instrumento científico, un método de transformación del organismo y el cerebro, en otra Cosa. Algo indivisible a su propia esencia alimentaria y la reproducción de una especie. Una expresión material que deriva en conquista territorial y anímica, con pensamientos abstractos o placenteros, dependiendo de la mente romántica o masoquista; o en rechazo, como el temor a lo diferente, mientras los críticos observan en silencio y bajan miradas a su paso, como contrapunto al ideal de belleza, del conocimiento, y esa doble vertiente que magnifica la esencia. Una metamorfosis de atracción por odio. De amor por muerte.

Los actores... de Penny Dreadful.

Por supuesto, que Ella es el principal atractivo... como casi siempre.
Pero antes, Josh Harnett es el forastero que llegó como un alarido sofocado desde el Oeste. Sorprendente, camuflado en un espectáculo de fuegos cruzados que vejaron a indígenas, propietarios históricos de sus tierras y alérgico a balas de plata fundida. Aborrecido en parte y maldecido en la otra, la interior, cuando las cachas de su revólver desvelan la piel de esos indios americanos u otros desconocidos todavía, como la fotocopia cruenta de aquel salvaje Bill y su vestimenta horriblemente confeccionada.
Su historia es desconocida, pero su hambre no. Para oídos ancestrales de la literatura de terror, amantes de rituales a la luz de la luna, está contaminada con sangre maldita, propia quizá, tras la inmersión del astro en el Oeste. Renegado y enfrentado al nuevo amanecer, de amores y horrendos crímenes, descritos por la policía de Scotland Yard y en las páginas de sucesos de la era victoriana; romántico, atraído por una debilidad enfermiza y la leve aparición de oscuridad bajo sus ojos, pistolero certero, arrojado en brazos del amor y besado por el horror. Poderoso como un guerrero, salvaje como puma del desierto de Arizona, arrinconado y recogido en compañía de lobos, o de otra Compañía especial. La cacería está a punto de comenzar, son una manada de sabuesos, con cicatrices solitarias, salidos del infierno, luchando contra el Maligno, en dualidad masculina y femenina.

Podría ser el jefe... pero Ella, comprende todas las obras monstruosas y las almas solitarias, porque es fruto de las hordas cambiantes del mal, quizás un recuerdo.
Con gesto erúdito y lanzamiento de chismes ladinos para un profesor, va creciendo con la Historia alrededor de una piel velluda y silenciada por sus disparos certeros, porque conoce tantas lenguas, que perdería por la humedad lasciva de una. Esa que alimenta su fiebre interna con cuchicheos primero y chistes verdes después. Es un lobo con piel de cordero, atraído por el músculo y cierto poder felino o cánido. Abre su mente al conocimiento, por más extraño que sea, dispuesto a combatir a unos u otros, a dioses y escorpiones.
Por su condición, parece siempre de cacería. Pero en realidad, otea desde las alturas, con sus dos flancos rosados que recorren su rostro rollizo, casi diría, ciertamente cachondo. Encuentra aventuras, que otros proponen y el estudia con meticulosa cautela, desde su lado oculto, con la prudencia del docto y riesgo en sus tratados, respuestas o fantasías. Para el actor Simon Russell Beale y su personaje, el poder reside en la inteligencia, al ser menos ducho en batallas campales, aunque tiene el arrojo de un cazador a medianoche. Semejante a un detective privado del ayer, concienzudo y experto en su transposición actualizada al presente. Es el único invitado a fiestas, sin pareja conocida, de origen exótico (nació en Penang, Malasia) y atormentado por sombras, representaciones, lesiones o disecciones a lo vivo, maneja pequeñas pistolas para ligas... pero, su baja estatura requiere de una personalidad expansiva.

Podría ser la madre o responsable de este club de monstruos... pero, va a ser que tampoco. Le gusta demasiado la libertad y andar buscando emociones fuertes.
Otra parte de la Familia, está desunida y vuelta a unir, por el apellido Frankenstein.
Los soldados de esta Compañía están predestinados a vagar eternamente, mientras los truenos caen aleatoriamente sobre el campo de batalla, y la electricidad del rayo invita a otras perspectivas vitales, no tan evidentes como la acción desenfrenada. A ellos, no les importan los metales plateados, ni la madera afilada en el corazón, siquiera los contagios mortales por las calles de Londres, pues su origen está en el filo de un bisturí. En los remedios a lo predestinado, con el empeño del cerebro de un padre científico y su impresionante descubrimiento, el origen de la vida o la chispa que enciende el mecanismo de una nueva criatura. La energía con que revitalizar el ánimo enfermizo, e incluso, sugerir el renacimiento del monstruo exigente, como Poeta y amante desgarrador, mientras el "amor", contempla y se espanta. Ama en silencia y olvida con ciertas sustancias que, poco tienen que ver, con la razón.
Ambos obsesionados con un fémina, dislocada y febril, en un cuadrilátero romántico y sexual.

Ese amo, se desintegra en la amenaza, acabada con erre que erre... aceptado en el curioso redil, por sus dotes anatómicas y forenses, aunque se entretenga con otras adicciones peligrosas. De gran conocimiento biológico, surge el creador llamado Dr. Frankenstein o Víctor, interpretado por Harry Treadaway (miembro de obras tan soberbias como Control, Fish Tank o City of Amber: en busca de la ciudad de la luz), un hombre en decrepitud progresiva y alza interpretativa, que se entrega con pasión y sin excesiva carnalidad en la serie. Excepto en la materia prima, la carne. Ahí, se desgarra su bestia interior, temible en el futuro por desconocimiento de los humanos y auspiciada por alucinógenos. Pobres seres mortales, sin su eternidad. Condenados a vagar solitariamente, el hombre y su creación, conforman el mito del arcaico Prometeo de la mitología griega, o un nuevo John Clare gramatical y ambulante.
Desatornillado por un poeta llamado Rory Kinnear (detective en The Imitation Game), con gesto y cabello desmarañado, como algunos que aparecen en la serie. Obra y creador, son rivales de corazón y estímulos, de intelecto y atractivos vitales, representados por su egocentrismo y su carácter ambiguo, en la línea disociada de todos los personajes. Diferenciados por su radicalismo vigoroso y poco saludable apariencia, luchan por el aguijón de un escorpión, dos o un ejército venenoso. En definitiva, tienen hábitos no recomendados para la salud y hacen salidas del laboratorio o sótano, en busca de historias emblemáticas o cinematográficas... si bien, eso recae en manos marmóreas del monstruo.

Prometeo, monstruo del director James Whale también, se ocupó por encontrar un novia a Frankenstein en 1935 y se deshicieron en fingidos arrumacos y merecidas alabanzas. Son más que posibles amantes, hermanos del alma, tan inmortales como separados de mente, o sin conexión eléctrica inundando sus deseos o cerebros divergentes. Parientes por mano de su creador, antes de su caída en las drogas, consumidos por una pasión ancestral que no les pertenece, sino al devenir del tiempo. Como otros que surgieron de las arenas, al otro lado del mar, en busca de un futuro nada luminoso. Uno es de cuerpo indestructible e interior lírico, casi blando como la carne de Meat Loaf y su cabellera, mezclada con la apariencia de Robert Smith, el cantante de The Cure. Es la criatura evolucionada, no primigénea, que crece en los oficios más variopintos y esparce la semilla de una amenaza diabólica, resultado de un compendio de odas entre la pasión y la venganza.

Fuera de la luz y del escenario, de los focos y telones más trágicos, la novia aprende de extrañas figuras y textos que escandalizaron a los vivos. De relatos basados en actos criminales y miradas perdidas de algunos fantasmas ocultos, vigilantes. Pero, su espíritu indómito, la hace diferente al resto de inmortales, aunque todos son presas de incestos, falsas compasiones y celos indomables, se endurece debido a los engaños que cubren todos los capítulos y personajes, desde su vida anterior como mujer arrojada por la sociedad, a las sucias callejuelas del sexo. Mal pagado casi siempre o ejecutado a la fuerza, a veces. La actriz Billy Piper, se debate entre dos existencias, frente a miradas condenatorias y manipulaciones genéticas. Es una cenicienta de piel escultórica, magnética, poéticamente hablando. Transformada en combatiente contra el miedo a una posesión macabra de los hombres, comercial. Reclama el asesinato de la inocencia en sus manos gélidas y blancas, como los restos de una vela natural en el suelo.
Sin electricidad, tampoco artilugios mecánicos conectados a su cuerpo, los dos Frankenstein no dominan el baile bajo la noche lunática. Ella sí, su sexo es el único dios existente, protege a la Magdalena con veneno certero, la venganza filial es destino para sanar pecados mundanos y acercarse al reflejo de su género, desprendida de los enlaces químicos, al otro lado. Ninguno arraigado a esta tierra.

El actor londinense Danny Sapani, es Sembene. Un gigante de ébano y piel torturada en danzas sacrílegas, prófugo del corazón y un portento físico, que observa y circula en las frías arterias de la Compañía. Su pasado oculto compone su fuerza y discreción, pues no tiene novia ni reina, qué sepamos... sólo fidelidad. Podría tener dos vidas o muchas amantes tradicionales, en cambio, se dedica a cuidar de la llave que abre todas las puertas. Triste debe ser su historia, si pensamos en el final.
Su extraño confidente, posee el rostro sin rasurar (no tan limpio de polvo y paja, como se esperaba) de Timothy Dalton, en una vuelta memorable. Su apariencia es de galán, inconformista y padre detectivesco de otro tiempo, como un Sherlock que anduviera metido en casos inexplicables. Porque el título de cabeza de familia, en la seguridad improbable de los Murray, parece adquirido en extrañas circunstancias por coincidencias del guion. Vamos que su enemistad, fue engendrada en mansiones aristocráticas y sus legendarios propietarios, sean en la City o los Cárpatos, contra las artes oscuras, nigromantes y seres del más allá, que robaron su herencia y la desangraron.
Por su amistad, se comprueba que no es nada racista con otras culturas. Su penar, se nutre de las aventuras de viejo explorador, que encontrara un figura maligna enterrada en África, atrayendo a "lo inexplicable" a su domicilio. Por lo que se tendrá que enfrentar esas mismas fuerzas que permanecían ocultas hace siglos, con todas las armas disponibles. Para salvar a su pequeña, une a este grupo de desheredados (fantasmas del humano que fueron) y armados hasta los dientes o garras, hasta el último cabello erizado por un miedo ancestral y maligno. Pero, la tentación está cerca, visita a hurtadillas a los caminantes, antes de ser convencida por una lengua maléfica, médium o madame de "puppets", bruja herética con guerra familiar y escuchada por engendros ancianos, incluso enterrados en regiones olvidadas de la mente.
El Caballero con licencia para matar, tiene una potente aliada más... Ella.

Ahora, voy a presentarles a una extraña pareja.
Dorian Grey, interpretado por Reeve Carney, es el amante de todos. Un alma con dos caras, escondiendo la verdadera, tras cortinas de seda. Apasionado excéntrico, nihilista desbocado, pecador que reincide, varias veces. Separado en ambos sexos y conquistador de cada uno. Cuando se mira en libertad, ve un ánima de voz gutural, mente atada, malhumorada y engreída, que junta todos los males encontrados tras siglos de paseos estériles. De amores y batallas perdidas ante los ojos más exquisitos o deseados, romántico empedernido y vigoroso. En su puesta en escena, categórica y modernista, parece un mortal escabroso con un lado pictórico, histriónico y recóndito, almacenado en un rincón privado de la gran mansión. Pero aligerado por el peso de años muertos conociendo, siglos de frustración, impávido ante la vida limitada de otros, más fantasmales, pues les niegan la existencia. De pies habilidosos y dedos sin mácula, amante más aún... esparce semillas e ínfulas de estrella del rock.
Rejuvenecido con sangre y fluidos, que extrae de cualquier mendigo de sentimientos: plata contra el lobezno americano, jaque de reina y telón de terciopelo sobre su reflejo sulfuroso. A pinceladas patéticas, da lustre al lado tísico y su probóscide tan poderosa, como látigo venenoso. Dorian es un vitalista bisexual, hedonista y amoral, entregado a los placeres y al cultismo, posee la clave mortal y cierto antídoto contra versos, gruñidos o vicios de varios condenados a vagar eternamente, de forma bestial. Temor de monstruos, resistente a puñaladas traperas de almas atormentadas como aguijones de sexo. Por su historia conocido, su ´amor-odio` es también inmortal, de añeja soberbia y escrito en letras carnales, estudiado y filosófico, engalanado con estrategia. Conquistador de voces débiles y mentes dóciles, al menos al principio. Licenciado en bailes redomados, en la universidad de la vida. Declara que Dios ha muerto, pero considera que él es el nuevo dios. Un escéptico y amante perfecto, peligroso.

Si Mr. Dalton es el esposo ´fiel`, padre apesadumbrado por la culpa, el líder que perdió su voluntad, fama y estructura social, mutado a Jefe de una Compañía ambulante, sin función diaria. El alfa, amante enloquecido, ante la fractura de la manada, entonces guía desnortado, alteza oscura sin trono ni báculo, vengador, sentenciado. Hombre sin ama ni diosa, sólo hijas, descarriadas... Vanessa Ives, sería su reverso femenino. El lado amable de esta parte siniestra, aunque su interior volcánico se enciende en las noche, por el amor de Ra y la sombra alargada del Nilo. Pues, en penumbra recuerda ciertas maniobras húmedas, despertando entre cadáveres tal que la viuda negra o aquella pantera de instinto asesino, tan sexual y apasionada como Simone Simon en el filme Cat People del escurridizo Jacques Tourneur.
Casi enfermiza, como la otra prostituida, que reacciona metabólica, pero no amorosamente, ante el mismo demonio, o diabla, balanza en procesos de muerte y ejecutora. Hiere con puntadas románticas y controla hilos movidos por el odio, viste de luto por antepasados y próximos. Domina a maestros de la farándula y sus marionetas, muñecos sin vida y corazones esclavos que la dan, habla con monstruos exhibidos en jaulas, prometeos encadenados, kingkones románticos, surgidos de la enfermedad y el conocimiento. Sus costuras provienen de viejas heridas desenterradas, como las del guía de la Santa Compaña, en su cruzada del Escorpión, gracias a un libro que alimentó su ego y amplió sus deseos de venganza, hacia ellos, todos picados por su aguzado aguijón. Impregna de ponzoña la carne y esquiva balas con su nombre, se agita con la sombra del arte, ensangrentado. De corazón partido en varios siglos.

Siempre, atenta a nuevas apariciones del mal, en cualquier forma posible, de la inconsistente a la más libinidosa o carnal. Práctica o etérea, como un amante interesado, prácticamente poseída por el polvo de los arcanos, estrella solitaria, atracción de fiestas y vidente ensangrentada, practicante en los relatos de terror, con pasión y sexo. Escucha todas las lenguas, vivas o muertas, y las prueba con gusto, si no se arrepiente después, escuchando las palabras sacrílegas de su otro hemisferio. Masculino, igual que sus golpes certeros y exabruptos, femenino tal que un talle ajustado o el lazo sobre su garganta. Quemada ante la injusticia pretérita, fiel a su brujería anacrónica e infiel en aquelarres amañados, por otras... no tiene Adan Fijo, pero Eva Green es la estrella que más brilla en Penny Dreadful.
Aunque va repartiendo dádivas y consuelos, menos según avanza, la actriz nacida en París se ha pasado al lado oscuro de la mano de Tim Burton y su Vanessa Ives es precursora de Mis Peregrine y su club de valores para peculiares, por tanto, sólo ofrece consejos al que los quiere aceptar y tenga su lado extraño. Igualmente, reparte sortilegios y cortes profundos en el alma, balas directas a la cabeza y fracturas en cerebros pútridos o captados por el maligno, se enfrentará a la Miseria de un obseso admirador en el nuevo filme de Roman Polanski (director de El Baile de los Vampiros), y será la próxima Virginia Woolf junto a su amante Gemma Arterton. ¡Menudo dúo!

Divina diosa de ébano, en piel lastrada como la muerte, espectadora en representaciones, compradora de relatos a penique, dueña de cabañas en el bosque, experta en goteras interiores y reparadora de habitaciones húmedas. Visitante de museos y huésped a la fuerza, hija de Dalton y sus pistolas, fascinada con rostros poco rasurados y bigotes relamidos, experta en arte y aprendiz del amor, dada a experimentos y emulsiones de botánica extravagante, entre savias lascivas y protección para hombres o alimañas, feminista sin escándalos. Diosa en yuxtaposición, en metamorfosis continua.
Es belleza imperturbable, de pómulos y dagas, afilados, artera en tramas y pócimas, mágica en sus sentimientos. Nigromante libre, en su alma cautiva, sanadora... insondable en el tiempo, de incalculable valor, salteadora de arpías y domadora de machos excesivos. Maga, de negro.


Principales temas... secundarios.

En esta época victoriana que les ha tocado vivir a todos, su clase cinematográfica se extiende y conforma un elenco de categoría señorial. El guion profundiza en sus reflexiones, dirigidas al ser humano que fuimos, o hace referencia a los sentimientos que serán, presidido por la lucha, tan complicado, que definimos entre amor y odio, con sus procesos internos o secretos.
Ahí, se dan cita otras historias y películas, que comienzan el poema de Prometeo y el Fausto de Goethe a principios de siglo y continua con la realidad terrible de un Destripador, inspirado en crímenes diabólicos. Referencias a los ´encantos` disfrazados de los Grimm o la división infernal en El Paraíso Perdido de John Milton, hasta los clásicos comentados o El Monje de Matthew Gregory Lewis, con posesiones diabólicas, engendradas en la mente de William Peter Blatty (recordado y fallecido recientemente). Sus protectores del Diablo, como los Freaks en una parada monstruosa de Tod Browning, blanco de David Lynch y negro de hombres-Elefante repudiados, Cuasimodos románticos y discípulos como Igor o ávidos infieles como Renfield, etc... provecho de títeres y maestros de marionetas de la época. Acabando con el romanticismo macabro en El Retrato de Dorian Grey (Oscar Wilde 1880).

El romanticismo impregna el sentido de toda obra literaria del siglo XIX, desde el relato más descriptivo como El Corazón Delator o Annabel Lee, a las referencias epistolares dirigidas al nuevo Ser moderno, más suicida que inteligente o práctico. Textos dedicados a un ser determinado, idolatrado por el sexo contrario o vilipendiado, condenado a vagar por una poesía que navega en busca de esas nuevas ubicaciones del deseo, un nexo para desconocidos extremos, en la era sin conexiones digitales, más allá de presiones de nuestra mano (con stylus) sobre la cera o el papel. Los prerrománticos avanzarían respuestas que no aparecían, sino en nuestra imaginación (nada de wikipedia) y, enlazaban la vida de sus protagonistas con identificaciones personales del ciudadano corriente. Igual que talladores de espejos, calibrando entre la mente y su imagen real. Chicas Blancanieves, contra los martillos brujeriles del Malleus Maleficarum y otros instrumentos de tortura medieval, en sufrimiento perpetuo, que representaba una escena o batalla entre lo carnal y la mitología de estas almas en pena. Circunscritos en Languedoc y su lobo disfrazado, La Calle Morgue y sus asesinatos (Edgar Allan Poe de 1841), paseo definitorio entre lo racional y lo pasional, policías al encuentro de George Lusk atrapado en From Hell. Reflejos vidriosos en el ojo del parisino Vidoq o Auguste Dupin, o pistas para el Inspector Lestrade y el propio Sherlock en el Perro de Baskerville (Arthur Conan Doyle en 1901 y filme de 1959 dirigido por Terence Fisher).
Escenas de ópera, todo aderezado con música sacrílega de Abel Korzeniowski (compositor clásico adaptado a una nueva Metrópolis), rimando tinieblas orgánicas con sombras, sonidos inmateriales de lastimeros hombres tratados como animales, atracciones de ferias, freaks y seres humanos castigados por una deformidad u origen humilde. Rugidos de maldiciones en ráfaga y coreografías entre balas, certeras o no, intentos sanadores que te enviaban a otros barrios con violines, o más allá. Pasos de baile macabros con orquestación onírica, rincones embrujados o hechizados al son de un compositor o Animal Nocturno, secuencias bucólicas o eléctricas al viento (tocado por Gonzalo Suárez en 1988), ante la soberbia y las mentes torturadas, los cuerpos desangrados, congelados o desmembrados en cera... esta vez, no hay rúbrica que se desprenda del alma.

La razón languidece en odas furiosas, tormentosas, recorriendo las aceras al nivel de las ruedas de un carruaje, prótesis fantasmales, tirados por caballos majestuosos y azabache lacrado, y repiqueteando sus tacones sobre los adoquines anónimos, las chicas preparan sus ajustamientos de cuentas. Elaborados en las afueras de la ciudad londinense, cocidos y ahumados, como las fachadas victorianas, alargadas como las sombras, ocultan sirvientes africanos, convertidos en amigos como el Viernes de Robinson Crusoe, amantes convexos y estudios antropológicos, desde la mirada del monstruo. Cacerías de alimañas, con encanto romántico.
Hasta el horror de Asesinatos cometidos en el Museo de Cera, película dirigida en 1953 por André de Toth el cineasta, no el Thot egipcio dios sabio, experto en escritura y conjuros mágicos, símbolo de la Luna y los sueños, que asistía al pesaje de almas en balanza de Osiris y, Señor del Tiempo. Otro atractivo de Penny Dreadful, son esos sombríos escenarios de los crímenes más tortuosos e inexplicables, motivados por mecanismos ocultos o pasionales, que ocultan los comportamientos esquivos y personalidades excéntricas, la fiebre homicida del Juggernaut o Gólem, imagen del M, el vampiro de Düsseldorf, con el gran Peter Lorre dirigido por el maestro Fritz Lang en 1931. Las calles surcadas por los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, al acecho de inocentes y clarividentes, la naturaleza inerte o salvaje, emboscadas con echadoras de cartas o lectoras de arcanos y posesiones con exorcismos, ciertos gestos raros en posesión. Brujas que resisten el paso del tiempo frente al Tarot, incluso la fatídica Marlene de Touch of Evil o Sed de Mal, y los embates del demonio. En plena transformación, feas orugas plagadas de granos mutadas en coloridas crisálidas, o historiadores reprimidos ante apolíneos atletas. El nacimiento ritual de todos, se origina con el denominado ´memento mori`.

Existen semblantes y recuerdos arquitectónicos por mansiones en Allan Poe y pasadizos con vindicativas presencias, envenenadas por áspides en pirámides escalonadas y casas bañadas en sangre, como la higiene de la condesa Lady Bathory y servidoras, semejante al club de vampiresas de Drácula´s. Compitiendo por el poder de un vampiro cero, subyugante y amo, un Nosferatu a la yugular de su ilegítima progenie. Aquella contagiada por el poder de Amonet y el lánguido Amon-Ra, repudiado, ante la forma real de la esfinge, emblema de mujer y bestial leona alada, una piedra filosofal en la oscuridad de las civilizaciones y el infinito desértico. Mutados hoy, en Bella y Bestia, en halcón y lobo.
El horror viaja de un extremo a otro del espectro, de los locales a cloacas londinenses, protección de rostros quemados de fantasmas y sus musas, a espaciosos encuentros (digamos fortuitos o no, serendipias del primer romántico Horace Walpole en El Castillo de Otranto) entre nobles mortales, no muertos y monstruos inmortales. El poeta los identifica con El Verbo del Diablo, a través de auspicios divinos y artes ocultas de quiromantes o chamanes foráneos, contra el mismo creador del idioma. Lengua viperina de viudas negras y los colmillos de panteras tóxicas, contagiadas por el Caído y su séquito nocturno. Semejante a la historia de dos hermanos, y su prueba de fidelidad ante la mentira y el odio, la decadencia de una época y del chupasangre, de libros con símbolos malditos y juicios malsanos, de contaminaciones salpicadas de fluidos corporales y traiciones. De sábanas que presagian risas y lágrimas, odas en exaltación creciente del sentimiento, miradas penetrantes y orificios sanguinolentos, acusaciones, celos, venganzas... secuencias trágicas.
Castraciones con un dominio emocional, atractivo y muy femenino, artimañas y negocios atrapados en otro cuerpo, armas manipuladas, entre palabras justas y acciones desatinadas.

Fin.

Ellos son entregas de monstruos, mientras Ellas, son las auténticas protagonistas de esta historia de terror por fascículos, testiculares y epistolares. Narraciones de valor mayor al penique, como residuos humanos de una ciencia próxima, que desbanque la mitología y las viejas leyendas inmortales. Pero, su fuerza es indomable, porque se dirige al corazón.
Sus voces de ultratumba, asustaban al perdido o pecador, a los llamados ciegos de espíritu. Ellas, víctimas y ejecutoras en Penny Dreadful, se muestran cuando la violencia se desata, ejerciendo con decisión y perseverancia, su personalidad aderezada con unas gotitas de perfume apasionado. Mientras, el aroma de la sangre, pasa de unas manos a otras, invadiendo dormitorios estériles, tabernas caníbales, sueños irascibles, tronos mancillados y catres humildes, habitaciones acristaladas, baños y féretros levantados, cuerpo sobre cuerpo, resbalando lágrimas y sudor, tal vez, algo más viscoso y vital.

El suspense se circunscribe a las palabras, bastante menos a la acción. En busca de responsables, con defectos humanos y plásticos. El asesinato viaja de unas garras a otras, profanando lugares y respiraciones agitadas, multiplicándose en niveles de maldad, como sombras de la noche renacentista y apariciones barrocas, alargadas, deformadas u oníricas. Antecesoras del expresionismo y transformadas por último en símbolos históricos, egipcios o góticos, en odas delicadas y fuentes mitológicas. Describiendo una elipse del amor y una espiral de odio, con la irresistible atracción en las venas, la violencia de sus actos anacrónicos (más propios de la Edad Media), el descrédito social y la marginalidad.
Penny Dreadful es aquella ciencia pasada por el tamiz de nuestros deseos ocultos. Un retrato de la historia que, nos visita como un eco o respiración profunda, del exhibicionismo y el negocio más inhumano, del horror monstruoso en nuestras calles modernas. Planea una investigación policial incompleta, ante el reguero dejado por la bestia, sobre la amenaza del hermano y la angustia del creador, de acusados escurridizos como manadas salvajes. Marca de la bestia y del narcisismo de la juventud, de la exuberante belleza y la indiferencia del sexo, una prueba del dolor romántico y su gusto insano, del masoquismo de Sade o pesimismo existencial, de la locura y el hambre, de la injusticia y la muerte. Y otra vez... el renacimiento.

Cuando transitamos por estas excrecencias o comportamientos del ser humano, nos rendimos a sus encantos o combatimos su bajeza moral, con la fiebre disparada en la frente y agallas inflamadas de un orgullo familiar, cercano. El de una compañía (salida de las páginas de un cómic moderno o muy teatral) que se enfrenta a lo desconocido, siendo ellos mismos extraños, de espíritus antagónicos y mucha frialdad marmórea. Trabajadores del márfil en los colmillos y el fuego de sus llamas infernales, frente a una pareja ancestral y sus legiones de acólitos (o ´acólitas` siguiendo la moda del escorpión), expertos sabuesos, cánidos y de instinto básico, emocional. Buscan la ruptura de esas cadenas que apresan el espíritu libre, tal que Prometeo encadenado, surcando leyendas al otro lado del océano, o enterradas en la arena del tiempo. Descifran los rompecabezas en lenguas muertas, corazones automatizados y brujas de nuevo cuño, danzan al ritmo de la muerte.
Todo, tan evidente a nuestra vista, que los hombres o mujeres, desaparecen en pos de esa bestia interior, y algunos no vuelven. Monstruos en que nos convertimos, cruzando barreras temporales y los límites del amor, como un castigo eterno en brazos de amantes separados e idealizados. Sin reconocer lo que fuimos ni qué, seremos a continuación. Por consiguiente, Penny Dreadful es un proceso visual o metamorfosis, que cambia la forma y el fondo, a la manera más extraordinaria y provocadora, en un tránsito silenciado hacia el ocultismo, la magia negra o la ciencia.

Posterga el aprendizaje de una bruja novata que, mañana, se podría convertir en maestra o dueña del mundo, dominando junto a su compañero de fatigas y ojos enrojecidos del Drácula, príncipe de las Tinieblas. Pero entierra a otros, difuntos de cada capítulo, mientras nos detenemos en historias conocidas, que son pequeñas posadas dónde descansar del tenebroso viaje, cada vez menos emocional que físico, o efectista. Veremos a la tercera...
Ahora, los monstruos se enfrentarán entre ellos, por ese objeto o eslabón perdido, por una especie de ideal romántico a recuperar (cuando los monstruos son ya otros). Los crímenes de nuestro pasado, saltan a páginas de sucesos como ensoñaciones de aquella Literatura de Terror, sin inmortales. Sin tránsfugas de la poesía instintiva ni agentes de inteligencia superior, tampoco, compañías antiguas de teatro o escritores surrealistas. Ecos del blanco al negro, del virtuosismo del genio, de la claridad de unos ojos a una locura u oscuridad en su interior, de la proporción métrica y la elipsis o el circunloquio. Desproporción entre órganos y sus métricas, despuntadas y vueltas a coser, entre la figura monstruosa del hombre y el idealismo de la fémina, entre la maternidad y la esclavitud del alma masculina.

Al final, Penny Dreadful comparte una tierra cenicienta, de muertos vivientes, devorándose bajo el influjo pálido de la luna. Algo eterno como el amor y el odio enquistado, alambicado como su cabello, ensangrentado o esterilizado como un guante de cirujano, embriagador o perfumado como un encuentro fortuito. Es obra de respeto sintáctico y prosa elaborada en conversaciones profundas, tal que el alma de los personajes, y algún efecto de derrapaje visual, infringido desde la carne más que el corazón. Una reflexión sobre vicios y la tortura de virtudes sobrehumanas, desvaríos febriles y pensamientos razonados bajo el alma inmortal, que forman parte de todo enfrentamiento entre géneros. Hacia una vía muerta entre hombres y mujeres, sembrada de amputaciones emotivas y líos embarazosos.
Por el contrario, los ciudadanos ausentes, transitan sin darse apenas cuenta de nada, del inframundo que se precipita sobre ellos a horcajadas, como una serpiente se arrastraría desde la rama de un árbol, intoxicando el futuro... Ante moradores de mansiones regias o residencias señoriales, que sucumben al pasado e investigan por cielos, mares y tierras lejanas. Vigilantes, scudriñan barrios bajos, la fauna que emigra en tinieblas y la pobreza.

Aquellos que se entrecruzan con inmortales y sus cuentos, emergerán en otra morada y diferente identidad. O descansarán para siempre (excepto en nuestras pesadillas), alzando su vuelo al reino de la oscuridad y descendiendo a consumir de nuevo a tierra, eternamente transformados. Pues, necesitan del alimento generado por aquellos más débiles y sus vidas, los lectores o espectadores ávidos de sangre.
Cada cuál con, su transformación carnal o vestigio monstruoso, su pareja sajada por un amante sediento, su esencia y viaje al otro yo. Su espejo o cuadro desventurado, aparentando ser otro o el mismo de siempre. Quizá más joven y bello, hombres de pelo en pecho o rasurados, románticas féminas, pero menudo carácter... monstruoso, el nuevo ´trans` (no de Silvania), paralelismos con heroínas venenosas. Personajes que no son de ejemplos a seguir, sí, a escuchar, ya que conversan y caminan entre dos aguas, danzan a dos ritmos, casi divergentes, discuten a distintas lenguas, inaudibles. Se emplean en trabajos raros, poco gratificantes, crean muerte a través de la vida, se comunican con generaciones incomunicadas, saltan como alimañas acorraladas y devoran a hijos, que se vengan tras años o siglos después, viajan por identidades... ocultos como siempre.

Después, de una segunda temporada... la nada (entiéndase no visioné aún su fin), tal vez se trate de otra odisea, o el consuelo de nuevas experiencias en tierras alejadas de la niebla de esta costa maldita. Lanzados a un mal encarnado tras milenios de silencio y deseo frustrado, de esos comportamientos y personalidades torturadas, entre venganzas académicas y amores no correspondidos en Albion. Pesadas losas que levantar desde el nacimiento de su cautiverio y maldición, o motivadas por contratos morbosos, tan distinguidos como sádicos. Criaturas lamiendo heridas que supuran miedo y desconsuelo, desamor o desesperanza, que martirizan su existencia más allá de su apariencia física y condenan la otra, la abstracta o ficticia. Convertidos en leyendas de ese horror más humano.
Todo organismo representado y descrito por novelistas o poetas, cada espíritu entregado a las letras románticas, padece su particular metamorfosis de Kafka. Aquello que debiera ser o que deseara tener, porque los malditos son eléctricos y rápidos en sus decisiones, nada cautelosos en temas coronarios o existenciales. Es decir, van al grano sin separarlo de la paja. Las malignas son máquinas inteligentes, actuarán como novias en muerte sexual, enmascaradas de prostitutas, damas escorpio, que vengarán el extravío machista. Su enfermedad de visionarias, con armas de mujer y otras ayudas febriles, hará frente a la vergüenza y el sufrimiento de la estirpe y la crueldad de los machos alfa. Responderán a injurias que provienen de distintos acontecimientos malditos y lenguas y procesos, crecerán dentro y fuera de los hombres o su necesidad de lametazos y mordiscos, planearán sobre el inevitable fin... como decía Allan Poe.

Penny Dreadful - Full Soundtrack.


Tráiler The Ottoman Lieutenant, de Joseph Ruben.


Tráiler The Siege of Jadotville, de Richie Smyth.


Tráiler IBoy, de Adam Randall.

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